¡No, no y no!

Estoy rabiosa. Todos tendríamos que estar rabiosos. La rabia tiene una larga historia de proporcionar cambios positivos. Y además de rabia, también tengo esperanza, porque creo firmemente en la capacidad de los seres humanos para reformularse a sí mismos para mejor.

Chimamanda Ngozi Adichie

 

Acabo de llegar de una concentración convocada en Oviedo –ha habido concentraciones y manifestaciones en medio centenar del ciudades españolas– para protestar contra el acuerdo que la Unión Europea quiere firmar con Turquía para enviar allí a las/os refugiadas/os que llegan huyendo de la guerra de Siria y de otros conflictos bélicos de la zona. El objetivo de las más de cien organizaciones convocantes, muchas y diversas, que han consensuado y firmado previamente un manifiesto que se ha leído en voz alta, es instar al gobierno a decir “no” en el Consejo Europeo que tendrá lugar mañana y pasado a un acuerdo que es ilegal, porque vulnera la Carta Internacional de Derechos Humanos, la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europa y la Convención de Ginebra para los Refugiados, e inmoral, porque entre otras cosas se está utilizando como moneda de cambio a las personas que se han visto obligadas a salir de sus países para salvar la vida. Así que…¡no!

Me ha impresionado la actitud de la mayor parte de la gente, muy contenida, como si no encontrara el lenguaje o los gestos adecuados para expresar la vergüenza, la indignación y la preocupación que el acuerdo suscita. Estar allí para decir “no” era necesario, porque ante la injusticia el silencio es cómplice, pero no hubo consignas, ni gritos reivindicativos, ni alarde de siglas. Tras la lectura del manifiesto, la oradora confesó su sospecha de que las concentraciones de hoy no surtirán el efecto deseado y de que serán necesarias muchas más acciones, a las que nos convocó. Me sobrecogió esa sensación de impotencia, que por otra parte parecía ser la de todas/os… Dejamos claro que no autorizamos al gobierno a firmar ese acuerdo en nuestro nombre. Un gesto muy pequeño, a la luz del desamparo absoluto en que (mal)viven los miles y miles de personas que se hacinan en los campos de internamiento griegos. De todas formas… ¡no!

Yo no encuentro palabras con las que decir algo sobre el tema. Quizá no las busco con el suficiente ahínco, porque una vez halladas tendría que usarlas y no sé si tengo el valor suficiente para hacerlo. No sé cómo expresar la vergüenza, la tristeza, la preocupación, la impotencia que me causa ver el sufrimiento de todas esas personas y las reacciones xenófobas que su presencia provoca y la desatada pasión de quienes dicen defender los derechos de la población europea rechazando con violencia a las/os refugiadas/os y la indiferencia de tantas/os y la técnica y calculada frialdad con la que estudian las posibles soluciones quienes tienen acceso a ellas… Y por eso… ¡no!

Lo que sucede en los campos griegos de refugiados –mal llamados así, porque las personas allí retenidas no hallan refugio en ningún sitio– no es una desgracia, ni una fatalidad, ni un accidente, sino la consecuencia de conductas intencionadas, las que provocaron y sostienen los conflictos de los que huye la gente y las que mantienen a las/os refugiadas/os en los campos junto a las fronteras griegas en unas condiciones atroces, comparables a las de los soldados que luchaban en las trincheras hace cien años, en la Gran Guerra… Por tanto, es una situación complicada, sí, muy complicada, pero remediable, que requiere medios materiales, que los hay, voluntad política, que parece ausente en algunos ámbitos, y humanidad, que por lo visto no puede darse por supuesta. Humanidad para ver a las personas más allá de la situación, para no ser espectadoras/es pasivas/os de mirada distante y conforme con lo que acontece. Sin duda, hay que pensar en poner soluciones a corto, a medio y a largo plazo, pero la urgencia de la situación no admite demoras. ¡No, no!

La cruda realidad es que hay miles de personas cruzando el mar con riesgo de sus vidas y sufriendo, desesperadas, en la entrada de nuestra casa, llamando a nuestra puerta, como la concubina del levita (Jueces 19). Si no abrimos, morirán por nuestra indiferencia, por nuestro odio, por nuestro egoísmo, por nuestra frialdad… ¡No, no y no!

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¡No, no y no! by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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