Fomas, fomantes y almas simples

Ya no hay barreras para el desconocimiento; hace mucho que la tierra dejó de ser el centro, hace mucho que estamos en la incertidumbre. Y no nos asusta. La aceptamos, y seguimos.

Clara Janés

 

Kurt Vonnegut, en su novela Cat’s cradle, inventó tres términos que dan nombre a otra obra suya en la que recoge algunos artículos, ensayos y conferencias de su autoría: Wampeters, foma & granfalloons. Lo sé porque esta mañana tuve que catalogar la versión española del libro, publicada en 1977, cuyo traductor tituló Guampeteros, fomas y granfalunes. En el prefacio encontré la definición que Vonnegut ofrece de los tres neologismos: “Un guampetero es un objeto alrededor del cual pueden resolverse las vidas de mucha gente que de otra manera no estarían relacionadas. El Santo Grial podría servir de ejemplo. Una foma es una mentira piadosa dicha con la intención de reconfortar a las almas simples. Un ejemplo: «La prosperidad está a la vuelta de la esquina». Un granfalún es una orgullosa asociación de seres humanos que carece de sentido”. No aporta nada que ilustre la última enunciación.

Los tres vocablos tienen su irónica carga crítica, pero la foma me llama especialmente la atención porque una mentira piadosa unida a almas simples con el fin de reconfortarlas parece algo sospechosamente peligroso o, más bien, peligrosamente sospechoso. En el mejor de los casos, suena a engañabobos –tratándose de almas, quizá sería mejor hablar de engañabobas–, que el DRAE define como “cosa que engaña o defrauda con su apariencia” y también como “persona que pretende embaucar o deslumbrar”, acepción que habría que aplicar más bien al fomante, es decir, a quien inventa y difunde fomas.

Pero volviendo a la definición del neologismo, una mentira piadosa es una afirmación falsa realizada con intención benevolente, es decir, la que se dice para evitar a otro un disgusto o una pena. Ser piadosa no la hace menos mentira, pero parece suavizar su inmoralidad. La foma se diferencia de ella en que sus destinatarios no son cualesquiera hombres y mujeres susceptibles de sentir pena o disgusto con la verdad, sino las almas simples, expresión utilizada para referirse a las personas sencillas, mansas, apacibles, incautas, faltas de listeza o de malicia y, por extensión, bobas, tontas, mentecatas y necias. El último elemento de la definición es la intención de reconfortar, o sea, de dar fuerza, animar, alentar y consolar a alguien afligido. La foma requiere, pues, la misma intención benevolente que la mentira piadosa, pero su objetivo no es evitar un disgusto, sino aliviar a quienes ya lo tienen.

Desde esta mañana, no dejo de pensar en las almas simples, porque la sencillez, la mansedumbre, la apacibilidad y la falta de malicia no son sinónimos de ignorancia y necedad. Además, hay gente ignorante[1] por falta de medios y/o de aptitudes, pero también hay necias y necios por confort, por comodidad, por pereza, por irresponsabilidad. De cualquier forma, las/os fomantes necesitan a las almas simples, pues sin ellas no hay foma que valga, por reconfortante que sea su efecto, lo que equivale a decir que su fuerza –la fuerza de la mentira– reside tanto en el ingenio de quien la profiere, cuanto en la necedad de quien la acoge como verdad. En cuanto a la benevolencia de quienes foman, me pregunto por qué les interesan solo las almas simples ya apenadas y si aliviar engañosamente su sufrimiento puede considerarse un acto filantrópico o simplemente revela la falta de respeto que sienten hacia quienes consideran incapaces de asumir la verdad y ser críticas/os con la realidad…

A todas/os nos gusta escuchar lo que queremos y nos sobresalta asumir como ciertas las verdades inquietantes y/o dolorosas. Quizá por eso hay tantas/os fomantes, máxime en tiempos de crisis, cuando la gente soporta tantos problemas. Decía Simone Weil que “amar la verdad significa soportar el vacío”, lo que a menudo no es nada fácil… Por lo que a mí respecta, no me importa ser un alma simple, pero me he propuesto no tragar ni las fomas, siempre que pueda identificarlas, ni a quienes las inventan. Y menos en campaña electoral.

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[1] El término necio viene del lat. nescius, emparentado con el verbo nescire, es decir ne-scire, literalmente “no saber”.

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Fomas, fomantes y almas simples by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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