Parresía

Debemos animarnos entre nosotras a no callarnos bajo ningún concepto.

Mary Beard

Por motivos relacionados con mi tesis doctoral, esta semana he estudiado y trabajado la tragedia de Eurípides titulada Fenicias, cuyo argumento se centra, fundamentalmente, en el conflicto entre los dos hijos varones de Edipo, llamados Eteocles y Polinices. El motivo de la discordia entre ambos, en muy pocas palabras, era que habían acordado ocupar el trono tebano de forma alternativa en periodos de un año, pero cuando le tocó a Eteocles entregar el cetro a su hermano, no lo hizo y, además, desterró a Polinices, por lo que este reunió un ejército extranjero y volvió a Tebas, dispuesto reclamar con armas lo que era suyo. Yocasta, su madre, intenta mediar entre sus dos hijos e impedir la guerra, pero no lo consigue. Así, Eteocles y Polinices acaban enfrentándose cuerpo a cuerpo ante una de las siete puertas de la ciudad de Tebas y se matan mutuamente.

No era la primera vez que leía esta tragedia, pero como suele pasar con todas las relecturas de cualquier texto, máxime si tiene hondura, encontré cosas que me habían pasado inadvertidas en otras ocasiones. Una de ellas fue una parte del diálogo entre Yocasta y Polinices, en el que la madre le pregunta a su hijo, que ha vivido en el destierro, qué es estar privado de patria y él le responde que lo más duro de soportar para un desterrado es no tener libertad de palabra, lo cual, según Yocasta, equivale a la esclavitud, porque “es propio de un esclavo no decir lo que piensa”.

La libertad de palabra, que en griego se expresaba con el término parresía, era una característica que diferenciaba a los ciudadanos libres de los esclavos, de los extranjeros y, por supuesto, de las mujeres. Solo los varones griegos libres podían tomar la palabra en el ágora. Un desterrado, obligado a vivir en una patria que no era la suya, estaba condenado a ser un extranjero allí donde fuera y, por tanto, a no tener libertad de palabra. El comentario de Yocasta, pues, resulta muy pertinente, pero confieso que al leerlo no pensé en el ágora ateniense, ni en los derechos de ciudadanía de los griegos, restringidos a muy pocos varones, ni en la libertad de expresión que defienden las leyes de los actuales estados democráticos y que violan los sistemas totalitarios, sino en la relación entre la esclavitud y no decir lo que se piensa. En todos los ámbitos.

Decir lo que se piensa… Decir lo que se piensa no es vomitar, sin ningún tipo de filtro todo lo que se pasa por la cabeza, caiga quien caiga. Pero, sin duda, decir lo que se piensa expone a quien lo hace, porque muestra su interior, aquello que sin sus palabras sinceras permanecería oculto o medio escondido o maquillado o ambiguo. Exponerse es arriesgarse no solo al juicio ajeno, sino también a la reacción de las/os demás. Decir lo que se piensa tiene consecuencias, positivas y/o negativas, pero no decirlo, también, porque callar por miedo esclaviza. Y mucho.

El miedo no nos deja ser lo que somos, ni decir lo que pensamos, ni hacer lo que queremos. El miedo paraliza y silencia. Pesa y asfixia. Ata y mata. Identificar qué callamos y ante quién puede darnos luz sobre dónde habitan y reinan nuestros miedos y quiénes son nuestros “señores”, es decir, aquellas/os a quienes entregamos nuestra libertad, aquellas/os que tienen poder sobre nuestras vidas y sobre nosotras/os mismas/os, quizá porque se lo damos…

En el ágora griega, no podían hablar con libertad ni esclavos, ni extranjeros, ni mujeres. Identificar en qué ágoras actuales y a quiénes se les niega la libertad de palabra o de pensamiento también puede ser muy esclarecedor para desenmascarar a los poderes que, a veces, incluso en nombre de la libertad, intentan no solo impedir que se liberen quienes viven en cualquier tipo de esclavitud, sino esclavizar de muy diversos modos a quienes son libres.

Dice Pedro Casaldáliga que lo contrario de la fe no es la duda, sino el miedo. Y, según el diccionario de griego-español que tengo en mi casa, la libertad de palabra, la parresía puede traducirse como sinceridad y franqueza, pero también como alegría y confianza. Parece, pues, que la confianza podría ser condición y consecuencia de la libertad de palabra, porque una y otra se alimentan mutuamente y se hacen crecer.

Confiar y hablar. Hablar y confiar. Parresía.

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Parresía by María José Ferrer Echávarri is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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