Feminismo necesario

 

Cuando algunas creían que el feminismo activo estaba muerto, encontramos que hay muchos motivos para resucitarlo.

Elvira Lindo

 

La semana pasada fueron asesinadas cuatro mujeres en menos de treinta y seis horas. ¿Sus asesinos? Varones que eran o habían sido sus parejas. Sus muertes fueron noticia en los medios de comunicación, pero, en general, más como un suceso –semejante a un atraco o a un accidente llamativo– que como un tema socio-político de primer orden, a la altura, por ejemplo, de lo que entendemos por terrorismo, aunque en España hayan sido asesinadas muchas más mujeres por violencia machista que por cualquier otro tipo de terrorismo. No faltaron imágenes de la escena del crimen y de hombres y mujeres consternados, en unos casos, porque “esto se veía venir” y, en otros, porque al parecer nada en la vida pública del feminicida y de la asesinada hacía sospechar semejante fin. En todas las noticias sobre estos feminicidios se dio, como siempre, la consabida y obligatoria información sobre el número gratuito al que las mujeres maltratadas pueden llamar para pedir ayuda y, por supuesto, también se indicó si las víctimas habían denunciado, o no, malos tratos anteriores por parte de quienes finalmente las asesinaron, como si fuera una información pertinente, como si hubiera una relación causa-efecto entre la ausencia de denuncia y el asesinato, criminalizando así –tan inconsciente como gratuita y perniciosamente– a las que no denuncian, haciéndolas cómplices de sus asesinos por callar, sin preguntarse por qué guardan silencio, qué mecanismos interiores y qué obstáculos de todo tipo les mantienen en el infierno en que viven, como si denunciar garantizara la seguridad de las mujeres que acuden a la comisaría o a los juzgados, como si ninguna de ellas acabara muerta. Al igual que en otras ocasiones, se convocaron algunas concentraciones –sobre todo en los lugares donde vivían las víctimas– contra la violencia machista, cuya afluencia, escasa, nada tuvo que ver, por ejemplo, con la de las manifestaciones que se llevaron a cabo cuando ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco, por seguir con la comparación entre diferentes tipos de terrorismo. Se sumaron a los anteriores los cuatro asesinatos y el resultado de la comparación con la cifra de feminicidios del año pasado por estas fechas es inequívoco: los datos de este año son peores. “¿Qué estamos haciendo mal?”, se preguntaba un miembro del gobierno. Cuando oí la pregunta, casi se me cae al suelo el plato que llevaba en la mano. ¿Que qué están/estamos haciendo mal? A mí se me ocurren mil cosas, pero las resumiré en una: están/estamos tratando los síntomas como si fueran la enfermedad, y además se están tratando mal. El feminismo hace mucho que lo sabe, pero parece que los poderes públicos, no.

La violencia ejercida contra las mujeres por ser mujeres –siendo el feminicidio la expresión más grave y dramática de la misma– es uno de los síntomas, junto con el machismo y el sexismo, entre otros, de una enfermedad llamada patriarcado. Nuestro mundo está enfermo, terriblemente enfermo, porque está construido sobre una estructura patriarcal que atraviesa nuestra sociedad, nuestra cultura, nuestro pensamiento… haciendo de las mujeres y de todos los “otros”, es decir, quienes no pertenecen a los grupos hegemónicos –representados en el varón blanco, culto, rico, heterosexual…– seres de segunda categoría, susceptibles de –en realidad, destinados a– ser dominados y explotados, útiles si sirven a los intereses de dichos grupos, y superfluos si no lo hacen. La violencia machista es consecuencia del mismo tipo de fobia que la que se encuentra, por ejemplo, en el origen de la violencia racista o la dirigida contra personas homosexuales. El patriarcado odia a las mujeres, aunque se sirve de ellas para muy variados intereses, empezando por la reproducción, pasando por el placer sexual, y terminando por el trabajo gratuito que la mayoría de las mujeres realiza en el hogar y cuidando a la familia. La violencia machista es la forma en que el patriarcado controla a las mujeres y tiene muchas caras y grados. Como síntoma que es, la violencia machista se puede y se debe aliviar y/o controlar, pero si no se ataca lo que la provoca, vuelve una y otra vez….

El problema es que el patriarcado es una enfermedad insidiosa, recurrente, compleja, instalada en el corazón y en cada una de las células de nuestra sociedad, hombres y mujeres. Combatirla supone darle la vuelta a casi todo, pensar de otro manera, sentir de otra manera, vivir de otra manera. Supone un trabajo personal, social, político, cultural, legal, judicial… Exige educación, pedagogía, constancia… No se puede hacer sin una voluntad clara y expresa. No se puede hacer sin replantearse una y otra vez los nuevos modos en que el sistema se reinventa. No se puede hacer sin escuchar a los “otros”, sin contar con ellos. No se puede hacer sin las mujeres.

Y todavía habrá quien piensa que el feminismo ya no es necesario…

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Feminismo necesario by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

One Response to “Feminismo necesario”

  1. Así es, María José. Hace años que me hago prácticamente las mismas reflexiones que tú y siento la desazón continua de la falta de alarma social. Cualquier otra amenaza a la seguridad individual y social, con mucha menos evidencias del daño, alarman y suscitan reacciones de verdad, de esas que llevan a tomar decisiones en diversos frentes a la vez. Con los asesinatos machistas, no. No hay alarma social. El feminismo ha estudiado esta lacra desde hace mucho. Y lo sigue haciendo. Ahí están los estudios, los análisis, las reflexiones, las publicaciones, los ciclos de conferencias, los cursos, las tesis doctorales… Sin incidencia en la realidad social, política, interpersonal, individual, educativa, legislativa, judicial… Es desolador. Sin embargo, es preciso seguir, no dejarse vencer, pues hemos recorrido un largo camino hasta aquí. Tendremos que mantener la fe en que se puede, en que el patriarcado, por ser histórico, puede resquebrajarse y derribarse. Aunque yo no lo vea. Gracias por tu lúcida reflexión.

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