Crear futuro

Bien o mal, con alegría o tristeza, con victorias o derrotas, alguna respuesta estamos dando a los desafíos del momento.

Ivone Gebara

 

El edificio donde trabajo está en el Campus de Humanidades, y mi mesa, cerca de un enorme ventanal desde el cual, cuando se me cansan los ojos de tenerlos pegados al ordenador, puedo contemplar el campus y el continuo trajín de estudiantes que lo atraviesan a todas horas. Me encanta observar cómo van y vienen, sobre todo cuando andan en grupo. Me encanta verles derrochando agilidad de pensamiento y de palabra, riendo a carcajadas cada poco y por casi todo, prodigando energía y vitalidad. Me encanta su juventud, pero no la envidio.

Nunca he sentido nostalgia de la juventud. Hace algún tiempo que soy muy consciente de que envejezco, de que sin duda tengo ya más pasado que futuro, más trayectoria que horizonte, pero no siento nostalgia de la juventud, de mi juventud, aunque la disfruté. Creo que en mi vida ha habido muchas más cosas buenas que malas, pero no querría volver atrás, tener treinta años menos, ni veinte, ni diez. No me gustaría recorrer de nuevo caminos ya andados. Me daría pereza, mucha pereza…

Ahora bien, sí hay algo que añoro de la juventud: esa especie de sentido liviano de la vida –liviano, no superficial– que hace tan fácil mirar alrededor y al futuro con confianza y que, además, es compatible con la certeza de que se puede cambiar el mundo y con el compromiso de hacerlo. Y lo añoro porque, con los años, percibo la vida menos leve, las preocupaciones me pesan mucho más que antes y la sensación de impotencia ha crecido hasta poner en grave peligro mi confianza.

Creo, además, que hoy es más arduo ser joven que hace unos años, que a las personas jóvenes les espera un futuro plagado de incertidumbre y de problemas enormemente complicados y difíciles de resolver, en una sociedad cada vez más convulsa, compleja y líquida a todos los niveles y en un planeta en peligro, agotado y maltratado. Y no es que mi juventud pasara sin incertidumbres ni dificultades, pero las actuales me parecen mayores y más inquietantes.

Cuando pienso en la gente joven, cuando miro, por ejemplo, a mis sobrinas/os, se me hace muy presente la responsabilidad que cada generación tiene con lo común, con aquello que no es de nadie en concreto, sino de todas/os, aquello que no solo compartimos con nuestras/os coetáneas/os, sino también con quienes nos precedieron y con las generaciones por venir. Y cuando hablo de lo común no me refiero solo al planeta, cuyo deterioro pone el peligro la vida humana y otras formas de vida, quizá todas las conocidas hasta ahora. Pienso también en la ética, en la filosofía, en la religión, en la economía, en la política, en las artes, en las estructuras sociales, en las relaciones humanas, en las ciencias, en la espiritualidad, en la literatura… Porque todo ello forma parte de lo que somos y de nuestra herencia común y puede contribuir, o no, a que el mundo sea cada vez más humano, en el mejor sentido de la palabra.

De cualquier forma, soy cada vez más consciente de que mi generación, aun cuando todavía tiene mucho que ofrecer, no es, ni mucho menos, la única gestora de lo común. Hace tiempo que hay gente más joven en la brecha. Nosotras/os seguimos estando, pero ya no somos la vanguardia, sino la experiencia: una referencia ojalá inspiradora, aunque tarde o temprano perfectible, superable. Y es bueno que así sea.

Quienes hoy son jóvenes lo harán bien o mal, o bien y mal al mismo tiempo, como lo hicimos y aún lo hacemos nosotras/os. Estoy convencida, con Ivone Gebara, de que sus cuerpos y sus mentes “se ajustarán a los desafíos del momento”, porque han sido preparadas/os en “ese modo diferente” de vivir, en “esta nueva danza, o en esta nueva música”[1]. Y si aún no lo están, aprenderán, porque les va la vida en ello.

No hay más que mirar hacia atrás y alrededor para contemplar la enorme capacidad del ser humano, y de la vida en general, para adaptarse con éxito a las circunstancias, por cambiantes, complejas y penosas que estas sean, es decir, la extraordinaria capacidad que tenemos todas/os para quitarle la razón al miedo y, en definitiva, para crear futuro allí donde no lo hay, o parece no haberlo.

Quizá no sea tan difícil recuperar ese sentido liviano de la vida que añoro.

 

[1] GEBARA, Ivone. “Un tiempo pasado y un tiempo presente”, en La sed de sentido. Montevideo: Doble Clic Editoras, 2002, pp. 81-86.

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