¿Cien años no es nada?

La vejez no es una enfermedad, es la fuerza y la supervivencia, el triunfo sobre toda clase de vicisitudes y decepciones, pruebas y enfermedades.

Maggie Kuhn

 

Tengo sobre mi mesa el número 163 de la revista Nosotros: los mayores del siglo XXI, correspondiente al mes de abril, que publica un artículo titulado “Cien años no es nada”. La protagonista del texto es Eloísa Fernández Granda, una asturiana que en marzo cumplió 103 años y a quien se califica como “una mujer innovadora en tiempos difíciles”. Yo la conozco y quiero desde hace casi treinta años, porque es la tía –la segunda madre– de una amiga mía.

Eloísa nació en 1913 en una aldea del concejo de Parres, aunque siendo ella muy niña sus padres se fueron a trabajar a una casería situada al pie de la cordillera del Sueve, en la parroquia de Cereceda (Piloña), que no tenía ni luz eléctrica –de noche se alumbraban con lámparas de carburo– ni agua corriente, lo que les obligaba a ir todos los días a la fuente del pueblo más cercano, a un kilómetro de distancia. Y cuando la nieve les impedía salir de casa, la derretían para conseguir agua. Su madre se dedicaba al campo y al ganado, así que Eloísa, que era la mayor de siete hermanos, se hizo cargo de la casa muy pronto –solía contar que cuando empezó a cocinar, se subía a un taburete para llegar al puchero–, pero lo que ella quería por encima de todo era estudiar. Al acabar la escuela primaria, con 14 años, pidió el ingreso en la Normal de Magisterio y fue admitida, pero no pudo ser maestra porque su padre no le dejó ir a Oviedo sola. Sin embargo, ella no renunció ni a seguir aprendiendo –siempre fue una lectora insaciable– ni a enseñar…

La escuela de Cereceda no era un destino atractivo, porque estaba muy aislada y mal comunicada, así que algunas titulares de la plaza le ofrecieron a Eloísa pagarle medio sueldo por dar las clases, mientras ellas se quedaban con el otro medio y firmaban las actas a final de curso. Aceptó encantada y, según sus alumnas, resultó ser una buena maestra y, además, innovadora. Nada más pisar el aula, eliminó las clases de costura, porque, como solía decir, “esas cosas se hacen en casa; a la escuela se viene a aprender”. En otra ocasión, y ante la ausencia temporal del maestro, decidió meter en la escuela de niñas a los niños, para que no anduvieran por ahí sin hacer nada, de manera que, gracias a Eloísa, Cereceda contó con enseñanza mixta en plena dictadura franquista… Pero lo de ejercer de docente duró solo unos años y, como el campo no le gustaba nada, aprendió confección por correspondencia y se dedicó a coser. Eso sí, fue una autoridad moral en el pueblo y mucha gente iba a la casería a consultarle todo tipo de asuntos y algunas personas analfabetas recurrían a ella para escribir cartas a los parientes emigrados a América, o para que les leyera las que recibían.

A los 53 años, cuando murió su padre, Eloísa fue por fin a Oviedo, acompañada de su madre. Al principio, se ganó la vida precariamente dando clases particulares, pero enseguida cogió el traspaso de una huevería, que le proporcionó tranquilidad económica, pero ella tenía otras inquietudes, así que aceptó la propuesta que le hizo un jesuita de dirigir una residencia universitaria femenina. Con el tiempo, la residencia acabó siendo suya y llegó a albergar a cincuenta estudiantes. Allí trabajó y vivió hasta los 75 años. Cuando se jubiló, se trasladó a un apartamento con su madre, una mujer también longeva, que murió con 105 años. Los fallos de memoria y una cadera por la que ya han pasado tres prótesis fueron apartando a Eloísa de sus tareas cotidianas y convirtiéndola en una persona dependiente, aunque se hizo cargo de la casa hasta los 95 años. Desde entonces, su sobrina –mi amiga– lo es todo para ella.

Eloísa vio morir a cinco hermanos. Solo quedan ella y Carmen, la benjamina, dieciocho años menor, a quien ayudó a nacer, literalmente, porque estaba sola con su madre cuando esta se puso de parto. Ahora va en silla de ruedas y resulta extraño no verla leer horas y horas. Cuando ve un papel impreso, lo coge con interés, pero lo deja enseguida. Es difícil saber qué piensa, porque habla poco y, sobre todo, porque la profunda sordera que padece la mantiene muy aislada. Sin embargo, es capaz de expresar mucho afecto y, por supuesto, de recibirlo y agradecerlo. Y aún almacena inteligencia, ironía y buen humor. Cuando le preguntan cómo se las arregla para estar tan bien y cumplir tantos años,  responde “porque estoy soltera”. Lo dice medio en broma medio en serio, con sonrisa pícara y ojillos traviesos, consciente del desconcierto que sus palabras provocan…

Queda bonito decir, imitando el tango de Gardel, que cien años no es nada, pero no es cierto. Cien años de vida –cuánto más si se le añade alguno– son una gran victoria. Y quienes los alcanzan, bien merecen unas líneas, aunque no les hagan justicia.

 

 

Mudanza

En tiempos de turbación no hacer mudanza.

Teresa de Jesús

Después de 21 años en el mismo apartamento, he cambiado de casa. No me he ido muy lejos. Sigo viviendo en el mismo edificio, pero en un piso exterior, más grande y más luminoso. Durante mes y medio, más o menos lo que ha durado la mudanza, he tenido dos casas. Una era cada vez menos mía, la otra, cada día un poco más, hasta completar el trasvase, que terminó el viernes. Por el camino –más bien, por el pasillo– se han ido quedando muchas cosas. Tuve una profesora de latín y griego en el bachillerato que solía decir que tres mudanzas equivalen, en pérdidas, a un incendio. A mí no me han hecho falta tantas: si llego a quemar todo aquello de lo que me desprendí en este traslado, la hoguera hubiera sido digna de una noche de san Juan.

Lo cierto es que, sin fuego mediante, el cambio de domicilio ha sido una tarea purificadora que me ha dejado una profunda sensación de ligereza. Aunque el apartamento de origen era muy pequeño, conseguí almacenar muchas cosas, sobre todo papeles, muchísimos papeles que examiné prácticamente uno por uno antes de decidir cuáles dispondrían de un sitio en el apartamento de destino y cuáles acabarían en las bolsas azules de reciclaje. Revisarlos me llevó mucho más tiempo del previsto y, aunque a ratos fue grande la tentación de llevarlos todos a la casa nueva y mirarlos luego con calma, me mantuve firme en el propósito de realizar una mudanza liberadora. Así que, desde Semana Santa, he pasado decenas de horas repasando las huellas documentales de mi vida, con lo que supone de memoria y rememoración, de hallazgos inesperados y sorprendentes, de sensación de nostalgia y pérdida, unas veces, y de superación y emancipación, otras.

No era consciente de cuánto guardaba: apuntes de la carrera, notas tomadas en conferencias y cursos diversos, cantidades ingentes de materiales de biblioteconomía utilizados para las oposiciones, montones de artículos de teología feminista recopilados durante casi veinte años, las nóminas de toda mi vida profesional, recibos de todo tipo clasificados por materias y ordenados cronológicamente, catálogos de exposiciones, recortes de periódico… El caso es que me he deshecho de casi todo. Otra cuestión han sido los papeles más personales –reflexiones, poemas, diarios, cartas…–, cuya revisión ha despertado recuerdos y vivencias que no me visitaban desde hacía mucho tiempo. Hojearlo todo ha sido como volver a ver la película de mi vida a través de las palabras, unas veces propias, y otras, las más, ajenas. He encontrado caligrafías muy queridas y también nombres de personas en las que llevaba años sin pensar. He revivido momentos muy duros de mi historia y también acontecimientos felices y plenos. A menudo, he tenido la ambivalente sensación de estar mirando a una María José que poco tiene que ver conmigo y que, al mismo tiempo, es muy parecida a la que soy hoy. Al final, veo que he pasado definitivamente algunas páginas de mi existencia, literal y metafóricamente, y que he soltado mucho lastre. Asumir el pasado también es superarlo y dejarlo marchar.

Por otra parte, comprar muebles sin montar y armarlos poco a poco ha sido agotador, pero gratificante, como si de alguna manera estuviera construyendo mi casa, aunque no haya puesto ni un ladrillo, y construyéndola además en compañía, porque la gente que me quiere no me ha dejado sola con los destornilladores y el taladro. Ha sido genial ir y venir a las mueblerías, dejarse los riñones transportando bultos, discutir lo justo y necesario interpretando las instrucciones de montaje de cada mueble, persuadirnos mutuamente para decidir el color de los estores o el mejor lugar para un cuadro y, sobre todo, sentarnos a contemplar cada día, con una cerveza fresca en la mano, el trabajo realizado. Un trabajo bien hecho, porque tengo una casa alegre y acogedora, en la que apetece vivir y de la que cuesta irse, una casa que antes de estar montada del todo ya parecía un hogar.

Ahora mismo estoy sentada en mi nueva mesa de estudio, delante de una ventana grande que da a la calle. El sol del atardecer ilumina suficientemente la sala. Es la primera vez, en mes y medio, que enciendo el ordenador para escribir algo. Me siento ligera de equipaje, liviana y con espacio, como si hubiera atravesado el umbral de una muralla y salido a campo abierto, como si mudar el cascarón me permitiera respirar mejor y más hondo, como si cambiar de casa fuera algo parecido a cambiar de vida.

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Solo unos segundos…

Ya no cabe otra forma de actuar; ignorar lo visto y lo oído es una forma de matar.

Luisa Coque

 

El miércoles de la semana pasada, en El intermedio, se emitió la entrevista que el periodista Fernando González “Gonzo” hizo al británico Peter Saunders, quien hasta febrero de este año formaba parte de la Comisión de Investigación sobre Abusos Sexuales creada en 2013 por el papa Francisco. En la primera parte de la entrevista, que duró apenas siete minutos, Saunders habló de la esperanza con la que, invitado por Francisco, entró a formar parte de dicha comisión y la desilusión que le produjo descubrir, ya en la primera reunión, que no se iban a ocupar de casos particulares, sino de elaborar políticas a largo plazo contra los abusos. Saunders –para quien, como cristiano, lo importante es la persona, y proteger a las/os más vulnerables, en este caso las/os niñas/os, una cuestión de amor– mostró desde el principio su disconformidad con la lentitud del Vaticano a la hora de tomar medidas que protejan a las víctimas y que castiguen a los clérigos pedófilos, “porque solo hacen falta unos segundos para arruinar la vida de un niño que sufre abusos”, y ha denunciado también la inacción de la Santa Sede ante los nuevos casos de abusos y los desmesurados esfuerzos legales y económicos de la Iglesia por defender a sacerdotes y obispos pedófilos, incluso a sabiendas de que son culpables. En febrero, los miembros de la comisión decidieron casi unánimemente –solo se abstuvo uno– apartarlo de la misma.

En la segunda parte, Peter Saunders, que sufrió abusos en su infancia y adolescencia, tanto en el seno familiar como en el colegio, habló de su experiencia. Y lo que dijo me impresionó mucho. Empezó afirmando que es una persona afortunada porque no perdió su fe en Dios, porque estuvo rodeado de mucho amor cuando creció y porque ha sido capaz de lidiar con los abusos, aunque nunca los olvidará y aún va a terapia. Describió los abusos como un crimen que no debería ocurrir nunca, “pero lo sufren millones de niños” y señaló que si lo lleva a cabo alguien que, en teoría, viene en nombre de Dios, es también “un ataque a tu alma”. Habló de la confusión que sintió de niño y mucho tiempo después, porque por un lado sabía que lo que le sucedía no estaba bien, pero por otro se lo estaba haciendo gente que supuestamente le quería. Habló del desprecio hacia sí mismo, de la culpabilidad y del aislamiento que le acompañaron durante veinte años y de cómo, al cumplir sus hijos la edad en que sufrió abusos por primera vez, descubrió lo terriblemente malo que era lo que le habían hecho a él. Además, se lamentó de no haber sido capaz de denunciar en su momento lo que estaba sucediendo, porque está seguro de que habría salvado a otros niños, pero recordó que los abusos “son un ataque psicológico tan profundo y despiadado que dejan al niño sencillamente incapaz de denunciar, o de vivir con ello, la mayor parte del tiempo”, por lo que “no podemos pedir al niño ninguna responsabilidad por no denunciar”, pero es preciso protegerles…

Me gustaría poder hablar con Peter Saunders y decirle que, si se siente culpable por no haber denunciado en su día, piense que, de haberlo hecho, quizá no habría salvado a nadie, ni siquiera a sí mismo, porque la pura realidad es que hay niñas/os que, a pesar de la confusión, la vergüenza y la culpabilidad, tienen el valor de hablar de los abusos cuando los están sufriendo y que quienes, en su nombre, denuncian los hechos en los tribunales solo encuentran dificultades. Las víctimas no son tratadas como niñas/os cuando se les toma testimonio. Se espera de ellas/os que, en las diversas ocasiones en que tienen que narrar lo sucedido, mantengan un relato absolutamente coherente, sin la más mínima fisura o contradicción, como si los abusos –a menudo sufridos en el seno familiar a manos de personas a las que las/os niñas/os quieren y con las que, si no se toman medidas cautelares, tienen que seguir conviviendo mientras se realiza la instrucción del caso– no hubieran hecho mella en ellas/os, como si no tuvieran ningún tipo de confusión mental y emocional, como si no contaran con mecanismos de defensa para hacer soportable lo vivido, “rebajando” su gravedad, o para exculpar a quienes siguen queriendo a pesar de todo lo que les han hecho, como si no sintieran miedo de sus abusadores y de las consecuencias de haber denunciado… Y como los delitos denunciados no tienen más testigos que quienes abusan y quienes sufren los abusos, y las/os niñas/os son niñas/os y, por tanto, muy vulnerables, y su forma de relatar no responde a la lógica esperada, en no pocos casos las denuncias no llegan a juicio y los pedófilos no solo se salen con la suya, sino que refuerzan su poder sobre sus víctimas actuales… y futuras.

Hace falta ser muy, muy valiente para denunciar abusos sexuales mientras se sufren. Quienes lo hacen están pidiendo ayuda a gritos. ¡A gritos! Medir su credibilidad con parámetros equivocados –como se está haciendo– y facilitar así la exculpación de los responsables no es solo abandonar a su suerte a víctimas completamente desprotegidas, sino que supone una forma de complicidad con quienes abusan, porque, como dijo Saunders en la entrevista, “presenciarlo o permitirlo es ser parte del crimen”.

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¡No, no y no!

Estoy rabiosa. Todos tendríamos que estar rabiosos. La rabia tiene una larga historia de proporcionar cambios positivos. Y además de rabia, también tengo esperanza, porque creo firmemente en la capacidad de los seres humanos para reformularse a sí mismos para mejor.

Chimamanda Ngozi Adichie

 

Acabo de llegar de una concentración convocada en Oviedo –ha habido concentraciones y manifestaciones en medio centenar del ciudades españolas– para protestar contra el acuerdo que la Unión Europea quiere firmar con Turquía para enviar allí a las/os refugiadas/os que llegan huyendo de la guerra de Siria y de otros conflictos bélicos de la zona. El objetivo de las más de cien organizaciones convocantes, muchas y diversas, que han consensuado y firmado previamente un manifiesto que se ha leído en voz alta, es instar al gobierno a decir “no” en el Consejo Europeo que tendrá lugar mañana y pasado a un acuerdo que es ilegal, porque vulnera la Carta Internacional de Derechos Humanos, la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europa y la Convención de Ginebra para los Refugiados, e inmoral, porque entre otras cosas se está utilizando como moneda de cambio a las personas que se han visto obligadas a salir de sus países para salvar la vida. Así que…¡no!

Me ha impresionado la actitud de la mayor parte de la gente, muy contenida, como si no encontrara el lenguaje o los gestos adecuados para expresar la vergüenza, la indignación y la preocupación que el acuerdo suscita. Estar allí para decir “no” era necesario, porque ante la injusticia el silencio es cómplice, pero no hubo consignas, ni gritos reivindicativos, ni alarde de siglas. Tras la lectura del manifiesto, la oradora confesó su sospecha de que las concentraciones de hoy no surtirán el efecto deseado y de que serán necesarias muchas más acciones, a las que nos convocó. Me sobrecogió esa sensación de impotencia, que por otra parte parecía ser la de todas/os… Dejamos claro que no autorizamos al gobierno a firmar ese acuerdo en nuestro nombre. Un gesto muy pequeño, a la luz del desamparo absoluto en que (mal)viven los miles y miles de personas que se hacinan en los campos de internamiento griegos. De todas formas… ¡no!

Yo no encuentro palabras con las que decir algo sobre el tema. Quizá no las busco con el suficiente ahínco, porque una vez halladas tendría que usarlas y no sé si tengo el valor suficiente para hacerlo. No sé cómo expresar la vergüenza, la tristeza, la preocupación, la impotencia que me causa ver el sufrimiento de todas esas personas y las reacciones xenófobas que su presencia provoca y la desatada pasión de quienes dicen defender los derechos de la población europea rechazando con violencia a las/os refugiadas/os y la indiferencia de tantas/os y la técnica y calculada frialdad con la que estudian las posibles soluciones quienes tienen acceso a ellas… Y por eso… ¡no!

Lo que sucede en los campos griegos de refugiados –mal llamados así, porque las personas allí retenidas no hallan refugio en ningún sitio– no es una desgracia, ni una fatalidad, ni un accidente, sino la consecuencia de conductas intencionadas, las que provocaron y sostienen los conflictos de los que huye la gente y las que mantienen a las/os refugiadas/os en los campos junto a las fronteras griegas en unas condiciones atroces, comparables a las de los soldados que luchaban en las trincheras hace cien años, en la Gran Guerra… Por tanto, es una situación complicada, sí, muy complicada, pero remediable, que requiere medios materiales, que los hay, voluntad política, que parece ausente en algunos ámbitos, y humanidad, que por lo visto no puede darse por supuesta. Humanidad para ver a las personas más allá de la situación, para no ser espectadoras/es pasivas/os de mirada distante y conforme con lo que acontece. Sin duda, hay que pensar en poner soluciones a corto, a medio y a largo plazo, pero la urgencia de la situación no admite demoras. ¡No, no!

La cruda realidad es que hay miles de personas cruzando el mar con riesgo de sus vidas y sufriendo, desesperadas, en la entrada de nuestra casa, llamando a nuestra puerta, como la concubina del levita (Jueces 19). Si no abrimos, morirán por nuestra indiferencia, por nuestro odio, por nuestro egoísmo, por nuestra frialdad… ¡No, no y no!

Bendita impaciencia

 

Quizá se tienen que apurar más las consecuencias de lo conseguido. Pero las personas que vemos más allá nos impacientamos. Yo, por lo menos, me declaro impaciente, muy impaciente. Aunque ya tengo la resignación de que no veré en vida ni la cuarta parte de los cambios que tiene que haber. Son para generaciones futuras.

Victoria Sau

 

Mi sobrina Nahia acaba de cumplir cuatro años y está en el primer curso de educación infantil. Le encanta el colegio. No hace nada que ponga en peligro su asistencia a clase. Quiero decir que, aunque le encanta andar con los pies desnudos todo el día, se calza sin rechistar cuando alguien le recuerda que, si se acatarra, se tendrá que quedar en casa. Está encantada con su profesora, que se llama María Pilar, con sus compañeras y compañeros de clase, con las actividades que hacen cada día… El fin de semana pasado, así, sin venir a cuento, dijo en voz alta:

―Echo de menos a María Pilar.

―Pues no te preocupes, que el lunes, cuando vayas al cole, la verás –le respondió mi hermana.

―¡Es que estoy impaciente por aprender!

Cuando mi madre, testigo de la escena, me lo contó, me reí a carcajadas. Me dijo además que, a veces, se acuerda de mí cuando mira a Nahia, y es que, de pequeña, yo también sentía impaciencia por aprender y agradecía mucho más un cuento y un estuche de pinturas que una muñeca… En realidad, la he sentido siempre, antes y ahora, porque aprendo mucho más lentamente que lo que demanda mi deseo.

Después de colgar el teléfono, me di cuenta de que la risa se había transformado en emoción. Sí, me emocionó pensar que hay niñas muy pequeñas que están impacientes por aprender… El DRAE dice que impaciente es quien no tiene paciencia o quien desea y espera con desasosiego, y define paciencia, entre otras cosas, como capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas, facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho y lentitud para hacer… lo que sea. No quiero quitar mérito a la paciencia, ni mucho menos a las personas pacientes, pues son capaces de perseverar en su empeño por difíciles que se les pongan las cosas, pero me atrae mucho que el deseo altere y genere cierto desasosiego, sobre todo si consigue apartar todo lo que ralentiza su consecución. Porque hay cosas que, aun siendo tareas a muy largo plazo, no pueden esperar. No deben esperar. La formación es una de ellas, pero no la única.

Cuando yo era niña sentía impaciencia por aprender, sí, y también por cumplir años y hacer lo que, por ser pequeña, me era inalcanzable. Los años han ido llegando y sigo impaciente y sigue habiendo muchas cosas inalcanzables para mí, aunque he aprendido a controlar un poco, para no gastar energías en vano, el desasosiego que me produce la espera de aquello que deseo ardientemente y sé con toda certeza que no lograré ver. Pero mi sobrina Nahia, quizá, sí…

En las Bienaventuranzas se declara felices a quienes tienen hambre y sed de justicia, porque las verán saciadas. El texto no habla de simple deseo, sino de hambre y sed, es decir, de necesidad vital e imperiosa que es preciso saciar para sobrevivir. El hambre y la sed corporal no invitan a la paciencia, sino a la búsqueda de comida y agua. El hambre y la sed de justicia también causan impaciencia e invitan a buscar y hacer lo que es justo.

Mañana se celebra el Día Internacional de las Mujeres y este año quiero mirar hacia atrás y ser consciente de que nuestro presente, con todas sus carencias e injusticias en lo que a las mujeres se refiere y con todos sus logros feministas, es el futuro de nuestras antepasadas y de que nosotras estamos recogiendo el fruto de lo que tantas y tantas mujeres sembraron y regaron, a veces con su propia sangre, y haciendo realidad sus sueños. Y quiero mirar también hacia delante con la certeza de que lo que con tanta fuerza deseamos hoy, y a menudo sentimos inalcanzable, será el presente de nuestras descendientes, gracias a nuestra impaciencia. A nuestra impaciencia feminista. A la de quienes ya peinamos canas y a la de tantas jóvenes y niñas que, también impacientes, serán capaces de encontrar caminos que hoy parecen intransitables y saciar su hambre y su sed de justicia y dignidad.

A todas las impacientes, feliz día.

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Profundizando en el problema

Allá ellos si quieren más de lo mismo.

Isabel San Martín

 

Un día de esta semana acudí con unas amigas a la presentación del último libro de Javier Gustavo Fernández Teruelo, titulado Análisis de feminicidios de género en España en el periodo 2000-2015, editado a finales del año pasado por la Universidad de Oviedo, de la que el autor es profesor titular, concretamente de derecho penal. No he tenido ocasión de hojear la obra, pero se trata de un trabajo que intenta dar luz sobre los motivos por los que el sistema no es capaz de evitar los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas –el libro no utiliza datos relativos a otros tipos de feminicidios– que se producen en nuestro país, en el periodo de tiempo estudiado, en torno a mil… En su intervención, Fernández Teruelo dejó a un lado –no sé si solo en la presentación o también en el libro– las razones por las que el feminicida mata y se centró en su perfil, algo fundamental para saber a qué nos enfrentamos.

Según el autor del libro, los delincuentes “normales” no se suicidan después de cometer el delito, pero el 30% de los feminicidas sí lo hacen, o lo intentan. Y la mayoría de los que no se suicidan, se entregan a las autoridades. Esto significa que no se sienten intimidados por la amenaza de castigo legal, por lo que las medidas penales contra este tipo de asesinatos son superfluas e irrelevantes. Para evitar estos feminicidios, por tanto, no es suficiente remitirse solo al derecho penal.

Otro de los rasgos del perfil del feminicida es la presencia de un estímulo desencadenante: la percepción por parte del varón de que la relación de dominio y de control se va a romper definitivamente porque la víctima quiere poner fin a la misma, bien denunciando, bien mediante el anuncio de ruptura de la relación. Al día siguiente de este anuncio, que dispara el riesgo de ser asesinadas, las víctimas no tienen protección, salvo que hayan denunciado, y no todas son capaces de hacerlo y mantener además la denuncia, entre otras cosas porque la situación prolongada de maltrato incapacita a muchas víctimas para enfrentarse a sus agresores. Por otro lado, el 15% de las mujeres asesinadas estudiadas en este trabajo sí habían denunciado. ¿Cómo es posible que el sistema no haya sido capaz de evitar la muerte violenta de estas mujeres?

Fernández Teruelo explicó que el problema es difícil y complejo, pero que es posible mejorar las cosas. Y para ello propone auditar los casos en que la denuncia no ha sido suficiente para evitar el feminicidio –algo que ahora no se hace– con el fin de determinar qué falló en cada caso y rectificar lo necesario. Considera, además, que los criterios para determinar el riesgo que corren las víctimas son, cuanto menos, llamativos y que se hace un perfil del posible asesino entrevistando únicamente a la víctima denunciante y con un test inadecuado, cuando en otros casos, el perfil criminológico se realiza analizando al agresor. En cuanto a las víctimas que no están capacitadas para denunciar, cree que no tomar medidas restrictivas contra el agresor –algo que solo se puede hacer si media una denuncia– no contradice la posibilidad de proteger a la víctima. Por lo visto, algunas mujeres de los casos estudiados en el libro habían acudido a centros e instituciones expresando su temor a ser asesinadas… Y es que otro de los rasgos característicos de los feminicidios analizados es que no se producen cuando las mujeres anuncian la ruptura, sino que hay un tiempo en que el agresor intenta reconducir la situación, es decir, hay un tiempo en que el sistema estaría capacitado para intervenir, pero no lo hace.

Finalmente, Fernández Teruelo señaló que el tipo de arma utilizada por los feminicidas determina la premeditación y que el homicidio y el suicidio –cuando se produce o se intenta– se planifican como una unidad, es decir, como dos momentos del mismo acto. Por último, sacó algunas conclusiones desde el punto de vista jurídico y se dieron unos minutos para el diálogo con el público.

Yo, de pronto, me vi levantando la mano y preguntándole si había encontrado coincidencias entre el perfil de los feminicidas y el de los terroristas, y me dijo que sí, que compartían algunos rasgos, pero que en los feminicidas falta la conciencia de pertenecer a un grupo y el componente ideológico. No recuerdo las palabras textuales, pero vino a decir que los feminicidas son unos hombres que no están dispuestos a perder bajo ningún concepto los privilegios de los que gozan gracias al patriarcado y que hacen lo que sea, incluido recurrir a la violencia, para mantenerlos. No sé. Si eso no es ideología, se le parece mucho, aunque los asesinos de mujeres no sean capaces de ponerle nombre –que algunos, cada vez más, sí lo son– y sistematizar los elementos que la sostienen… Esa ideología se llama androcentrismo y se encarna en el patriarcado. Y se agarran a ella como lapas, porque quieren más de lo mismo y para siempre.

Creo que hay que seguir investigando en todos los ámbitos posibles para evitar los asesinatos de mujeres, máxime si son anunciados. Pero estoy convencida de que habrá pocos logros si no se abordan, sin prejuicios, las causas.

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¿Vuelven?

Al ser humano se le debe respeto en cuanto tal, y ese respeto no admite grados.

Simone Weil

 

El martes me enteré de que se habían convocado, para el 6 de febrero, reuniones en 165 ciudades de 43 países, entre ellas Barcelona y Granada, con el fin de que los seguidores del blog Return of kings pudieran conocerse y crear “tribus de hombres”.

Indagando por la Red, supe que Return of kings –es decir, El regreso de los reyes– es una web creada por el estadounidense Daryush Valizadeh, también conocido como Roosh V, y destinada a convertirse, según sus palabras, en un “espacio seguro” para esos hombres –pocos, pero ruidosos–, que no están de acuerdo con la dirección que está tomando la cultura occidental, sobre todo en lo que a cuestiones de género se refiere. El objetivo de esta web, que lleva poco más de dos años funcionando es –y traduzco literalmente– “marcar el comienzo del retorno del hombre masculino en un mundo donde la masculinidad está siendo cada vez más castigada y avergonzada debido a la creación de una sociedad andrógina y políticamente correcta que permite a las mujeres ejercer la superioridad y el control sobre los hombres”. Para lograr dicho objetivo, Return of kings ofrece más de dos mil artículos de índole machista y, por tanto, misógina que defienden la inferioridad intelectual de las mujeres y denuncian nuestra falta de sentido de la justicia, o explican, entre otras cosas, por qué las mujeres no deberíamos trabajar –fuera de casa, por supuesto– ni votar y por qué el patriarcado es el mejor sistema jamás creado, o dan consejos sobre cómo evitar ser acusado falsamente de violación. Roosh V y sus seguidores, que tienen un concepto supremacista del género masculino, consideran que el movimiento por la igualdad provoca que los hombres tradicionales pierdan el poder y permite, por tanto, que las mujeres tiranicen a los hombres. Además creen que la eliminación de los roles tradicionales “desata la promiscuidad de las mujeres y otras conductas negativas que bloquean la formación de la familia”. Y para remediar tamaño desatino, este maestro de la neomasculinidad propone medidas como la legalización de la violación “siempre que se materialice en una propiedad privada”. Tal cual. Según él, si violar en un espacio no público fuera legal, una chica protegería su cuerpo como protege el móvil o la cartera y “evitaría encontrarse en una situación en la que sus facultades mentales estuviesen mermadas y le llevaran a ser arrastrada a una habitación con un hombre con el que no está segura”.

Sin comentarios.

Me alegra saber que, tras las muchas y contundentes reacciones en contra que esta convocatoria ultramachista internacional ha despertado, especialmente en Internet y por parte de grupos y colectivos feministas, Daryush Valizadeh ha cancelado todas las reuniones. Dice que lo ha hecho porque “no puede garantizar la seguridad e intimidad de los hombres” que querían realizarlas, aunque advierte de que no está en su mano evitar que, finalmente, se encuentren en privado.

Me alegra, digo, pero no me tranquiliza. Return of kings muestra públicamente lo que muchos dicen en privado. Es cierto que algunos hombres participan en los movimientos por la igualdad, pero son muchos más los incapaces de construirse una identidad que no se sustente sobre la inferioridad de las mujeres. No soportan que la masculinidad que defienden se interprete como lo que es: misoginia pura y dura. No se resignan a que seamos seres humanos plenos y, sencillamente, han decidido descararse, es decir, justificar ideológicamente y exponer sin complejos su intención de resistirse a cualquier cambio que ponga en peligro los privilegios que el patriarcado les proporciona. Quieren seguir siendo reyes y asegurarse la obediencia de quienes no son machos alfa como ellos. Es, pues, una cuestión de poder. Por eso, el método escogido para lograr sus fines es el de siempre: el control y la sumisión del cuerpo de las mujeres, que en cada momento de la historia ha tenido diferentes manifestaciones. Hay muchas formas de controlar y someter el cuerpo femenino, desde las más llamativas, como la mutilación genital, la explotación laboral y sexual, los malos tratos y los asesinatos machistas…, hasta las más sutiles, como los estereotipos de belleza imposibles de conseguir, el desprestigio de la libertad sexual de las mujeres, el tratamiento del cuerpo femenino como puro objeto en la publicidad…

Todo eso y muchísimo más está sucediendo aquí y ahora. ¿Y dicen que vuelven? No pueden volver, porque nunca se han ido. Solo espero que quienes creemos que la dignidad humana no es patrimonio de unos pocos consigamos destronarlos del todo y para siempre.

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Crear futuro

Bien o mal, con alegría o tristeza, con victorias o derrotas, alguna respuesta estamos dando a los desafíos del momento.

Ivone Gebara

 

El edificio donde trabajo está en el Campus de Humanidades, y mi mesa, cerca de un enorme ventanal desde el cual, cuando se me cansan los ojos de tenerlos pegados al ordenador, puedo contemplar el campus y el continuo trajín de estudiantes que lo atraviesan a todas horas. Me encanta observar cómo van y vienen, sobre todo cuando andan en grupo. Me encanta verles derrochando agilidad de pensamiento y de palabra, riendo a carcajadas cada poco y por casi todo, prodigando energía y vitalidad. Me encanta su juventud, pero no la envidio.

Nunca he sentido nostalgia de la juventud. Hace algún tiempo que soy muy consciente de que envejezco, de que sin duda tengo ya más pasado que futuro, más trayectoria que horizonte, pero no siento nostalgia de la juventud, de mi juventud, aunque la disfruté. Creo que en mi vida ha habido muchas más cosas buenas que malas, pero no querría volver atrás, tener treinta años menos, ni veinte, ni diez. No me gustaría recorrer de nuevo caminos ya andados. Me daría pereza, mucha pereza…

Ahora bien, sí hay algo que añoro de la juventud: esa especie de sentido liviano de la vida –liviano, no superficial– que hace tan fácil mirar alrededor y al futuro con confianza y que, además, es compatible con la certeza de que se puede cambiar el mundo y con el compromiso de hacerlo. Y lo añoro porque, con los años, percibo la vida menos leve, las preocupaciones me pesan mucho más que antes y la sensación de impotencia ha crecido hasta poner en grave peligro mi confianza.

Creo, además, que hoy es más arduo ser joven que hace unos años, que a las personas jóvenes les espera un futuro plagado de incertidumbre y de problemas enormemente complicados y difíciles de resolver, en una sociedad cada vez más convulsa, compleja y líquida a todos los niveles y en un planeta en peligro, agotado y maltratado. Y no es que mi juventud pasara sin incertidumbres ni dificultades, pero las actuales me parecen mayores y más inquietantes.

Cuando pienso en la gente joven, cuando miro, por ejemplo, a mis sobrinas/os, se me hace muy presente la responsabilidad que cada generación tiene con lo común, con aquello que no es de nadie en concreto, sino de todas/os, aquello que no solo compartimos con nuestras/os coetáneas/os, sino también con quienes nos precedieron y con las generaciones por venir. Y cuando hablo de lo común no me refiero solo al planeta, cuyo deterioro pone el peligro la vida humana y otras formas de vida, quizá todas las conocidas hasta ahora. Pienso también en la ética, en la filosofía, en la religión, en la economía, en la política, en las artes, en las estructuras sociales, en las relaciones humanas, en las ciencias, en la espiritualidad, en la literatura… Porque todo ello forma parte de lo que somos y de nuestra herencia común y puede contribuir, o no, a que el mundo sea cada vez más humano, en el mejor sentido de la palabra.

De cualquier forma, soy cada vez más consciente de que mi generación, aun cuando todavía tiene mucho que ofrecer, no es, ni mucho menos, la única gestora de lo común. Hace tiempo que hay gente más joven en la brecha. Nosotras/os seguimos estando, pero ya no somos la vanguardia, sino la experiencia: una referencia ojalá inspiradora, aunque tarde o temprano perfectible, superable. Y es bueno que así sea.

Quienes hoy son jóvenes lo harán bien o mal, o bien y mal al mismo tiempo, como lo hicimos y aún lo hacemos nosotras/os. Estoy convencida, con Ivone Gebara, de que sus cuerpos y sus mentes “se ajustarán a los desafíos del momento”, porque han sido preparadas/os en “ese modo diferente” de vivir, en “esta nueva danza, o en esta nueva música”[1]. Y si aún no lo están, aprenderán, porque les va la vida en ello.

No hay más que mirar hacia atrás y alrededor para contemplar la enorme capacidad del ser humano, y de la vida en general, para adaptarse con éxito a las circunstancias, por cambiantes, complejas y penosas que estas sean, es decir, la extraordinaria capacidad que tenemos todas/os para quitarle la razón al miedo y, en definitiva, para crear futuro allí donde no lo hay, o parece no haberlo.

Quizá no sea tan difícil recuperar ese sentido liviano de la vida que añoro.

 

[1] GEBARA, Ivone. “Un tiempo pasado y un tiempo presente”, en La sed de sentido. Montevideo: Doble Clic Editoras, 2002, pp. 81-86.

El peso del corazón

La vida ama vivir, pensó. Y se internó en la espesura.

Rosa Montero

Acabo de terminar la última novela de Rosa Montero, El peso del corazón, protagonizada por Bruna Huskys, una mal denominada androide[1], o tecnohumana, o rep –de replicante–, que apareció por primera vez, también como protagonista, en otra novela de la misma autora, Lágrimas en la lluvia, publicada en 2011, cuyo título evoca las últimas palabras de uno de los personajes clave de la película Blade Runner. Me sumergí en El peso del corazón sin haber leído ninguna crítica, simpatizando de antemano con la protagonista, que ya me interesó mucho en la novela anterior, familiarizada con el ambiente en que se mueve y confiando en que Rosa Montero resolviera la historia, cualquiera que fuera, mejor que en Lágrimas en la lluvia, cuyo final, un poco precipitado, desentonaba con el resto del relato, por otra parte magnífico. Y tengo que decir, con alegría, que lo ha logrado.

Tras leer la última página de la novela, que termina en realidad con unos apéndices tan interesantes como el relato que intentan iluminar y, en mi opinión, perfectos semilleros de otras muchas historias, he leído algunas críticas a la obra. La mayoría coincide en destacar la capacidad de la autora para construir a Bruna, su protagonista –cuya complejidad interna la humaniza de tal modo que es difícil verla como un producto de laboratorio, como un ser artificial con obsolescencia programada–, y en señalar que, en esta segunda entrega de las peripecias de Huskys, la trama detectivesca brilla más que el ambiente futurista o, dicho de otra forma, que el género policiaco se impone a la ciencia ficción.

Yo creo que la tecnohumana ideada por Rosa Montero es un personaje apasionante de quien apetece saber más y más cuanto más se le conoce, pero no estoy de acuerdo con que el mundo futuro al que pertenece sea tan solo un decorado, más o menos sugerente, para una novela negra. En dicho mundo conviven seres humanos, tecnohumanos –que “nacen” con 25 años y están programados para vivir solo una década–, mutantes y extraterrestres, lo que plantea serios problemas de integración y reconocimiento legal de todas las especies sintientes; las guerras continuadas han supuesto miles de millones de muertes; los polos se han derretido, anegando muchas tierras fértiles, en el mar proliferan las medusas, convertidas en el alimento principal de la humanidad, el aire es tremendamente impuro, hay que pagar para vivir en zonas poco contaminadas y han desaparecido muchas especies animales y vegetales; la inmensa mayoría de los países se han agrupado en uno solo –los Estados Unidos de la Tierra–, lo que favorece la paz, pero también la corrupción; hay “pequeñas” guerras, promovidas por grupos ultranacionalistas, sucias y cruelísimas, en los confines de los EUT, y dos planetas artificiales que orbitan alrededor de la Tierra regidos por sendos sistemas totalitarios, uno ultratecnológico y otro ultrarreligioso…

Un mundo así no puede ser ni es solo un “marco estético”, porque el universo del siglo XXII en el que vive Bruna, concretamente en una calle de Madrid, casi totalmente irreconocible, constituye una reveladora metáfora de nuestro presente, de los problemas en los que nos hallamos inmersos ya, de las preguntas sobre la vida y la muerte que nos hacemos todas/os, de los muchos retos que se nos presentan actualmente, pero además puede ser en muchos aspectos –o no, según las decisiones que tomemos– el futuro que tarde o temprano nos espera. Un mundo así, independientemente de cuál sea la trama concreta que en él se desarrolla es, en sí, un marco ético, una denuncia, una interrogante que zarandea por dentro e invita a buscar respuestas.

Son muchas, muchas las cuestiones planteadas por la novela, algunas de forma indirecta, como de pasada. Yo, de momento, me quedo, aún no sé si como respuesta o como pregunta, con el empeño de la vida en seguir viviendo, sea cual sea la espesura en la que haya que adentrarse. Pero hay mucho más…

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[1] Aunque el término androide está muy instalado y extendido para calificar a los robots con aspecto humano, etimológicamente está relacionado con aner, andros, una palabra griega que significa “varón”. Por tanto, para robots con aspecto femenino sería más lógico utilizar un término específico, como ginoide, de gune, gunaikos, que en griego significa “mujer”, o uno más genérico, del tipo humanoide o antropoide, este último basado en la palabra griega anthropos, que significa “ser humano”. Androide se define en el DRAE como “autómata de figura de hombre”.

Sufragistas

 Y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque lo viejo ha pasado.

Apocalipsis 21,4

 

Ayer vi Sufragistas, y salí del cine con un nudo en la garganta. Dirigida por Sarah Gavron, con guión de Abi Morgan y protagonizada, entre otras, por Carey Mulligan, Helena Bonham Carter y Anne-Mari Duff, la película habla de las luchas de las mujeres inglesas por el derecho al voto femenino en la segunda década del siglo XX. El contexto del relato, por tanto, es histórico, como históricos son algunos personajes, pero el protagonismo de la historia recae en un personaje de ficción, Maud Watts, una humilde lavandera londinense de 24 años, casada y con un hijo, que conoce por casualidad el movimiento sufragista y acaba comprometiéndose en cuerpo y alma en la lucha por la igualdad.

Es una película impresionante, no solo por su factura cinematográfica, por su impecable ambientación y por las excelentes interpretaciones de sus actrices y actores, cualidades que están recibiendo muchas alabanzas de la crítica, sino también por el acierto con el que narra el proceso de concienciación feminista de su protagonista, Maud, tan parecido al de tantas mujeres de entonces y de ahora, de Inglaterra y de todo el mundo: la mezcla de curiosidad y recelo, al principio; la admiración hacia esas mujeres tan valientes y libres que se atreven a reclamar lo que nunca han tenido y, al mismo tiempo, la reticencia a ser identificada como una de ellas; el miedo a unirse al movimiento sufragista y la necesidad de hacerlo; el descubrimiento progresivo de lo que significa la igualdad entre hombres y mujeres y de las consecuencias que acarrea luchar para lograrla; el rechazo de los seres queridos, que no entienden nada, y la sororidad de las compañeras feministas; el terrible dolor y, a la vez, el sentimiento creciente de libertad y autoestima cuando se está siendo despojada de todo; el enorme e inevitable sufrimiento y la inquebrantable esperanza, la terrible soledad y la fuerte pertenencia a un grupo, el compromiso conviviendo con las incoherencias, el miedo con el valor, las dudas con la confianza; la lúcida conciencia de las dificultades y la responsabilidad de saberse un eslabón necesario para hacer posible, quizá solo para otras y no para una misma, el futuro deseado…

La película refleja muy bien, asimismo, el efecto multiplicador que tiene la confluencia de varios sesgos discriminatorios, en el caso de Maud Watts y otros personajes femeninos, el género y la clase, pues ser mujeres, obreras y, por tanto, con escasa formación, las hace más vulnerables al despojo, es decir, a que les sea negado o arrebatado todo: familia, trabajo, libertad, atención… No obstante, cualquier atisbo de victimismo en ellas desaparece a medida que adquieren conciencia de su dignidad como seres humanos. Por otro lado, no es una película complaciente. Cuenta la historia de forma descarnada y deja que sean las/os espectadoras/es quienes emitan un juicio sobre los actos del movimiento sufragista británico de la época… y sus consecuencias.

Viendo la película, me pareció estar formando parte de un homenaje agradecido a todas las mujeres que en el pasado lo dieron todo, en todos los ámbitos y de mil maneras distintas, para hacer posible no solo el voto femenino, sino un futuro en el que las mujeres sean consideradas seres humanos plenos y tratadas como iguales de los varones, con todo lo que eso significa. Un futuro ya presente en muchos aspectos, pero que pide más futuro, porque todavía no se ha hecho del todo realidad.

En un momento muy difícil y doloroso para Maud Watts, su amiga y compañera de trabajo Violette le dice una frase del Apocalipsis, aunque sin mencionar su origen bíblico: Y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque lo viejo ha pasado. Pensé qué sentirían aquellas sufragistas de hace un siglo si levantaran la cabeza y vieran todo lo que, gracias a ellas, ha sucedido desde entonces, todo lo que tantas otras –y algunos otros– han hecho después, ensanchando el camino que ellas iniciaron y llevándolo más lejos. Y deseé de todo corazón que la esperanzada certeza de que algún día lo viejo pasaría no solo las consolara, sino que las fortaleciera, como deseo que nos suceda a quienes seguimos los pasos de aquellas sufragistas.

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