¡Suéltate el velo!

No deseo que las mujeres tengan más poder que los hombres, sino que tengan más poder sobre sí mismas.

Mary Shelley

 

A comienzos de este mes, la periodista y escritora iraní Masih Alinejad, que desde hace unos años vive exiliada en Reino Unido, abrió una página en Facebook[1] en la que invitaba a las mujeres de su país a compartir fotografías en las que apareciesen sin velo. La iniciativa ha tenido un gran éxito: hasta el momento, ha contado con muchos apoyos, más de cuatrocientas mil personas han entrado en su página y, lo que es más importante, ha recibido cientos de imágenes de mujeres desveladas[2], aunque tampoco le han faltado comentarios críticos e, incluso, fotografías de mujeres que no solo llevan tapado el pelo, sino la cara.

Aunque para unos ojos occidentales, como los míos, ver mujeres con el pelo al aire no tendría por qué resultar, en sí, ni transgresor ni liberador, creo que estas fotografías consiguen transmitir, precisamente, transgresión y libertad, pues están protagonizadas por mujeres a las que en su vida cotidiana no les está permitido enseñar el pelo –y el cuello y los brazos y las piernas…–, aunque lo deseen, y que son castigadas si no lo llevan cubierto.

El temor a posibles represalias por la osadía de posar ante una cámara sin velo se adivina en que no pocas mujeres aparecen de espaldas, a contraluz, muy de lejos, con la cara medio tapada por grandes gafas de sol o por el propio cabello, en posiciones que dificultan que se les identifique… Otras, sin embargo, enseñan no solo el pelo –largo, corto, moreno, rubio, castaño, canoso, lacio, rizado…, suelto en casi todos los casos–, sino también el rostro. Están solas y acompañadas: las más, por otras mujeres; las menos, por hombres que parecen ser sus parejas. Casi todas las fotografías añaden al desvelamiento elementos que resaltan la liberación que, para quienes lo tienen prohibido, debe de suponer descubrirse la cabeza: muchas instantáneas están hechas en espacios muy abiertos, en la cima de una montaña, a la orilla del mar, junto a las vías del tren…; bastantes mujeres aparecen con los brazos levantados y abiertos, dibujando con los dedos la uve de victoria, saltando, conduciendo un vehículo, corriendo, alzando el velo con las manos y transformándolo en una vela al viento… Todas esas mujeres piden a gritos, sin palabras, que se les permita elegir.

No es mi intención opinar aquí sobre el uso del hiyáb o velo islámico. Creo que se trata de una cuestión poliédrica –y, por tanto, muy compleja– que se aborda de manera muy diferente y con objetivos muy diversos en los ámbitos musulmanes y en los que no lo son. Por otro lado, el significado del hiyáb ha variado con el tiempo y en función de los contextos en que han ido viviendo y conviviendo las comunidades musulmanas. En Occidente, el velo islámico puede ser símbolo del Islam y tener una función no solo religiosa, sino sociopolítica y cultural. En las comunidades y sociedades musulmanas, sin embargo, el velo no simboliza solo ni fundamentalmente la diferencia entre musulmanas y no musulmanas –en algunos países, su uso es obligatorio para todas las mujeres, de cualquier religión–, sino entre hombres y mujeres dentro de la misma comunidad social y religiosa, una diferencia, por cierto, jerarquizada a favor de ellos, lo que confiere al velo connotaciones patriarcales.

Estas connotaciones hacen que el hiyáb sea una prenda problemática en los países occidentales, en los cuales, por otro lado, hay otros velos, es decir, otros símbolos de la sumisión que el patriarcado exige a las mujeres. Algunos son literalmente velos, como los de las religiosas, cuyo significado originario está asociado a la obediencia que las mujeres “consagradas” –no sometidas a la autoridad de ningún marido– debían y deben a la jerarquía eclesiástica, constituida íntegramente por varones. Otros solo son velos metafóricos, como el opresivo y tiránico estereotipo de belleza vigente en el mundo occidental, por ejemplo, del que habla la escritora feminista marroquí Fatima Mernissi: “Mientras los ayatolás consideran a la mujer según el uso que haga del velo, en Occidente son sus caderas orondas las que la señalan y marginan… El objetivo es el mismo en ambos casos”. ¿Cuál? Controlar y dominar los cuerpos de las mujeres, es decir, controlar y dominar a las mujeres.

Hay, pues, muchas clases de velos y muchas maneras de obligar a usarlos. Identificar unos y otras es imprescindible para elegir con libertad. Algunas mujeres escogen velarse, otras quieren sentir cómo la brisa revuelve su pelo; unas se ajustan a los cánones femeninos, otras prescinden de ellos. Pero todas, todas deberíamos tener no solo el derecho, sino también la libertad de tomar decisiones sobre nosotras mismas y sobre nuestras vidas.

 

[1]https://www.facebook.com/StealthyFreedom

[2] https://www.facebook.com/StealthyFreedom/photos_stream

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El pensar necesario

Creo necesario pensar, aun sabiendo que los pensamientos de muchos tienen poca influencia en la masa y en las jerarquías.

Ivone Gebara

 

Hace unos días, salió publicado en Adital un artículo de Ivone Gebara[1] en el que, a propósito, pero más allá, de la reciente canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, la autora se hace algunas preguntas a las que, en mi opinión, merece la pena dedicar algún tiempo, precisamente porque no son de respuesta fácil. Tal como promete su título, el texto es una invitación a pensar. ¿En qué? En el sentido de las canonizaciones, y no solo de las de estos dos papas, sino de todas.

La palabra canonización deriva de canon, que tiene, entre otras, las acepciones de “regla o precepto” y de “modelo de características perfectas”. Y ambas son problemáticas para Gebara. Por un lado, se pregunta en qué medida pueden ser modelos de vida hombres y mujeres cuyas debilidades no salen a la luz y de quienes tan solo se destacan las virtudes, es decir, personas que, en el camino a los altares, han sido idealizadas, lo que de alguna manera las hace menos humanas y las aleja, por tanto, del vivir cotidiano de aquellas/os a quienes, supuestamente, han de servir de modelo. Por otro, observa que la imitación de las/os santas/os que la Iglesia propone –“una especie de conformidad a un ideal de vida considerado más perfecto”– puede resultar alienante, no solo en cuanto da la impresión de invitar al menosprecio de los talentos propios para correr tras los ajenos, sino porque, como toda imitación, parece contraria “a la afirmación de la libertad como prerrogativa de los seres humanos”. La autora prefiere pensar que hay personas del presente y del pasado que nos sirven de inspiración, no de modelo, pero vislumbra que el canon que habita en el corazón de las canonizaciones apunta más a la imposición de una norma. Y se hace más preguntas, desde cuáles son las motivaciones que empujan a algunas personas a querer declarar santa/o a alguien, hasta qué implicaciones políticas y económicas tienen las canonizaciones, pasando, por supuesto, por cuáles son los criterios seguidos para elevar a los altares a una persona y decretar que su vida es digna de imitación. En definitiva, cui prodest?[2]

Gebara no responde directamente, pero señala que las canonizaciones, entre otras cosas, fortalecen las convicciones y el poder de la institución religiosa, ya que “los santos son, salvo excepciones, sumisos a la Iglesia jerárquica, y si no lo fueron durante su vida, pasan a serlo después de muertos. La vida del santo es reinterpretada de forma que pueda servir a los intereses y a los valores defendidos por la institución”. Esto significa, por un lado, que se utilizan algunas vidas para intentar hacernos más dóciles y, por otro, que hay personas cuya santidad nunca será reconocida, o que perderán su fuerza trasgresora en el proceso. A mí, tristemente, me suena a domesticación del Espíritu…

Es muy humano necesitar y buscar referentes cuyas vidas, palabras, acciones y actitudes, como dice Ivone Gebara, nos sirvan de inspiración, despierten lo mejor y más genuino de nosotras/os mismas/os, nos ayuden a descubrir quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser, y alienten nuestra esperanza en la humanidad y en su capacidad para el bien, a pesar de las contradicciones, los errores y las limitaciones. Pero también es muy humano, y necesario, reflexionar sobre lo que se nos propone como modelos de vida, hacerse preguntas, buscar respuestas, discernir, ejercer en definitiva la capacidad de pensar y responsabilizarnos del contexto en el que vivimos. En palabras de Ivone Gebara, “no podemos renunciar a la dignidad y la gran aventura de poder pensar y repensar la vida, de sentirla desde diferentes lugares y formas, de asumir la parte que nos corresponde en nuestro pedazo de suelo, en nuestro espacio”, pues estoy convencida de que, por acción u omisión, todo ser humano contribuye a la transformación de la realidad y, por tanto, a la construcción del presente y, por tanto, del futuro, para bien o para mal.

 

[1] “Canonizaciones, una invitación a pensar”: http://site.adital.com.br/site/noticia.php?lang=ES&cod=80440

 

[2] Expresión latina que significa: ¿quién se beneficia?

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Desordenadas

Ya no podemos considerarnos víctimas inocentes, y pecamos por colaborar en nuestra propia opresión.

Evi Krobath

Me contó la historia ayer, por teléfono, una amiga que lo vio por Internet. Me refiero al programa Sacro y profano, emitido el pasado 21 de abril en el Canal Once de la televisión mexicana[1], en el que las invitadas Andrea González Benassini, de la Universidad Iberoamericana de México, y Amparo Lerín Cruz, pastora de la Comunión Mexicana de Iglesias Reformadas y Presbiterianas, responden en poco más de veinte minutos a las preguntas del conductor del programa sobre el tema “La mujer en las iglesias”. Yo lo he visto esta mañana y creo que ambas aprovechan bastante bien su tiempo para destacar el acusado carácter patriarcal de la iglesia católica y de las iglesias reformadas, pero la intervención de la pastora presbiteriana me ha dado mucho que pensar.

Amparo Lerín cuenta entre otras cosas que, aunque en la Iglesia Presbiteriana de México se habían empezado a ordenar mujeres como líderes –denominadas “diaconisas”, “ancianas” y “pastoras”– desde 1985, hace casi cuatro años la cúpula eclesial, masculina por supuesto, decidió desordenarlas, aunque hacerlo no resultó tan sencillo, no solo por las protestas que generó la decisión, sino porque no había ningún documento en dicha iglesia que fundamentara la desordenación de quien se había ordenado en nombre de la Trinidad. Así pues, en agosto de 2011 se reunió la Asamblea de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México, mayoritariamente masculina, para celebrar un Concilio Teológico sobre la Ordenación de la Mujer, en el que se acordó que no se ordenarían más mujeres en el futuro, aunque algunas estaban en pleno proceso, como la propia Amparo Lerín, y que los presbiterios que habían ordenado ya “diaconisas”, “ancianas” y “pastoras” debían desconocer tal ordenación y someterse al acuerdo. También se decidió no abordar más la cuestión. En resumidas cuentas, un “no” rotundo sin posibilidad alguna de revisión. Consecuencia inmediata de estas decisiones fueron la excomunión de los pastores y congregaciones que no las aceptaron y lo que Lerín califica como la formación de una nueva comunidad de fe, es decir, una escisión.

Confieso que, cuando oí la historia por teléfono, lo primero que me vino a la cabeza y comenté con mi amiga fue el juego de significados al que se prestan las expresiones desordenar mujeres y mujeres desordenadas… y que nos reímos un poco, por no dejarnos llevar por el enfado y la indignación. Todavía en tono de broma, le dije que a quienes se sienten molestos con las feministas católicas a lo mejor les da desbautizarnos a todas para que no estorbemos, aunque llegamos a la conclusión de que, por mucho que les incomodara nuestra presencia, no les resultaría fácil des-sacramentarnos. Finalmente, ya serias, reconocimos el peligro que entraña la estrategia de desconocer, que tristemente no es monopolio de ninguna iglesia.

El prefijo des- procede del latín dis- y entra en la formación de palabras con diversos significados, los más habituales de los cuales son negación, inversión, privación o carencia del vocablo simple al que acompaña; también puede tener el sentido de “fuera de”. Así, desconocer puede significar: “no recordar la idea que se tuvo de algo, haberlo olvidado; no conocer; negar ser suyo algo (dicho de una persona); darse por desentendido de algo, o afectar que se ignora…”[2]. Por tanto, la decisión de la Iglesia Presbiteriana de México de desconocer a las mujeres en ella ordenadas equivale, en definitiva, a desordenarlas.

Pero, como he dicho, esta estrategia no es monopolio de ninguna iglesia. La jerarquía eclesiástica católica, en general, también desconoce a las mujeres y nuestro lugar en la asamblea de creyentes, y lo hace en todas las acepciones del verbo, incluida la de “reconocer la notable mudanza que se halla en alguien o en algo”, en este caso en nosotras, mudanza que parece considerar una desgracia, cuando no directamente un pecado… Pecado, sin embargo, es colaborar en nuestra propia opresión. Por eso, desordenadas y desconocidas, es decir, al margen de lo establecido e irreconocibles, las mujeres haremos lo que sea necesario para no pecar. Lo que sea necesario.

[1] Mientras escribo este texto, el programa, titulado “La mujer en las iglesias”, se puede ver en el siguiente enlace, aunque ignoro si es permanente o si, tarde o temprano, el vídeo de la entrevista de la que hablo será sustituido por otro: http://oncetv-ipn.net/sacroyprofano/programas.html

[2] http://lema.rae.es/drae/?val=desconocer

 

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Pascua cotidiana

Es un momento en el que algo extraordinario nos es revelado dentro de los límites de nuestra vida ordinaria, es el momento de la presencia de alguien en la intensidad de mi dolor capaz de ayudarme a dar el próximo paso, tal vez incluso el último.

Ivone Gebara

Cuenta Gregorio Magno en sus Diálogos que Benito de Nursia, en los comienzos de su vida monástica, se refugió en una angosta cueva de Subiaco, situada en un lugar muy abrupto, y que allí estuvo tres años apartado del mundo. De vez en cuando, un monje llamado Román, que vivía en un monasterio cercano, sustraía a hurtadillas un pan de su propia comida, lo ataba a una cuerda muy larga y lo bajaba desde el borde de una roca hasta la cueva donde Benito oraba y ayunaba. Pero un día el Señor se le apareció a un sacerdote que había preparado su comida para la fiesta de Pascua y le dijo: “Tú te preparas cosas deliciosas y mi siervo en tal lugar está pasando hambre”. Entonces, el hombre, que vivía lejos de Subiaco, buscó a Benito hasta que dio con su cueva. Oraron, hablaron de cosas espirituales y el sacerdote le dijo al ermitaño: “¡Vamos a comer, que hoy es Pascua!”. Y Benito, que después de tanto tiempo alejado de todo ignoraba en qué día vivía, respondió: “Sí, para mí hoy es Pascua, porque he merecido verte”. Hace años que conozco esta historia y siempre que lo hago me produce el mismo efecto liberador, pues me gusta mucho la idea de que una fiesta lo sea no porque lo dice el calendario, sino porque acontece algo que realiza y actualiza lo que la fiesta celebra y significa.

Creo que toda Pascua, para serlo, necesita la presencia de lo inesperado, incluso de lo ilógico, como inesperado e ilógico fue que las mujeres hallaran vacía la tumba de Jesús. Ahora bien, lo inesperado no tiene por qué ser inevitablemente prodigioso, aunque sea infrecuente. Lo que quiero decir es que cada día estoy más convencida de que el lugar de la Pascua es lo cotidiano y de que la Galilea de cada cual es el único escenario en el que puede experimentarse la resurrección, por pequeñas que sean las dosis, que lo son, aunque quizá no más que las de quienes nos precedieron en la fe. Porque tendemos a pensar que nuestras experiencias pascuales, las de la gente “normal”, son necesariamente mucho más light que las de las/os primeras/os testigos de la Resurrección, pero es posible que nos equivoquemos y que, para alimentar su fe, ellas/os no tuvieran más avituallamiento que nosotras/os: breves y tenues destellos de luz en el reino de la noche que testimonian que hay algo más que oscuridad y que, por tanto, no tiene por qué ser eterna, aunque lo parezca.

No sé en qué consisten esos destellos de luz para otras/os ni cómo ni dónde los ven. Yo los encuentro, siempre inesperadamente, cuando parece que todo –o quizá solo algo– está perdido y, tal vez sin dejar de estarlo, revive y/o da vida. Es más fácil experimentarlo que explicarlo. Tiene que ver con la generosidad de quienes apenas tienen nada y unas veces logran multiplicar sus panes y sus peces, y otras, tan solo saciar su hambre de afecto; tiene que ver con el placer por la vida de quienes han visto amenazada su existencia o saben que disponen ya de poco tiempo y saborean cada minuto con paz, como el regalo que es; tiene que ver con el sueño y la necesidad de hacer posible una realidad más justa, aunque los medios sean escasos y no haya garantías de éxito; tiene que ver con los milagros cotidianos, realizados por personas “anónimas”, que sostienen la vida en todo el mundo, allí donde está y seguirá estando amenazada de mil formas; tiene que ver con traspasar la desesperación, aunque se haya descendido a los infiernos –de la pobreza, de la enfermedad, de las drogas, de la soledad, de la violencia, de la guerra, de la locura…–, y vivir de nuevo; tiene que ver con el amor capaz de vencer el miedo, el miedo a la vida y el miedo a la muerte. Porque vivir sin miedo tiene que ser muy parecido a vivir resucitada/o.

Suelen calificarse estas experiencias como anticipos de la resurrección, como minúsculas degustaciones de aquello que ¿en el futuro? saborearemos en toda su plenitud. Quizás así sea. Yo no lo sé, pero hace un tiempo que intuyo –por decirlo de alguna manera– que, al igual que todo anticipo, nuestras experiencias pascuales son ya lo que avanzan y que no tener la mirada atenta a las resurrecciones cotidianas hace cada vez más real el “todavía no” de lo que esperamos.

Ojalá miremos de tal forma que veamos la Pascua de cada hoy de nuestras vidas.

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Desmonicación

¿De qué manera se va construyendo la ceguera ética de una sociedad?… Cada época tiene su pequeño infierno, un cráter moral ante el que nos medimos los ciudadanos.

Rosa Montero

 

El título no es una errata. No quise escribir demonización, ni tampoco desmotivación, que según el DRAE son las palabras con la escritura más cercana a desmonicación, una palabra inventada por mí –quizá revelada– después de escuchar la conferencia que Amelia Valcárcel pronunció en el XXIV Feminario, celebrado en Córdoba a mediados de noviembre de 2013 bajo el título “La violencia patriarcal a través de la palabra, la imagen, la economía y las leyes”[1].

Valcárcel, en poco más de veinte minutos, apunta con lucidez, claridad e incluso buen humor algunas claves de la violencia patriarcal que explican –aunque no justifican– su arraigo en nuestra sociedad y, al hacerlo, señala también algunas estrategias para erradicarla. Distingue tres niveles de violencia contra las mujeres: de intensidad extrema, media y baja. Su tesis es que la de extrema intensidad –es decir, la que conlleva resultado de muerte– depende, por lo general, de una situación de violencia media a la que, por diversas causas, no se ha puesto coto. Según la filósofa, la violencia de intensidad media, que abarca el amplísimo abanico de situaciones que van desde el bofetón hasta las agresiones físicas de todo tipo que no producen la muerte, aunque sí un sufrimiento apenas soportable, está mucho más aprobada en nuestro contexto social de lo que se piensa, ya que, en palabras suyas, “flota sobre una marea considerablemente grande de violencia de baja intensidad con la que estamos acostumbradas y acostumbrados a convivir”. Y continúa: “Sin esa base firme de aceptación de la violencia de baja intensidad, la intensidad media nos parecería grave, y quizá la violencia extrema concurriera menos”.

El análisis no puede ser más simple, ni más lúcido. Valcárcel dibuja la violencia como una estructura piramidal en la que cada nivel se apoya en el inmediatamente inferior, o lo que es lo mismo, una pirámide en la que cada nivel sostiene y hace posible el inmediatamente superior. Parece lógico, pues, que para hacer caer todo el edificio se empiece por minar sus cimientos, es decir, la violencia de baja intensidad, una violencia que todas las mujeres hemos sufrido y sufrimos todos los días… y a menudo sin rechistar. Unas veces, porque es tan cotidiana que no la advertimos como violencia; otras, porque por pereza, por cansancio, por miedo a que aumente su intensidad, por mantener la paz, por lo que sea, creemos que no nos merece la pena hacerle frente.

Amelia Valcárcel, en su conferencia, recuerda que san Agustín, al hablar de santa Mónica, su madre, cuenta[2] que, a diferencia de muchas matronas, que presentaban moratones en la cara porque sus maridos les pegaban, ella jamás recibió un golpe de su esposo, y no porque este fuera pacífico, que no lo era, sino porque Mónica, que consideraba que al casarse con él se había hecho su criada, le servía sin contradecirle nunca. Valcárcel se pregunta si ser “Mónicas” es la solución a la violencia patriarcal en cualquiera de sus niveles y en qué medida la tradición cristiana –ese tipo de tradición cristiana– ha favorecido la violencia contra las mujeres y está dificultando su desaparición. Porque mujeres como Mónica siguen siendo modelo de santidad…

Todas nosotras, más o menos veces, en mayor o menor medida, por unos u otros motivos, hemos sido y aún somos Mónicas ante la violencia patriarcal de baja intensidad. Creemos que no merece la pena reaccionar ante los pequeños abusos, ante los pequeños agravios, sin ser conscientes de que los pequeños silencios y sumisiones, alimentan y agrandan esa gran marea de violencia de baja intensidad que hace posible la de intensidad media y, por tanto, la extrema, la que asesina a las mujeres por serlo.

Y no se trata de culpabilizarnos nosotras por la violencia que sufrimos, sino de hacer visible el poder que tenemos para erradicarla, las posibilidades a nuestro alcance de transformar la realidad, de incidir en ella. Dejemos, pues, de ser Mónicas, porque si no hay excusa para la ejercer la violencia, tampoco la hay para padecerla. Entreguémonos a un profundo y radical proceso de desmonicación e impidamos que nuestra silenciosa resignación contribuya a aceptar individual y colectivamente que el precio de la libertad de las mujeres sea la muerte, y el de la vida, la sumisión[3].


[1] Los vídeos de las conferencias, que se colgaron en Internet hace poco más de un mes, se pueden ver en:

https://www.youtube.com/channel/UC8UtdKQoKdAcVj4B6txiLTg

[2] Confesiones, Libro IX, Cap. IX, 19.

[3] Como denuncia Miguel Llorente Acosta en su artículo “Ellas están cambiando, ellos, no”, El País, 19-4-2014:

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/03/19/actualidad/1395268778_760952.html

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Cosas cuántico-teológicas

He cambiado la dirección de todos los caminos.

Amrita Pritam

 

Mientras escribo estas líneas, se esfuma el invierno y llega la primavera, cuyo comienzo este año se ha anticipado un poco. La verdad es que hace unos días que tengo sensaciones primaverales provocadas no solo por el buen tiempo reinante –casi demasiado bueno para renunciar a él dentro de nada–, sino también, y sobre todo, por la grata y a la vez comprometedora experiencia de renovación vivida el pasado fin de semana, 15 y 16 de marzo, en las XII Jornadas de la ATE (Asociación de Teólogas Españolas), que bajo el título Resistencia y creatividad: ayer, hoy y mañana de las teologías feministas se celebraron en el Colegio Mayor Universitario Chaminade, en Madrid.

Las jornadas se estructuraron en torno a tres ideas clave que sirvieron de urdimbre al evento teológico, tan bien entretejido como inspirador[1]. El primero de estos hilos conductores fue la memoria resistente, en virtud de la cual se recordaron los orígenes de las teologías feministas y su recorrido hasta la actualidad, tan dificultoso como fructífero. El segundo, creatividad emergente, permitió diagnosticar la complejidad del presente, así como la necesidad de redefinir categorías y metodologías, de crear vínculos reticulares con otros saberes y de perder el miedo a abordar ámbitos todavía inexplorados. Finalmente, bajo el lema alumbrando el futuro se entreabrieron puertas y se señalaron pistas más que sugerentes para seguir construyendo pensamiento teológico con una perspectiva feminista[2].

Yo nunca había estado en unas jornadas de la ATE, y la verdad es que disfruté mucho con lo que vi. Vi a muchas teólogas, pero también a aficionadas que, aunque no pueden cursar estudios teológicos oficiales, no se resignan a no saber y se las ingenian para aprender como sea. Vi entusiasmo, mejor dicho, pasión, verdadera pasión por la teología. Vi esfuerzo, trabajo, dedicación, compromiso… y ganas, muchas ganas de no dejarse vencer por el cansancio o el desánimo en estos tiempos tan recios para la teología y para el feminismo. Vi mucha fe.

Por supuesto, también disfruté mucho con lo que oí, aunque renuncio desde ahora mismo a transmitirlo, ni siquiera sumariamente, porque no me veo capaz de hacer justicia a las interesantísimas intervenciones que se sucedieron en apenas día y medio. Pero intentaré compartir, al menos, mis impresiones.

Las conferenciantes, cada una con su estilo y perspectiva y en su concreto ámbito de estudio, llegaron a conclusiones, si no parecidas, sí confluyentes, y en no pocas ocasiones se sirvieron de los mismos conceptos, algunos de los cuales no han sido muy habituales en la teología. La creatividad emergente del título de las jornadas invitaba a ello. Así, por ejemplo, se habló de teoría de la complejidad, de redes, de sinapsis, de neuroteología, de nuevos lenguajes… Mientras escuchaba a las ponentes, venía a mi memoria de forma recurrente algo que el físico Juan Ignacio Cirac, que trabaja en computación cuántica, contó en un programa de televisión, hace quizás un par de años. Explicaba cómo él y su equipo aislaban unos pocos átomos en una especie de cámara al vacío y les dejaban hacer “sus cosas cuánticas”, pero sin mirarlas, claro, porque “la observación de un proceso, lo altera”. Y creo que eso ha sido precisamente lo sucedido durante las jornadas de la ATE: las teólogas se han parado a mirar el proceso de su propio quehacer y, al hacerlo, han descubierto/abierto vías que, de no haberse producido ninguna observación, tal vez habrían ignorado/descartado como posibilidad. Al mirar cómo las teologías feministas han hecho sus “cosas cuánticas” en el pasado cercano, o en el presente en sentido amplio, han percibido eso que emerge, aun sin contornos definidos, y han comenzado a dárselos, haciendo consciente su presencia, iniciando su conceptualización y, por tanto, posibilitando su incidencia en la realidad.

He vuelto a mi casa convencida de que, pese a algunos pronósticos pesimistas, la teología feminista no ha tocado techo. Mejor dicho, creo que está en disposición de traspasar cualquier techo que se le imponga. Como la vida, tan nueva y tan distinta, cada primavera.


[2] Las conferencias pronunciadas en las Jornadas y las intervenciones de las mesas redondas y seminarios, saldrán publicadas en “Aletheia”, la colección conjunta de la ATE y la Editorial Verbo Divino.

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Aún estamos vivas

No estoy dispuesta a morir

bajo la bandera de estos hermosos sueños

que son justamente

los que quiero vivir.

Shirley Campbell

Lo normal un 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, sería felicitar-felicitarnos a todas. Pero yo no estoy para celebraciones. Hubo unos años en que daba la impresión de que los logros obtenidos por la lucha feminista en muchos países estaban transformando el carácter reivindicativo del día en algo más festivo, más conmemorativo de dichos logros, aunque no se perdieran de vista ni los muchos pasos que aún hay que dar, en algunos lugares más que en otros, ni a las mujeres que en todo el mundo sufren más intensamente las consecuencias del patriarcado y del machismo. Sin embargo, desgraciadamente, hoy más que ayer –aunque espero que menos que mañana–, es necesario reivindicar, y no precisamente lo que nunca se había conseguido, sino aquello que ya habíamos alcanzado y formaba parte de nuestra vida cotidiana.

Habrá quienes digan que la crisis económica ha sido la causante de la detención y el retroceso de la evolución política, cultural, social…, o sea, de la involución que nos ha retrotraído a todos, no solo a las mujeres, dos o tres décadas, quizá más. Y tienen razón, pero no toda. Por un lado, porque la crisis y las políticas de recortes han afectado y afectan de forma mucho más negativa a las mujeres. Por otro, porque se están produciendo retrocesos que ni se explican ni pueden justificarse con razones económicas. Además, reinstalarse en el pasado significa volver a situaciones en las que desigualdades ya superadas eran “lo normal”, es decir, supone regresar a tiempos más oscuros para nosotras que para los varones, tiempos que, la verdad, creíamos desaparecidos para siempre. A la vista está que nos equivocamos.

No dejo de preguntarme cómo hemos llegado hasta aquí y hay algunas cosas que veo claras: que la involución en lo que a la situación y los derechos de las mujeres se refiere no es casual y que ha sido planificada para llevarse a cabo poco a poco, paso a paso, “tacita a tacita” y en todos los ámbitos… Nos han despistado priorizando otros problemas, obligándonos a prestar atención a lo urgente, en detrimento de lo importante. Nos han sorprendido confiadas, convencidas algunas de que los tiempos de beligerancia habían terminado, de que el feminismo militante era algo rancio, caducado, innecesario. Nos han pillado, por tanto, desprevenidas, es decir, aisladas unas de otras, a menudo incapaces de detectar la desigualdad, la discriminación e incluso la violencia machista, e ignorantes de los recursos con que combatir tales injusticias. Nos han ido cociendo como a las ranas, echándonos en agua fría y calentándola poco a poco. Y ahora que nos hemos dado cuenta de que nos quemamos, la cuestión es si nos queda capacidad para reaccionar y saltar fuera de la cazuela, o vamos a dejar que nos cocinen… y nos coman.

¿Estoy enfadada? Sí, mucho. Pero, con enfado y todo, no se me acaba la esperanza. Y no porque vea el vaso más lleno o más vacío, sino porque me doy cuenta de que quienes se empeñan en devolvernos al pasado nos ponen también en bandeja retomar, renovadas y mejoradas, actualizadas y reconvertidas, las herramientas que de las que se sirvieron nuestras antepasadas para construir un mundo mejor para las mujeres. Y es posible que muchas descubran la importancia de dejar de considerar lo privado como algo individual, de formarse, de resistir y resistirse, de salir a las plazas, de hablar, de escribir, de gritar, de asociarse, de unirse a otras mujeres, de trabajar juntas, de hacer pactos, pactos de mujeres que establezcan los mínimos a los que no estamos dispuestas a renunciar, sea cual sea el signo político del gobierno de turno, sea cual sea la fe que cada una profesa, o la ausencia de ella, sea cual sea la raza o la etnia, la condición social, sexual, económica o cultural… y que no excluyan a ninguna mujer. Porque, como escribía hace pocos días Pilar Garcés: “El feminismo no criba. Somos todas o ninguna”.

Ya lo he dicho: no estoy para celebraciones. Pero confieso que tampoco para velatorios, porque aún estamos vivas. Lo veo y lo siento. Ojalá, además, estemos despiertas y seamos valientes. Vivas, despiertas, valientes y unidas para lograr la vida que soñamos y que queremos vivir.

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Desesperanza aprendida

Me parece que las que tienen el coraje de rebelarse a cualquier edad son las que hacen posible la vida…, son las rebeldes quienes amplían las fronteras de los derechos, poco a poco…, quienes estrechan los confines del mal y los reducen a la inexistencia.

Natalie Barney

 

Se publicó el mes pasado, pero yo lo he leído hoy. Me refiero al último número[1] de los Cuadernos CJ, que publica Cristianisme i Justícia, titulado Atrapadas en el limbo: mujeres, migraciones y violencia sexual, en el que su autora, Sonia Herrera, denuncia la violencia que sufren las mujeres migrantes por ser mujeres y que normalmente se traduce en violencia sexual, una violencia tan habitual como invisibilizada, lo que supone, entre otras cosas, la impunidad para quienes la causan y la indefensión para sus víctimas.

Aunque los medios de comunicación tienden a mostrar sobre todo a los varones, lo cierto es que las mujeres constituyen la mitad de la población migrante del mundo y, en algunas zonas, el porcentaje de mujeres es sensiblemente mayor que el de varones. Ellas se enfrentan a las mismas dificultades que ellos, pero añaden a los riesgos propios de la migración uno específico, ligado a “su condición de cuerpo sexuado en femenino”: la violencia sexual, que puede tomar forma de abusos verbales y físicos, violaciones, explotación sexual… Y da igual que sean migrantes voluntarias o se vean obligadas por desplazamientos forzosos. Sus posibilidades de ser agredidas sexualmente a manos de las mafias que organizan las rutas migratorias, de los hombres con los que viajan, de las autoridades policiales y aduaneras de los países intermedios y/o de los que constituyen su destino final… son altísimas. Es más, según Sonia Herrera, “la violencia sexual es en sí misma una característica intrínseca de la migración femenina que se produce sistemáticamente en muchas áreas fronterizas del planeta”.

Tan es así que, a pesar de su gravedad, se asume como un hecho inevitable, lo que genera lo que se llama “desesperanza aprendida”, es decir, un estado de resignación en el que las mujeres víctimas de violencia se dan por vencidas y terminan asumiendo las agresiones como algo ineludible: las mujeres dan por hecho que durante el transcurso del viaje migratorio, tanto en el origen, como durante en el trayecto e incluso en el país de destino, serán forzadas sexualmente o tendrán que utilizar su cuerpo como moneda de cambio para su supervivencia.

Sonia Herrera aporta datos y relatos estremecedores, pero sobre todo se hace preguntas, muchas preguntas, entre ellas por qué la violencia sexual contra las mujeres migrantes no recibe la atención mediática debida, a qué se debe la invisibilidad de las mujeres que migran en situaciones de alto riesgo y qué razones socioculturales hacen que las mujeres en tránsito acepten la violencia en su contra como peaje para lograr una vida mejor. Tristemente, creo que todas las respuestas confluyen en una sola: vivimos en un sistema androcéntrico y patriarcal en el que, a pesar de los avances llevados a cabo en materia de igualdad, las mujeres somos consideradas inferiores.

La violencia sexual es una manifestación sociocultural que visibiliza la tolerancia a la violencia de género de la sociedad en la que se produce. La mala noticia es que la violencia sexual contra las mujeres migrantes manifiesta el alto grado de violencia machista que impera en todo el mundo. Y digo todo el mundo, porque los países “desarrollados” tampoco se libran de ella. La buena, no obstante, es que la desesperanza aprendida por estas mujeres en tránsito, y por tantas otras que no lo están, tiene remedio, es decir, puede des-aprenderse, porque la violencia contra las mujeres no es algo natural, ni está inscrita en el ADN de los varones, aunque sean ellos quienes la ejercen mayoritariamente, sino algo cultural. Es un problema estructural que puede abordarse, y prevenirse, rompiendo las desigualdades que lo originan.

La autora de este cuaderno de Cristianisme i Justícia casi se disculpa por tratar de la cuestión en unas decenas de hojas, ya que el tema “daría para varios libros”. Así que estas líneas no son, en absoluto, un intento de resumir lo que ya es un resumen, entre otras cosas, porque pienso que constituiría, por simplificación, una injusticia hacia las víctimas de la violencia sexual en los flujos migratorios. Más bien, espero que este post invite a acercarse al texto de Sonia Herrera[2] ya que, utilizando sus mismas palabras, “su lectura y las preguntas que puedan surgir, suponen un primer paso de resistencia individual y colectiva ante la violencia sexual”. Y, sobre todo, quiero visibilizar, aunque sea mínimamente, una realidad que no puede permanecer oculta, ni sernos ajena, y contribuir a que, sea cual sea el contexto de injusticia en que se viva, se des-aprenda la desesperanza.


[1] Se trata del n. 187, correspondiente a enero de 2014.

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Frialdad heladora

Se busca visualizar una realidad, que se vea que detrás de las decisiones políticas hay personas.

Esther Vivas

 

Esta vez escribo por encargo. Concretamente, por encargo de mi madre, que el mes pasado recibió una carta del Ministerio de Empleo y Seguridad Social en la que se informaba sobre la revalorización de las pensiones durante el ejercicio 2014. Sumando el incremento de las dos que ella tiene –la que se ganó después de haber cotizado casi treinta años y la de viuda–, cobrará este año 2 € más al mes. La subida es tan exigua que resulta ridícula: “una tomadura de pelo”, según sus propias palabras. La información, por otra parte, iba acompañada de otra carta, firmada por la ministra y recibida por todas las personas que cobran pensión en nuestro país, que ha dado lugar a muchos comentarios en los medios de comunicación y que a mi madre le ha dolido hasta la indignación. Y por si alguien no lo conoce o ha preferido olvidarlo, recordaré su contenido.

El texto, breve, explica que ha entrado en vigor una nueva fórmula de revalorización de las pensiones y prestaciones del sistema público de Seguridad Social “que garantiza que las pensiones subirán todos los años sea cual sea la situación económica y que nunca podrán ser congeladas”. Además, recuerda que el año pasado, a pesar de la difícil coyuntura económica, las prestaciones se incrementaron del 1 al 2%, y, finalmente, afirma: “Seguimos trabajando para conservar un sistema de pensiones sólido, estable y solidario, de todos y para todos”. Teniendo en cuenta que la subida para el presente ejercicio ha sido de un 0,25%, es decir, que las pensiones no se han congelado por los pelos, cuesta un poco entender la carta en cuestión. Y es que si la ministra pretendía informar, no habría estado mal que lo hubiera hecho bien, sin que faltara información y, por supuesto, sin que sobrara.

Porque, por un lado, el texto es muy escaso en explicaciones. Quiero decir que mi madre, por ejemplo, hubiera agradecido mucho que se le aclarara en qué consiste esa nueva fórmula de revalorización de las pensiones públicas, de qué manera se garantiza que nunca serán congeladas y, sobre todo, cómo se asegura, mínimamente, la capacidad adquisitiva de quienes las perciben. Porque todo el mundo sabe, por experiencia, que ninguna ley es eterna y que no todo aumento de una prestación evita que esta, en realidad, se devalúe, pues si el IPC es superior a la subida, la capacidad adquisitiva de las/os pensionistas disminuye. Es más, incluso cuando el aumento equivalía al IPC, dicha capacidad se veía menguada, porque para calcular dicho índice no se tienen en cuenta los precios de todos los productos, sino solo aquellos que interesa consignar.

Pero, por otro, la carta trae a colación cuestiones que, de haberse obviado, habrían causado menos indignación. Me explico: ¿no es un poco cruel recordar que el año pasado, con una coyuntura económica supuestamente peor que la actual, la revalorización fue de cuatro a ocho veces mayor? ¿O es que cree la ministra que alguien va a interpretar el hecho como un mérito del gobierno, y no como el resultado de la ley entonces vigente? ¿Y no es sorprendente, por no decir escandaloso, hablar de un sistema de pensiones solidario, cuando tantas personas mayores en nuestro país se encuentran bajo el umbral de la pobreza? A mi madre, sin ir más lejos, si no viviera en una casa de renta antigua, le costaría llegar a fin de mes o, como leí el otro día, “le sobraría mes al final del sueldo”. Y eso que, como ya dije, cobra dos pensiones…

No sé si la carta de la ministra de Empleo y Seguridad Social era inevitable, o si habría bastado con la aséptica información que manda todos los años la Secretaría de Estado correspondiente, pero ya que se decidió enviarla, podría haberse escrito una carta distinta, más respetuosa con la situación económica de la gente y, desde luego, con su inteligencia y su dignidad, redactada en otros términos y pensando en los rostros de sus destinatarias/os. A mi madre no le habría importado nada que la firmante hubiera reconocido su tristeza por no poder dar mejores noticias o que, incluso, hubiera pedido perdón, algo que nunca, o casi nunca, hacen quienes gobiernan. Supongo que lo consideran una debilidad incompatible con sus continuos intentos de convencernos de que sus decisiones, todas ellas, son las mejores, incluso cuando tienen consecuencias nefastas.

El problema es que, en ese permanente esfuerzo para maquillar la realidad, para hacer de la necesidad virtud, para dar por bueno y rebueno lo que, en el mejor de los casos, es inevitable y, en el peor, una mala gestión, manifiestan una frialdad estremecedora respecto a las/os gobernadas/os y sus vidas cotidianas. Una frialdad que la gente percibe y que la deja helada, aunque sus pensiones no se congelen del todo.

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Miedo

Quien tuviere experiencia lo entenderá y verá que he atinado a decir algo; quien no, no me espanto le parezca desatino todo.

Teresa de Jesús

 

A estas horas, todo el mundo sabe que se acaba de publicar un libro de Manfred Hauke, titulado Teología feminista: significado y valoración. Televisiones, radios y periódicos de ámbito nacional, así como muchas webs de prensa digital, recogieron la noticia. Aunque, a decir verdad, la noticia no fue exactamente la aparición de la obra, sino las críticas que en su presentación se vertieron contra el pensamiento feminista y contra su “deriva” hacia la teología, es decir, contra la teología feminista. Críticas, por otro lado, no muy bien fundamentadas, pero suficientes para generar unos cuantos titulares que, entre otras cosas, contribuirán a que la editorial venda muchos más ejemplares de los que habría vendido con otra estrategia de presentación.

En realidad, casi me sorprende semejante repercusión mediática, porque las críticas de la jerarquía eclesiástica al feminismo no son nuevas, aunque es posible que últimamente aparezcan mejor aderezadas, puesto que incluyen terminología habitual en la teoría feminista, eso sí, con los significados trastocados. Y para muestra, dos botones. En la presentación del libro en cuestión se habla de la “deconstrucción de la persona” y de la “pretensión de empoderamiento” de las mujeres como dos características del feminismo que conducen a la nada, o a los infiernos… Pues bien, según el Diccionario de la Real Academia Española –por citar una fuente asequible para todo el mundo–, deconstruir significa “deshacer analíticamente los elementos que constituyen una estructura conceptual” y “desmontar un concepto o una construcción intelectual por medio de su análisis, mostrando así contradicciones y ambigüedades”, y empoderar, “hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido”. O sea, que deconstruir no es sinónimo de destruir, ni empoderar equivale a imponer, como erróneamente parecen entender y/o transmitir algunos. Y como prefiero confiar en el ser humano, achaco el error al desconocimiento, porque no me cabe en la cabeza que exista una deliberada intención de confundir y, de paso, atemorizar.

De todas formas, percibo en la publicación del libro de Hauke, veinte años después de que viera la luz en Alemania, y en la mayoría de las declaraciones adversas al feminismo en general y a la teología feminista en particular, hechas por miembros de la iglesia, algo parecido a miedo. Y no me refiero a miedo a que las feministas descendamos a los infiernos, peldaño a peldaño y error a error, o a que con nuestros cantos de sirena arrastremos a la destrucción o a la nada a otras personas, sino miedo a que no estemos equivocadas; miedo a que no sea tan descabellado ni tan ilegítimo ni tan herético, como algunas/os sugieren, que se deconstruyan algunos conceptos, poniendo de relieve sus contradicciones y ambigüedades; miedo a pensar de otra manera la Palabra y la tradición, miedo a que surjan interrogantes, a replantearse de raíz todo el sistema teológico y, por supuesto, las estructuras basadas en él. Me refiero a miedo a que las mujeres, y otros grupos humanos todavía marginados y excluidos, se empoderen, es decir, miedo a que los ignorantes aprendan, los cobardes se llenen de valor, los débiles se hagan fuertes, los ciegos vean, los cojos salten, los mudos hablen y canten, los esclavos sean libres y los pobres descubran cuál es la Buena Noticia, y miedo, sobre todo, a que lo hagan sin permiso. Y donde pone “los”, léase por supuesto “las”.

El miedo –lo sé por experiencia– es mal consejero. Unas veces, empuja al repliegue e inmoviliza; otras, produce recelo e invita al ataque preventivo; siempre, nubla la perspectiva y rechaza la luz… Y yo, insisto, percibo miedo.

Para nadie es fácil, tampoco para las feministas, incluidas las cristianas, hacerse nuevas preguntas y sentir las propias raíces arrancadas del suelo vital. No es fácil quedarse a la intemperie y confiar en que la Sabiduría Divina ilumine nuevas respuestas, o renueve las antiguas. Por eso, agradezco sinceramente que haya quienes recen –espero que también sinceramente– por nosotras, las feministas, y que además intenten hacerlo con amor y respeto.

Porque siempre he creído en el poder de la oración, especialmente en el que tiene para transformar a quienes oran. Ojalá quienes rezan por nosotras dejen de temer y de temernos.

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