Sin título

¿dónde están las palabras

por qué no comparecen

por qué no me socorren?

Gloria Gervitz

Se llama Paula. Nació en Colombia y tiene treinta y ocho años. Hace poco más de diez que vino a España con sus dos hijas, entonces pequeñas, para reunirse con su marido, Mauricio, que había dejado su país natal para proporcionar un futuro mejor a su familia. Eran buenos tiempos para inmigrantes con oficio –él lo tenía– y no le costó encontrar trabajo. Pero la crisis económica le pilló con problemas graves de salud y se convirtió en un parado de larga duración, sin ninguna posibilidad de reincorporarse al mercado laboral. Ella empezó a trabajar enseguida aquí y allá, limpiando sobre todo y también cuidando a personas mayores y a niños, empleos todos precarios, escasamente remunerados y sin seguridad social, con los que ha logrado mantener a su familia.

Esta mañana, poco después de amanecer, Paula ha visto morir a Mauricio. No ha podido evitar el estupor, pues aunque sabía que estaba mal, muy mal, había normalizado la situación –como suele suceder cuando se brega con enfermedades largas– y tenía la sensación de que las cosas iban a seguir siendo así, si no siempre, al menos durante algún tiempo. De todas formas, al aturdimiento y al dolor que todo el mundo experimenta cuando pierde a un ser querido, Paula ha sumado la terrible preocupación de no tener dinero para enterrar a su marido. Suena fuerte, ¿verdad? Es que lo es.

Hace unos días, intuyendo inconscientemente lo que iba a suceder, preguntó en el ayuntamiento de su localidad cómo había que actuar en estos casos, y le respondieron que el municipio no tenía presupuesto para hacer frente a este tipo de situaciones… Afortunadamente, una trabajadora social ha conseguido solucionarle hoy el problema y mañana, al mediodía, Mauricio será enterrado gratuitamente en el cementerio de una localidad cercana, en un nicho sin placa.

Nunca había conocido a nadie que no tuviera dinero para enterrar a sus muertos. Me conforta saber que hay algunos ayuntamientos que no dejan abandonadas a las personas que se encuentran en circunstancias semejantes, pero me estremece y me indigna los que, sencillamente, miran para otro lado dejando a la gente a su suerte, como si se pudiera elegir no enterrar a alguien, por falta de medios, como se elige no comprar un coche o prescindir de un café… Puesta a imaginar, me pregunto qué tendría que haber hecho Paula si otro ayuntamiento no hubiera estado dispuesto a hacerse cargo del cuerpo de su marido. ¿Dejarlo en un descampado? Y me acuerdo de Antígona[1] y su empeño en dar sepultura a su hermano…

En estos momentos, Paula y sus hijas lloran en casa la muerte de Mauricio y echan de menos poder velarlo y acompañar de alguna manera su cuerpo, que ahora yace en la cámara de un tanatorio. Desde fuera resulta fácil decir que ya está, que lo que importa es lo que hicieron mientras él vivía, el amor que le profesaron, las atenciones que le dispensaron, pero los momentos liminales, esos que marcan la línea entre la vida y la muerte, entre la presencia y la ausencia, están dotados de una intensidad difícil de soslayar y que hace grande cualquier palabra, cualquier gesto, cualquier detalle. Y no disponer de una sala para acompañar el cuerpo de un ser querido no se trata precisamente de un pormenor. En esta sociedad, que ha hecho un negocio de la muerte, se trata más bien de un lujo al que las/os pobres no pueden acceder, como tampoco se pueden permitir una incineración, ni un funeral de cuerpo presente, ni unas flores, ni una placa en el nicho…, todo eso que parece tan normal, aunque no lo es.

Se dice que la muerte nos iguala a todos… Pero hay personas que no solo carecen de mucho para vivir, sino que además no tienen donde caerse muertas. Literalmente. Y yo me quedo sin palabras.

 

..

[1] Según cuenta Sófocles, los hermanos de Antígona, después de la muerte de su padre Edipo, habían acordado ocupar alternativamente el trono de Tebas, en periodos de un año. Pero Eteocles no lo dejó al cumplirse el tiempo y Polinices reclamó su derecho marchando con un ejército contra la ciudad e iniciando por tanto una guerra civil que concluyó cuando ambos se mataron mutuamente a las puertas de la ciudad. Su tío Creonte, que asumió entonces el gobierno de Tebas, prohibió dar sepultura a Polinices, al que consideraba un traidor, pero Antígona enterró a su hermano desobedeciendo la orden, por lo que fue condenada a morir de inanición en una cueva.

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Sin título by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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