Incoherencias

Antes de salir a la calle a pedir libertad para otras mujeres, conquisté la mía en mi casa.

Carmen Álvarez Vázquez

 

Tengo dos amigas recientes muy comprometidas con el feminismo. Las conocí hace poco menos de un año en una concentración en repulsa por un asesinato machista cometido el día anterior. Son algo mayores que yo y las dos están casadas. Un día que habíamos salido a la calle a reprobar un nuevo feminicidio nos quedamos charlando en un bar hasta bastante tarde y cuando ya se iban, por hacer la gracia, les dije que sus maridos iban a echarlas de casa por llegar a esas horas. Entonces, sorprendidas por mi comentario, tan poco feminista, se dieron la vuelta en mitad del paso de cebra… “Antes de salir a la calle a pedir la libertad para otras mujeres, conquisté la mía en mi casa, y ella también”, me contestó Carmen, muy seria. Yo, que esperaba una respuesta graciosa, pero insustancial, me quedé sin palabras y, poco antes de que retomaran muy airosas su camino, susurré un poco desconcertada: “Pues claro, por supuesto”…

Nunca les comenté lo mucho que me habían impresionado aquellas palabras, hasta hace poco. No se acordaban de la escena y tampoco entendían muy bien el porqué de mi desconcierto, pues consideran que el camino que han recorrido –liberarse primero y trabajar para liberar a otras después– es el lógico y normal, el único posible en realidad. Pero no. Hay muchas mujeres que empiezan a salir a la calle para reivindicar y defender derechos que todavía no han logrado conquistar personalmente, mujeres que no descubren sus propias cadenas hasta que se ven reflejadas en las de otras, mujeres que toman conciencia de su propia situación al luchar por las demás y que adquieren la fuerza necesaria para liberarse en el ámbito privado –tan difícil de transformar, o más, que el público– cuando experimentan el efecto de sus palabras y actos públicos en otras mujeres y construyen una identidad colectiva. No son hipócritas, ni mentirosas, tan solo incoherentes. Algunas no son conscientes de sus incoherencias, pero las van descubriendo poco a poco, porque todo feminismo lleva de serie la autocrítica; otras las ven, pero no esperan a ser perfectas para actuar, pues no pretenden erigirse en modelos para las demás, sino buscar y lograr, con sus limitaciones y carencias, algo mejor para todas.

Mientras hablaba con mis amigas, me acordé de Betty Friedan, la autora de La mística de la feminidad, un libro fundamental para el movimiento feminista y que cambió la vida de las miles de mujeres de todo el mundo que lo leyeron y de millones que no lo han hecho, pero se han beneficiado de los logros del feminismo que esta obra contribuyó a inspirar y fortalecer. Betty Friedan publicó La mística de la feminidad en 1963, tras cinco años de trabajo, y en 1966 fundó, junto a otras mujeres y hombres, la National Organization for Women, de la que fue presidenta. Mientras y hasta 1969, en que se divorció, sufrió malos tratos psicológicos y físicos por parte de su marido, de los que le quedaron cicatrices. El contraste y las incoherencias entre su vida pública y su vida privada le hacían sentirse dividida. “Al fin –contó en su autobiografía–, reuní el coraje para divorciarme de Carl… Ya no podía seguir siendo la mujer de dos cabezas”…

El camino que recorrió Betty Friedan es diferente al de mis amigas, pero le llevó al mismo sitio. Al final, se trata de liberar liberándose y/o de liberarse liberando, en un proceso que no acaba nunca, porque siempre hay margen para la mejora. Las incoherencias –públicas y privadas, personales y colectivas– no son ajenas a dicho proceso, entre otras cosas porque las mujeres tenemos muy interiorizado el patriarcado. Hace falta tiempo para aprender a descubrir todo aquello que parece natural y de sentido común, pero no lo es, para buscar un lenguaje que no sustente una visión dualista y jerarquizada del mundo, para descubrir quiénes somos y qué queremos, al margen de lo que se espera de nosotras, para encontrar herramientas que transformen la realidad… Hace falta tiempo… y valor, mucho valor, porque los beneficiarios del patriarcado no quieren perder sus privilegios y castigan de muy diversos modos a quienes intentamos minarlo.

A menudo pienso que me encantaría ser profundamente coherente, pero no lo soy. Descubrir mis propias incoherencias me avergüenza y me enfada. Por eso me quedé tan cortada en aquel paso de cebra ante la respuesta de mis amigas. Pero sé que el único modo de empezar a deshacer las contradicciones es conocerlas y asumirlas. Y afortunadamente, tengo alrededor mucha gente que me pone frente a ellas y me da que pensar.

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