La habitación

Este mundo es la puerta cerrada. Es una barrera y, al mismo tiempo, es también el paso.

Simone Weil

 

La palabra agonía es de origen griego y significa contienda, lucha. En quien agoniza compiten la vida y la muerte, pero no lo hacen en igualdad de condiciones, porque, al final, siempre vence la muerte. Visto así, se podría decir que todas/os somos seres agonizantes desde que nacemos, pues de una manera u otra luchamos cada día para no morir de hambre, de frío, de enfermedad…, aunque sepamos, por otro lado, que la única certeza que tenemos y compartimos es la de que tarde o temprano moriremos, por más medios que pongamos para evitarlo. Pero normalmente no solemos tener tan presente nuestra condición mortal y hablamos de agonía para referirnos a ese proceso “fronterizo” que precede a la muerte, cuando esta no es repentina. Un proceso, a menudo, largo y angustioso.

Cuando un ser querido agoniza, el tiempo transcurre al ritmo de su respiración. Las horas pasan lentas –es casi imposible no ser consciente de cada minuto, de cada segundo– y, al mismo tiempo, avanzan a velocidad de vértigo acercando el momento de la despedida. Cuando un ser querido agoniza, el mundo se reduce a la habitación donde yace, a esas cuatro paredes donde cohabitan la vida y la muerte.

Mi padre está en esa habitación. En el mismo hospital donde nacimos sus hijas/os. He pasado unos días y algunas noches junto a él, pero ahora estoy a cientos de kilómetros, porque las obligaciones laborales no entienden de agonías. Estoy tan lejos que, si condujera sin parar, tardaría más de seis horas en recorrer la distancia que nos separa. Pero, en realidad, estoy allí, porque mi mente y mi corazón no se han ido de su lado. Todo lo que sucede fuera de esa habitación me parece lejano –aunque pueda verlo con mis ojos y tocarlo con mis manos–, casi ficticio, una especie de sucedáneo de realidad carente de sustancia y de hondura, un escenario en el que me encuentro más como espectadora desinteresada que como personaje. Me levanto cada mañana y hago lo mismo que hace unas semanas, pero estoy como ausente.

Los médicos dicen que mi padre no sufre, aunque es difícil creerles viendo la tristeza de su rostro y oyendo hora tras hora, día y noche, su respiración, entrecortada y difícil, y sus quejumbrosos gemidos. Dicen que su inconsciencia es total, pero si le cogemos de la mano, aprieta con fuerza. No sé si nos oye, pero le hablamos, a veces en voz alta, a veces también en silencio. Y yo sé que lo nota, que nuestra voz, suene o no, y nuestra presencia le tranquilizan.

Se dice todas/os morimos solas/os, pero no es cierto. Todas/os, no. No podemos evitar a nadie la experiencia de su propia muerte, pero se puede estar cerca, muy cerca, y compartir con quienes mueren ese tiempo-frontera que es la agonía. Podemos evitar  que sea un tiempo de soledad, con nuestra compañía, y un tiempo de dolor, con los muchos medios que la ciencia, hoy, tiene para paliarlo. No podemos cruzar el umbral con ellas/os, esa puerta cerrada y abierta al mismo tiempo, al otro lado de la cual nadie sabe lo que hay, salvo que la traspase, pero podemos acompañarles hasta el mismo quicio. Yo, ahora, acompaño a mi padre desde lejos. Le sigo hablando. Y sé que me oye. Le tomo de la mano. Y sé que me siente.

Llevo semanas intentando escribir sobre otras cosas, pero no puedo. Dice el evangelio que de lo que rebosa el corazón habla la boca. Y mi corazón está con mi padre en esa habitación donde hace tres días le di el último beso.

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Navidad

Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra.

Simone de Beauvoir

 

Más que mediadas las fiestas navideñas, me he dado cuenta de que, para mí y sin pretenderlo, la Navidad empezó no en la madrugada del 24 al 25 de diciembre, sino casi tres meses antes, a primeros de octubre, en Roma, durante un concierto de órgano que formaba parte de las actividades del Congreso Internacional “Las teólogas releen el Vaticano II: asumir una historia, preparar el futuro”, organizado por el Coordinamento Teologhe Italiane (CTI).

Cuando leí en el programa que la última pieza interpretada por la organista Lena Residori sería Dieu parmi nous (La Nativité du Seigneur – IXème Méditation)[1], del francés Olivier Messiaen, creí que íbamos a escuchar una composición navideña y, por lo tanto, alegre y amable. Pero no lo fue. No lo fue en absoluto. La música de Messiaen que resonó en la abadía de San Anselmo aquella noche, lejos de evocar júbilo o serenidad, producía inquietud. La pieza era desasosegante, casi turbadora. Salí del concierto desconcertada… Pero supe, desde las primeras notas, que el compositor francés había acertado: la Navidad es algo perturbador; desde determinado punto de vista, casi un escándalo. Y si contemplarla ya no nos altera, es porque nos hemos acostumbrado a ella, privándola –y privándonos también nosotras/os– de su poderosa capacidad creadora y transformadora.

Lo curioso es que la Navidad, a diferencia de otras festividades cristianas, incluida la Pascua de Resurrección, no pasa inadvertida. Es más, su evidente y progresiva descristianización no solo no ha contribuido a su extinción, sino que me atrevería a decir que, paradójicamente, ha ayudado a su pervivencia e incluso ha facilitado su exportación a zonas del planeta ajenas a la tradición cristiana. Soy plenamente consciente de la importancia que en esta continuidad expansiva de la Navidad tiene el consumismo que se ha acabado adhiriendo a ella como si formara parte de su ADN y los muchos beneficios económicos que genera. Pero tengo la impresión de que el secreto del éxito de la Navidad sigue residiendo en el acontecimiento que celebra, a menudo olvidado o no tenido en cuenta y casi siempre oculto bajo un sinfín de elementos espurios que sofocan su potencial, pero no logran ahogarlo completamente, porque forma parte de nuestros más profundos anhelos: que el Bien sea posible, pese a todo, y acabe alcanzando a todas/os. Un Bien que, en la tradición cristiana, se hace cuerpo en el cuerpo de un recién nacido en un portal de Belén.

Lo que pasa es que ese niño no es solo ni fundamentalmente el protagonista de una tierna escena que enternece nuestros corazones. La humanización de Dios presente en el portal de Belén, a poco que se rasque la capa de sensiblería, por otro lado caduca, con la que habitualmente se visten estos días, es muy intranquilizadora. Que Dios se haga ser humano diluye las fronteras entre lo sagrado y lo profano, lo transcendente y lo inmanente, lo eterno y lo contingente, lo divino y lo humano. La humanización de Dios supone el reconocimiento de los cuerpos concretos de los seres humanos como espacios de salvación. Y una percepción así obliga a mirar la realidad de otra manera y a trabajar para que la Justicia y la Paz, antes de besarse (Cf. Sal 84), hagan acto de presencia allí donde se sufre en la propia carne su ausencia.

Por otro lado, si Dios se hace ser humano, todos sus poderes –dar la buena noticia a los que sufren, vendar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y la libertad a los prisioneros, proclamar años de gracia (Cf. Is 61,1-2)–, todo aquello que anhelamos como contenido y expresión del bien y de la felicidad –la paz, la justicia, el amor, el perdón…– se revelan como tareas humanas que no nos podemos ahorrar a la espera de una intervención divina externa, como si Dios estuviera… al otro lado de una línea tan imaginaria como inexistente. Porque que Dios esté entre nosotras/os –como rezaba el título de la IXème Méditation de Messiaen– significa que no está más allá, ni más arriba, ni más tarde… La idea me acelera la respiración, porque noto necesidad de red, pero paradójicamente también me serena. Lo justo para conservar la esperanza de no acostumbrarme al escándalo y de acabar entendiendo algo de lo que significa la encarnación.

Sé que llego tarde, que lo ortodoxo es felicitar la Navidad antes de la Noche Buena, pero me ha sido imposible teclear antes unas líneas en este blog. De todas formas, las fiestas navideñas terminan comercialmente el día de Reyes –litúrgicamente, al domingo siguiente–, así que confío en que mis deseos de felicidad para todas/os aún tengan sentido a partir de este momento y, si cabe, con efecto retroactivo.


[1] “Dios entre nosotros (La Natividad del Señor – IXª Meditación)”.

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Algo que decir

Nosotras queríamos ser escuchadas, porque teníamos algo que decir.

Jerome Chimy

 

La celebración del 50º aniversario del Concilio Vaticano II ha dado lugar a numerosos actos y publicaciones, una de ellas, el libro de Adriana Valerio Madri del Concilio. Ventitré donne al Vaticano II (Roma: Carrocci, 2012), que recoge las aportaciones de las diez religiosas y trece laicas que participaron en dicho evento: Esmeralda Miceli, Amalia Dematteis, Ida Marenghi-Marenco, sor Constantina Baldinucci y sor Claudia Feddish, de Italia; Marie-Louise Monnet, sor Sabine de Valon y sor Suzanne Gillemin, de Francia; Catherine McCarthy y sor Mary Luke Tobin, de los Estados Unidos; sor Cristina Estrada y Pilar Belosillo, de España; sor Juliana Thomas y Gertrud Ehrle, de Alemania; Margarita Moyano Llerena, de Argentina; sor Marie de la Croix Khousam, de Egipto; Anne Marie Roeloffzen, de Holanda; Rosemary Goldie, de Australia; sor Jerome María Chimy, de Canadá; Hedwig von Skoda, de Checoeslovaquia; sor Marie Henriette Ghanem, de Líbano; Luz Maria Longoria de Álvarez Icaza, de México, y Gladys Parentelli Manzino, de Uruguay. Solo las dos últimas viven todavía.

Su sola presencia habría bastado para que todas ellas hicieran historia, ya que era la primera vez que había mujeres en un aula conciliar, y en realidad era lo único que se esperaba de ellas, su presencia, es decir, una participación de carácter puramente “simbólico”, ya que fueron invitadas como auditoras, o sea, como oyentes. No obstante, aunque seguramente no todas habían leído el tristemente famoso verso de Neruda “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”, sabían que una presencia silenciosa, por muy simbólica que sea, se parece mucho a una ausencia y, si bien no abrieron la boca en las asambleas generales, supieron encontrar las ocasiones para tomar la palabra de forma eficaz, sobre todo en las subcomisiones. Así, las que solo tenían que oír acabaron siendo oídas y sus palabras dejaron huella en los documentos conciliares, los cuales serían diferentes si ellas se hubieran callado.

Las auditoras fueron oídas porque estaban allí, porque tenían algo que decir y porque no guardaron el silencio que se esperaba de ellas. Presencia, pensamiento propio y palabra, tres condiciones necesarias para dejarse oír no solo en el concilio, sino en cualquier ámbito. Tres condiciones que las mujeres no podemos perder de vista y que tenemos que hacer posibles si queremos ser oídas. Porque ¿estamos las mujeres donde queremos estar, o solamente donde se nos deja o donde se cree –y a veces nosotras mismas creemos– que nos corresponde? ¿Nos es posible cultivar el pensamiento, un pensamiento propio, o seguimos pensando con ideas ajenas? ¿Tomamos la palabra, a tiempo y a destiempo, o creemos que no es valiosa, o tememos la crítica e incluso la condena, y callamos? ¿Es eficaz nuestra voz o predicamos en el desierto? La respuesta a estas preguntas, sin duda, es “sí” y “no” al mismo tiempo, porque si bien es cierto que hemos conquistado muchos espacios externos e internos, también lo es que no todas las mujeres han logrado hacerlo y, de cualquier forma, los obstáculos, lejos de disminuir con el tiempo, se hacen más complejos y difíciles de superar.

Sin presencia no puede haber palabra. Hay que seguir estando en todos los espacios posibles y también «desafiar (romper) el “sentido común”: estar donde no debemos, no podemos, ni se espera que estemos»[1]. Hacer lo que no se espera que hagamos, sorprender. Sorprendernos incluso a nosotras mismas creyendo en nuestros sueños, creyendo en nuestras posibilidades, haciendo eficaz con una voz propia la presencia “simbólica”, allí donde se produce, creando algo nuevo más allá y más acá de lo permitido.

Pero para ello, hemos de ser conscientes de lo que somos, de lo que queremos, de lo que pensamos. Necesitamos un pensamiento propio, no prestado, crítico, fuerte, profundo y creativo. Y no lo lograremos sin lo que Virginia Woolf llamaba “una habitación propia y quinientas libras anuales”, es decir, sin dedicar tiempo y medios para formarnos y para pensar. Tiempo y medios que las mujeres tendemos a sacrificar en pro de lo apremiante, porque son muchas las urgencias que nos rodean y que, nos demos cuenta o no, también nos consumen. Tiempo y medios sin los cuales nuestro pensamiento corre el peligro de adelgazar de tal modo que no solo no incida en la realidad, sino que llegue a ser invisible incluso para nosotras mismas.

Ningún pensamiento, ninguna palabra puede ser eficaz si no se pronuncia. Y son muchas las mujeres en el mundo, en muy diversas situaciones, a las que no les está permitido hablar, por serlo; muchas cuya palabra, aunque sea pronunciada, no es tenida en cuenta, precisamente por ser de mujer. Para otras, en muy diferentes contextos, hablar, oralmente y/o por escrito, es un ejercicio peligroso, muy peligroso. Unas eligen tomar la palabra públicamente, pese a todo, y otras la maduran, pronunciándola en secreto, mientras trabajan para crear ocasiones que les permitan asumir el riesgo sin perder toda la piel en el intento.

Seguimos queriendo ser escuchadas, porque seguimos teniendo algo que decir. En realidad, tenemos mucho que decir, siempre lo hemos tenido y continuaremos teniéndolo. Por eso, seguiremos estando, pensando y hablando, porque tenemos derecho a ello, aunque no siempre se nos reconozca, y porque si no lo hacemos, la realidad no será lo que podría llegar a ser.


[1] Tal como propuso Mercedes Navarro Puerto en la ponencia “Paisaje: un nuevo lugar de perspectiva (enfoques). Subjetualidad de las mujeres y cambios socio-estructurales”, pronunciada el día 4 de octubre de 2012, en el Congreso Internacional “Asumir una historia, preparar el futuro” celebrado en Roma.

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El precio del saber

Para mucha gente, un sueño sencillo es algo casi inalcanzable.

Glenn Close

 

El 9 de octubre de 2012, Malala Yusufzai recibió un disparo por defender el derecho a la educación de las niñas en su país, Pakistán. Me acordé inmediatamente de la película franco-iraní Buda explotó por vergüenza, dirigida por Hana Makhmalbaf y estrenada en 2007, que narra las peripecias de Baktay, una niña afgana de seis años que al ver que otro niño, vecino suyo, sabe leer decide ir a la escuela y aprender. Las dificultades de Baktay para lograr su propósito son innumerables: vive en un país en guerra, no tiene ni cuaderno ni lápiz y sus compañeros de clase, niños que “juegan” a ser talibanes, atacan a las niñas porque consideran que no deberían ir a la escuela.

La película narra una historia ficticia que intenta mostrar cómo las prácticas de los adultos –la guerra, el machismo…– marcan a los niños y los convierten en copias de sus padres. Pero, tristemente, lo acontecido a Malala revela que la realidad, una vez más, supera la ficción. Y lo peor es que Malala, que se ha convertido en un símbolo de la lucha por la igualdad de todas las niñas del mundo[1], no es una excepción. Hay “otras Malalas”, niñas y adultas, que corren muchos riesgos por defender y ejercer los derechos humanos de las mujeres.

Unicef considera la educación de las niñas como principal motor de desarrollo, ya que, cuando un niño recibe una educación de calidad, el resultado es, a menudo, el de un adulto con formación, mientras que cuando una niña recibe una educación de calidad, el resultado es, casi siempre, el de toda una familia con educación y formación. Y advierte que si no se actúa con urgencia para incrementar el número de niñas que acceden a la educación básica, los objetivos globales para reducir la pobreza y la mejora de las condiciones de vida humanas no se podrán cumplir. Sin embargo, se calcula que la cantidad de niñas en el mundo excluidas de la educación es de 65 millones, superior en nueve millones a la de los niños que también carecen de ella, lo que revela, a todas luces, una clara discriminación de género en lo que a educación se refiere.

Contemplar esta situación desde el mirador del Primer Mundo causa un cierto impacto, pero es difícil evitar la sensación de que todo eso sucede lejos, en unos países que no se parecen en casi nada a los nuestros. Aquí tenemos escuelas hasta en los lugares más recónditos, la educación básica está garantizada y, en principio, es gratuita. Sin embargo, la educación básica es tan solo un mínimo, imprescindible, sí, pero insuficiente –y cada vez más– para garantizar la posesión de las herramientas necesarias para desenvolverse con solvencia en nuestro mundo y, desde luego, para saciar la sed humana de saber. Y es ahí, en los niveles que superan lo básico, donde saber tiene precio, un precio que, en la situación económica actual, cada día va dejando en la cuneta a más jóvenes, para las/os que se vuelve inalcanzable acceder a la formación que desean.

Anteayer leí[2] que el número de estudiantes universitarios que recurren a la industria del sexo para costearse sus estudios se ha disparado en Reino Unido. Parece que la subida en el precio de las matrículas universitarias ha sido uno de los desencadenantes de este incremento  y que el aumento de la brecha entre las ayudas estatales y el coste de estudiar una carrera universitaria hace prácticamente inviable que un/a estudiante sin recursos pueda para pagarse los estudios, ya que necesitaría hacer una jornada laboral de 34 horas semanales, lo que apenas le dejaría tiempo, no ya para estudiar, sino incluso para asistir a clase. La industria del sexo permite obtener más dinero en menos tiempo y, en la actualidad, el 6% del alumnado universitario británico recurre a ella. La mayoría son mujeres…

La noticia proyecta una sombra oscura, muy oscura, difícil de soslayar, pero también revela una inquebrantable voluntad de formarse y estudiar. Una voluntad que, al estrellarse con la realidad, denuncia a gritos que hay muchas formas de pegar un tiro y hacer pagar un alto precio a quienes quieren ejercer su derecho a saber.


[1] Se ha iniciado una campaña internacional para que Malala Yusufzai sea propuesta como candidata al próximo premio Nobel de la Paz, con la intención de hacer visible con su candidatura la lucha de tantas niñas y mujeres por el derecho a la educación.

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Vivir la muerte

La esperanza es esa cosa con plumas que se posa en el alma y canta sin parar.

Emily Dickinson

 

Hay veces –y esta es una de ellas– en que las circunstancias personales hacen que me resulte difícil ponerme a escribir algo para el blog, porque pienso que lo que me ocupa y preocupa carece de interés para quienes puedan leer mis palabras. Con todo, estoy convencida de que lo personal es político, por lo que quizá no sea tan absurdo compartir algo de mis experiencias de estos últimos días.

En la primera quincena de este mes, mi padre ha tenido dos ingresos hospitalarios a causa de sendos derrames cerebrales. Ya está en casa, por lo que se podría decir que ha superado la prueba, pero no precisamente con nota. Hoy está mejor que hace una semana, pero mucho peor que hace un mes. Ha iniciado su personal cuesta abajo, una cuesta cuya pendiente se inclina progresivamente, por lo que su deterioro es cada vez mayor y más rápido.

Pasar unos días en el hospital siempre me afecta. Las horas pasan lentas y el sufrimiento es común denominador en pacientes y acompañantes. La vida parece menos viva y la esperanza, eso que según el dicho popular es lo último que se pierde, va cambiando de contenido, de manera que, casi imperceptiblemente, se va bajando poco a poco el listón. La posibilidad de recuperar la salud o, al menos, mejorarla ayuda a soportar una enfermedad larga e incluso dolorosa. Cuando la mejoría no es posible, la esperanza se conforma con no empeorar. Pero cuando el empeoramiento es inevitable y se sabe con toda certeza que no hay vuelta atrás, quizá también después de un proceso largo y doloroso, solo se desea una buena muerte, lo más alejada posible del dolor y del deterioro.

A priori, podría pensarse que son pocas las circunstancias que hacen la muerte preferible a la vida, porque tal preferencia parece contradecir la fuerza del poderoso instinto de supervivencia, pero lo cierto es que son muchas y variadas. Hay personas que esperan la muerte como una liberación porque su vida, de alguna forma, ha dejado de merecer tal nombre. Y no pienso solamente en los casos de quienes sufren enfermedades terribles y terminales. Sin ir más lejos, el domingo, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, un documental recordaba a Amina Falali, una muchacha marroquí de 16 años que se suicidó tras verse obligada a casarse con su agresor en virtud de una ley de su país que permite a los violadores evitar el castigo si contraen matrimonio con sus víctimas, ya que supuestamente, al hacerlo, salvan el honor de las mismas.

Que haya vida que no se percibe como tal, que haya vidas que más que vivirse se mal-viven, me hace pensar que los límites entre la vida y la muerte son mucho más borrosos de lo que pensamos y que cuando decimos vida, decimos algo más que “estado de actividad de los seres orgánicos”, que es lo que reza una de las acepciones del término en el diccionario de la Real Academia Española. La vida pura y dura, desnuda de todo aquello que la hace “vivible”, puede convertirse en un infierno, es decir, en un estado de sufrimiento extremo del que no cabe la esperanza de salir.

Nadie puede soslayar la muerte y hay sufrimientos inevitables, pero no todos. El de Amina Falali podría haberse evitado, como el de los miles y millones de mujeres que sufren violencia por serlo, dentro de sus hogares y a manos de sus parejas y/o ex parejas, en los países donde se las aleja del placer sexual al mutilar sus genitales, en los conflictos bélicos, donde sus cuerpos torturados y violados se convierten en estrategia de control sobre el enemigo, en los puestos de trabajo, donde sufren acoso sexual, en los lugares donde se practica el aborto selectivo de niñas, en todos los ámbitos donde son consideradas personas de segunda categoría o, directamente, no-personas… Podrían evitarse las hambrunas, el deterioro del planeta que, tarde o temprano, hará inviable la vida para millones de personas, la marginación de grupos de seres humanos a causa de su raza, etnia, género, orientación sexual, religión… Podrían evitarse los abusos económicos que conducen a tantas/os a la pobreza extrema, el poder arbitrario que condena al silencio y a la sumisión, el tráfico humano que convierte a tantas personas en esclavas laborales y sexuales…

Hay infiernos que lo son por nuestra acción u omisión. Y están habitados por personas con nombre, historia, sentimientos, seres queridos, cuerpos que no mienten, que no pueden mentir sobre el sufrimiento que padecen. Inhibirse de buscar cómo destruir los infiernos evitables es condenar a muchas/os no solo a morir, sino a vivir, quién sabe durante cuánto tiempo, la muerte.

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Hacer expurgo

Dios nos creo para vivir en comunión, pero nos hemos dividido; nos creó para vivir en libertad y nos hemos hecho esclavos, y hemos esclavizado… Nos creó herederos de la creación, para dejar nuestra huella en ella, y la hemos devastado y sometido de manera tiránica; de sus riquezas universales hemos hecho riquezas exclusivas y excluyentes.

Trinidad León Martín

 

El tamaño de mi casa no me permite acumular, así que me he propuesto hacer expurgo en armarios, cajones y estanterías. Empecé con el armario de la ropa, en el que he conseguido dejar una estantería vacía, y he continuado con los papeles de todo tipo que, apilados a lo largo de más de un año, esperan encontrar un sitio definitivo en mis carpetas o acabar en la bolsa azul destinada al reciclaje. Hoy han vuelto a pasar por mis manos los apuntes de las oposiciones que acabé en  julio. No he podido evitar echar un vistazo rápido a los folios, muchos, antes de tirarlos a la basura Y al hojear los de legislación me he acordado de algunas reflexiones que me hice, en su momento, cuando estudié algunas normas sobre las que basamos nuestra convivencia.

Muchos textos legales empiezan con lo que podría llamarse una declaración de intenciones, es decir, una especie de discurso programático en el que se hace explícito el espíritu que sustenta la norma correspondiente. Resulta lógico pensar que dicho espíritu es reflejo directo de los valores en los que se apoya y/o a los que aspira la sociedad de cuyos órganos legislativos nace el texto jurídico y para beneficio de la cual se ha elaborado la norma. Pues bien, la constitución de nuestro país y los tratados europeo-comunitarios apelan constantemente en sus preliminares a la dignidad del ser humano y al  reconocimiento de sus derechos; consideran fundamentales el derecho a la vida, a la libertad personal, ideológica, religiosa y de expresión, el derecho a la seguridad y al honor, y la igualdad ante la ley; establecen como principios y objetivos el bienestar y el interés común, la solidaridad dentro de la sociedad y entre los pueblos, la cooperación, el cuidado del medio ambiente, la promoción de la cultura y la igualdad de oportunidades para el acceso al conocimiento, el cuidado de los más débiles, la atención a las minorías, la educación en valores, la igualdad de género y la lucha contra cualquier tipo de discriminación. Algunas normas jurídicas mencionan incluso, entre sus objetivos, la erradicación de la pobreza…

La verdad es que da gusto leer estas introducciones de las leyes, porque invitan a pensar que nuestras sociedades no solo son humanas, sino que aspiran a serlo cada vez más. Sin embargo, y pese al espíritu que se vislumbra en estos textos vertebrales de nuestra convivencia, la realidad se muestra bastante más inhumana. No hay que esforzarse mucho para darse cuenta de que el mundo se ha convertido en un gran mercado regido por un único principio: el beneficio económico. Así, mientras parece que el corazón social aspira a la convivencia solidaria, todo lo demás nos empuja a la ley de la selva y al sálvese quien pueda, como si una profunda esquizofrenia se hubiera apoderado de la historia y de cada una/o de nosotras/os.

¿Qué nos está pasando? ¿Cómo podemos querer algo, como sociedad, como comunidad humana, y no dar los pasos necesarios, uno tras otro, para conseguirlo? ¿De verdad creemos en todos esos valores que enumera nuestro ordenamiento jurídico, o solo son hermosas palabras vacías, mejor dicho, vaciadas de sentido a base de pronunciarlas en vano y, por tanto, carentes de eficacia? Y si es así, ¿por qué consentimos que se sigan pronunciando, que se sigan utilizando como falsa moneda para adormecernos, para tranquilizarnos, para decirnos que vivimos en sociedades realmente civilizadas? ¿Cómo podemos reconocer públicamente, con admiración e incluso con emoción, como se hace a menudo, los méritos de personas y entidades que abogan, trabajan y/o encarnan valores como la solidaridad, la promoción de la cultura, la lucha contra el sufrimiento humano, la democratización del saber, la distribución de la riqueza, el desarrollo humano en todas sus facetas, el cuidado de los más débiles de cada sociedad… y, al mismo tiempo, funcionar movidas/os por otros objetivos?

Quizás ha llegado el momento de hacer expurgo también en nuestros textos legales fundantes, bien eliminando todo aquello que no sustenta realmente nuestro funcionamiento como sociedad, lo que nos evitaría la engañosa autocomplacencia, bien erradicando de su articulado todo aquello que no casa con el espíritu que, supuestamente, los inspiró. Así, al menos, seríamos coherentes. Y, como mínimo, nos obligaríamos a reflexionar sobre nuestros verdaderos valores.

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¿Derecho al olvido?

Y no olvidar, al comenzar el trabajo, estar preparada para equivocarme. No olvidar que el error muchas veces se había convertido en mi camino… Siempre sentí miedo del delirio y del error. Mi error, no obstante, debía ser el camino de una verdad: pues únicamente cuando me equivoco salgo de lo que conozco y entiendo.

Clarice Lispector

 

Se habla a menudo del peligro que entraña proporcionar datos personales en la Red, ya que, una vez subidos, es prácticamente imposible hacerlos desaparecer, lo que puede acarrearnos consecuencias indeseadas. Más de una/o se ha arrepentido, por ejemplo, de haber colgado en Facebook fotografías u opiniones que, en principio, iban destinadas a sus amigas/os y que, por no haber configurado bien la privacidad de su cuenta o por indiscreción de algún miembro de su círculo de confianza, han terminado en páginas web de fácil acceso y sobre las que ya no puede ejercer ningún control. A algunas/os, esos deslices les han costado el trabajo, pues muchas empresas rastrean las huellas que las/os solicitantes de empleo van dejando en la Red para completar los currículos que reciben.

Decirnos, en cualquier ámbito, incluso el privado, siempre compromete, porque al mostrarnos proporcionamos a las/os demás información sobre nosotras/os. Y la información es poder. Mostrarse en Internet, con palabras o imágenes, nos expone mucho más, no solo a las miradas ajenas, sino a que la información que proporcionamos sea capturada y multiplicada en infinidad de espacios, porque la Red es como una plaza pública de alcance universal. Dejar constancia documental de lo que somos o pensamos supone un riesgo, sin duda, pero también es una garantía. Y ni uno ni otra son desconocidos al ser humano. Quienes escribimos, privada o públicamente, lo sabemos bien. La diferencia hoy, respecto a un pasado no lejano, pero ajeno a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (NTIC), es la facilidad y rapidez con que ahora pueden ser procesados y difundidos los datos, lo cual, en sí, no es bueno ni malo. Tan solo conviene ser conscientes de ello.

Está claro que hay información que proporcionamos espontánea y voluntariamente, aunque a menudo con una evidente falta de prudencia o, incluso, de pericia “técnica”. Otra la suministramos a requerimiento de empresas y administraciones para acceder a algún servicio a través de la Red y confiamos en que las entidades que la solicitan cumplan las leyes vigentes respecto a la protección de datos. Pero hay información que, literalmente, se nos escapa: datos aparentemente sin importancia (perfiles de cliente, opiniones en blogs, firmas para apoyar causas…), repartidos aquí y allá, que tomados aisladamente no dicen mucho, pero que cuando se cruzan pueden convertirse en una fuente inagotable de información para quien quiera y pueda utilizarla, a favor o en contra.

Las leyes, a la zaga de la evolución de la Red, intentan asegurar la privacidad de nuestros datos personales con diversas medidas, entre ellas, lo que se llama “derecho al olvido”, o sea, el derecho a solicitar que nuestra información personal sea borrada de las bases de datos de las entidades correspondientes una vez que nuestra relación con ellas ha finalizado. Entiendo el contenido de este derecho y lo comparto, pero no estoy muy segura de que la denominación sea acertada.

La mención al olvido me resulta inquietante, e incluso peligrosa. De hecho, hay quienes defienden que este derecho debería incluir que cualquiera pueda solicitar/exigir que sean borradas, por ejemplo, las opiniones que un día vertió en la Red, y argumentan para ello que, con el tiempo, todo el mundo evoluciona y puede arrepentirse de haber hecho públicas algunas declaraciones –o de haber colgado imágenes– comprometidas o, mejor dicho, comprometedoras. El derecho al olvido vendría a ser, así, una especie de borrón en el expediente, entendido no como una mancha, sino con una acepción más etimológica, es decir, el resultado de borrar con éxito lo que un día estuvo “escrito”. Algo que, desde luego, no pueden permitirse quienes, en lugar de decirse en la Red, lo hacen sobre el papel o en otros medios menos maleables, a no ser que se adopten métodos como los del famoso Ministerio de la Verdad, de la novela de Orwell, 1984, donde se re-creaba el pasado, literalmente, cambiando lo que hubiera que cambiar para que encajara con los intereses del presente. O sea, el Sueño, con mayúscula, de cualquiera que quiera manipular la Historia, o las historias…

Creo que el olvido es siempre peligroso. La desmemoria ha sido, demasiadas veces, una herramienta más que eficiente, en manos de los poderosos, para engañar, para desdecirse sin arrepentimiento ni consecuencias, para invisibilizar el trabajo y los logros de mucha gente que, gracias al olvido, ha quedado relegada a los márgenes de la Historia.

Por eso, más que el derecho a “olvidar” lo que un día subimos a Internet o manifestamos en cualquier otro foro, yo reclamaría el derecho al error y a la rectificación, no negando lo que un día fuimos o pensamos o dijimos, sino dando la cara, reconociendo, en efecto, la evolución y el cambio personales y, sobre todo, dando razón de ellos. Un derecho que, quizá, no se pueda legislar, pero que debería tenerse en cuenta, porque, de los errores, también se aprende y quien evoluciona demuestra, entre otras cosas, que es capaz de sobreponerse a la inercia y de crear algo nuevo incluso sobre sus propias ruinas.

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Cuenticos

Pareciera que nuestro imaginario de Dios se limitara exclusivamente a la tradición; nos sentimos incapaces de ponerlo en cuestión a la luz de los desafíos del presente, por miedo a la irreverencia o la heterodoxia… Hoy el miedo o el desdén atenazan en muchos casos la creatividad.

María Ángeles López Romero

 

Esta semana fui a visitar a mis padres. El caso es que, como mi madre sabía que me pararía en el pueblo en el viaje de vuelta, me metió en la bolsa unos números de 21. La revista cristiana de hoy para que se los diera a una vecina de su edad, a la que llamaré Magdalena, aunque no es ese su nombre, porque no le he pedido permiso para hablar de ella en público. En cuanto aparqué el coche y metí el equipaje en casa, crucé la calle y fui a cumplir la misión encomendada. Magdalena me recibió con el delantal puesto y un montón de alubias, esparcidas por el suelo, que se secaban junto a la cocina de leña.

Después de preguntarle qué tal estaba y de darle cumplida cuenta de cómo se encontraban mis padres, le alargué las revistas. Sin dejar de mirarme a los ojos, me dijo apenada: “Tengo tan poco tiempo… Pero dime si hay algo interesante y lo leeré”. Entonces, bajó la vista a mis manos y vio las portadas. “¿21? ¡Pero si esa revista la recibo yo todos los meses! Acaba de llegar una”, casi gritó, muy sonriente, mientras revolvía en la repisa de la ventana y buscaba entre otras revistas y periódicos el último número recibido. Y con su revista, aún envuelta en plástico, ya en la mano confesó: “Recibo varias revistas cristianas, pero no me importaría borrarme de todas. Menos de esta. Al lado de esta, lo que cuentan las demás parecen cuenticos. Se nota que en esta trabajan personas metidas de lleno en la vida”.

No sé a qué otras publicaciones cristianas está suscrita Magdalena, pero sus palabras me han dado mucho que pensar. No deja de ser curioso que una mujer de más de setenta años, con pocos estudios y de la que se podría suponer una mentalidad más bien conservadora y conformista, por aquello de que ha vivido siempre en un pueblo pequeño, no se trague, sin filtro ninguno, todo lo que se empaqueta con el cartel de “cristiano” y distinga con tanta contundencia entre contenidos y contenidos, prefiriendo los conectados con la vida a los que ella denomina “cuenticos”.

Cuenticos… como los que se oyen tan a menudo en tantos púlpitos, en tantas catequesis, en tantas charlas y conferencias, como los que se leen en tantos escritos teológicos y supuestamente espirituales. Palabras alejadas de la carne y el hueso de la realidad cotidiana, de la justicia social, de los avances de la ciencia, de las experiencias concretas, del dolor y del gozo humanos. Palabras antiguas, cansadas y que producen cansancio, aburridas, vacías de traducción renovada, manidas, gastadas, alienantes. Palabras muertas y mortíferas, que no generan vida y que la extinguen.

Se repite una y otra vez que se busca un nuevo lenguaje para nombrar a Dios y para transmitir la fe. Y parece que no es fácil, pero ¿por qué? ¿Qué es transmitir la fe? ¿Pasar, de una generación a otra, palabras esculpidas en piedra? Aunque así fuera –que no lo es–, no hay que olvidar que hasta los textos de las lenguas muertas, inmutables en su forma, requieren traducciones periódicamente renovadas, si se quiere seguir entendiendo su contenido, porque las/os lectoras/es de hoy no hablan el mismo lenguaje que ayer. Una traducción del siglo XVI de la Odisea, por ejemplo, sería hoy casi tan incomprensible como el texto griego original… Por tanto, urge traducir aquello que un día se consideró inmutable, es decir, hacer hermenéutica y exégesis no solo de la Escritura, sino de la Tradición, esa tradición que, más que un cimiento sobre el que construir, se muestra a menudo como una losa imposible de remover para salir de la tumba.

Por otro lado, la fe es algo más que palabras escritas definitivamente en un documento. Dorothee Sölle decía que el secreto de la vida que llamamos Dios es algo experimentado y que, por tanto, son nuestras experiencias las que nos permiten identificarlo. Posiblemente no resultaría tan difícil renovar el lenguaje de la fe si, sencillamente, fuéramos conscientes de que dicho lenguaje no es ajeno al que utilizamos para todo lo demás: el trabajo, la ciencia, las relaciones interpersonales, el arte… Quizá, por eso, Magdalena prefiere leer sobre la vida y las vidas –porque es ahí donde reconoce a Dios y donde transmite su fe–, y dejarse de cuentos.

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Viaje a Roma

 

Es sano desatascar las cañerías de la memoria y terminar de hacer las paces con todo lo que quedó atrás.

María Dueñas

 

El domingo, mientras en la plaza de San Pedro del Vaticano se proclamaba a santa Hildegarda de Bingen doctora de la iglesia, yo recorría a toda velocidad las calles de Roma, camino del Panteón de Agripa. De regreso al hotel, donde me esperaba la maleta ya cerrada, aún tuve tiempo para pararme un poco en la Boca de la Verdad y visitar la iglesia de Santa María de Cosmedin. Era mi última mañana en la Ciudad Eterna –había llegado la tarde del miércoles–, y quise aprovecharla hasta el último minuto. Cuando me subí al tren que va al aeropuerto, llevaba la lengua fuera, literalmente.

Nunca había estado en Roma, aunque había sido un destino mucho tiempo soñado por mí. Soñado y no alcanzado. Hasta ahora. La ocasión me vino dada por el Congreso Teológico Internacional, celebrado en la abadía benedictina de San Anselmo, entre el 4 y el 6 de octubre, y organizado por el Coordinamento Teologhe Italiane (CTI) bajo el título “Las teólogas releen el Vaticano II. Asumir una historia, preparar el futuro”[1].

Como mujer, como cristiana y como estudiante de Teología Feminista, el tema del encuentro me interesaba mucho. Como licenciada en Filología Clásica, se me antojaba imposible estar en Roma per la prima volta (por primera vez) y encerrarme en una sala de conferencias desde la mañana hasta la noche, así que decidí repartir mi tiempo y mi corazón entre el simposio teológico y los paseos turístico-culturales por la ciudad: ni estuve presente en todas las ponencias, comunicaciones y debates del congreso, ni visité todos los monumentos que en las guías de la ciudad figuran como “imprescindibles”. Dicho de otra manera, pude escuchar más de media docena de apasionantes reflexiones teológicas, disfrutar de un magnífico concierto de órgano en la iglesia de San Anselmo, conocer y oír a personas que participaron en las sesiones del Concilio Vaticano II, asistir a un sorprendente espectáculo celebrativo al final del congreso –original, emotivo, sugerente, bellísimo, provocador, comprometido–, prueba concluyente de que hay muchas formas de hacer teología y de que el arte, en todas sus variantes, es una de ellas, y pude contemplar, asimismo, muchos restos de la Roma clásica, tan familiar para mí gracias a los libros y, sobre todo, a los textos latinos que, durante años, tuve la dicha de traducir. También fui al Vaticano.

A pesar de la aparente división en que me vi inmersa y que me hizo sentir en no pocas ocasiones que estaba traicionando un poco a los dos amores –la teología y el mundo clásico– que reclamaban mi atención al mismo tiempo, cuando lo que me faltaba, precisamente, era tiempo, creo que mis días romanos no estuvieron tan exentos de coherencia. Al fin y al cabo, fueron una mirada hacia el pasado, más o menos lejano, y hacia las raíces culturales, religiosas y espirituales del mundo en que me muevo y de mi propia historia. Una mirada multiforme, poliédrica, necesaria para asumir el pasado, propio y común a otras personas, y preparar el futuro, tal como rezaba el subtítulo del congreso.

De todas formas, intento poner orden en mis experiencias romanas, pero noto que todavía no puedo. Como si se tratara de fotografías obtenidas con una lente interior y diferente a la de la cámara que me acompañó todas las horas del día, vienen a mi mente flashes de mis paseos por las calles: iglesias donde no es posible rezar, porque prima su condición de museos, suelos adoquinados sobre los que resulta difícil andar, capiteles y columnas desparramados por el suelo, manadas de gente desplazándose entre los monumentos o llenándolos, calles de tráfico intenso en las que no hay semáforos de peatones y a las que hay que lanzarse, literalmente, para cruzar confiando en que los coches se pararán, la Via della Misericordia, una calle pequeña y estrecha, restos arquitectónicos antiguos surgiendo de cualquier muro de épocas posteriores, rostros procedentes de todas las partes del mundo, sobredosis de belleza, vagabundos y vagabundas durmiendo en los bancos de cualquier plaza o sentados en cualquier escalera, manifestaciones reivindicativas entre las estatuas de los emperadores romanos… Pasado y presente tan conectados como disonantes, tan condicionantes del futuro, como superables. Lastre y posibilidad. Como la historia y la tradición de esta nuestra Iglesia, en la que las mujeres hemos estado tan marginadas, tan maltratadas, tan silenciadas y, a pesar de todo, tan presentes, tan vivas…

Ni podemos ni debemos eliminar el pasado. Tampoco olvidarlo. Es verdad que pesa como una losa, pero quizás aún seamos capaces de construir edificios nuevos sobre las ruinas. El congreso fue la prueba de que las mujeres tenemos la pasión, la imaginación y las herramientas necesarias para hacerlo. Yo volví con ganas de ponerme a ello.


[1] Isabel Gómez-Acebo también asistió al congreso, del que habla en la entrada “Per la prima volta”, de su blog “Cajón de ilusiones”: http://blogs.21rs.es/ilusiones/2012/10/08/per-la-prima-volta/

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Justicia y perdón

 

Algo tiene el tema del mal que es capaz de paralizar la inteligencia.

Amelia Valcárcel

 

Tal como sospechaba, retomar la vida cotidiana no me ha sido fácil, y no solo por aquello de tener que madrugar por obligación, y no por el puro placer de disfrutar del sol mañanero, sino sobre todo porque tengo la sensación de haberme dado de bruces con el tren de la realidad, al menos en lo que atañe a lo público. Por más que lo intento, no consigo ponerme al día y me asomo a las noticias de los medios de comunicación con la ambivalente sensación de estar oyendo más de lo mismo y de haber perdido, al mismo tiempo, el hilo del argumento.

Así, pues, me siento algo perdida. Tanto, que me ha costado varios días y borradores teclear esta entrada en el blog, ya que han sido muchas las cuestiones que me han estado rondando estos días por la cabeza, amontonándose en ella sin ningún orden, invadiendo aleatoriamente mis pensamientos y haciendo patente mi necesidad de una información más profunda y extensa sobre la mayor parte de ellas, imprescindible para elaborar una opinión personal sobre cualquier tema. Al final, he optado por abordar la cuestión más recurrente de todas las que me han ocupado últimamente, debido, sin duda, a la lectura del libro de Amelia Valcárcel La memoria y el perdón, una obra de apenas 140 páginas y de lectura amena, aunque no siempre sencilla, y que deja con ganas de más, de mucho más[1]. Me refiero a la relación entre dos conceptos, la justicia y el perdón, que se perciben tan vinculados al Evangelio.

Justicia y perdón están relacionados con el mal y su cancelación, pues ambos buscan detener la espiral de violencia que cualquier tipo de mal infligido a otras/os desencadena, pero pertenecen a ámbitos distintos. La justicia está fundamentada en lo que Amelia Valcárcel denomina la “ontología de la deuda”. La idea básica es que quien causa un daño contrae una deuda con su víctima, una deuda que, tarde o temprano, ha de pagar para que se restablezca el equilibrio y se recupere el orden que la consecución de un mal ha alterado. Un mal se cancela, pues, con otro equivalente. Y esta ontología de la deuda es la que explica que la venganza, es decir, la devolución del mal recibido, fuera considerada, durante milenios, no solo un derecho, sino prácticamente una obligación de las víctimas.

La venganza se convirtió en justicia cuando se institucionalizó, o sea, cuando la cancelación de la deuda contraída por quien dañaba, el “ojo por ojo”, se puso en manos no de quienes lo habían sufrido, sino de la comunidad-sociedad a la que pertenecían. Pese al cambio, el marco moral siguió siendo el mismo y la ontología de la deuda subyace todavía en los sistemas penales de las sociedades democráticas, las cuales, a través de sus leyes, se dan a sí mismas unas determinadas “tablas de equivalencias” entre los delitos cometidos y las penas con las que las/os delicuentes saldan su deuda con el conjunto de la sociedad, no con las víctimas directas. La justicia, por tanto, pertenece al ámbito de lo público y de lo comunitario-social.

El perdón, cuando no se inscribe en un marco providente, es decir, cuando no supone que un Poder Superior/Divinidad se encargará de hacer justicia más tarde o más temprano, escapa a la ontología de la deuda y pertenece al ámbito de lo personal, lo que significa, entre otras cosas, que solo puede perdonar quien ha sufrido el daño. Es más, nadie tiene derecho a perdonar el mal infligido a otras personas. Por otro lado, que la víctima perdone no evita la pena que la justicia impone. Además, el arrepentimiento de quien ha cometido el mal tampoco evita la acción de la justicia ni genera, necesariamente, el perdón de sus víctimas, como tampoco se lo asegura quien cumple su sentencia íntegramente. Y parece, por otra parte, que la sociedad difícilmente perdona a quienes, en algún momento, ha juzgado y condenado, aunque hayan saldado su deuda en términos judiciales.

¿Puede el perdón, por tanto, instalarse en el ámbito de la justicia? En principio, parece que no. Sin embargo, Amelia Valcárcel habla de lo que denomina “perdones fundantes”, es decir, aquellos que una sociedad, democrática o no, se concede, precisamente, para poder seguir siendo una sociedad viable. Es el caso de las amnistías, de las leyes de punto final y de otras formas de hacer una especie de borrón y cuenta nueva tras periodos de conflictos internos graves. Y toda sociedad tiene experiencia, en distintos grados, de estos perdones fundantes, perdones que, por otra parte, no tienen por qué suponer olvido.

De cualquier forma, parece que ni la justicia ni el perdón han sido capaces, hasta el momento, de evitar el mal. No obstante, como cristiana, me niego a pensar que la marca de Caín es la que define a la Humanidad. Pero no puedo obviarla. Y con justicias y perdones, quizá no siempre bien distribuidos, habrá que intentar, como dice Amelia Valcárcel que, al menos, no se propague.


[1] Tampoco ha sido ajena a la elección del tema la entrada “Bolinaga y la piedad” (http://blogs.21rs.es/ilusiones/2012/09/06/bolinaga-y-la-piedad/#comments), del blog de Isabel Gómez-Acebo “Cajón de ilusiones”, cuya lectura me ha dado mucho que pensar y a la que, de alguna manera, intento responder desde aquí.

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