La Historia y las historias

Sea cual fuere tu postura, la siguiente pregunta sencillamente tiene que ser: ¿cómo sería el mundo si verdaderamente esta idea se hiciera realidad?

Martha Nussbaum

 

La noticia de la muerte de Nelson Mandela, acaecida ayer en Johannesburgo, ha sido ingrediente inevitable de nuestro desayuno de hoy. No hay medio de comunicación que no haya dedicado una gran parte de su tiempo o de su espacio a rememorar la vida y el pensamiento del que fue el primer presidente negro de su país y el más famoso de los hombres y mujeres que durante décadas combatieron el apartheid, un sistema de segregación racial que rigió en Sudáfrica desde 1948 hasta 1994, año en que las personas negras mayores de edad pudieron ejercer por primera vez su derecho al voto sin restricciones en unas elecciones democráticas en las que venció, precisamente, Mandela.

Él ha sido, sin duda, el más célebre anti-apartheid, pero no el único. Nada más conocer la noticia de su muerte, me acordé de Steve Biko, un activista sudafricano, detenido y confinado en múltiples ocasiones y, finalmente, en 1977, torturado hasta la muerte por la policía de su país. El periodista sudafricano blanco Donald Woods, amigo de Biko, escribió dos libros denunciando su asesinato –Asking for Troubles y Biko[1]–, que se constituyeron en poderosas herramientas para visibilizar y dar a conocer al mundo lo que se estaba viviendo en Sudáfrica.

Winnie Madikizela, la segunda esposa de Mandela, con quien estuvo casada desde 1958 hasta 1996, también luchó contra la segregación racial, fue encarcelada en dos ocasiones y desterrada a la aldea de Brandfort durante ocho años. Y aunque tenía prohibido acudir a actos públicos, participó en multitudinarios mítines y en innumerables huelgas de obreros negros.

La cantante Miriam Makeba sufrió durante más de treinta años la marginación del régimen racista de su país, del que tuvo que salir, por su compromiso con la lucha por los derechos civiles y contra el racismo, que también soportó cuando se instaló en Estados Unidos, por lo que acabó estableciendo su residencia en Guinea. Recibió el apelativo de “mamá de África” y fue un auténtico icono de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica.

Son solo algunos nombres, la punta del iceberg, lo poco que se ve. Ellas/os, en mayor o menor medida, se han convertido en símbolos de la lucha antirracista, quizá mejor, en iconos, en signos que representan una realidad más amplia que ellas/os mismas/os. Por eso, por un lado, su fama visibiliza dicha realidad y, por otro, la oculta. Y sin restar ni un ápice de valor a lo que ellas/os fueron e hicieron, lo cierto es que ni Mandela, ni Biko, ni Madikizela, ni Makeba, ni aquellas/os que aparecen o aparecerán en los libros de historia habrían logrado vencer si hubieran luchado en solitario, si sus actos y sus palabras no se hubieran sumado a los de innumerables personas –anónimas solo porque sus nombres nos son desconocidos– que apoyaron de mil formas distintas la causa anti-apartheid y que, en muchas ocasiones, sufrieron también en sus carnes las consecuencias de su esperanza en un mundo más justo y su compromiso para hacerlo realidad.

Estoy convencida de la necesidad de líderes capaces de despertar las conciencias y en torno a las/os cuales se aglutinen y canalicen los anhelos y la fuerza de quienes, sin alguien que señale una dirección y encarne una esperanza, quizás andarían dispersas/os. Pero, como decía mi abuela, nadie se mete a pastor sin ovejas. Y me fastidia un poco la metáfora, por la connotación gregaria, pero creo que, con limitaciones, tiene su valor. Porque no todo el mundo tiene ni la capacidad, ni la formación, ni la oportunidad de hacer “grandes cosas”, pero en el reverso de la Historia, con mayúsculas, están las “pequeñas” historias personales, los nombres concretos, y casi siempre desconocidos, sin los que el futuro, para bien o para mal, no habría llegado.

Hoy es día para recordar y honrar a Mandela. Y con él, a todos los hombres y mujeres que, de cerca o de lejos, le enseñaron, le fortalecieron, le acompañaron, le sostuvieron, le inspiraron y le ayudaron a imaginar una realidad en principio inimaginable, a seguir confiando, cuando nada invitaba a la esperanza, y a hacerla posible.


[1] En ellos se basó el cineasta británico Richard Attenborough para rodar la película Grita libertad, que fue estrenada en 1987. Yo fui a verla con unas amigas y recuerdo que, al salir del cine, no pudimos articular palabra en un buen rato.

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La última soledad

Durante un momento, nuestras vidas parecen navegar a favor o en contra de la corriente. Pero es la corriente la que decide nuestro destino.

Sophie Philipsen[1]

 

Esta semana, mientras escribía un texto sobre otro tema para este blog, recibí un correo en el que se incluía un enlace a un artículo de Nuria Varela titulado “La nueva misoginia”[2], que recomiendo leer y que voy a intentar resumir.

La autora comienza aportando datos sobre la violencia de género, datos que aun siendo escasos, fragmentarios e insuficientes, resultan escalofriantes: cada año, pierden la vida entre 1,5 y 3 millones de mujeres y niñas como consecuencia de la violencia o el abandono por razón de su sexo[3]: un número de víctimas, cada dos o cuatro años, semejante al que causó el Holocausto.

Paradójicamente, y a pesar de que las cifras son insoportables, el mayor conocimiento de la violencia machista y sus consecuencias no se traduce en una mayor toma de conciencia activa contra ella. Nuria Varela habla de anestesia social y política, incluso de “fatiga” para abordar el problema. En nuestro país, en concreto, la violencia de género no aparece como prioridad ni entre los hombres ni entre la mayoría de las mujeres. Y lo que es peor, las mujeres que la sufren todavía tienden al ocultamiento o al disimulo, porque en la mayoría de los casos no se sienten acogidas, sino víctimas de sospechas o cuestionamientos de sus actitudes. Indiferencia y desapego sociales que denotan menosprecio. En castellano, desdén. Un desdén que, en este caso, bien puede entenderse como misoginia, es decir, como odio, rechazo, aversión y desprecio hacia las mujeres y, en general, hacia todo lo relacionado con lo femenino, que se traduce en opiniones y creencias negativas sobre las mujeres y lo femenino y en conductas negativas hacia ellas. Hacia nosotras.

Durante siglos, nuestra cultura, popular y académica, ha legitimado la misoginia, materializada en un sexismo hostil que, en la actualidad, parece haber desaparecido en Occidente. Sin embargo, ha nacido una nueva misoginia, un sexismo “benévolo” de tono afectivo menos negativo. Ambos sexismos tienen su origen en las diferencias biológicas, en las que se han fundamentado las diferencias sociales comunes a todos los grupos humanos, descansan sobre la dominación del varón justificada en la debilidad de las mujeres y el reparto de roles, y tienen los mismos efectos: violencia contra las mujeres en proporciones de genocidio.

Nuria Varela habla de una auténtica cultura del simulacro respecto a la violencia de género, ya que la construcción de la identidad de las mujeres se realiza en un contexto de menosprecio o denegación de reconocimiento: “En estas circunstancias es cuando se produce la violencia de género individual que ataca directamente a las mujeres que la sufren dando lugar a una percepción negativa de su identidad y de su situación, situación que se agrava por la ausencia de respuesta proporcional, que busca la justificación, la minimización, o la contextualización, antes que enfrentarse a realidad social de la desigualdad y la violencia”[4]. Por eso la violencia de género no es una consecuencia de la desigualdad, sino un instrumento fundamental en la construcción y perpetuación de dicha desigualdad. Así, pues, la violencia machista conviene al patriarcado.

El concepto de violencia de género[5] es muy amplio: abarca todas las posibles formas de violencia cuyo denominador común es que son ejercidas contra las mujeres por el mero hecho de serlo. Como afirma Nuria Varela, el factor de riesgo es ser mujer. Pero quizá, la más insidiosa de las violencias sea la simbólica, porque es insensible e invisible para sus propias víctimas, prescinde de justificaciones, se impone como neutra y no necesita discursos que la legitimen. Es, en realidad, un orden social apoyado en la división sexual del trabajo, en la estructura del espacio y en la del tiempo, cada una con sus ámbitos masculinos y femeninos delimitados, una estructura de dominación fruto de un trabajo continuo e histórico de auto-reproducción en el que colaboran instituciones (familia, escuela, iglesia, Estado) y agentes singulares (los maltratadores).

La violencia simbólica es “una forma de poder que se ejerce directamente sobre los cuerpos (en forma de emociones, pasiones, sentimientos) y como por arte de magia. Por eso no se la puede anular mediante un esfuerzo de la voluntad, basado en una toma de conciencia liberadora”[6], sino a través de una transformación radical de las condiciones sociales, transformación que, pese a los avances hacia mayores ámbitos de libertad de las mujeres, aún no se ha producido ni siquiera en las sociedades democráticas. De hecho, la violencia de género ha aumentado. A ello han contribuido los integrismos religiosos, la crisis financiera, y la tenaz resistencia a que las mujeres sean individuos.

Nuria Varela identifica la nueva misoginia con el neomachismo o posmachismo –al que ya me referí en otra ocasión[7] y sobre el que quizá vuelva en el futuro– y concluye: “Millones de mujeres maltratadas, violentadas y asesinadas impunemente. La misoginia continúa, la barbarie también”.

Hoy es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres y me niego cerrar la puerta a la esperanza, a creer que el problema es irresoluble por su magnitud y por la hondura de sus raíces. Por eso, siguiendo a Celia Amorós, recuerdo a Duns Scoto, que en el siglo XIV definió el principio de individuación como “la última solitudo”, es decir, la última soledad, aquel reducto del sujeto que no se deja absorber por los predicados, sobre todo si los predicados son producto de la heterodesignación, es decir, de lo que otros dicen que puede y debe ser. Esta solitudo, que es el reducto de la libertad y de la dignidad, ha de ser nuestro objetivo y herramienta para lograr la transformación necesaria en el orden social. Una solitudo que, en mi opinión, las mujeres solo podemos lograr saliéndonos de la corriente, es decir, identificando, cuestionando y combatiendo las creencias interiorizadas y las “normas” que nos limitan como seres humanos, transitando caminos diferentes y heterodoxos, y sumando nuestra última soledad a la de quienes están dispuestas/os a conquistarla y a actuar en consecuencia.


[1] Personaje protagonista de la película Sofie, de la actriz, escritora y cineasta noruega Liv Ullmann.

[2] Varela, Nuria. “La nueva misoginia”, Revista Europea de Derechos Fundamentales, 19 (1er semestre/2012), pp.25-48.

Se puede ver en: http://issuu.com/jorgeizquierdo/docs/nuria_varela?e=2593152/2903822

[3] Las causas son diversas: aborto e infanticidio selectivo de niñas; muerte por abandono o porque el alimento y la asistencia médica se destinan antes a los varones; asesinatos de honor; asesinatos por insuficiente dote; muertes a causa del tráfico sexual internacional; violencia “doméstica”; muerte por inadecuada asistencia sanitaria en el parto; muerte a consecuencia de la mutilación genital…

[4] Op. cit., pp. 41-42.

[5] La VG fue definida internacionalmente por primera vez en la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, aprobada por la Asamblea de la ONU el 20-12-1993, hace apenas veinte años.

[6] Op. cit., p. 44.

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Y eso, ¿por qué?

Nosotras somos la utopía hecha realidad de nuestras antepasadas, que tuvieron el valor de creer y de sostener con sus vidas y con su fe una nueva condición de lo divino y de lo humano

Mercedes Arriaga

 

–Mamá, ¿hay mamas? –preguntó la niña, de siete años.

–¿Mamas? –contestó su madre echándose automáticamente las manos a los pechos–. ¿Cómo que si hay mamas?

–Es que, si hay un papa, ¿no hay una mama?

–No, hija.

–Y eso, ¿por qué?

–Porque en la iglesia solo mandan los hombres.

–Qué raro… –dijo la niña, sorprendida–. Y eso, ¿por qué?

–No lo sé, cariño.

La niña de las preguntas es Sara, mi sobrina, y su madre, mi hermana, que no supo cómo responder a su hija. Y no por ignorancia, sino porque se dio cuenta de que cualquier explicación que pudiera darle iba a dejar insatisfechas a ambas: a ella, porque le avergonzaba reconocer en voz alta ante su hija que la iglesia es machista y patriarcal; a Sara, porque es una niña del siglo XXI que vive en un ambiente en el que, si bien todavía hay muchas desigualdades de género, algunas muy sutiles, las mujeres tienen, al menos teóricamente, las mismas posibilidades que los hombres. Sara comparte aula con niños y niñas, tiene profesoras y profesores, ve hombres y mujeres ejerciendo todo tipo de profesiones, conoce a papás que son amos de casa, como su madre… No se plantea ni en broma que ser niño comporte ningún tipo de privilegio, ni ser niña suponga demérito alguno. Si alguien le dijera que, por ser mujer, algún día no podrá hacer esto o lo otro, se le quedarían los ojos como platos y, acto seguido –estoy segura–, le daría la risa, de pura incredulidad.

Esa incredulidad es, sin duda, la prueba de que, a pesar de todo lo que aún falta por conseguir, hay algo que ya no tiene marcha atrás en lo que a la igualdad de género se refiere. El feminismo, ese “ismo” tan denigrado actualmente, algunos de cuyos frutos son todavía muy frágiles, ha conseguido introducir en el imaginario colectivo, pese a las muchas resistencias, la idea de que las mujeres somos seres humanos plenos y tenemos la misma dignidad que los varones, lo que dificulta encontrar argumentos coherentes para fundamentar cualquier tipo de discriminación o marginación por razón de género. En realidad, en el momento en que se acepta que todos los seres humanos tenemos la misma dignidad como tales, se van viniendo abajo, aunque sea lentamente, todas las discriminaciones, sea cual sea el motivo en el que se intenten fundamentar.

Lo curioso de esta especie de conciencia-intuición colectiva de que las mujeres somos tan seres humanos como los varones –que, por otro lado, no siempre coincide con la de algunos individuos que forman parte de la colectividad– es que se da no solo en las sociedades que han sido más permeables a la lucha feminista, sino también en aquellas donde los hechos cotidianos contradicen prácticamente toda idea de igualdad. Y se da, sobre todo, en las niñas.

Hace pocos días recibí en un correo el enlace al tráiler[1] de una película-documental titulada Girl rising, estrenada en marzo de este año. Aunque he buscado el DVD, no he logrado encontrarlo, así que no he podido verla, pero sé que cuenta la historia de nueve niñas de diferentes partes del mundo que se enfrentan a matrimonios concertados, a la esclavitud infantil y a otros tipos de injusticia, y que a pesar de sus circunstancias consiguen, a través de la educación, romper las barreras impuestas y producir un cambio en sus vidas y, por tanto, en sus contextos, convirtiéndose en signos de esperanza y en inspiración para otras niñas-mujeres.

Las protagonistas de esta película, al igual que millones de niñas en todo el mundo, saben que algo no va bien en sus sociedades en lo que a ellas se refiere. Esta disonancia cognitiva entre lo que ellas perciben de sí mismas, de lo que son y pueden ser, y lo que su entorno dice que son y pueden o deben, es el origen de todo feminismo. Y la conciencia que las mujeres, hoy, van teniendo de sí mismas, especialmente las niñas, es la esperanzadora semilla de un gran cambio que, afortunadamente, se torna cada vez más irreversible.

Sara ya ha empezado a sentir esa disonancia cognitiva. De no ser así, no le parecería raro que no haya mamas… Ojalá, cuando las cosas le chirríen, nunca dejé de preguntar por qué y pueda mostrarse siempre incrédula ante cualquier explicación que ponga en entredicho su plena humanidad.

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Liliputienses

Hoy el mundo del conocimiento está siendo amenazado, no solo con ataques amplios y visibles, sino también a través de despliegues liliputienses, miles de pequeños cortes.

Saskia Sassen

 

El viernes pasado se celebró la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Un año más, Asturias –principalmente la ciudad de Oviedo, aunque no solo–, se convirtió en la sede de un acontecimiento que añade al acto institucional y protocolario de la entrega misma un abanico de eventos diversos, repartidos por la geografía asturiana los días previos a la ceremonia, que permiten el acercamiento de la gente “normal” a las/os premiadas/os y, recíprocamente, de estas/os a un público que, de otra manera, no tendría “acceso directo” a ellas/os, algo que, sin duda, ambas partes agradecen.

Un año más, las múltiples conferencias que las personas galardonadas pronunciaron durante su estancia en Asturias y, sobre todo, los discursos de la ceremonia de entrega de los premios, convirtieron en protagonistas de la actualidad las actitudes, los logros y los valores humanos que nos hacen, precisamente, más humanas/os: la paciente tenacidad de la actividad investigadora, la interminable búsqueda del conocimiento, el compromiso solidario, la colaboración en la conquista del bien común, la innegable necesidad de las ciencias humanas y de las artes para el desarrollo individual y social de las personas, el esfuerzo continuado en la consecución de la concordia, el valor del intercambio de ideas y del diálogo, la fe en la capacidad del ser humano para sobreponerse a las dificultades… Y un año más, también, las palabras de las/os galardonadas/os, emocionadas y, cómo no, agradecidas, no renunciaron a ser críticas y a visibilizar las sombras que se ciernen sobre todos esos valores y las trabas que, hoy, aquí y ahora, tienen que superar quienes los abrazan y luchan para hacerlos realidad, trabas que no siempre están relacionadas con las limitaciones propias de toda actividad humana, sino que tienen su origen en una concepción del mundo en la que el beneficio económico prima sobre cualquier otra consideración.

Hoy, durante la comida, me preguntó una amiga cuál de los cuatro discursos pronunciados en el Teatro Campoamor por las/os premiadas/os me había gustado más[1], y no me resultó fácil responderle, porque los cuatro, cada uno en su estilo, fueron brillantes. Acabé decidiendo por eliminación… Dejé sin pódium a Michael Haneke, aunque su juicio sobre el poder manipulador del cine y su vasallaje a los mercados me pareció certero y valiente, tratándose él mismo de un cineasta. Le concedí a Annie Leibovitz la medalla de bronce, con mucha pena, eso sí, porque soy fotógrafa aficionada y sus palabras sobre el valor de la imagen y su capacidad de comunicación, el compromiso que supone adoptar una perspectiva y la ausencia de miedo a la democratización de la fotografía me calaron muy hondo. Antonio Muñoz Molina se quedó en el segundo puesto, a pesar de que no me habría importado nada ser la autora de su discurso, de todas y cada una de sus palabras, tan bien trabadas, tan bien traídas, tan bien vertidas, tan críticas, tan comprometidas y, por qué no, tan estimulantes para quienes, aunque sea en pequeñas dosis, ejercemos el oficio de escribir. Así que, para mi sorpresa, me vi entregando mi particular medalla de oro al discurso de Saskia Sassen, el más breve de los cuatro, el menos personal, sin duda, pero quizá por eso el que mejor expresó el valor del premio recibido: un apoyo activo al saber en un momento, como el actual, en que está bajo amenaza.

Amenazar el saber es frustrar la pasión por el descubrimiento, la reflexión y la interpretación, una pasión que, según Sassen, es tan antigua como la humanidad. Por tanto, impedir que esa pasión se desarrolle nos encoje, nos mutila, nos deshumaniza individual y colectivamente. Cuando la amenaza es clara, es posible idear estrategias para combatirla, aunque la empresa sea titánica. El problema es que no siempre somos capaces de identificarla, porque a menudo, como señaló Saskia Sassen, se materializa en dosis diminutas, inadvertidas si no se está muy alerta y se pone mucha atención. Sin embargo, creo que la buena noticia ante métodos tan insidiosos es que también pueden ser neutralizados poco a poco, con pequeños gestos, con minúsculas rebeldías, con machaconería diaria, con complicidades cotidianas, quizás imperceptibles, pero tarde o temprano eficaces. Porque si se nos trata como a liliputienses, debemos defendernos, como mínimo, como tales.


[1] Si alguien tiene interés, puede ver la ceremonia de entrega de premios en: http://www.rtve.es/alacarta/videos/especiales-informativos/ceremonia-premios-principe-asturias-2013/2099870/

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Cuestión de vocabulario

Mi única defensa es la adquisición del vocabulario.

Vivian Bearing

 

A mi sobrina Sara, de seis años, le gusta hablar. Estoy segura de que hay muchísimas niñas de su edad a las que también les gusta, aunque no tanto de que todas sean tan conscientes como Sara del placer que les produce. Ella no solo reclama conversación de vez en cuando, sino que ya tiene elaborada una lista de las ventajas de practicar esa cualidad tan humana que es el habla. “Mira, tía, hablar no cuesta dinero. Puedes hablar en casa y en la calle, mientras juegas, o vas de paseo, o en coche… Puedes hablar de pie y sentada y hasta en la cama, y no se te cansa el cuerpo. Puedes hablar con todo el mundo, con los niños y con los adultos, con la gente que conoces y con los desconocidos. Puedes hablar de lo que quieras, de cualquier cosa que te guste. Hablar es divertido, te quita el aburrimiento y, además, aprendes mucho…”, me decía este verano, añadiendo a estos y a otros argumentos que ahora no recuerdo: “Claro, que para poder entenderse, las personas tienen que hablar en el mismo idioma”.

Me he acordado de ella esta mañana, cuando he leído en Internet una noticia titulada “Un Atlas sonoro del español en el VI Congreso de la Lengua, en Panamá”[1], en la que, a propuesta de un periódico, veinte escritoras/es del mundo hispanohablante y uno de Estados Unidos han elegido el vocablo que, en su opinión, refleja mejor su país. El objetivo de dicha iniciativa es crear un atlas sonoro del español con la colaboración de las/os internautas.

La elección de los términos me ha parecido, cuanto menos, curiosa. Algunos son vocablos importados de otras lenguas –asumidos tal cual o “españolizados” –; otros han sido elegidos por representar de alguna manera la idiosincrasia del país correspondiente o estar relacionados con algún acontecimiento de su historia; en otros ha sido determinante para su elección contar con una acepción única y distinta de las habituales. Todos estos casos dicen mucho de la permeabilidad de la lengua, a otras lenguas y a la vida, y de la creatividad de sus hablantes. Pero las/os escritoras/es responsables de la selección, en algunos casos, se han decantado por términos de significado ambiguo o muy amplio, es decir, voces utilizadas como auténticos comodines y que, por tanto, se utilizan constantemente con los más variados sentidos y en todo tipo de contextos. Se dice de ellas que son palabras muy “expresivas”, pero a mí me parecen una de las más altas expresiones de un uso muy pobre, aunque solo sea por impreciso, de la lengua, y elegirlas como las que mejor reflejan un país, el que sea, una triste prueba de la “vagancia” lingüística de sus hablantes, que quizás, y ojalá, no haga justicia a la realidad.

No conocer ni utilizar las herramientas de la propia lengua –y el vocabulario no es precisamente la menos importante– nos hace seres indefensos como hablantes y como oyentes. Como hablantes, porque es posible que, aun teniendo algo que expresar, no encontremos la forma adecuada de decirlo, dando lugar a ambigüedades, malentendidos y equívocos. Como oyentes, porque no entender en todo o en parte el contenido del mensaje recibido nos deja en inferioridad de condiciones y, a menudo, nos condena al silencio y/o al asentimiento involuntario. En cualquier caso, un uso pobre de la lengua, la que sea, limita y entorpece la comunicación, que es el principal objetivo de cualquier tipo de lenguaje.

Pero hay más. La lengua que usamos condiciona y conforma nuestra visión del mundo y, por tanto, nuestro pensamiento. Servirse continuamente de palabras-comodín, de frases hechas y de clichés lingüísticos hace que pensemos menos y peor, que renunciemos a los matices, que atrofiemos nuestra creatividad y que cercenemos nuestras posibilidades.

Tuve una profesora de latín, en el bachillerato, que contaba que en algún momento de su juventud se propuso estudiar el diccionario desde la primera página, por lo que cada día memorizaba un número equis de vocablos. Evidentemente, no pasó de la “A” –se cansó antes–, y dudo mucho que a lo largo de su vida tuviera ocasión de utilizar las palabras que aprendió con semejante sistema. No invito, pues, a nadie a seguir su ejemplo, pero sí, al menos, a no conformarse con utilizar cuatro palabras para todo ni a convivir con conceptos que desconocemos, sin indagar su significado, aunque solo sea superficialmente.

Lo tengo claro. En el cumpleaños de Sara, le regalaré un diccionario. Y le enseñaré a usarlo…

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Cariátides

Es preciso sanar a las mujeres que han sufrido violencia y a las mujeres en general, en cuanto han sido educadas para soportar.

Gloria M. Comesaña

 

Ayer fue el día del Pilar. Como zaragozana que vive lejos de su tierra natal, tuve un día de esos que invitan a la nostalgia y al recuerdo. Me acordé sobre todo de mi padre, por primera vez ausente en estas fiestas, y de su madre, mi abuela Cruz, que cuando yo era niña solía llevarme a rezar el rosario aquí o allá los sábados por la tarde. A veces caminábamos hasta el Pilar, de donde no podíamos marcharnos sin ir a la parte de atrás del altar de la Virgen y besar el pilar sobre el que la imagen está colocada, un pilar que no se ve por delante, porque siempre lo tapa un manto, y del que, por detrás, tan solo se muestra una pequeña parte, bordeada por un marco ovalado. Entonces y ahora, siempre me ha llamado la atención la erosión que siglos de besos han producido en el alabastro…

No sé dónde, hace años, leí que el pilar sobre el que reposa la imagen de la Virgen no es exactamente un pilar, sino una columna, porque los pilares tienen una sección poligonal, y las columnas, circular. Y el de Zaragoza es circular, o sea, una columna. Así que, en realidad, la Virgen del Pilar podría haberse denominado con toda justicia Virgen de la Columna. A mí, la palabra columna me suena mucho más arquitectónica que pilar, pero supongo que es cuestión de costumbre. A base de utilizar Pilar como nombre propio, el término se ha visto despojado en gran medida de su significado original. El hecho es que, desde que asocié el nombre de Pilar al concepto de columna, lo encontré mucho más sugerente, más “parlante”. E, inevitablemente, lo relacioné con cariátide.

Una cariátide es una figura femenina[1] esculpida, con función de columna o pilastra. Las cariátides más famosas son las del Erecteion, uno de los templos de la Acrópolis de Atenas. Se dice que este tipo de columnas tiene su origen en las Guerras Médicas, cuando la ciudad de Caria[2], que se alió a los persas traicionando a los griegos, fue vencida: sus hombres fueron ejecutados, y sus mujeres, convertidas en esclavas y condenadas a llevar pesadas cargas. Así, sostener eternamente el peso del templo sobre sus cabezas es, para las Cariátides del Erecteion, un símbolo de su condena. De todas formas, el uso de figuras femeninas como columnas es anterior a las guerras entre griegos y persas, por lo que su origen, sin duda, se remonta más allá. No obstante, parece que la costumbre siempre estuvo ligada al concepto de esclavitud, hasta el Renacimiento.

Me fastidia que algo tan hermoso como una figura femenina sosteniendo una estructura arquitectónica tenga un origen tan poco “edificante”, porque para mí las cariátides siempre han simbolizado algo muy diferente: el mérito de las mujeres, el reconocimiento de su valiosa aportación a una comunidad humana concreta o a la humanidad en general. No obstante, reconozco que, como cualquier símbolo, el de las cariátides puede albergar una zona de sombra, independientemente de cuáles fueran sus orígenes. Ayer mismo, al felicitar a una amiga que se llama Pilar, le dije que tenía nombre de cariátide, y que se preguntara qué es lo que sostenía. Fue una especie de broma jugando con las palabras, pero su respuesta –“Prometo meditarlo, no es mala pregunta”– me dio que pensar. Porque una cosa es sostener, y otra, soportar. Porque una cosa es asumir libremente una responsabilidad, y otra, cargar involuntariamente con un peso impuesto. Porque una cosa es ser consciente de formar parte de un edificio que se quiere mantener, y otra, contribuir sin saberlo a conservar y reforzar una estructura opresora.

De una forma u otra, las mujeres somos cariátides de muchos “templos” que, sin nosotras, se vendrían abajo. La cuestión, por tanto, es si sabemos que lo somos, si lo hacemos voluntaria y libremente, y si queremos seguir siéndolo. Porque es posible que, si nos hacemos la pregunta, si nos paramos a pensar qué sostenemos y cómo lo hacemos, lleguemos a la conclusión de que queremos ser columnas de otros edificios, de que queremos construir otras estructuras y otras realidades, y de que, cansadas de soportar cargas impuestas, preferimos ser cariátides libres y decidir dónde cimentamos nuestros pies y qué sustentamos con nuestras manos.


[1] Si la figura es masculina, se llama atlante o telamón.

[2] De cuyo nombre deriva cariátides.

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Odio e indiferencia

El mal no es nunca “radical”, sólo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie.

Hannah Arendt

 

El odio es un sentimiento intenso de ira, repulsión y hostilidad hacia una persona, grupo u objeto, una emoción difícil de definir y dominar que parece tener como origen la venganza y la defensa de los propios intereses, un deseo de aniquilación que surge como respuesta ante una amenaza y cuya consecuencia más común es la violencia verbal y/o física. Algunas personas se creen incapaces de albergar un sentimiento así, pero lo cierto es que todas/os somos capaces de odiar, al igual que lo somos de amar, porque amor y odio son características específicamente humanas.

Algunos ordenamientos jurídicos reconocen esta violencia como un tipo especial de delito. De forma general, se consideran delitos de odio las conductas agresivas ejercidas contra personas en virtud de su pertenencia a un grupo social, de su edad, raza, género, identidad de género, religión, etnia, nacionalidad, ideología o afiliación política, discapacidad u orientación sexual. Son delitos cuyas víctimas se escogen por ser diferentes a lo que se considera hegemónico.

Los delitos de odio, por tanto, están motivados por prejuicios, es decir, por la elaboración de juicios u opiniones anticipadas, sin suficientes elementos previos, acerca de personas o situaciones, o sea, por una distorsión en la percepción de la realidad. Y puesto que los prejuicios, íntimamente relacionados con comportamientos y actitudes de discriminación, están presentes en todos los ámbitos, actividades y grupos sociales, los delitos de odio han estado presentes, desde siempre, en todas las sociedades humanas. Ahora bien, los prejuicios dependen del contexto social y de los estereotipos que la misma sociedad ha ido creando, por lo que creo que no sobra preguntarse de qué forma y en qué medida contribuimos, individualmente y en conjunto, particular e institucionalmente, por acción u omisión, a la existencia de este tipo de delitos, por más que la responsabilidad directa de los mismos recaiga en quienes los cometen.

Así, mientras los ayuntamientos multen con varios cientos de euros a quienes duermen en la calle por no tener techo, o haya colegios que se nieguen a admitir a niñas/os transexuales, o las empresas contraten antes a “nacionales” que a personas originarias de otros países –aunque hayan obtenido la nacionalidad–, o sea delito auxiliar a las/os inmigrantes víctimas de un naufragio, por poner cuatro ejemplos, no pueden sorprendernos ni los descarados discursos xenófobos, homófobos y machistas de los grupos fascistas y neonazis, ni las cacerías de algunos de sus miembros contra indigentes, homo/bi/trans-sexuales y extranjeras/os, por continuar con tan solo unos ejemplos. Porque es una cuestión de grado e intensidad, pero todo responde a la misma actitud: considerar a unos seres humanos superiores a otros, y más dignos, o lo que es lo mismo, tener a unos por menos humanos que a otros, es decir, des-humanizarlos.

El crecimiento de grupos políticos con ideologías totalitarias –caracterizadas, entre otras cosas, por el odio a lo diferente– en las sociedades democráticas europeas y, lo que es más alarmante, el aumento de la simpatía por parte de la población a dichos grupos es una realidad cuyas consecuencias empiezan a hacerse visibles en las calles. Para muchas personas, este crecimiento y sus consecuencias son fenómenos por los que no se sienten afectadas, porque no forman parte de los grupos de riesgo, o porque infravaloran el poder del discurso totalitario y/o se creen inmunes a su efecto contagioso, o porque consideran que frenar actitudes y comportamientos discriminatorios e intolerantes es asunto que atañe solo a las autoridades, o sencillamente porque no piensan. Todas ellas se instalan en la indiferencia, tan peligrosa, en mi opinión, para las víctimas del odio, como el odio mismo, porque las deja a su suerte.

Y no puedo evitar traer aquí las conocidísimas palabras de Martin Niemöller, un pastor luterano alemán que convivió con el nazismo, pronunciadas en un sermón titulado ¿Qué haría Jesucristo?: “Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a por los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío. Cuando finalmente vinieron a por mí, no había nadie más que pudiera protestar”.

Otra alemana, la teórica política judía Hannah Arendt, que sufrió el antisemitismo nazi, escribió: “La triste verdad es que el mayor mal lo hacen personas que nunca decidieron en su mente ser buenos o malos”. Quizá sea el momento de pararse a pensar y decidirlo.

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¿Qué amor?

El amor ha sido el opio de las mujeres.

Kate Millet

 

Acabo de leer Amor robado, de Dacia Maraini[1], escritora feminista convencida en cuya obra, donde los problemas de la marginación y la infancia son una constante, las mujeres y sus condiciones históricas y sociales adquieren un especial protagonismo. En Amor robado nos presenta con un estilo claro y realista ocho relatos diferentes, cuya única conexión es la presencia, en todos ellos, de un amor mal entendido, de una visión del amor distorsionada que genera víctimas y verdugos. Hay historias de malos tratos, de celos extremos, de violaciones, de abusos sexuales a niñas dentro y fuera de la familia… En realidad, no cuenta nada que, desgraciadamente, no se pueda leer en los periódicos cualquier día, pero al poner voz a sus personajes –víctimas, verdugos y espectadoras/es–, al insertarlas en contextos tan cotidianos, al exponer su pasado, sus pensamientos, sus deseos, sus miedos, con palabras tan sencillas y cercanas, el efecto es… devastador. Maraini consigue dibujar línea a línea situaciones tan poco extraordinarias como violentas, en las que los personajes, llamativamente “normales”, son capaces de desarrollar, en unos casos, y sufrir, en otros, una violencia tan continuada y creciente, ante la mirada casi siempre ciega de quienes les rodean, que resulta inevitable no pensar en la banalidad del mal.

Ellos –los maltratadores físicos y/o psicológicos, los violadores, los pederastas– se ven a sí mismos como amantes perfectos. No hay ni sombra de arrepentimiento real por el daño que causan, aunque a veces sus palabras parezcan indicar lo contrario. Entienden el amor como posesión, y los cuerpos femeninos, por tanto, como objetos de su propiedad. Creen, incluso, que las mujeres a las que humillan y maltratan han de estar agradecidas por la forma y la intensidad con que son “amadas”.

Ellas, las mujeres, quieren recibir amor, por supuesto, pero sobre todo quieren amar; quieren ser capaces de un amor perfecto, un amor que, para serlo realmente, exige que se adapten a los deseos de ellos, que justifiquen la violencia que sufren, que callen y oculten el infierno en que viven, unas veces, por miedo a sus agresores, otras, por no hacer sufrir a los seres queridos, otras, por falta de confianza en las instituciones públicas…  Y ese deseo de amar acaba destruyéndolas, de una manera u otra.

Finalmente, están las/os espectadores/as, las personas cercanas a las/os protagonistas de esta violencia, practicada o sufrida, en tantas ocasiones mortal y siempre perversa, ejercida en nombre del amor. Personas que no ven, aunque miran, que intuyen, pero no profundizan, que temen descubrir la realidad, porque no se sienten capaces de asumirla, que se mantienen al margen por “respeto”, que en ocasiones saben a ciencia cierta, pero no intervienen, porque creen que el asunto no les atañe, o lo ponen en otras manos, o miran hacia otro lado por intereses personales, o se dejan llevar por los prejuicios machistas y juzgan con benevolencia a los verdugos y culpabilizan a las víctimas…

En cierta ocasión, Maraini dijo que fue la perplejidad la que le empujó a escribir, y perpleja me ha dejado la lectura de Amor robado. Perpleja y con un regusto muy amargo. Tan solo uno de los relatos parece dejar un resquicio de esperanza a su protagonista; los demás, por diversos motivos, terminan realmente mal. Y me preocupa. Un relato, a menudo, es capaz de despertar la conciencia mucho más que el mejor de los ensayos, y lo que Dacia Maraini denuncia en este libro no es solo el uso y abuso del amor para la dominación, el control y la violencia, una realidad tan cotidiana como intolerable y, por supuesto, necesitada de transformación en muchos niveles, sino que la visión distorsionada del amor nos afecta prácticamente a todas/os.

Apremia, por tanto, que nos preguntemos seria y profundamente qué entendemos por amor, en todos los niveles y contextos, sobre todo las mujeres, porque creo sinceramente que en esta cuestión nos llevamos la peor parte. Yo no tengo la respuesta, pero sé lo que no es amor. Amar no es poseer, ni controlar, ni manipular, ni dominar. Tampoco ama, aunque crea que sí, la persona poseída, controlada, manipulada o dominada. Un amor violento es tan poco amor como uno sumiso. Y nadie domina o se somete de repente. Es algo que se aprende poco a poco, pero que urge desaprender, si no queremos seguir siendo mal amadas e incapaces de amar.


[1] Maraini, nacida en Fiesole, Florencia, en 1936, nieta y biznieta de escritoras, es quizá la más conocida de las autoras italianas actuales y la más traducida en el mundo entero.

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Nuestro metro cuadrado

El cambio social podemos hacerlo efectivo en nuestro propio metro cuadrado.

Ermina Herrera Ventura

 

Este fin de semana he visto a una amiga que vive y trabaja en un barrio popular de Bogotá, es decir, en un lugar donde las necesidades económicas, la falta de seguridad personal, la escasez de medios de formación y la afluencia constante de personas que huyen de las zonas de conflicto armado son el pan nuestro de cada día. Desarrolla su tarea en la Corporación Centro de Promoción y Cultura (CPC), una organización comunitaria social y cultural cuyo objetivo es “formar para transformar, resistir para crear y generar organización para que las mujeres populares…, los y las jóvenes… y las y los más pequeños con sus familias… seamos sujetas y sujetos de transformación, personal, barrial, local y ciudadana, con conciencia política y de género, y con mirada crítica de lo que ocurre en los contextos inmediatos y nacionales. Procurando relaciones y alianzas sororas y fraternas que contribuyan a fortalecer alternativas sociales, culturales y políticas de resistencia civil y de construcción de la paz”[1].

La Corporación CPC forma parte, junto con otras organizaciones, del Programa FOKUS[2] 1325 en Colombia, que apoya la realización de proyectos para la capacitación sobre los derechos humanos de las mujeres, y la movilización local, dando respuesta a la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre Mujeres, Paz y Seguridad, aprobada por unanimidad en 2000, que exige a las partes en conflicto que respeten los derechos de las mujeres y las niñas, y apoyen su participación en las negociaciones de paz y en la reconstrucción post-conflicto.

El Programa FOKUS no se impone. En realidad, aúna proyectos, independientemente de que las organizaciones que los llevan a cabo sean grandes o pequeñas y actúen en diferentes niveles (local, nacional, internacional). Para ello, los proyectos individuales tienen que tender a un objetivo común, que se pueda medir, y compartir metodología, agrupándose por áreas geográficas y sectores temáticos, es decir, tienen que ser coherentes temáticamente y adoptar una estrategia programática general. Así, el punto de partida y la meta del Programa FOKUS son las organizaciones y movimientos de base, que definen sus necesidades de capacitación “de abajo arriba”.

De abajo arriba… Desde nuestro metro cuadrado, al ancho mundo. Porque nuestro metro cuadrado es al espacio, lo que el instante presente al tiempo. Metro cuadrado e instante presente, coordenadas en las que todas/os nos movemos y en las que a todas/os nos es posible actuar, obrar la transformación, cambiar el mundo… Metro a metro, instante a instante, persona a persona; creando grupos, si es posible, grandes o pequeños, con objetivos comunes y asequibles a cada uno, tejiendo redes, sumando, sumando siempre.

A veces, tomar conciencia de los problemas que existen en el mundo puede convertirse en un conocimiento de muerte, es decir, en una fuente de temor e impotencia, en un fardo que nos aplasta porque nos sentimos incapaces de soportar el peso de tanta violencia e injusticia, que frena “preventivamente” cualquier intento de actuación, por miedo a un fracaso “seguro”. Pero el metro cuadrado en que nos movemos es nuestro, y lo que acontece en él, acontece en el mundo y lo transforma, para bien o para mal.

Porque cuando una mujer consigue liberarse de su maltratador, cuando quien ha sufrido convierte su dolor en sabiduría, cuando un/a niño/a aprende a respetar a las/os diferentes y a valorar las diferencias, cuando una persona marginada por cualquier causa recupera la dignidad que se le niega, cuando alguien “débil” se empodera, cuando se elimina una injusticia y se vence una discriminación, por pequeñas que sean… es la humanidad la que se libera, sana, se dignifica, crece, se hace sabia, inclusiva, justa y poderosa.


[1] Palabras de María Helena Céspedes Siabato en la “Presentación” del libro Autocuidado: reflexiones y herramientas. Bogotá: Corporación Centro de Promoción y Cultura CPC, 2013, p. 4.

[2] Se trata de una plataforma noruega cuyo nombre se corresponde con las siglas de Forum for Kvinner og Utviklingsspørsmål (en español, Foro para las Mujeres y el Desarrollo) y cuyo programa tiene presencia en varios lugares del mundo.

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Guerra y paz

Lo que yo trato de hacer es fundirme con lo que estoy mirando. Hay que desaparecer para ser lo que uno mira.

Adriana Lestido[1]

 

Abro un periódico, escucho las noticias en la radio o en la tele, y veo la liturgia de la guerra, el protocolo que paso a paso se recorre para legitimar un enfrentamiento armado, para hacerlo necesario, inevitable, prácticamente obligatorio… Me refiero, claro, a las intenciones de Estados Unidos y Francia, y los países que se les unan, de intervenir militarmente en Siria por haber utilizado armas químicas contra la población, armas prohibidas por la Convención sobre la Prohibición del Desarrollo, Producción, Almacenaje y Uso de Armas Químicas y sobre su destrucción, un acuerdo suscrito por casi todos los países del mundo en 1993, que curiosamente no incluye las armas biológicas… Oigo los argumentos esgrimidos para justificar la intervención –sancionar la violación a los tratados internacionales, castigar la muerte de civiles y evitar que haya más, penar un crimen de lesa humanidad, garantizar la libertad y la seguridad del mundo–, sobre los que brilla como fin último la búsqueda de la paz. Y el engaño, la hipocresía y la desvergüenza que observo me dan náuseas.

Porque me parece hipócrita, cuando no directamente cínico, escandalizarse e indignarse por el uso de armas químicas, y no hacerlo por el de otro tipo de armamento, como si carecer de agentes químicos lo hiciera menos destructivo o más humano. ¿Sería menos vergonzoso e indignante que las víctimas que hemos visto en la tele y en los periódicos hubieran muerto por armas biológicas, que no están prohibidas por tratado alguno, o por armas más tradicionales, que son las que han matado y herido a la mayor parte de las víctimas en Siria y en las demás guerras del mundo, o por machetes, como sucedió hace unos años en Ruanda? ¿Se considera intolerable la muerte de civiles en un conflicto armado si se ha desobedecido una convención internacional, pero es digerible si los tratados permanecen inviolados? ¿Producen las armas químicas más indefensión que las otras? ¿Son sus víctimas más víctimas que las demás? ¿Hay víctimas, dentro y fuera de Siria, que merecen más que el resto nuestra implicación? ¿El uso de armas químicas en Siria es el único crimen de lesa humanidad actual o reciente?

El Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, incluye en la definición de crímenes de lesa humanidad –o crímenes contra la humanidad– las conductas tipificadas como asesinato, exterminio, deportación o desplazamiento forzoso, tortura, violación, prostitución forzada, esterilización forzada y encarcelación o persecución por motivos políticos, religiosos, ideológicos, raciales, étnicos, de orientación sexual u otros definidos expresamente, desaparición forzada, secuestro o cualquier otro acto humano que cause sufrimientos o atente contra la salud mental o física de quien los sufre, siempre que dichas conductas se cometan como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque. A la vista de tal definición, sobrecoge descubrir los muchos crímenes contra la humanidad que hoy se cometen, con y sin armas químicas, dentro y fuera de Siria. Pero no todos son noticia, no todos generan el mismo interés internacional, ni provocan la misma indignación. ¿Por qué? Que cada cual saque sus propias conclusiones.

Sin duda, la impasibilidad y la indiferencia ante el dolor ajeno –y la guerra es causa de un dolor difícil de imaginar si no se experimenta– nos deshumanizan o, mejor dicho, demuestran nuestra escasa humanidad. Pero cuando oigo los cantos de sirena que hablan de intervenciones militares para lograr la paz, no encuentro mejor antídoto que contemplar el dolor que causa la guerra, cualquier guerra. Miro a las víctimas, mortales o no, hasta que consigo eliminar la distancia que nos separa y logro ver mi rostro y el de quienes amo en ellas, hasta que siento horror y vergüenza por el sufrimiento ajeno y por el desinterés de quienes podrían evitarlo o, mejor dicho, por los intereses espurios que les guían para no intentar una solución pacífica a los conflictos, por complejos que sean.

Toda violencia es injusta e intolerable. Todas las armas son mortales y ciegas, y las utilizadas en nombre de paz, además, son hipócritas y engañosas. La paz no se puede construir sobre la violencia, ni sobre la injusticia. No se puede imponer. El camino que conduce a la paz solo puede ser pacífico. Si no lo es, no alcanzará su meta, aunque lo parezca. Puede parecer que las mujeres y los hombres de a pie, que somos multitud, no tenemos muchas herramientas para influir en las decisiones internacionales, pero podemos pensar y sentir, podemos contribuir a la paz con nuestro deseo, con nuestra voz y con nuestra palabra. Estas son nuestras armas de construcción masiva. Y nadie puede arrebatárnoslas. Tan solo es preciso tomar conciencia de nuestro poder, que es mucho, y canalizarlo.


[1] Fotógrafa argentina.

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