El jardín de la abuela

Otras personas podrán contar su historia, pero no podrán contar la mía.

Gloria Viseras

 

Siempre me han gustado mucho las flores, sobre todo las que crecen en el suelo. Cuando tenía tres años, se me iban los ojos hacia las de los jardines del centro de Zaragoza, especialmente los que adornaban el actual paseo de la Constitución –entonces llamado de Marina Moreno–, justo en la confluencia con la plaza Paraíso. En realidad, se me iban los ojos… y las manos. Mis padres, lógicamente, me dijeron que las flores de los jardines no se podían coger, pero la tentación era tan fuerte que no me dejaba obedecer, así que acabaron alertándome de que, si cortaba alguna, vendría el guardia y me reñiría… Ignoro por qué me afectaba más la regañina de un desconocido uniformado que la de mis padres, pero el hecho es que empecé a mirar las flores, sin tocarlas, por preciosas que fueran.

Aquel verano, en el pueblo, salí un día al monte con mi abuela, que vio cómo miraba su nieta las flores y le extrañó que no cogiera ninguna, así que me preguntó qué pasaba. Yo, mirando un poco temerosa a un lado y a otro, le dije: “Es que, si viene el guardia”… “¿El guardia?”, sonrió, “¿Qué guardia? Aquí no hay guardia, cariño. Puedes coger las flores que quieras, porque todo este jardín es de la abuela”. Y yo le creí. Siempre que salgo al monte, en mi pueblo, vuelvo con alguna flor en la mano.

Estas vacaciones me llevé de paseo a mi sobrina Nahia, que tiene cuatro años. Anduvimos cerca de una hora y nos dio tiempo a buscar babosas, a intentar cazar saltamontes, a tirar piedras al río, a comprobar en cada arbusto que las moras aún estaban verdes, a jugar a veo-veo… Como era la primera “excursión” de Nahia sin sus padres, pensé que podía llevarles unas flores. “Pero, tía”, me dijo muy seria, “¿se pueden coger flores sin que pase nada?”… “¡Pues claro!”, le contesté, “porque todo este jardín es de la abuela”. Y ella me creyó. Entró en casa con media docena de flores desiguales y algo mustias que todos consideraron las más preciosas del mundo.

Llevo muchos días sin escribir nada en el blog. Es cierto que en los dos últimos meses, por diversos motivos, he andado muy justa de tiempo, pero no tanto como para no poder sentarme un rato al ordenador. No he dejado de escribir por pereza, ni por desinterés, ni tampoco por esa impotencia que siento a menudo cuando no encuentro el modo de contar lo que deseo. Creo que ha sido por cansancio, relacionado con mi forma de mirar la realidad, y por una especie de desaliento, causado por la multitud de palabras vacías y engañosas que encuentro alrededor y que hizo que me planteara el sentido y la utilidad de las mías. Incluso llegué a pensar que había llegado el momento de “cerrar el garito”.

Las vacaciones, este año, por razones que no vienen a cuento, no han sido un tiempo de descanso, pero han tenido la virtud de mantenerme centrada en lo más cotidiano y conscientemente aislada de los acontecimientos “importantes”. Intuía que necesitaba resetearme, reiniciarme, apagar y volver a encender, salir para poder entrar de nuevo… Y creo que, de alguna manera, lo he conseguido.

Por eso, al volver a casa, he decidido retomar el blog con una historia personal, que cuento simplemente porque quiero, porque estos días de vacaciones he pensado mucho en que el tiempo pasa y el jardín, el precioso jardín que son los campos y montes que rodean mi pueblo, tiene ahora guardas forestales que velan por la buena conservación del medio ambiente y está transitado por mucha más gente que hace cincuenta años, pero sigue siendo el jardín de la abuela, una abuela que ya no es la mía, sino mi madre, aunque no tenga ningún título de propiedad que lo acredite… Una historia que cuento porque mi sobrina está ingresada en el hospital, muy lejos de mi casa, y no puedo llevarle flores. Una historia pequeña que nadie contará si yo no lo hago. Como todo lo que escribo. Así que no voy a dejar de hacerlo.

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El jardín de la abuela by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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