Solo unos segundos…

Ya no cabe otra forma de actuar; ignorar lo visto y lo oído es una forma de matar.

Luisa Coque

 

El miércoles de la semana pasada, en El intermedio, se emitió la entrevista que el periodista Fernando González “Gonzo” hizo al británico Peter Saunders, quien hasta febrero de este año formaba parte de la Comisión de Investigación sobre Abusos Sexuales creada en 2013 por el papa Francisco. En la primera parte de la entrevista, que duró apenas siete minutos, Saunders habló de la esperanza con la que, invitado por Francisco, entró a formar parte de dicha comisión y la desilusión que le produjo descubrir, ya en la primera reunión, que no se iban a ocupar de casos particulares, sino de elaborar políticas a largo plazo contra los abusos. Saunders –para quien, como cristiano, lo importante es la persona, y proteger a las/os más vulnerables, en este caso las/os niñas/os, una cuestión de amor– mostró desde el principio su disconformidad con la lentitud del Vaticano a la hora de tomar medidas que protejan a las víctimas y que castiguen a los clérigos pedófilos, “porque solo hacen falta unos segundos para arruinar la vida de un niño que sufre abusos”, y ha denunciado también la inacción de la Santa Sede ante los nuevos casos de abusos y los desmesurados esfuerzos legales y económicos de la Iglesia por defender a sacerdotes y obispos pedófilos, incluso a sabiendas de que son culpables. En febrero, los miembros de la comisión decidieron casi unánimemente –solo se abstuvo uno– apartarlo de la misma.

En la segunda parte, Peter Saunders, que sufrió abusos en su infancia y adolescencia, tanto en el seno familiar como en el colegio, habló de su experiencia. Y lo que dijo me impresionó mucho. Empezó afirmando que es una persona afortunada porque no perdió su fe en Dios, porque estuvo rodeado de mucho amor cuando creció y porque ha sido capaz de lidiar con los abusos, aunque nunca los olvidará y aún va a terapia. Describió los abusos como un crimen que no debería ocurrir nunca, “pero lo sufren millones de niños” y señaló que si lo lleva a cabo alguien que, en teoría, viene en nombre de Dios, es también “un ataque a tu alma”. Habló de la confusión que sintió de niño y mucho tiempo después, porque por un lado sabía que lo que le sucedía no estaba bien, pero por otro se lo estaba haciendo gente que supuestamente le quería. Habló del desprecio hacia sí mismo, de la culpabilidad y del aislamiento que le acompañaron durante veinte años y de cómo, al cumplir sus hijos la edad en que sufrió abusos por primera vez, descubrió lo terriblemente malo que era lo que le habían hecho a él. Además, se lamentó de no haber sido capaz de denunciar en su momento lo que estaba sucediendo, porque está seguro de que habría salvado a otros niños, pero recordó que los abusos “son un ataque psicológico tan profundo y despiadado que dejan al niño sencillamente incapaz de denunciar, o de vivir con ello, la mayor parte del tiempo”, por lo que “no podemos pedir al niño ninguna responsabilidad por no denunciar”, pero es preciso protegerles…

Me gustaría poder hablar con Peter Saunders y decirle que, si se siente culpable por no haber denunciado en su día, piense que, de haberlo hecho, quizá no habría salvado a nadie, ni siquiera a sí mismo, porque la pura realidad es que hay niñas/os que, a pesar de la confusión, la vergüenza y la culpabilidad, tienen el valor de hablar de los abusos cuando los están sufriendo y que quienes, en su nombre, denuncian los hechos en los tribunales solo encuentran dificultades. Las víctimas no son tratadas como niñas/os cuando se les toma testimonio. Se espera de ellas/os que, en las diversas ocasiones en que tienen que narrar lo sucedido, mantengan un relato absolutamente coherente, sin la más mínima fisura o contradicción, como si los abusos –a menudo sufridos en el seno familiar a manos de personas a las que las/os niñas/os quieren y con las que, si no se toman medidas cautelares, tienen que seguir conviviendo mientras se realiza la instrucción del caso– no hubieran hecho mella en ellas/os, como si no tuvieran ningún tipo de confusión mental y emocional, como si no contaran con mecanismos de defensa para hacer soportable lo vivido, “rebajando” su gravedad, o para exculpar a quienes siguen queriendo a pesar de todo lo que les han hecho, como si no sintieran miedo de sus abusadores y de las consecuencias de haber denunciado… Y como los delitos denunciados no tienen más testigos que quienes abusan y quienes sufren los abusos, y las/os niñas/os son niñas/os y, por tanto, muy vulnerables, y su forma de relatar no responde a la lógica esperada, en no pocos casos las denuncias no llegan a juicio y los pedófilos no solo se salen con la suya, sino que refuerzan su poder sobre sus víctimas actuales… y futuras.

Hace falta ser muy, muy valiente para denunciar abusos sexuales mientras se sufren. Quienes lo hacen están pidiendo ayuda a gritos. ¡A gritos! Medir su credibilidad con parámetros equivocados –como se está haciendo– y facilitar así la exculpación de los responsables no es solo abandonar a su suerte a víctimas completamente desprotegidas, sino que supone una forma de complicidad con quienes abusan, porque, como dijo Saunders en la entrevista, “presenciarlo o permitirlo es ser parte del crimen”.

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Solo unos segundos… by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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