Marchando

 

Pocas cosas desmoralizan más que la injusticia hecha en nombre de la autoridad y la ley.

Concepción Arenal

 

El movimiento feminista ha convocado para mañana, sábado 7 de noviembre de 2015, a las 12 h., en Madrid, la Marcha contra las Violencias Machistas, e invita a participar en ella a la población civil, a las instituciones, a los partidos políticos, a los gobiernos… para, como se dice en el manifiesto que acompaña a la convocatoria, “no ser cómplices de esta barbarie”[1], es decir, para que este tipo de violencias sean una cuestión de Estado y en cuya erradicación se comprometa toda la sociedad. La Marcha saldrá del Ministerio de Sanidad, en el Paseo del Prado y finalizará en la Plaza de España. Yo no estaré allí, porque no puedo viajar a Madrid este fin de semana, pero quiero marchar, es decir, andar, dar pasos, aunque no sea con los pies, sino con las palabras.

Creo que es muy importante caer en la cuenta de que, en esta Marcha, se habla de violencias en plural, y no en singular, porque las violencias ejercidas contra las mujeres por ser mujeres tienen muchos grados, se producen en ámbitos muy diversos y a manos de muy diferentes agresores. Desde luego, no se reducen a lo contemplado en la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, una ley que, por otra parte, se ha mostrado bastante ineficaz en los casi once años que lleva funcionando, algo que Lidia Falcón –y con ella otras muchas feministas– hace tiempo que denuncia una y otra vez con tesón y, sobre todo, con argumentos[2].

Según ella, la injusticia más grave de la ley “es que solo protege a las mujeres ligadas con el agresor por un vínculo sentimental”, de manera que todas las demás mujeres del entorno familiar del maltratador “no son merecedoras de la protección” de esta ley, como tampoco lo son las víctimas de delitos como violación, abusos sexuales, acoso sexual, “cometidos por familiares, amigos, vecinos, jefe o compañeros de trabajo, o desconocidos”. Ni siquiera pueden ampararse en ella las víctimas de incesto… Por otro lado, y a pesar de que se reconoce que la violencia de género es diferente a otras violencias, recae en las víctimas la prueba de la comisión de los delitos, lo que les causa una grave indefensión, precisamente por la naturaleza de los mismos. Lidia Falcón considera que “se debería invertir la carga de la prueba, como se ha logrado en la legislación laboral”, pero no se ha hecho. Y hay algo más: la escandalosa falta de formación, en lo que a desigualdad de género se refiere, de las personas que intervienen en todos los niveles de los procesos judiciales.

Los datos puros y duros es que, en nuestro país, hay dos millones y medio de mujeres maltratadas, se producen unas quince mil violaciones al año y “un número indeterminado –por falta de datos oficiales– de niños asesinados, desaparecidos, abusados sexualmente y maltratados”, en muchas ocasiones con el único fin de hacer sufrir a sus madres. Todas/os ellas/os necesitan no solo la protección de la ley, sino un sistema que les haga justicia, que les permita vivir dignamente, sin miedo y con libertad.

El problema cuando las leyes no están bien hechas, no es solo ni principalmente que son inoperantes para solucionar los problemas para las que fueron creadas, sino que legitiman la injusticia. Son como algo que envenena el pan que comen quienes necesitan justicia, un pan que no les quita el hambre y, además, les intoxica. No tengo ninguna duda de que quienes elaboraron la Ley Integral contra la Violencia de Género lo hicieron con la mejor voluntad y venciendo muchas, muchísimas dificultades. Pero las víctimas en un Estado de Derecho acuden al sistema judicial para buscar amparo. Y ahora, muchas no lo encuentran. ¿Dónde pueden ir si el sistema les falla, si lejos de ampararles les criminaliza, si acaba convirtiéndose, por acción u omisión, en cómplice de quienes ejercen la violencia?

Empecemos por cambiar la ley y sigamos con todo lo demás. Un paso detrás de otro.

 

[1] Puede leerse el manifiesto completo en:

http://marcha7nmadrid.org/manifiesto/

[2] Ha publicado recientemente, al respecto, un texto titulado “La violencia machista es terrorismo” y encabezado con una frase de Concepción Arenal que he tomado prestada para introducir estas líneas. Se puede leer en:

http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2015/11/05/la-violencia-machista-es-terrorismo/

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Marchando by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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