Conciencia contagiosa

La toma de conciencia de la violencia contra las mujeres con la que nos encontramos todos cada día es el comienzo del fin de dicha violencia.

Susan Brooks Thistlethwaite

 

Hace unos días volvía a casa con unas amigas, después de haber comido y pasado la tarde con ellas, cuando nos encontramos a cuatro mujeres –dos de unos sesenta años, y otras dos mucho más jóvenes– en la plaza de la que arranca la calle donde vivo. Tres sostenían una pancarta escrita en asturiano en la que se leía: “¡Hai munches vides en xuegu! Acabemos cola violencia machista”. La cuarta, megáfono en mano, leía los nombres de las personas asesinadas este año por violencia machista –fundamentalmente mujeres, pero también niñas/os y algún varón– y el lugar en que se produjeron los asesinatos. Delante de la pancarta, en el suelo, había una vela encendida y una rosa. Nos paramos a escuchar y, cuando la chica del megáfono nombró a la última de la lista, les preguntamos quiénes eran. Nos dijeron que son un grupo de feministas que se han comprometido a ir a esa plaza a las ocho de la tarde cuando se produce un feminicidio  –así fue como nos enteramos de que ese día había muerto asesinada una mujer– y que la iniciativa se secunda también en otras localidades asturianas, como Gijón, Pola de Siero y Ribadesella. Nos quedamos con ellas hasta las ocho y media.

El jueves pasado, mientras comía, oí en el telediario que una mujer, María del Castillo, había muerto a manos de su ex marido en Lebrija. A las ocho, una amiga y yo fuimos a la plaza y nos unimos a las de la pancarta. Se sumaron también tres mujeres que pasaban por allí porque la causa merecía, según dijeron, un poco de su tiempo. Éramos, pues, nueve. La gente ralentizaba el paso cuando llegaba a nuestra altura y hubo quienes expresaron verbalmente su apoyo, sobre todo mujeres, pero también algún hombre. La dependienta de un puesto de artesanía montado en la plaza se acercó a decirnos que se uniría gustosa, pero que no podía dejar el puesto abandonado… Antes de marchar, a las ocho y media, una de las organizadoras nos pidió los teléfonos para comunicarnos a través de un grupo de WhatsApp[1]. Al llegar a casa nos enteramos de que María del Castillo no había sido la única, pues acababa de morir Yésica, una mujer de 24 años apuñalada por su pareja en Puerto del Rosario (Fuerteventura).

Ayer, sábado día 12, en Alcobendas, al volver a casa, una niña de 14 años encontró a su madre asesinada a golpes. No fuimos a la plaza porque la mayoría de nosotras no estaba en Oviedo. Lo haremos mañana. Seguramente se nos unirán otras mujeres a las que hemos informado de la iniciativa y quizá el grupo pueda ir creciendo y visibilizar más y mejor la peor violencia machista, la que mata.

Somos conscientes de que juntarse media hora en una plaza tras cada feminicidio es poco, dada la magnitud del problema, pero es algo. Es romper el silencio, impedir el olvido, poner nombres a las cifras, ubicar los hechos en el mapa. Es, quizás, alterar el confort de quienes pasan por allí pensando en sus cosas, ajenas/os a la injusticia y el sinsentido de unas muertes que revelan y denuncian la barbarie que es capaz de tolerar nuestra sociedad –o sea, nosotras/os– y claman a gritos la necesidad de cambiar la mentalidad y el sistema que sustentan las violencias machistas; la necesidad y la responsabilidad de que todas/os hagamos todo lo posible en todos los ámbitos, privados, públicos, personales, sociales, teóricos, prácticos, familiares, políticos, culturales, jurídicos, religiosos, económicos, relacionales, artísticos, laborales, científicos, legales, deportivos… Es dedicar un tiempo a tomar conciencia y a intentar concienciar.

Es poco. O quizá no. Porque lo bueno de concienciarse es que no tiene vuelta atrás. Y además puede ser contagioso. Como un virus que, en este caso, en lugar de matar, da vida.

 

 

[1] Normalmente se informan a través de Facebook, pero yo les dije que, mientras pueda, no quiero abrir una cuenta en una red social que ha hecho riquísimo a un tipo que la creó para vengarse de su ex novia, porque no podía soportar que le hubiera dejado. El caso es que hoy he caído en la cuenta de que WhatsApp fue adquirida por Facebook hace poco más de un año, así que, o me borro de todo de la aplicación del móvil para ser totalmente coherente o reconozco que es prácticamente imposible no ser cómplice de aquello que criticamos y acabo sucumbiendo al invento de Zuckerberg…

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Conciencia contagiosa by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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