De libertad y servidumbre

Prefiero una libertad peligrosa a una servidumbre tranquila.

María Zambrano

 

Las noticias se suceden de forma vertiginosa y da la sensación de que hace mucho que celebramos el Día Internacional de las Mujeres –creo que el nombre oficial es Día Internacional de la Mujer, en singular, pero a mí me gusta recordar que somos muchas y diversas–, cuando en realidad hoy hace justo una semana. Si fuera una celebración religiosa, aún estaríamos en la octava, así que quiero volver un poco sobre ese día, sin pasar rápidamente de largo, porque creo que no fue un 8 de marzo como otros. Es cierto que, como en años anteriores, se realizaron manifestaciones en muchísimas ciudades del mundo, pero este año había una novedad: la convocatoria de un paro internacional de mujeres, que en algunos países se tradujo en una auténtica llamada a la huelga, mientras que en otros, como el nuestro, se limitó a un paro de media hora, de 12 a 12,30 h. La idea era visibilizar lo que el trabajo de las mujeres –el remunerado y el gratuito, el público y el privado, el que se realiza fuera de casa y el doméstico– supone en todos los ámbitos de la sociedad y en todos los países.

Yo, a las doce en punto del mediodía, solté el ratón del ordenador y bajé al campus. Delante del aulario, adonde me dirigí, se estaba concentrando gente de los diferentes “estamentos” universitarios, sobre todo estudiantes y más mujeres que hombres. Una profesora improvisó un breve discurso para recordar lo que nos congregaba allí y para animar a todas/os a trabajar por la igualdad y a construir una sociedad sin discriminación ni violencia de género. Me llamó la atención un grupo de chicas que ofrecían pequeños lazos morados para enganchar a la ropa con agujas imperdibles. Parecían violeteras, aunque ellas no vendían sus ramitos: los regalaban. “¡Gentileza de las estudiantes de 2º de Historia!”, decían muy sonrientes, con ojos vivos, orgullosas de ser feministas, deseosas de expresarlo públicamente y contentas de sumar una iniciativa propia a la convocatoria general.

De las diferentes “crónicas” que recibí sobre las manifestaciones de ese día en diversas ciudades –yo no pude ir a la de Gijón–, me puso especialmente contenta la que me envió por mail una amiga de Madrid, algunas de cuyas impresiones quiero compartir: “Mi experiencia ayer en la manifestación fue muy emocionante. Acudí con un grupo de catorce mujeres y dos hombres. Fue una manifestación multitudinaria, desbordante. Había tanta gente que no se podía avanzar en ninguna dirección. Me recordaba la concentración por el No a la guerra. Nunca vi (ni siquiera en el 7N) tantas chicas jóvenes. Había clases enteras de institutos, universitarias formando sus propios grupos, y todo el mundo lo comentaba. La mayoría iba de negro riguroso. También había hombres. Algunas organizadoras pidieron que ellos pasaran al fondo y muchas mujeres se opusieron, pues era importante, decían, que fueran con nosotras, como nosotras, comprometidos a nuestro lado. Los discursos en Cibeles me parecieron muy buenos… Mostraban el feminismo como alternativa al sistema, como esperanza de un mundo futuro distinto… En fin, que era muy esperanzador. Había un grupo de chicas jóvenes que animaban a mujeres de más edad a unirse a ellas. Yo eso no lo había visto nunca… No sé, vi muchos signos diferentes, incluidos los slogans de las pancartas, algunos sumamente ingeniosos, más diversificados e inclusivos”. Mi amiga experimentó algo diferente, algo fresco. Savia nueva.

Una idea parecida se me cruzó mientras me colocaba en el chaquetón el lacito morado de las estudiantes de 2º de Historia. “Aquí está el relevo”, pensé, y sentí un gran alivio, no porque tenga intención de jubilarme del feminismo, ni hablar, sino porque las vi con muchas ganas. Yo, a su edad, apenas era consciente del patriarcado, del machismo… Vivía la servidumbre de género, pero sin experimentarla, sin ponerle nombre. Pero ellas lo tenían claro. Parecían hartas de sexismo, de marginación, de subordinación, como si, a pesar de su juventud, no les cupiera más injusticia en el cuerpo, y, al mismo tiempo, no se les veía resentidas ni, por supuesto, resignadas.

Recordé las generaciones de mujeres que tuvieron que romper moldes y abrir caminos insospechados para que hoy podamos ser feministas. Pensé, agradecida, en los pasos que nuestras antepasadas nos han evitado. No olvidé el precio que muchas mujeres pagaron y pagan por su emancipación, por su libertad. Pero creo que merece la pena, porque no sé si hay alguna servidumbre tranquila, pero la de género, sin duda alguna, es más peligrosa que la libertad. Y, afortunadamente, muchas jóvenes lo saben.

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