El peso del corazón

La vida ama vivir, pensó. Y se internó en la espesura.

Rosa Montero

Acabo de terminar la última novela de Rosa Montero, El peso del corazón, protagonizada por Bruna Huskys, una mal denominada androide[1], o tecnohumana, o rep –de replicante–, que apareció por primera vez, también como protagonista, en otra novela de la misma autora, Lágrimas en la lluvia, publicada en 2011, cuyo título evoca las últimas palabras de uno de los personajes clave de la película Blade Runner. Me sumergí en El peso del corazón sin haber leído ninguna crítica, simpatizando de antemano con la protagonista, que ya me interesó mucho en la novela anterior, familiarizada con el ambiente en que se mueve y confiando en que Rosa Montero resolviera la historia, cualquiera que fuera, mejor que en Lágrimas en la lluvia, cuyo final, un poco precipitado, desentonaba con el resto del relato, por otra parte magnífico. Y tengo que decir, con alegría, que lo ha logrado.

Tras leer la última página de la novela, que termina en realidad con unos apéndices tan interesantes como el relato que intentan iluminar y, en mi opinión, perfectos semilleros de otras muchas historias, he leído algunas críticas a la obra. La mayoría coincide en destacar la capacidad de la autora para construir a Bruna, su protagonista –cuya complejidad interna la humaniza de tal modo que es difícil verla como un producto de laboratorio, como un ser artificial con obsolescencia programada–, y en señalar que, en esta segunda entrega de las peripecias de Huskys, la trama detectivesca brilla más que el ambiente futurista o, dicho de otra forma, que el género policiaco se impone a la ciencia ficción.

Yo creo que la tecnohumana ideada por Rosa Montero es un personaje apasionante de quien apetece saber más y más cuanto más se le conoce, pero no estoy de acuerdo con que el mundo futuro al que pertenece sea tan solo un decorado, más o menos sugerente, para una novela negra. En dicho mundo conviven seres humanos, tecnohumanos –que “nacen” con 25 años y están programados para vivir solo una década–, mutantes y extraterrestres, lo que plantea serios problemas de integración y reconocimiento legal de todas las especies sintientes; las guerras continuadas han supuesto miles de millones de muertes; los polos se han derretido, anegando muchas tierras fértiles, en el mar proliferan las medusas, convertidas en el alimento principal de la humanidad, el aire es tremendamente impuro, hay que pagar para vivir en zonas poco contaminadas y han desaparecido muchas especies animales y vegetales; la inmensa mayoría de los países se han agrupado en uno solo –los Estados Unidos de la Tierra–, lo que favorece la paz, pero también la corrupción; hay “pequeñas” guerras, promovidas por grupos ultranacionalistas, sucias y cruelísimas, en los confines de los EUT, y dos planetas artificiales que orbitan alrededor de la Tierra regidos por sendos sistemas totalitarios, uno ultratecnológico y otro ultrarreligioso…

Un mundo así no puede ser ni es solo un “marco estético”, porque el universo del siglo XXII en el que vive Bruna, concretamente en una calle de Madrid, casi totalmente irreconocible, constituye una reveladora metáfora de nuestro presente, de los problemas en los que nos hallamos inmersos ya, de las preguntas sobre la vida y la muerte que nos hacemos todas/os, de los muchos retos que se nos presentan actualmente, pero además puede ser en muchos aspectos –o no, según las decisiones que tomemos– el futuro que tarde o temprano nos espera. Un mundo así, independientemente de cuál sea la trama concreta que en él se desarrolla es, en sí, un marco ético, una denuncia, una interrogante que zarandea por dentro e invita a buscar respuestas.

Son muchas, muchas las cuestiones planteadas por la novela, algunas de forma indirecta, como de pasada. Yo, de momento, me quedo, aún no sé si como respuesta o como pregunta, con el empeño de la vida en seguir viviendo, sea cual sea la espesura en la que haya que adentrarse. Pero hay mucho más…

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[1] Aunque el término androide está muy instalado y extendido para calificar a los robots con aspecto humano, etimológicamente está relacionado con aner, andros, una palabra griega que significa “varón”. Por tanto, para robots con aspecto femenino sería más lógico utilizar un término específico, como ginoide, de gune, gunaikos, que en griego significa “mujer”, o uno más genérico, del tipo humanoide o antropoide, este último basado en la palabra griega anthropos, que significa “ser humano”. Androide se define en el DRAE como “autómata de figura de hombre”.

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El peso del corazón by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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