¿Cuestión de género?

Imagínense lo felices que seríamos, lo libres que seríamos siendo quienes somos en realidad, sin sufrir la carga de las expectativas de género.

Chimamanda Ngozi Adichie

 

El viernes murió la hermana de un compañero de trabajo. El funeral fue en el pueblo donde nació y vivía. Había muchísima gente, dentro y fuera de la iglesia, incapaz de albergar a tantas personas. Me sorprendió gratamente la homilía, pues el cura no se limitó a pronunciar palabras que lo mismo habrían valido para ese funeral que para otro, sino que tuvo siempre presente a quién despedíamos y a su familia. Se le veía implicado, afectado por la muerte de su parroquiana y amiga y deseoso de transmitir esperanza. Al final, los hijos, a través de una amiga, nos dieron las gracias a todas/os por acompañarles en momentos tan duros, pero sobre todo dieron las gracias a su madre, por ser como era, por vivir como vivió, por hacer lo que hizo con ellos y con toda la gente con la que se cruzó. Yo solo la conocía de vista, pero por lo que se fue diciendo de ella y por la emoción que se podía adivinar en las/os presentes, está claro que era una mujer extraordinaria.

Se destacaron, entre otras cosas, su labor como maestra en la escuela pública durante más de treinta años, su empeño en trasmitir conocimientos, pero sobre todo en formar personas, su solidaridad, su búsqueda de la justicia, su disponibilidad, sus sabios y ponderados consejos, su compromiso en todo lo que tenía que ver con el pueblo… Pero se insistió, sobre todo, en su faceta de madre, en lo que su familia era para ella, en la dedicación a sus hijos, en su deseo de hacer de ellos personas íntegras, en la felicidad que le producían… Se habló mucho de la gratuidad, la generosidad y la incondicionalidad del amor maternal, “el más parecido que existe al amor de Dios”, en palabras del cura.

No sé si el amor que se le supone a una madre es, de verdad, más grande y verdadero que otros tipos de amor, pero parece haber un acuerdo general en que sí, en que el amor maternal –considerado gratuito e incondicional– es el más perfecto de los amores humanos y, por tanto, el más divino. Ahora bien, si esto es así, como el amor maternal se refiere a la maternidad, y el significado de esta suele reducirse a su aspecto biológico –gestación, parto y crianza de la prole–, es un amor que solo se asocia a las mujeres –que solo se nos pide a nosotras–, de lo que podría deducirse que somos los únicos seres humanos capaces de amor maternal, o sea, del amor humano más divino posible. La conclusión no puede sonar más injusta para los varones, quienes por simples razones biológicas, que nadie puede escoger, no serían aptos para amar de manera tan perfecta, aunque lo desearan, aunque se sintieran llamados a ello.

Pues bien, razonamientos semejantes son los que han usado durante siglos, y aún se usan, para repartir los roles familiares, sociales y eclesiales en función del sexo/género, para excluir a las mujeres de algunos ámbitos y funciones, para limitar nuestras posibilidades, para definir lo que podemos y no podemos hacer, decir o pensar, lo que es “femenino” y, por tanto, nos corresponde porque somos mujeres, y lo que no lo es. También los hombres tienen que ajustarse a un canon para ser verdaderamente hombres. En realidad, se trazan líneas teóricamente infranqueables y cruzarlas se considera un acto de subversión, cuando no de perversión. Pero el “reparto” no ha sido equitativo, en perjuicio de las mujeres, porque durante siglos, y aun ahora, humano y varón se han identificado completamente y lo masculino ha sido considerado siempre lo normativo, lo que se traduce en que a las mujeres se nos ha tenido por menos humanas y también menos divinas. Y eso, a pesar de nuestra capacidad para el amor maternal…

¿Cómo razonar de otro modo, como llegar a otras conclusiones? Entre otras cosas, atreviéndonos a pensar de otra forma, lo que no es nada fácil, porque hemos aprendido a interpretar la realidad en pares de conceptos opuestos y jerarquizados, es decir, considerando uno de ellos mejor que el otro. Es difícil, sí, pero imprescindible, porque nuestra manera de pensar condiciona nuestro modo de sentir, de vivir, de organizarnos.

Yo no me creo que las mujeres, madres o no, seamos capaces de un amor más perfecto que los hombres, como tampoco me creo que ellos, por ser varones, sean capaces de cosas que nosotras no. Amar, pensar, soñar, vivir… no son cuestión de género, sino de humanidad. Y humanas/os somos todas/os.

 

 

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Optar por lo difícil

 

Uno de los recursos de la supervivencia psíquica consiste en acostumbrarse al horror y dejarlo de ver. Los humanos somos criaturas maravillosamente adaptativas, pero eso tiene un precio, y es el de convertirnos en unos miserables.

Rosa Montero

 

Ayer recibí el enlace al último post que Lidia Falcón ha publicado en su blog La verdad es siempre revolucionaria[1], un texto que bajo el título “¿Qué hacemos con nuestros niños?” reflexiona sobre las consecuencias que la custodia compartida impuesta tiene para las/os menores en una sociedad machista y patriarcal como la nuestra. La lectura del artículo ha confirmado, desgraciadamente, algunas de mis sospechas, pues hace tiempo que barrunto que a través de la custodia compartida y manipulando la idea de igualdad, se ha conseguido establecer un sistema legal y eficaz para que algunos hombres controlen más y mejor a sus ex parejas a través de las/os hijas/os que tienen en común.

Entre otras cosas, Lidia Falcón denuncia el poder de los equipos psicosociales de los juzgados, convertidos en “árbitros incontestables de la mala o buena conducta de las madres” y en cuyos informes –añado yo– suelen basarse casi ciegamente la mayor parte de las sentencias relativas no solo a temas de custodia, sino a múltiples asuntos judiciales en los que están implicadas/os menores de edad. No sé si, como ella afirma, hay en tales equipos “individuos e individuas ineptas, mal preparadas o que desahogan sus ansias de venganza en ese mísero poder que les da un trabajo burocrático al servicio de la justicia”, o si algunas/os carecen de la titulación adecuada, pero tampoco me extrañaría que así fuera, porque no hay profesión exenta de personas incompetentes y/o mezquinas. El problema, en este y otros casos, son las consecuencias.

No se me quita de la cabeza un telediario de hace un par de semanas, en el que, con el rostro oculto y un nombre ficticio, por seguridad, una mujer contó que su hija de cinco años, que ha relatado en varias ocasiones los abusos sexuales que sufre por parte de su padre, está obligada a acudir al domicilio de este los días de visita estipulados. ¿Por qué? Porque alguien del equipo psicosocial correspondiente, después de hablar veinte minutos con la criatura, no le creyó. ¡Con lo difícil que es que un/a niño/a cuente algo así, con el valor que hace falta para hablar!… El problema –repito– es que la incredulidad de quienes tienen en sus manos el poder para decidir sobre las vidas de las/os menores acarrea consecuencias muy graves. Espeluznantes. Tanto que, cuando se hace público algún caso, provoca alarma social… durante un tiempo. Luego se olvida. No obstante, la realidad es mucho más terrible, pues se cree que en España uno de cada cinco menores sufre o ha sufrido abusos sexuales. Si esto es así, todas/os nosotras/os estamos conviviendo con el horror… quizá sin verlo, quizá acostumbrándonos a él.

Pero la pregunta sigue en pie: ¿qué estamos haciendo con nuestras/os niñas/os? No lo sé, pero elaborar y mantener vigentes leyes que priman los derechos de los progenitores sobre la protección de las/os menores supone considerarlas/os propiedad de quienes les engendraron; tolerar unos tribunales que no dedican ni el tiempo ni los medios suficientes para investigar lo que dicen las/os niñas/os víctimas de abusos sexuales significa dejarlos indefensas/os; castigar con la incredulidad a quienes vencen el miedo y la vergüenza para contar la verdad es condenarles al silencio, al aislamiento y a la desconfianza, y permitir que las/os menores sean una herramienta en manos de los maltratadores para controlar y torturar psicológicamente a sus ex parejas supone no solo instrumentalizar a las/os niñas/os para perpetuar la violencia machista en nuestra sociedad, sino convertirlos también en objetivos de dicha violencia…

Se dice que los abusos sexuales a menores son un síntoma de enfermedad social. Pues bien, si las cifras que se barajan son ciertas, esta sociedad está muy, muy enferma. Están enfermos los miembros –muchos– que necesitan relaciones sexuales de dominio para “ser”, y está enferma la sociedad en su conjunto, porque basa su estructura y su funcionamiento en la discriminación de aquellas/os que considera inferiores, fomenta relaciones desiguales y tolera, a veces por omisión, y otras con todas las de la ley, la indefensión de las/os más débiles.

Es más fácil no ver, no oír, esconder el horror debajo de la alfombra, hacer como que no existe… Pero habrá que optar por lo difícil, porque, en palabras de Luisa Coque, “ignorar lo visto y lo oído es una forma de matar”.

 

 

[1] http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2015/09/07/que-hacemos-con-nuestros-ninos/

 

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Transición

Mientras tanto… voy a intentar seguir buscando la palabra perdida, la palabra única…

María Zambrano

 

Dice el DRAE que transición significa: “1. Acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto; 2. Paso más o menos rápido de una prueba, idea o materia a otra, en discursos o escritos; 3. Cambio repentino de tono y expresión”. Las tres acepciones describen bien el estado en que me encuentro desde el domingo pasado, cuando puse fin a mis cuatro semanas de vacaciones estivales. Me siento en tránsito, como si en el viaje de regreso a mi vida cotidiana estuviera haciendo una escala necesaria para no sufrir los efectos de esta especie de jet lag no horario que se produce tras un tiempo de verdadero descanso y desconexión.

Este año, mis vacaciones han sido completamente rurales y familiares. Casi un mes en el pueblo, sin abrir el correo electrónico –no por falta de cobertura, sino por decisión propia–, usando poco el teléfono, mirando de lejos las noticias, cocinando, estando pendiente de la bocina de las camionetas para bajar a comprar el pan y la fruta, dando largas caminatas por el monte, disfrutando del paisaje –maravilloso– y de las nubes que cada tarde se posaban sobre las montañas como una boina, charlando y paseando con mi madre y con mis hermanas/os, jugando con mis sobrinas/os, visitando a las tías Echávarris, rescatando “tesoros” del desván, contemplando los gatos en la era de la vecina, vistiendo ropa vieja y cómoda, calzando sandalias incluso los días más frescos, suspirando con cierto remordimiento –aunque no mucho, la verdad– cuando veía el ordenador apagado y los libros para trabajar en la tesis apilados sobre la mesa, tal cual los coloqué el primer día, dejando la mente en barbecho, leyendo –eso sí– por las noches, antes de dormir… En fin, unas vacaciones rurales y familiares de las que llevo casi una semana despertándome.

No es una sensación nueva, puesto que todos los veranos el regreso es como despertar sin haber dormido, como recuperar la consciencia sin haberse desmayado. Porque la vida no se detiene en vacaciones, sigue sucediendo, pero en una especie de curso paralelo, como esos brazos que les nacen a algunos ríos y que acaban confluyendo de nuevo con el curso principal del agua. Para mí, reencontrar esas aguas principales tiene que ver, por supuesto, con volver al trabajo y a las tareas cotidianas. También con restablecer las relaciones humanas interrumpidas por la ausencia veraniega, lo que supone una importante y gratificante inversión de tiempo. Pero creo que, sobre todo, tiene que ver con abrir los ojos y los oídos y permitir lo que veo y oigo me ocupe y me preocupe, mirando más allá de la realidad más cercana y sintiéndome parte del todo, sufriendo o disfrutando con lo que otras/os viven. No sé cómo explicarlo, no he estado aislada, pero he rehuido conscientemente ponerme frente a la tele, me he enterado de algunas cosas importantes sucedidas estas semanas, pero las he dejado como en pause, a la espera, evitando que me tocaran del todo, resistiéndome a dedicarles mucha atención y a asumirlas con todas sus consecuencias. Estoy pensando, sobre todo, en las mujeres asesinadas este verano por violencia machista, en las/os niñas/os que han sufrido abusos sexuales a manos de familiares, en las personas que intentan huir de la guerra y no pueden porque no encuentran acogida en ningún sitio. Y lo curioso es que, al escribir sobre ello, me estoy dando cuenta de que son realidades que han estado ahí todo el tiempo, acompañándome en la sombra como una música de fondo, entremezclándose con la vida nuestra de cada día y, por tanto, afectándome.

En la medida de lo posible, intento hacer la transición poco a poco. Ya estoy en paz con el ordenador –se han descargado todas las actualizaciones pendientes– y con el correo electrónico. He recuperado el ritmo de trabajo en la biblioteca y casi he terminado de organizar la casa. He quedado con las/os amigas/os y también he hecho algunas compras necesarias que me daban mucha pereza. Desayuno cada mañana leyendo la prensa en internet y ceno viendo el telediario. Aún no he retomado la tesis y algunas otras cuestiones que requieren tiempo sereno y concentración, pero confío en hacerlo pronto. Hoy, al fin, he vuelto al blog, después de más de un mes de silencio que, sinceramente, me pesaba. Y no he escrito lo que quería –en mi mente sonaba todo distinto, más ágil, más real, mejor hilado–, pero no siempre es fácil encontrar las palabras. En realidad, suele ser bastante difícil, pero seguiré buscándolas la próxima vez, aunque siga en tránsito.

 

 

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De excursión en Alba de Tormes

 

Según las lecturas serán las escrituras.

Teresa de Jesús

 

El sábado pasado fui de excursión con unos amigos. Por la mañana callejeamos por las calles y plazas de Salamanca, una ciudad en la que apenas había puesto los pies una vez, y entramos en algunos edificios emblemáticos, como la catedral –la nueva y la vieja–, la Casa de las Conchas y la Universidad Pontificia. Después de comer, nos fuimos a Alba de Tormes y aparcamos frente a la inacabada basílica de Santa Teresa, convertida este año en una de las sedes de la exposición de Las Edades del Hombre[1]. No era la primera vez que estaba en Alba de Tormes, pero nunca había visto la basílica por dentro. Es un templo de estilo neogótico, diseñado por el arquitecto Enrique María Repullés para custodiar los restos de santa Teresa, cuya edificación se inició en 1898. El proyecto contaba con suficiente financiación, pero las dificultades del terreno encarecieron mucho las tareas de cimentación, por lo que el dinero presupuestado no alcanzó y, en 1933, se interrumpió la construcción. Entre 2007 y 2010, se reanudaron las obras y se cubrió parte del edificio, pero no todo.

No hace falta entrar en la basílica para saber que no está acabada, pero me sorprendió ver la nave central sin techo, cubierta tan solo con una red para evitar que entren los pájaros. Al ver la maqueta del proyecto arquitectónico inicial, lo entendí. Entendí por qué no se ha terminado de construir y me pregunté si Repullés y quienes aprobaron su diseño no se dieron cuenta de que el templo era de un tamaño excesivo para una localidad como Alba de Tormes y para una mujer como Teresa de Jesús, una santa muy grande, sí, pero muy poco amiga de superfluidades. Y creo que al edificio proyectado le sobra mucho de todo… Así que me dio por pensar si la inconclusión de la basílica no será una especie de justicia poética que ha puesto mesura donde no la había y ha acabado demostrando que ni el sepulcro de santa Teresa ni los peregrinos que lo visitan necesitaban más templo que la iglesia del Monasterio de la Anunciación, que es donde el cuerpo de la santa yace desde hace siglos[2]. Me pareció además que había cierto encanto en aquella iglesia a medio hacer, y casi espero que no se reanuden las obras…

Fuimos después al monasterio de la Anunciación y al adjunto Museo Carmelitano, por el que felicito a las Carmelitas Descalzas, que comparten en él sus tesoros materiales y espirituales, y también a quienes lo diseñaron y organizaron[3]. Me gustó mucho todo: el vídeo introductorio, las obras y los objetos expuestos, las salas en que están distribuidos, el texto de la audioguía… Sé que lo más preciado para las carmelitas de la Anunciación son los restos de la santa, pero reconozco que yo me emocioné más con otras cosas, como los objetos de la vida cotidiana de las monjas, porque imaginé las manos que los utilizaron y me pregunté qué pensaban y sentían aquellas mujeres mientras devanaban, hilaban, planchaban, lavaban la ropa, cocinaban, cortaban el pábilo de las velas… Me emocionó mucho ver el pergamino de su nombramiento como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Salamanca y el documento que la declara doctora de la Iglesia. El primero, porque reconoce la valía y la importancia literaria de los escritos de una mujer que con su pluma, entre otras cosas, inauguró el género autobiográfico en lengua castellana; el segundo, porque pone la sabiduría y la experiencia mística de Teresa de Jesús al mismo nivel que la más alta formación teológica.

Pero creo que lo que más me emocionó fueron los facsímiles de los libros escritos por Teresa, tan voluminosos, con esa letra tan hecha y tan hermosa como difícil de leer, porque la imaginé mojando la pluma en la tinta y recorriendo con ella el papel, línea a línea, día a día, luchando consigo y con las palabras para expresarse… y venciendo. Decía ella, con mucha gracia, que “según las lecturas serán las escrituras”. Y tenía razón, porque somos lo que leemos. Sé que Teresa de Jesús fue una gran escritora porque fue una gran lectora, pero hubo en ella algo más, algo que hizo posible que la suma y destilación de los libros de caballerías, las vidas de santos y las obras de espiritualidad que leyó durante su vida dieran un fruto tan maduro e innovador, al mismo tiempo, como sus escritos. Algo que la ha hecho muy grande. Tanto que necesita un edificio sin techo para albergar lo que queda de ella.

 

[1] Las otras tres sedes de la edición de este año de Las Edades del Hombre están en Ávila y son: el Convento de Nuestra Señora de Gracia, la Capilla de Mosén Rubí y la iglesia de San Juan Bautista.

[2] Santa Teresa murió en dicho monasterio y su sepulcro siempre ha estado en la iglesia del mismo, salvo unos pocos años en que su cuerpo fue trasladado al Monasterio de San José en Ávila.

[3] Para una visita virtual: http://www.carmelitasalba.org/sepulcro-de-santa-teresa/visita-al-museo-carmelitano/

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El pensamiento de la creación

 

La creación es en parte responsabilidad nuestra, porque somos en cierto sentido el pensamiento de la creación. En nosotros la creación parió el pensamiento, la reflexión, la conciencia en una forma especial de organización.

Ivone Gebara

 

La reciente encíclica de Francisco Laudato si’, sobre el cuidado de la casa común ha colocado la ecología en las portadas de los periódicos y en la mente de muchas personas que, hasta ahora, habían creído que las alarmas relacionadas con el medio ambiente solo eran monsergas de agoreros movimientos roji-verdes y de algunos políticos retirados, como Al Gore, a los que, después de haber probado el poder, les da por la filantropía. Es triste que haya quienes no se adhieran a algunas causas más que justas hasta que la Iglesia institucional no les da el nihil obstat, es decir, hasta que no son oficialmente asuntos de moral cristiana. Pero más vale tarde que nunca, así que bienvenida sea la encíclica franciscana si despierta algunas conciencias.

Hace bastantes años, leí un libro de Sallie McFague, titulado Modelos de Dios: teología para una era ecológica y nuclear[1], en cuyo prólogo se podía leer: “Nuestra capacidad nuclear nos pone a los seres humanos de finales del siglo XX al borde de la autodestrucción y, asimismo, de la eliminación de la mayor parte de las formas de vida que existen sobre la tierra, si no de todas”. Recuerdo que, en aquel momento, se hizo muy vívida mi conciencia de la capacidad de destrucción total que las armas atómicas nos proporcionan a los seres humanos, y también de que la guerra nuclear no es el único peligro que amenaza la vida, todas las formas de vida, en nuestro planeta, pues hay muchos modos de destruirla poco a poco, pero tan eficientemente como un montón de bombas atómicas: emisiones incontroladas de CO2 a la atmósfera, con el consiguiente efecto invernadero, destrucción de la capa de ozono por halones y clorofluorocarbonos, fracturación hidráulica para la extracción de gas y petróleo, contaminación de los océanos, convertidos en vertederos, talas masivas de bosques necesarios para renovar el oxígeno del aire… Son cosas que dan menos miedo que un enfrentamiento bélico y, a menudo, se justifican en nombre del progreso, pero matan y nos matan lenta, firme y silenciosamente. Es solo cuestión de tiempo que el uso irresponsable y el abuso de la naturaleza hagan del mundo un espacio inhabitable, inviable para la vida, no este año ni esta década ni, siendo optimistas, este siglo, pero con toda seguridad más pronto que tarde.

La única forma de evitar o retrasar sustancialmente el apocalipsis anunciado es detener el maltrato a la naturaleza, dejar de explotar abusivamente los recursos, establecer una relación equilibrada con los bienes naturales; en otras palabras, escuchar el gemido de la creación, releer la realidad, poner en tela de juicio los pilares que, hasta ahora, han sostenido el sistema, porque está demostrado que no funciona, ya que nos lleva a la destrucción total, y actuar en consecuencia. Si, como sugiere Ivone Gebara, somos el pensamiento de la creación, pensemos. Pensemos con la cabeza y el corazón y, como mínimo, asumamos la interdependencia que nos define como seres vivos y la mutua responsabilidad que nos une.

Y volviendo a la encíclica, me ha llamado la atención que en las citas bibliográficas que aparecen en las notas a pie de página[2] no haya ni una sola alusión al trabajo de tantas teólogas feministas para las que el tema ecológico es fundamental –hay una corriente llamada teología ecofeminista–, y que llevan años denunciando, entre otras cosas, la conexión entre el sistema patriarcal, el capitalismo neoliberal y el maltrato a la naturaleza, revelando como antievangélica, con argumentos, la sobreexplotación de los recursos naturales, alertando proféticamente sobre la necesidad de cuidar la tierra que hace posible la vida, y la de establecer relaciones humanas de justicia y equidad. Creo que es una triste ausencia que revela hasta qué punto hay que replantearse y convertir –en el doble sentido de cambiar y evangelizar– la ecología eclesial, es decir, la relación entre los seres vivos que habitamos la casa común de la Iglesia.

Pensemos, pues, y sigamos pensando cómo vivir haciendo posible la vida… y cada vida.

 

[1] Santander: Sal Terrae, 1994, aunque la edición inglesa original es de 1987.

[2] Muchas de ellas, la mayoría, son de documentos eclesiales escritos por los últimos papas, o elaborados por diferentes conferencias episcopales. En otras, se hace referencia a obras de los Padres de la Iglesia, de Tomás de Aquino y de otros teólogos medievales. También aparecen teólogos más actuales, como Teilhard de Chardin, Romano Guardini, Juan Carlos Scannone… Aparece citado, asimismo, el filósofo Paul Ricoeur y se menciona en varias ocasiones la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, elaborado por la Conferencia de las Naciones Unidas correspondiente, reunida en Río de Janeiro en 1992.

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Bendita maldición

La concienciación es una maldita bendición.

Joan Chittister

 

Estos días se están celebrando dos torneos internacionales importantes: la Copa Mundial Femenina de la FIFA, en Canadá, y el Campeonato Europeo de Baloncesto Femenino, en Hungría y Rumanía. La repercusión de ambos acontecimientos deportivos en la sociedad y en los medios de comunicación es mínima si se compara con la que tienen estos mismos eventos cuando compiten equipos de hombres, lo que evidencia la primacía de lo masculino en el ámbito deportivo, si bien es cierto que, al menos en los canales de televisión especializados, la presencia del deporte realizado por mujeres es lenta pero progresivamente mayor. A ello se suma el creciente interés de los/las comentaristas deportivas/os –mayor o menor según las personas– por visibilizar y ponderar el trabajo realizado por las jugadoras y los equipos femeninos en los distintos deportes, todo lo cual contribuye a disminuir el sexismo en este ámbito, aunque este suele colarse por las rendijas, reconvertido.

Me salta el estómago cada vez que oigo referirse a las mujeres deportistas como “las chicas”: las chicas pasan a la siguiente ronda, cuántas alegrías nos dan las chicas, las chicas rompen los pronósticos venciendo al equipo X, las chicas se van del campeonato con la cabeza bien alta… El apelativo, en sí mismo, no es negativo ni despectivo. De hecho, estoy segura de que se dice con cariño. Ahora bien, es precisamente ese cariño, mejor dicho, el modo en que se expresa, lo que me produce incomodidad. ¿Por qué? Porque nadie se refiere a los deportistas varones y a los equipos masculinos como “los chicos”, salvo que estén en categorías juveniles, o de edades inferiores, lo que significa que calificar de “chicas” a las deportistas, tengan la edad que tengan, es aniñarlas, mantenerlas simbólicamente en una categoría que no es la de “los mayores”.

Por otro lado, me suena a condescendencia. El DRAE define condescender como “acomodarse por bondad al gusto y voluntad de alguien”. En principio, puede considerarse una actitud positiva, pero con matices, ya que si hace falta bondad para acomodarse a algo o a alguien es porque ese algo y ese alguien no merecen el acomodamiento de nadie. Traducido a lo que nos ocupa, el calificativo “las chicas” habla más del afecto hacia las deportistas de quien hace el comentario que de los méritos de estas, aunque sean muchos y, en ocasiones, superiores a los de los chicos en las mismas especialidades.

El sexismo está tan arraigado en nuestra sociedad, en nuestro lenguaje, en nuestras relaciones, en nuestra forma de ver e interpretar la realidad, que es muy fácil que nos pase inadvertido y reproducirlo inconscientemente, incluso cuando la intención es eliminarlo. Lo de “las chicas” es solo un ejemplo, pero hay muchos. La publicidad es una fuente inagotable de mensajes sexistas que, además, se repiten una y otra vez: niñas/os que piden la merienda a su mamá –nunca a su padre–, hombres –nunca mujeres– que conducen coches de alta gama, mujeres –nunca hombres– preocupadísimas por las manchas en la ropa, deportistas victoriosos cuyo premio es un vestuario lleno de hermosas jóvenes, cuerpos femeninos utilizados como ornato y aliciente para vender productos destinados a los hombres, desde colonias a neumáticos… Lo mismo sucede en muchas creaciones literarias, cinematográficas, en las musicales…, auténticos vehículos de transmisión sexista que normalmente nos tragamos sin rechistar.

Desde luego, no siempre tengo el radar puesto, pero hay cosas que me saltan a los ojos y a los oídos incluso cuando no me he propuesto ni ver ni oír. La concienciación mantiene la mente alerta y despiertos los sentidos… A veces, es un fastidio, como cuando se lee un texto lleno de faltas de ortografía que no se pueden obviar porque están ahí, gritando por encima de las palabras. Hay quienes piensan que ser más conscientes es una maldición, porque desde que han arrancado la ceguera y la sordera de sus vidas se sienten menos felices. No les juzgo, pero mi experiencia es otra. Creo que la lucidez no es fácil, pero compensa, compensa mucho, porque hace la felicidad quizá menos cómoda, pero mucho más honda, más real. Por eso, sé que hay mucha gente que, como yo, da gracias por la bendita maldición, o la maldita bendición, de ser consciente.

 

 

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Mujeres públicas

Las brujas no están quietas, y más si utilizan la escoba. Si se les cierra una puerta, pasan por una ventana. Son mujeres que se inventan salidas.

María Pilar Álvarez

 

Aunque hay hispanohablantes que han sugerido a los redactores del Diccionario de la Real Academia Española cambios referidos a palabras, locuciones o acepciones que, en su opinión, se consideran superadas o resultan hirientes, los académicos –ignoro si también las académicas– han preferido no incluir algunos en la última edición, tal como explican en el preámbulo de la obra, porque creen que los significados implicados “han estado hasta hace poco o siguen estando perfectamente vigentes en la comunidad social”.

Una de estas locuciones con acepción problemática es mujer pública, que en la última edición del DRAE se define como “prostituta”. ¿Dónde está el problema? En primer lugar, en que en la actualidad la expresión apenas se usa con ese sentido, por lo que bien podría haberse señalado en el diccionario que “prostituta” es un significado en desuso de mujer pública. En segundo, y sobre todo, en que los redactores del diccionario no han incluido una segunda acepción, que podría haberse redactado como “femenino de hombre público”, o como “la que tiene presencia e influjo en la vida social”, que es la misma definición que el diccionario atribuye a la locución en masculino. Y así como el mantenimiento de la primera acepción quizá podría justificarse alegando que hay que dejar pasar más tiempo para considerarla en desuso, no encuentro excusa para el olvido de la segunda, salvo el sexismo del que a veces se acusa a la Real Academia Española, mejor dicho, a muchos de sus miembros. Hoy, las mujeres públicas, en nuestra lengua, son políticas, magistradas, deportistas, actrices, literatas, periodistas, filósofas, científicas, artistas, líderes sociales, monjas… En resumidas cuentas, mujeres que tienen presencia e influjo en la vida social.

En general, se acepta la presencia pública de las mujeres, y su influjo, siempre que no se salgan, que no nos salgamos, de ciertas rayas rojas que delimitan lo que nos es propio o impropio. Por ejemplo, no son problemáticas las mujeres públicas que encarnan el cuidado y la entrega a los demás, cualidades que siempre se han considerado muy femeninas, o mujeres que se dedican en cuerpo y alma a sus actividades públicas –sea ciencia, deporte, literatura…–, pero de forma más bien discreta. Pero sí lo son las que tienen poder o quieren tenerlo, las que crean opinión, las capaces de congregar a mucha gente en torno a sus ideas, las que dirigen a hombres, las que… pisan las rayas rojas y las traspasan y se arriesgan más allá de los límites que otros nos ponen solo porque somos mujeres. Y ya no se les llama prostitutas, utilizando la vieja acepción de mujer pública, pero sí se les desprestigia, de mil formas distintas, según el caso. Pondré dos ejemplos muy distintos.

Hace un año que la ex tenista francesa Amélie Mauresmo, que fue número uno del mundo, entrena a británico Andy Murray, actualmente número tres en el top ten mundial. No han sido pocos los artículos de prensa –escritos por hombres, dicho sea de paso– que o bien dudan abiertamente de la capacidad de Mauresmo para dirigir a Murray, con argumentos deportivos muy poco convincentes, que nunca utilizarían para desprestigiar a un entrenador, o bien la desautorizan indirectamente apelando a su condición sexual, como si ser lesbiana fuera un desdoro y además mermara la capacidad para entrenar a Murray o a quien sea. Lo que molesta de Mauresmo, sin embargo, no es su homosexualidad, sino que, siendo mujer, dirija a un hombre. Si entrenara a otra mujer, nadie hablaría de ella.

Ahí están también la benedictina Teresa Forcades y la dominica Lucía Caram, quienes además de ser mujeres, son monjas, lo que duplica las rayas rojas que se les dibujan alrededor. Y no importa si se está o no de acuerdo con sus actos y opiniones. Lo relevante, en su caso, es que se les exige una discreción y un recogimiento que nunca se les pedirían a monjes o a religiosos. Así pues, su condición de mujeres y monjas opera como una doble discriminación: no son equiparables a las demás mujeres, porque son monjas, y no pueden hacer –o no se quiere que hagan– lo que otros monjes y religiosos, porque son mujeres. El recurso, entonces, es extender la idea de que son malas monjas –o incluso monjas malas–, para desprestigiarlas, es decir, para restar valor a sus palabras y a sus obras.

Menos mal que las mujeres públicas, como las brujas, siempre se inventan salidas. Y no necesitan escobas para hacerlo.

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Una de cartas

 

 No hay nada que pueda vencer a la muerte más que la escritura.

Nawal al-Sa’dawi

 

No sé si ya lo he dicho en este blog, pero me apasiona el género epistolar, como destinataria, como remitente y como simple lectora. Me encanta recibir y escribir cartas, me encanta leer las de otras personas, y no me importa que sean reales o ficticias, pero confieso que las de verdad me emocionan más, aunque sean menos hermosas formalmente, y que prefiero la escritura a mano y el papel al teclado y el correo electrónico, si bien disfruto mucho los mails que, de no existir Internet, serían cartas a la antigua usanza. Lo dicho, que me apasiona el género epistolar en cualquier formato. Y esta fue una semana de cartas.

El lunes, trabajando en la tesis, leí algunas –pocas– de las más de cien cartas que María Zambrano escribió a su amiga Reyna Rivas desde Roma –y que esta considera un tesoro espiritual–, en las que la escritora va desgranando las alegrías y las dificultades de su día a día, entreverando proyectos, aprietos económicos, cansancios, ilusiones, muestras de afecto, temores… En todo caso, son el testimonio de una amistad verdadera.

El martes, también a causa de la tesis, releí las cartas que Eloísa le escribió a Abelardo desde el monasterio en el que ingresó por indicación de quien fuera el padre de su hijo y, secretamente, su esposo. “Ya que me niegas tu presencia –dice Eloísa–, dame, al menos, la dulzura de tu imagen, siquiera a través de tus palabras, tan abundantes, por otra parte, en ti”.

El miércoles le mandé a uno de mis sobrinos unas fotos que sacamos juntos a unos cuantos bichos y animales pequeños en nuestros paseos mañaneros en el pueblo. Podía haber adjuntado las imágenes en un e-mail, pero me hizo ilusión revelarlas en papel, acompañarlas de una carta escrita a mano y echarlo todo al buzón, entre otras cosas porque estoy casi segura de que nunca ha recibido una carta a su nombre y me gusta ser yo la primera en hacerlo.

El jueves recibí un inesperado correo electrónico desde Buenos Aires. Inesperado, digo, porque me lo mandó una amiga que va a estar allí solo unos días, y no pensaba yo que gastaría parte de su valioso tiempo al otro lado del Atlántico escribiéndome sobre sus experiencias en la capital argentina, incluida una visita, que envidio sanamente, a las madres-abuelas de la Plaza de Mayo.

El viernes, una cartera llamó a la puerta de una amiga mía para entregarle una carta certificada que esperaba con impaciencia. El sobre contenía una resolución de la Consejería de Bienestar Social y Vivienda del Principado de Asturias que se aprobó a finales de marzo, pero que no se ha hecho efectiva hasta ahora porque a alguien le ha llevado dos meses largos poner su firma en el papel.

El sábado encontré otro e-mail inesperado, esta vez de una ex compañera de trabajo y amiga a quien hace tiempo que no veo, aunque me acuerdo mucho de ella. Entre otras cosas, me enviaba el enlace a un texto escrito por ella que apareció publicado en la sección “Cartas al director” de un periódico local[1], un precioso relato de su primera experiencia como lectora de las obras de Teresa de Ávila. Su correo era más bien breve, pero suficiente para saber que ha llegado el momento de vernos y, como ella dice, “cotillear de todo lo humano y lo divino”.

Hoy por la mañana leía en un periódico digital[2] sobre las trescientas cartas que Vicente Aleixandre escribió a Miguel Hernández y, tras la muerte de este, a su esposa, cartas que durmieron más de cincuenta años en el interior de un baúl de haya y que ahora ven la luz en un libro titulado De Nobel a novel: epistolario inédito de Vicente Aleixandre a Miguel Hernández y Josefina Manresa

Ojalá haya muchos baúles de haya, muchas cartas –a mano o a máquina, privadas o abiertas–, yendo y viniendo, dibujando la vida, trayendo buenas noticias –o malas, según toque–, reclamando presencias y compensando ausencias, siendo cauce del pensamiento y dando que pensar, satisfaciendo impaciencias, llevando voces de un lado a otro, resucitándolas del pasado y del silencio, burlando el tiempo y la distancia. Ojalá haya siempre muchas palabras venciendo a la muerte.

 

 

[1] http://mas.lne.es/cartasdeloslectores/carta/19350/centeneario-francisco-hernandez-teresa-sanchez-cepeda-ahumada.html

[2] http://cultura.elpais.com/cultura/2015/05/30/actualidad/1433011187_665584.html

 

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Reflexión

 

Y es que posee la historia un ritmo inexorable que condena al fracaso a todo aquello que se le adelanta o que le desborda.

María Zambrano

 

La jornada de reflexión que nuestro ordenamiento jurídico tiene prevista antes de cualquiera de las elecciones políticas que se pueden celebrar en nuestro país es un tipo de veda electoral, es decir, un lapso durante el que está prohibida la propaganda política fundamentalmente con el fin de proporcionar a quienes pueden participar en la votación un tiempo para reflexionar sobre su voto sin influencias externas. Normalmente el día previo a cualquier elección suele pasarme sin pena ni gloria –quiero decir que no me paro a pensar en lo que voy a votar al día siguiente porque lo tengo decidido antes de la víspera–, pero esta vez dediqué un tiempo a la reflexión, pues para eso es la jornada, y no porque no supiera a qué partido iba a votar hoy, sino porque me pareció que las circunstancias merecían pararse un poco y pensar.

Nada más sentarme y cerrar los ojos, vinieron a mi mente los muchos miles de personas que se han quedado sin trabajo y sin casa a causa de la crisis económico-financiera, los políticos corruptos, hombres y mujeres que nos han robado no solo el dinero que es de todas/os, sino la confianza en las instituciones públicas, la desigualdad social que crece cada día que pasa, las mujeres que se ven obligadas a asumir exclusivamente las tareas domésticas porque el mercado laboral las excluye más en tiempos de crisis, los tratados de libre comercio cocinados con nocturnidad y alevosía, quienes huyen de la guerra y/o la miseria de sus países y encuentran la muerte en el camino, quienes constituyen la mercancía de la trata de seres humanos con fines de explotación sexual o laboral, las personas dependientes cada vez peor atendidas, los servicios públicos en vías de extinción, los seres humanos valorados tan solo como consumidores-productores, las leyes cada vez más restrictivas, las atrocidades del Estado Islámico y el miedo que nos inocula…

Los problemas en los que vivimos, nos movemos y existimos son muchos más y, cuando tienen nombre y rostro, mucho más grandes. No es raro, por tanto, que nos sintamos impotentes, es decir, sin poder para cambiar las cosas, pero creo que hace algún tiempo que eso está cambiando y que la gente empieza a darse cuenta de sí puede, es decir, que tiene poder.

¿Qué poder? Un poder de resistencia contra el sistema hegemónico y jerárquico que empobrece a la mayoría mientras enriquece a unos pocos, que genera diferencias económicas cada vez mayores, que crea y alimenta desigualdades sociales, raciales, sexuales y de género, que considera superfluos a muchos seres humanos y no solo no los tiene en cuenta, sino que los excluye y los expulsa más allá de los márgenes, que siembra el temor mutuo y, luego, levanta muros para proteger a unos pocos, que se sustenta en la violencia contra los otros, sean cuales sean, contra la tierra, contra la vida, porque solo importan el dinero y el dominio. Un poder de resiliencia, es decir, capaz de activar los mecanismos que nos permiten sobreponernos al dolor y a la adversidad, e incluso fortalecernos a partir de las situaciones más difíciles. Un poder que se centra en lo positivo, que se agarra a la vida y que mira hacia adelante. Un poder diverso y diversificado, no concentrado en unas pocas personas, sino presente en todos y en todas, que asume diferentes formas, según quien lo ejerza, que no teme la alteridad, sino que la busca, un poder de empoderamiento, porque nace en nuestro interior, que está nuestro alcance y que se hace fuerte sumándose al empoderamiento de otras/os y tejiendo redes. Un poder tan necesario como refrescante y que empezamos a ver en nuestra manos.

Esta fue mi reflexión de ayer. Hoy voté. Y espero que el ritmo inexorable de la historia, esta vez, coincida con las esperanzas de la gente.

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Nuevas Penélopes (2)

Estado de paz verdadera no habrá hasta que surja una moral vigente y efectiva a la paz encaminada, hasta que aquellas energías absorbidas por las guerras se encaucen…, hasta que la violencia no sea cancelada de las costumbres, hasta que la paz no sea una vocación, una pasión, una fe que inspire e ilumine.

María Zambrano

(Viene de la entrada anterior)

Las responsables de la Casa Cultural Tejiendo Sororidades[1] han recibido amenazas de muerte[2]. No les han dicho que les van a destrozar el local o que van a dejarles sin “clientela” atemorizando a las mujeres y a las niñas y niños que acuden allí. No. Les han conminado a dejar de hacer lo que hacen, y si no, les matarán. ¿Por qué? ¿Cómo puede haber nadie interesado en eliminar, literalmente, a quienes gestionan este proyecto? ¿Quiénes son estas personas tan incómodas que algunos desean eliminar?

El equipo de Tejiendo Sororidades está formado por gente muy diversa. Hay religiosas, algunas teólogas, mujeres creyentes y no creyentes, trabajadoras, voluntarias… Lo que más les une y entreteje sus vidas es su profundo y radical compromiso con los derechos humanos y, por tanto, con el feminismo. Desde hace un tiempo, saben que pueden ser las protagonistas de un noticiario, que pueden ser tiroteadas en cualquier momento. Saben que arriesgan sus vidas al seguir adelante, pero siguen, porque no quieren que triunfe la lógica de la violencia que llevan intentando erradicar desde hace casi cuarenta años pacíficamente. Y con éxito. De no tenerlo, el proyecto no sería incómodo para nadie.

Es difícil medir las consecuencias del trabajo realizado en la Casa Cultural, pero sin duda las está teniendo, y muy positivas. El proyecto está logrando promover una contracultura a la cultura de la violencia en la que al menos dos generaciones de colombianas/os han nacido y crecido, dos generaciones que han vivido y convivido con la violencia como si fuera algo “natural”, tan natural que seguramente les resulta difícil imaginar un contexto sin ella. Todo esto condiciona inevitablemente no solo las relaciones interpersonales, pues deshace el tejido social, sino la trama de la identidad. Cambiar esto es difícil, pero por lo visto, no imposible. En cualquier caso, se trata de un proceso lento y transversal, es decir, que afecta a todos los ámbitos de la convivencia. Por eso, Tejiendo Sororidades diversifica tanto sus actividades, aunque todas ellas convergen hacia los mismos objetivos. Aparentemente, esas actividades tienen poca relevancia política, pero lo que sucede en la Casa Cultural está incidiendo en la realidad. Todo ese tejer sororidad está dando fruto, está transformando a las mujeres y a los niños y, por tanto, sus entornos. Poco a poco, sí, pero imparablemente.

Entonces, ¿a quiénes no interesa que vaya fraguándose una cultura de paz, que vaya recomponiéndose el tejido social? Evidentemente, a los que se benefician del miedo y de la violencia, porque obtienen dinero, control y poder. Es el caso de las bandas criminales emergentes –llamadas bacrim–, organizaciones mafiosas formadas por ex miembros de las ultraderechistas y terroristas Autodefensas Unidas de Colombia. A estos grupos armados no solo no les interesa, sino que les disgusta e inquieta la existencia de proyectos como Tejiendo Sororidades, porque saben que son el principio del fin de su forma de vida violenta, y no dudan en amenazar de muerte a quienes los hacen posibles.

La Casa Cultural ha denunciado oficialmente las amenazas recibidas, pero las autoridades todavía no han hecho nada para proteger a sus miembros. ¡Nada! ¿Por qué? ¿Inconsciencia, irresponsabilidad, costumbre, impotencia, intereses ocultos?… Quizá un poco de todo. De cualquier forma, que los responsables políticos no sepan o no puedan reaccionar ante situaciones como esta revela hasta qué punto se hallan inmersos en esa cultura de la violencia, que tanto se resiste a desaparecer, y visibiliza la indefensión en la que vive la mayor parte de la población, especialmente quienes se esfuerzan en crear una cultura de la paz en lo cotidiano.

Las amenazas aún no son hechos, pero pueden serlo en cualquier momento, y las Penélopes tejedoras de sororidad, empeñadas en terminar su labor, siguen entrelazando hilos, sin dar un paso atrás. Espero que su compromiso y su valor no les lleven a acabar diciendo, con Isaías[3], “como una tejedora devanaba yo mi vida y me cortan la trama”. Y no me resigno a no poder hacer nada para evitarlo…

 

 

[1] http://tejiendosororidades.com/home.html

[2] http://pazificonoticias.com/ver-noticia/2015-04-integrantes-del-grupo-cultural-tejiendo-sororidades-denuncian-amenazas-de-muerte/

[3] Cf. Is 38,12.

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