¿Cien años no es nada?

La vejez no es una enfermedad, es la fuerza y la supervivencia, el triunfo sobre toda clase de vicisitudes y decepciones, pruebas y enfermedades.

Maggie Kuhn

 

Tengo sobre mi mesa el número 163 de la revista Nosotros: los mayores del siglo XXI, correspondiente al mes de abril, que publica un artículo titulado “Cien años no es nada”. La protagonista del texto es Eloísa Fernández Granda, una asturiana que en marzo cumplió 103 años y a quien se califica como “una mujer innovadora en tiempos difíciles”. Yo la conozco y quiero desde hace casi treinta años, porque es la tía –la segunda madre– de una amiga mía.

Eloísa nació en 1913 en una aldea del concejo de Parres, aunque siendo ella muy niña sus padres se fueron a trabajar a una casería situada al pie de la cordillera del Sueve, en la parroquia de Cereceda (Piloña), que no tenía ni luz eléctrica –de noche se alumbraban con lámparas de carburo– ni agua corriente, lo que les obligaba a ir todos los días a la fuente del pueblo más cercano, a un kilómetro de distancia. Y cuando la nieve les impedía salir de casa, la derretían para conseguir agua. Su madre se dedicaba al campo y al ganado, así que Eloísa, que era la mayor de siete hermanos, se hizo cargo de la casa muy pronto –solía contar que cuando empezó a cocinar, se subía a un taburete para llegar al puchero–, pero lo que ella quería por encima de todo era estudiar. Al acabar la escuela primaria, con 14 años, pidió el ingreso en la Normal de Magisterio y fue admitida, pero no pudo ser maestra porque su padre no le dejó ir a Oviedo sola. Sin embargo, ella no renunció ni a seguir aprendiendo –siempre fue una lectora insaciable– ni a enseñar…

La escuela de Cereceda no era un destino atractivo, porque estaba muy aislada y mal comunicada, así que algunas titulares de la plaza le ofrecieron a Eloísa pagarle medio sueldo por dar las clases, mientras ellas se quedaban con el otro medio y firmaban las actas a final de curso. Aceptó encantada y, según sus alumnas, resultó ser una buena maestra y, además, innovadora. Nada más pisar el aula, eliminó las clases de costura, porque, como solía decir, “esas cosas se hacen en casa; a la escuela se viene a aprender”. En otra ocasión, y ante la ausencia temporal del maestro, decidió meter en la escuela de niñas a los niños, para que no anduvieran por ahí sin hacer nada, de manera que, gracias a Eloísa, Cereceda contó con enseñanza mixta en plena dictadura franquista… Pero lo de ejercer de docente duró solo unos años y, como el campo no le gustaba nada, aprendió confección por correspondencia y se dedicó a coser. Eso sí, fue una autoridad moral en el pueblo y mucha gente iba a la casería a consultarle todo tipo de asuntos y algunas personas analfabetas recurrían a ella para escribir cartas a los parientes emigrados a América, o para que les leyera las que recibían.

A los 53 años, cuando murió su padre, Eloísa fue por fin a Oviedo, acompañada de su madre. Al principio, se ganó la vida precariamente dando clases particulares, pero enseguida cogió el traspaso de una huevería, que le proporcionó tranquilidad económica, pero ella tenía otras inquietudes, así que aceptó la propuesta que le hizo un jesuita de dirigir una residencia universitaria femenina. Con el tiempo, la residencia acabó siendo suya y llegó a albergar a cincuenta estudiantes. Allí trabajó y vivió hasta los 75 años. Cuando se jubiló, se trasladó a un apartamento con su madre, una mujer también longeva, que murió con 105 años. Los fallos de memoria y una cadera por la que ya han pasado tres prótesis fueron apartando a Eloísa de sus tareas cotidianas y convirtiéndola en una persona dependiente, aunque se hizo cargo de la casa hasta los 95 años. Desde entonces, su sobrina –mi amiga– lo es todo para ella.

Eloísa vio morir a cinco hermanos. Solo quedan ella y Carmen, la benjamina, dieciocho años menor, a quien ayudó a nacer, literalmente, porque estaba sola con su madre cuando esta se puso de parto. Ahora va en silla de ruedas y resulta extraño no verla leer horas y horas. Cuando ve un papel impreso, lo coge con interés, pero lo deja enseguida. Es difícil saber qué piensa, porque habla poco y, sobre todo, porque la profunda sordera que padece la mantiene muy aislada. Sin embargo, es capaz de expresar mucho afecto y, por supuesto, de recibirlo y agradecerlo. Y aún almacena inteligencia, ironía y buen humor. Cuando le preguntan cómo se las arregla para estar tan bien y cumplir tantos años,  responde “porque estoy soltera”. Lo dice medio en broma medio en serio, con sonrisa pícara y ojillos traviesos, consciente del desconcierto que sus palabras provocan…

Queda bonito decir, imitando el tango de Gardel, que cien años no es nada, pero no es cierto. Cien años de vida –cuánto más si se le añade alguno– son una gran victoria. Y quienes los alcanzan, bien merecen unas líneas, aunque no les hagan justicia.

 

 

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¿Cien años no es nada? by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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