Hijas de Homero, hijos de Safo

¿De dónde extraerán las mujeres la suficiente autoafirmación para escapar del círculo de la violencia?

Soledad Murillo

 

Ayer, a las ocho de la noche, acudí a una conferencia de Ángeles Caso, titulada “Convirtiendo sueños en realidades. ¿Por qué es tan difícil escribir un libro?”[1], en la que la escritora desgranó su biografía como tal, es decir, hizo memoria de quienes le inspiraron el amor a la literatura y el deseo de provocar en los demás la misma emoción que a ella le causaban algunos relatos, repasó el camino recorrido hasta convertirse en escritora y apuntó sus dificultades para dedicarse a la escritura, especialmente aquellas relacionadas con su condición de mujer.

Yo fui con tres amigas. Pronto nos dimos cuenta de que en la sala había muy pocos varones. Ángeles Caso agradeció explícitamente su presencia, porque “habitualmente los hombres no asisten a este tipo de actos”, o sea, los protagonizados por mujeres, lo cual está muy relacionado con uno de los problemas a los que se enfrenta la literatura hecha por mujeres. Me refiero a que dicha literatura se califica siempre como “femenina” y se entiende dirigida solo o principalmente a mujeres, algo que no sucede con la literatura escrita por hombres, que nunca se apellida como “masculina” y se considera destinada a todas/os. Según esto, hay una literatura, sin adjetivos, escrita por varones y con valor universal, que transmite una visión de la realidad supuestamente neutral, que las mujeres compartimos y asumimos en cuanto seres humanos ‒sin especificidad de género‒, y una literatura femenina, escrita por mujeres desde una perspectiva subjetiva y parcial, con la que los varones no pueden y/o no quieren identificarse. Y quien dice una literatura, dice una ciencia, una teología, una espiritualidad, una historia, un arte… Ángeles Caso lo explicó muy bien cuando dijo que ella se reivindica como hija de Homero[2], pero los escritores varones no se identifican como hijos de Safo[3].

La causa de todo ello reside en que lo masculino y los varones siguen siendo paradigma de lo humano, y lo femenino y las mujeres, algo marcado con un significado –el género– que las singulariza –como si los hombres no tuvieran género– y, por tanto, les impide ser prototipo de nada que no esté igualmente marcado. Así, las mujeres solo pueden ser modelo para otras mujeres, mientras que los hombres pueden serlo para todas/os. Que las mujeres no seamos paradigma de lo humano, al menos en la misma medida en que lo son los hombres, tiene consecuencias, porque supone que, se diga lo que se diga, la realidad es que la marca de género nos resta humanidad y que, por tanto, se nos considera menos humanas que a los varones. Y esta consideración de las mujeres como seres humanos inferiores, consciente o inconsciente, explícita o no, está en la base de todos los tipos de violencia ejercida contra las mujeres, desde la más sutil –disfrazada de paternalismo, de condescendencia, de caballerosidad…–, hasta la más cruel –los malos tratos físicos y psicológicos, la tortura, la trata de mujeres con fines de explotación sexual, el feminicidio–, pasando por todas las discriminaciones y marginaciones laborales, económicas, sociales, culturales, religiosas, institucionales…

La conferencia de ayer fue, para mí, como un anticipo de lo que representa el día de hoy. El 25 de noviembre es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres y, como todos los años, en medios de comunicación e instituciones se ha puesto el foco en este problema, especialmente en su versión más grave, la que asesina solo en nuestro país a más de cien mujeres cada año, aunque las cifras oficiales las rebajen a menos de la mitad. Y yo, una y otra vez, tengo la impresión de que pretendemos remediar los síntomas de la violencia machista sin atajar sus causas, tan arraigadas que pasan inadvertidas y tan evidentes, a veces, que resultan increíbles. Porque increíble parece que las mujeres sigamos siendo consideradas seres humanos inferiores, pero a las pruebas me remito y, por supuesto, no solo a las que tienen que ver con la literatura…

Y pienso que si algunas mujeres soñaron ser escritoras, o científicas, o bomberas, o políticas, o lo que sea… e hicieron realidad sus sueños, a pesar de las dificultades que por ser mujeres encontraron para lograrlo, podemos permitirnos la esperanza de una vida en la que Safo sea tan maestra de todas/os como Homero, y cualquier varón, con su singularidad, pueda verse reflejado en la humanidad que una mujer representa y en la perspectiva con la que mira el mundo. La esperanza, en fin, de una vida digna y sin violencia.

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[1] La conferencia era el primer evento organizado por la Fundación 16 de 24: https://fundacion16de24.org/

[2] Autor de la Ilíada y la Odisea, que vivió en el siglo VIII a.C.

[3] Poetisa griega, nacida en la isla de Lesbos en la segunda mitad del siglo VII a.C.

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Hijas de Homero, hijos de Safo by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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