Lo intolerable

Es, por tanto, una tarea urgente para todos nosotros aceptar las provocaciones del sufrimiento a fin de establecer nuevas relaciones humanas.

Ivone Gebara

 

El otro día, en mi grupo de reflexión teológica feminista estuvimos trabajando un artículo de Ivone Gebara titulado “Las contradicciones de la vida y otros enigmas”[1], cuya lectura recomiendo[2] porque creo que aborda una cuestión sobre la que merece la pena reflexionar.

Las contradicciones no tienen buena fama. Normalmente, se asocian a la imperfección, producen inseguridad, avergüenzan…, pero no se puede vivir sin ellas. En un mundo perfecto –pensamos– no habría lugar para las contradicciones, las incoherencias o los enigmas. Ahora bien, si lo perfecto es lo acabado –y ese parece ser el significado etimológico de perfecto–, la vida perfecta sería la concluida, o sea, la muerte, lo cual suena realmente muy contradictorio… Da la impresión, pues, de que mientras la vida sigue siéndolo, no es posible una realidad sin enigmas, sin paradojas, sin contradicciones, sin inseguridades, sin crisis, sin incoherencias, sin cambios… Es decir, sin evolución.

Identificar las contradicciones en todos los niveles en los que se producen parece, por tanto, una forma de ahondar en el misterio de la vida, de vivir con lucidez y profundidad, de no quedarse en la piel de la realidad. Y reconocerlas, evitar la tentación de negarlas o de maquillarlas y asumirlas como lo que son –condición inherente a la vida– nos humaniza y nos ayuda a evitar caer “en radicalidades suicidas o en dogmatismos excluyentes”, como sugiere Ivone Gebara. Según esta perspectiva, las contradicciones pueden convertirse en algo vivificante, en cuanto que revelan las grietas de las estructuras y sistemas que nos sustentan, material y espiritualmente, y son capaces de poner en marcha procesos creativos destinados, entre otras cosas, a superarlas.

Ahora bien, no todas las contradicciones son iguales. Están las mías y las ajenas, que suelen merecer un juicio muy distinto. Hay contradicciones individuales y sociales, teóricas y prácticas, graves y leves… con consecuencias muy diversas, pues algunas son soportables y otras no se pueden tolerar. Hay contradicciones realmente insufribles, que deberían ser imposibles, pero que están ahí, delante de nuestras narices: países llenos de recursos cuya población vive mayoritariamente en la pobreza, organismos que luchan por los derechos humanos pero se olvidan de las mujeres, misiones de paz que generan más guerras, democracias en las que priman los intereses de los mercados sobre los de sus ciudadanas/os, hombres que maltratan y matan a las mujeres que dicen amar, personas que abusan de quienes deberían proteger, medios de comunicación que omiten información o que convierten las noticias en mercancía, leyes que favorecen a las minorías privilegiadas, sociedades que se llaman justas y miran con indiferencia la injusticia que les rodea y la que generan, religiones que, lejos de re-ligar[3], dividen a los seres humanos y hasta los deshumanizan…

Si cuando las contradicciones llegan al nivel de lo insoportable no se eliminan, acaban anestesiando las conciencias, dejan de percibirse como contradicciones y, sobre todo, hacen tolerable lo que no debería serlo de ninguna manera y bajo ningún concepto. Ayer leí, con retraso, una noticia de Europa Press en la que se informaba de que en Mosul (Irak) el “Estado Islámico ha cortado las manos de tres mujeres por cargos desconocidos”, aunque se supone que ha sido por usar teléfonos móviles, ya que en el mismo acto los milicianos yihadistas han latigado a cinco hombres por esa acusación. De verdad, no me siento capaz de comentar algo así.

¿Cómo se elimina lo intolerable? No lo sé. No hay soluciones sencillas para problemas complejos, pero estoy segura de que, si en el centro de nuestra preocupación estuviese el sufrimiento de las personas que soportan lo insoportable, y no otro montón de intereses, no sería tan difícil encontrar estrategias, aunque no fueran perfectas, aunque albergaran también en sí mismas algunas contradicciones.

 

 

[1] Gebara, Ivone. La sed de sentido: búsquedas ecofeministas en prosa poética. Montevideo: Doble clic Editoras, 2002, pp. 34-42.

[2] Se puede leer el artículo en la web de Desveladas:

http://www.desveladas.org/b/pido/2014/02/08/las-contradicciones-de-la-vida-y-otros-enigmas/

[3] Una de las posibles etimologías de la palabra latina religio, de la que procede religión, la hace derivar del verbo religare, que significa “atar, ligar”.

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Palabras viejas y nuevas

Hay que devolver el prestigio al viejo vocablo, que ha sido manchado con todas las sombras de oscuras aspiraciones, y fijar para siempre que hacer política no es estar en este u otro partido laborando por el bien personal, sino esforzarse con lo mejor de uno mismo para el bien común.

María Zambrano

 

Más allá de los cristales de la ventana el día ya se ha apagado, hace frío y nieva débil e intermitentemente. Yo, con el pijama ya puesto, me acuerdo de mi padre y releo con sosiego unos breves artículos que escribió María Zambrano entre junio y noviembre de 1928 en el diario El Liberal, concretamente en una columna titulada “Mujeres”. Hace unos días que les estoy dando vueltas y, cuanto más los leo, más me sorprende la actualidad de su contenido, sobre todo teniendo en cuenta que la autora quería hacer pasar por aquellas breves columnas “en lenta procesión, sin empaque, todas nuestras preocupaciones, nuestros problemas, que están ahí ante nosotros”, es decir, problemas contemporáneos y concretos que ni debía ni podía eludir, porque “ello implicaría la renuncia a vivir nuestra parte de vida, que nadie ciertamente podría vivir por nosotros”.

Cuando fueron escritos estos artículos, España vivía bajo la dictadura de Primo de Rivera, y Europa se recuperaba todavía de la Gran Guerra, y aunque todavía no habían florecido los totalitarismos que más tarde sufrieron tantos millones de personas, se estaban gestando, tan firme como insidiosamente, las condiciones que los hicieron posibles. María Zambrano notaba la oscuridad de su época, que percibía como una “hora crítica mundial para la dignidad del hombre –de lo humano del hombre– que siente rebajados sus derechos”, una hora que genera preguntas y exige respuestas.

Zambrano se pregunta qué es la libertad, pero no metafísicamente, sino en relación con la vida social, porque entiende que el saber ha de interesarse por la vida, que amor y conocimiento han de ir unidos y orientarse a mejorar las cosas, es decir, a la labor política, para la cual la libertad es no solo condición previa y necesaria, porque es un postulado de la civitas, sino también objetivo. “Vivimos momentos de inquietud mundial, de renovación; una viejas maneras sociales, políticas y económicas, van a ser sustituidas por otras”, escribía María Zambrano en julio de 1928, mientras alertaba de la necesidad de “mantener y defender en todo momento esa dignidad, esa libertad”, porque es la que hace posible la cultura. Para ello, la conciencia de las masas tenía que enfrentarse con los grandes problemas: “Uno de ellos, urgentísimo, es el económico; pero, resuelto, quedaría en pie otro esencial: el de la cultura”, pues las democracias evitan convertirse en dictaduras si salvan los bienes de la cultura y de la ciencia, “poniéndose al servicio del espíritu, en vez de señorearlo”, como afirmaba Max Scheler.

María Zambrano, que tenía 24 años cuando escribió estos textos, sentía una gran inquietud política, al igual que su generación, en la que confiaba plenamente. No obstante, no militó en ningún partido. La fidelidad le impedía afiliarse a algo con lo que no podía comulgar plenamente, porque hacerlo le hubiera puesto en el dilema de traicionar o traicionarse. Pero no tener carnet de un partido no impide hacer política, abordar los problemas y contribuir a clarificar la conciencia colectiva que va naciendo frente a ellos.

No creo necesario explicar por qué las palabras de Zambrano me parecen tan actuales, ni cómo siendo viejas parecen nuevas. Por un lado, me produce un cierto desánimo ver que casi noventa años después, seguimos en una hora crítica mundial en que la dignidad de los seres humanos se ve más que amenazada, en que los derechos humanos están a la baja, en que urge solucionar los problemas económicos, pero no a costa de la ciencia y la cultura, en que reina la inquietud porque no sabemos de qué forma van a ser renovadas las viejas formas sociales, políticas y económicas… Pero también me da esperanza la convicción de que, como expresa María Zambrano, “cada uno y su generación tiene su gesto y su palabra, que quedaría silenciosa para siempre si él no la dijera”. Y, como ella, creo que esta responsabilidad de decir y de decirse, “comunica a nuestra vida un sentido y una dirección”. En otras palabras, hace nuestra especificidad imprescindible en la construcción del saber y del hacer común. Nos hace a todas/os capaces de acción política, desde cualquier situación y en cualquier ámbito.

Confío en que este tiempo de crisis lo sea también de palabras, de palabras de todas/os, de palabras que suman, de palabras nuevas, contemporáneas, comprometidas.

 

 

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Mamá y la religión

Cuando el dolor del prójimo se vuelve insoportable, se convierte en mi dolor y provoca el nacimiento de los gestos de amor.

Ivone Gebara

 

Hace poco más de diez días que se produjeron los atentados en la sede de la revista satírica Charlie Hebdo y en el supermercado judío Hyper Cacher de productos khoser, en París, acontecimientos que han logrado no solo difundirse por todo el mundo, sino provocar muchas y diversas reacciones. Desde entonces, han sido continuas las expresiones de desconcierto por lo ocurrido, de rechazo a la violencia, de solidaridad con las víctimas, aunque no han faltado voces que apoyan abiertamente a los terroristas y otras que, de alguna manera, y quizá inconscientemente, justifican lo sucedido.

Una de estas últimas parece ser la del papa Francisco, quien en un vuelo entre Sri Lanka y Filipinas hizo unas declaraciones, a propósito estos atentados, en las que afirmó, entre otras cosas, que matar en nombre de Dios es una aberración, que cada persona tiene la libertad y la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común y que no se puede reaccionar con violencia, pero que “si el doctor Gasbarri[1], que es un gran amigo, dice una grosería contra mi mamá, le espera un puñetazo”. Y añadió: “No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás… Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás. Estas personas provocan y puede suceder lo que le sucedería al doctor Gasbarri si dijera algo contra mi mamá”. Palabras, en mi opinión, más que desafortunadas, por todo lo que sugieren.

En primer lugar, las declaraciones de Francisco dan a entender que las personas asesinadas en la sede de Charlie Hebdo se buscaron de alguna manera lo que les sucedió, o dicho de otra forma, que jugaron con fuego y se quemaron, que hicieron lo que no debían –no ser respetuosos con el Islam– y sufrieron las consecuencias. Recorriendo el camino inverso, es decir, desde los resultados hasta las causas, cabría pensar que las víctimas del supermercado khoser también provocaron a alguien, quizá simplemente siendo judías… Sin duda, una afirmación así resulta inaceptable y peligrosa, pero es la consecuencia lógica de dejar resquicios abiertos a la justificación de la violencia.

Por otro lado, aun suponiendo que la revista Charlie Hebdo mereciera una respuesta por sus irrespetuosas sátiras, las palabras del papa no solo apuntan más allá del ojo por ojo de la nada evangélica ley del Talión, sino que consideran “esperable” el recurso a la violencia física como reacción a determinadas ofensas. Según la lógica del Talión, bastaría responder a una falta de respeto con otra; en el caso concreto de las burlas proferidas por Charlie Hebdo contra el Islam, estas tendrían que haber sido “compensadas” con otras sátiras igualmente irrespetuosas con las convicciones de los responsables de la revista. Sin embargo, según la lógica aducida por Francisco, un puñetazo es lo que ha de esperar quien dice una grosería, si el objeto de esta es algo tan querido e importante como la madre de alguien, por lo que hay que deducir que, según el papa, también es esperable –y por tanto “normal”– una respuesta “dura” a las ofensas contra la religión. Por supuesto, un puñetazo no es lo mismo que el asesinato de varias personas, pero uno y otro son reacciones de violencia física que exceden la de la ofensa recibida. Dicha desproporción, que supongo que no es vista como tal por quienes se sienten afrentados, tiene mucho –o todo– de irracional, de instintivo, de emocional sin ningún tipo de filtro, lo que además no beneficia ni a la “mamá” de nadie ni a la religión, sea cual sea. Creo que ni las mujeres ni Dios ni sus profetas necesitan que sus “fieles” les venguen.

No sé en qué estaba pensando Francisco cuando hizo estas declaraciones, pero creo que, tristemente, cayó en la tentación de arrimar el ascua a su sardina, es decir, de aprovechar lo acontecido para denunciar las sátiras religiosas, lo que, supongo, considera beneficioso para el cristianismo y las/os cristianas/os. No es el único. Todos los días veo en los medios de comunicación diversos y continuos intentos de instrumentalizar los atentados de París para los más variados intereses, con el fin de instaurar políticas migratorias más restrictivas, de alentar la xenofobia, de atacar las religiones, de primar la seguridad –y, por tanto, el control– sobre la libertad, de ensalzar acríticamente valores que teóricamente configuran las sociedades occidentales, pero que en realidad están muy ausentes en el día a día…

Sin duda es necesario e inevitable reflexionar sobre estos y otros muchos acontecimientos violentos –los hay por millares– y sacar algunas conclusiones que contribuyan a evitarlos, sin olvidar que, en todo caso, la violencia –cualquier tipo de violencia– produce dolor, mucho dolor. Un dolor que no generará gestos capaces de establecer nuevas relaciones humanas mientras no lo sintamos como propio.

 

 

[1] Se trata del organizador de los viajes del papa.

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Prejuicios

 Dios no habita en lo alto, sino en lo profundo.

María Antonia Ortega

 

Acabamos de estrenar calendario y puede parecer que todo –o algo– vuelve a empezar otra vez, pero se trata de una ilusión, porque este enero no es el que estrenamos hace un año, o dos, o veinte. Este año que llamamos 2015 no solo está nuevo, como el calendario que lo representa, sino que es nuevo, como lo es todo tiempo inédito, como nuevo es el futuro. Nuevo y abierto a las sorpresas.

El tiempo navideño sabe mucho de ellas –de sorpresas, quiero decir– y no me refiero solo a las que pueden suponer los regalos, grandes o pequeños, que nos traen los Reyes Magos. Hay sorpresas mayores, de esas que afortunadamente no tienen precio, y no porque se salgan del presupuesto, sino porque no se venden. Pero se dan. Y tampoco me refiero solo a esas sorpresas que todos y todas sabemos darnos mutuamente liberando nuestros buenos afectos, facilitando presencias inesperadas, aunque largamente añoradas, desplegando detalles y gestos aparentemente minúsculos, pero capaces de llenar de alegría, haciendo posibles tiempos y espacios de humanidad. No, esta tarde pienso en otras sorpresas…

El 6 de enero las iglesias cristianas celebran la Epifanía del Señor[1] para conmemorar que Dios se manifestó –se reveló, se dijo, se abrió, se expresó…– en Jesucristo a los pueblos gentiles, o sea, a los que no pertenecían a las tribus de Israel y, por tanto, no formaban parte del pueblo de Dios. La historia con la que se simboliza esta manifestación es la de los sabios de Oriente en pos de una estrella que les guía hasta el recién nacido Jesús, a quien ofrecen sus dones.

En ningún lugar se menciona el asombro que presumiblemente produjo en estos “magos” ver el lugar donde se alojaba el “rey” cuyo nacimiento les había sido revelado por los astros. ¿O es que no se sorprendieron, y por eso no se dice nada? En realidad, solo puede extrañarse de algo quien tiene una idea preconcebida de ello, quien alberga expectativas que luego no se cumplen, quien mira la realidad esperando que esta se acomode a sus ideas, y no al revés. No lo había pensado nunca, pero quizá los sabios de Oriente, a diferencia de Herodes, que se sobresaltó –y dice el evangelio que, con él, todo Jerusalén–, no tenían prejuicios y aceptaron sin estupor la “realeza” de aquel niño ajeno a toda pompa…

La verdad es que llevo varios días preguntándome por qué produce tanta admiración que Dios se haya hecho ser humano, por qué la encarnación se ha interpretado como abajamiento, por qué resulta tan raro que la Divinidad se muestre frágil. Y solo se me ocurre una respuesta: prejuicios. Prejuicios sobre Dios, prejuicios de grandeza, de sacralidad, de fuerza, de distancia insalvable, de extrañeza, de poder, incluso de violencia. Prejuicios que generan, asimismo, expectativas de privilegios, de elección, de superioridad. Prejuicios que no dejan que la realidad cotidiana sea epifánica, es decir, expresión, manifestación, revelación de ese Misterio que llamamos Dios, de ese Misterio que la atraviesa y sustenta. Prejuicios que nos impiden descubrir que Dios no habita en lo alto, sino en lo profundo. Prejuicios que tienen consecuencias, porque dibujan imágenes falsas de la Divinidad, ídolos con los que se justifican tantas discriminaciones, exclusiones, injusticias, esclavitudes, violencias…

Algunos prejuicios sobre Dios son aprendidos; otros, consecuencia de la inercia, de no pararse a pensar, de ahogar preguntas que pugnan por salir; otros se instalan como garantes de privilegios que consideramos derechos irrenunciables o que no queremos perder; otros, sencillamente, son fruto de nuestras limitaciones. Todos ellos nos ciegan y nos ensordecen.

Dios sorprendió en Jesús a quienes esperaban, sin saberlo, un ídolo. Deseo que este año que comienza esté lleno de sorpresas que desmonten nuestros prejuicios –todos nuestros prejuicios– y nos ayuden reconocer la Luz y la Palabra en lo cotidiano. En lo profundo.

 

[1] La palabra epifanía procede del griego epiphaneia, que se traduce “aparición, manifestación” y está emparentada con el verbo epiphaino, que significa “mostrarse”, o sea, expresarse, decirse, exponerse, descubrirse, revelarse, abrirse, manifestarse… Ambos términos contienen la raíz de phanón, que significa “luz”, por lo que se podría decir que epifanía tiene que ver con salir a la luz y hacerse visible, real o metafóricamente.

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Palabra encarnada

 

Sin la escucha, el decir se parece al silencio.

Mabel Moraña

 

Hoy me he despedido de mis compañeras y compañeros de la biblioteca porque mañana me voy a pasar la Navidad con la familia, así que no volveré al trabajo hasta el comienzo del nuevo año. Por supuesto, nos hemos felicitado mutuamente las fiestas y, de camino a casa, iba dándole vueltas a algo que llevo varios días preguntándome: qué entiende, que entendemos cada una/o cuando decimos o escuchamos “feliz Navidad”, en el caso, por supuesto, de que no se trate de una simple fórmula de cortesía, casi obligada en estas fechas. Las felicitaciones intercambiadas hoy en el trabajo equivalían a cosas como “buen viaje, que disfrutes de estar con las/os tuyas/os, que descanses, que lo pases bien”, en realidad, lo mismo que nos deseamos cuando nos despedimos en vísperas de cualquier otro periodo vacacional, solo que en Navidad los buenos deseos, grandes y pequeños, se expresan como felicitación.

Normalmente, al sencillo “¡Feliz Navidad!” se le añaden palabras que desarrollan el alcance y la perspectiva de las felicitaciones, que cada vez más son felicitaciones “laicas”, como lo van siendo las propias navidades. Por eso, volviendo a la pregunta inicial, creo que, para la mayoría de la gente, son experiencias “laicas” las que hacen que una Navidad sea feliz: haber encontrado un trabajo hace poco o no perder el que se tiene, recibir el alta hospitalaria y pasar las fiestas en casa, aprobar todas las asignaturas, encontrarse con los seres queridos después de un tiempo de separación, a veces muy largo, tener con quien compartir mesa y afectos, saber que hay comida en la nevera y juguetes guardados en el armario para las/os niñas/os, llegar al destino de un viaje sin contratiempos, no llorar una pérdida reciente, poder seguir pagando la hipoteca y, por tanto, conservar la casa, no temer ser víctimas de violencia ni dentro ni fuera de casa, no pasar hambre o frío o miedo, no sufrir discriminación por cualquier causa…

Por otro lado, la ausencia de estas y otras pequeñas y grandes “felicidades” es causa de infelicidad. Infelicidad “laica” que mucha gente sufre en forma de pobreza, de explotación laboral, de abandono, de desempleo, de soledad, de violencia machista, de abusos sexuales, de desprecio… Infelicidad que habita más “abajo” y al otro lado de la línea de la seguridad, de la estabilidad, de la vida vivible…

La cuestión es si esto que llamo felicidad –o infelicidad– “laica” tiene algo que ver con la festividad cristiana de la Navidad, con la celebración de eso que llamamos Misterio de la Encarnación. Y sinceramente creo que sí, que tiene mucho que ver, que tiene todo que ver, porque la Palabra se hizo carne. Y la carne siente hambre y sed y frío y calor y placer y afecto y dolor y alegría y…

Hace años que no compro postales de Navidad, porque felicito estas fiestas por correo electrónico. Suelo adjuntar un archivo, a modo de tarjeta navideña, con una imagen y una frase, normalmente bíblica. Cuando pensé en la felicitación de este año, hubo un texto que me “gritó” por encima de otros: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián. Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada en sangre serán combustible, pasto del fuego. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado[1]… No puedo leerlo o escucharlo sin que se me acelere el corazón, sin sentir casi físicamente la liberación que estas palabras cuentan, por un lado, y profetizan, por otro. Sin embargo, al final, me quedé con unas pocas palabras de un himno de Navidad: “En medio del silencio, el Verbo se encarnó”.

¿Por qué? No lo sé. Quizá porque nunca había pensado en la encarnación como un modo de pronunciarse el pensamiento, en la acción como una forma de lenguaje, es decir, de comunicación, en la creación como la finalidad de la palabra, de cualquier palabra –no solo la que se escribe con mayúscula–, en la existencia “carnal” –la mía, la de todas/os, la de todo– como decir divino… y humano.

Un decir que invalida toda palabra des-encarnada. Un decir que solo se escucha abriendo las prisiones injustas, dejando libres a las/os oprimidas/os, rompiendo todos los cepos, partiendo el pan con las/os hambrientos, hospedando a quienes no tienen techo, vistiendo a las/os desnudas/os… En fin, no cerrándonos a nuestra propia carne[2].

Feliz Navidad.

 

[1] Is 9,1-5

[2] Cf. Is 58, 6-7.

 

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Aniversario

Trazo y vuelvo a trazar la línea, ese hilo negro del que voy tirando a través de la página.

Margaret Atwood

 

Dice el Diccionario de la Real Academia Española que aniversario es el día “en que se cumplen años de algún suceso”, y define suceso como “cosa que sucede, especialmente cuando es de alguna importancia”. Pues bien, estoy de aniversario. Hoy se cumplen años de un suceso de bastante importancia para mí, pues hace cinco que apareció publicada mi primera entrada en este blog, o sea, hace cinco años que soy bloguera. A la luz de otros aniversarios que también se celebran hoy como, por ejemplo, el del referéndum por el que se ratificó la Constitución Española, hace 36 años, o la muerte, hace uno, del llamado “paciente cero”[1] de la actual epidemia de ébola que sigue imparable en África occidental –al parecer, un niño de dos años que vivía en una población de Guinea-Conakry, muy cercana a la frontera con Sierra Leona y Liberia–, está claro que el cumpleaños de mi blog solo es relevante para mí. Y no poco, porque es una especie de mojón en el camino que me invita a pararme un instante y mirar atrás.

Al pensar en aquel primer post, publicado el 6 de diciembre de 2009, he tenido la impresión de que desde entonces han acontecido en el mundo en general, y en mi vida en particular, muchos sucesos, muchas cosas de “alguna importancia”, o de mucha, y me ha dado por repasar, así por encima, los títulos de las entradas de este blog y he terminado releyendo algunas, aleatoriamente, y me he dado cuenta de que son una especie de diario, una suerte de mapa en el que se pueden rastrear esos sucesos públicos y privados, generales y particulares, extraordinarios y cotidianos, serios y frívolos, que han ido conformando mi historia y, por qué no, la Historia. Y me he dado cuenta también de que, en algunas ocasiones, he sabido decir algo de esos sucesos, pero he sido incapaz de encontrar palabras para otros, aun deseándolo, lo que no ha impedido que estuvieran y estén ahí, de forma latente, a veces coloreando de manera extraña un texto que en realidad habla de otra cosa, a veces haciéndome sentir tal impotencia que me impedía escribir –no pocos de mis silencios prolongados en el blog tienen que ver con dicha impotencia–, a veces invitándome a elegir algunos temas de reflexión, a veces haciéndome optar por el silencio.

No sé si le pasa a todo el mundo, pero a mí, cuando vuelvo a leer un escrito propio de hace tiempo, me invade la ambivalente sensación de reconocerme y, al mismo tiempo, desconocerme en él. Las palabras me resultan muy familiares y, a la vez, sorprendentemente ajenas, como si fueran y no fueran mías. Es lo que me ha sucedido al releer el primer post del blog. Hoy firmaría de nuevo todas y cada una de las palabras que entonces escribí: sigo admirando a Etty Hillesum, la impaciencia sigue haciéndome leer deprisa, sobre todo si algo me interesa, sigo creyendo y experimentando que ningún hallazgo en la búsqueda de sentido es definitivo, que las respuestas que nos damos, aunque parciales y temporales, nos permiten alimentar la esperanza, que es necesaria toda una vida para encontrar lo que buscamos. Pero en ese primer post hay algo de mí que ya no existe. Lo sé, porque al leerlo siento añoranza, aunque no sé bien de qué.

Todos los días pienso en que sería interesante escribir algo en el blog sobre esto o sobre aquello. A veces, guardo materiales en el ordenador para volver sobre ellos y encontrar un tema sobre el que merezca la pena compartir una reflexión. Otras, me surgen muchas cosas y me cuesta elegir. De cualquier forma, el blog está ahí, como una posibilidad siempre presente, como una invitación y, sin embargo, después de cinco años, aún me resulta raro pensarme como bloguera, y más raro todavía que alguien, al oír mi nombre, me pregunte si soy la María José Ferrer de “En carne viva”…

Al final, para mí, la cuestión es lograr escribir, luchar con las palabras para que digan lo que veo, lo que creo, lo que siento, lo que pienso, lo que vivo, lo que quiero, lo que espero, lo que no tiene forma hasta que yo se la doy mezclándolas. Y no siempre salgo victoriosa, porque a veces las palabras me eluden o se escapan o, simplemente, no existen. Pero hoy no me importa, porque estoy de aniversario y deseo seguir tirando de ese hilo negro que dibuja la página en blanco.

Gracias a todas/os por estar ahí.

 

[1] Por lo visto, se utilizan las expresiones “paciente cero” o “caso índice” para denominar a la primera persona en quien se detecta una enfermedad causada por un virus o bacteria. Ambas son traducciones de expresiones inglesas.

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Violencia cómplice

Es necesario profundizar en aquellos análisis que relacionan violencia con la posición de inferioridad que se reserva a las mujeres dentro de la estructura social, política o económica.

Soledad Murillo

Mañana es 25 de noviembre y, un año más, todo el mundo hablará de la violencia machista, es decir, de la violencia practicada contra las mujeres por ser mujeres. Si alguien todavía no entiende muy bien el concepto, puede cambiar el adjetivo “machista” por “racista”, por ejemplo, y pensar lo bárbara, absurda, cruel e injusta que le parece la violencia basada en el color de la piel. Pues bien, la violencia machista funciona como la racista: unos seres humanos, los varones, se consideran superiores a otros, las mujeres, y con potestad y argumentos para despreciarnos, marginarnos y maltratarnos, y todo ello, sin más fundamento que la diferencia sexual.

Parece imposible, incluso absurdo, pero sigue sucediendo. Incluso en los países en que está reconocida la igualdad de hombres y mujeres ante la ley y donde se llevan a cabo políticas destinadas a favorecer la igualdad de género y a prevenir la violencia machista, siguen produciéndose feminicidios, que es el más alto grado de este tipo de violencia, pero no el único. Y cuando la violencia machista es noticia, es decir, cuando una mujer es asesinada por ser mujer, todo el mundo pone cara de luto, se multiplican las declaraciones políticas en contra de semejante barbarie, se renueva la voluntad de combatirla por todos los medios posibles, se invita una y otra vez a las mujeres a llamar al 016 y a denunciar a sus agresores… Y nada más. La noticia se olvida pronto, las políticas de igualdad cuentan cada vez con menos fondos y las mujeres que denuncian, en muchos casos, no solo no encuentran justicia, sino que acaban siendo criminalizadas en los juzgados a los que acuden[1]. Da la impresión de que, en vez de avanzar, se retrocede.

El caso es que se habla con mucha facilidad de la violencia machista como lacra social, pero sin entender lo que significa o, al menos, sin actuar en consecuencia. Y no me refiero al significado del término lacra, que el DRAE define como “secuela o señal de una enfermedad o achaque” y como “vicio físico o moral que marca a quien lo tiene”. Cicatriz, enfermedad o vicio, lo que no parece entenderse es que se trata de un mal social, no individual, que nos marca, y no positivamente, como sociedad, que hace de nosotras/os una mala sociedad y una sociedad mala, y que, por ser social, ha de abordarse como lo que es: un mal estructural.

Un mal estructural es un mal que forma parte de la maquinaria que hace funcionar un sistema, en este caso la sociedad. En teoría, un mal estructural tendría que acabar destruyendo el sistema, pero en el caso de la violencia machista no es así. Esta violencia causa daños, sí, pero no estropea la máquina. ¿Por qué? Porque nuestra sociedad es patriarcal, basada en la jerarquización, a favor de los varones, de la diferencia de sexo-género y diseñada para perpetuarla. Una diferencia jerarquizada que se ha traducido y aún se traduce, unas veces grosera y otras sutilmente, en poder de los hombres sobre las mujeres. Y como todo el mundo sabe, la causa de la violencia, de cualquier clase de violencia, es el control del poder, es decir, obtener, mantener o acrecentar el poder sobre quien convenga en cada caso. Por eso, aunque parezca horrible y hasta paradójico, toda la violencia machista, desde la más leve hasta la más grave, engrasa la maquinaria social, porque contribuye a mantener el poder de los varones a través del miedo de las mujeres, un miedo orientado a que asumamos los roles establecidos para nosotras por una sociedad que, dicho sea de paso, necesita nuestra sumisión para seguir siendo.

Creo que para erradicar la violencia machista han de ponerse en práctica muchas y diversas estrategias, pero todas han de coincidir en reconocerla como un mal estructural que actúa como cómplice del machismo-patriarcado presente en mayor o menor medida en todos los ámbitos de nuestra vida. Sin ese reconocimiento, la violencia contra las mujeres se convierte en una violencia fragmentaria, una suma de violencias individuales con causas, víctimas y verdugos individuales, y la lucha para erradicarla, en golpes dados a ciegas contra un enemigo sin nombre. Pero lo tiene. Se llama patriarcado. “Es un monstruo grande y pisa fuerte”[2] la dignidad humana de las mujeres. Y está en todas partes. En todas partes, pues, se pueden minar sus cimientos y hacer visibles sus cómplices.

 

[1] El colectivo feminista Las Tejedoras elaboró el año pasado un vídeo, titulado “La última gota”, que llama la atención sobre la indefensión que viven en los juzgados las mujeres que denuncian la violencia machista: http://vimeo.com/110662425

[2] Como dice León Gieco a propósito de la guerra en su canción “Solo le pido a Dios”.

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La sal de la tierra

El análisis y la fotografía van en una misma dirección: te ayudan a ver aquello que tu ojo no ve. Yo no fotografío lo que vi, porque si ya lo vi, ¿para qué lo quiero en papel? Lo que quiero ver es lo que no ve mi ojo. Fotografío lo que percibo pero no llego a ver.

Adriana Lestido

 

Ayer fui al cine con dos amigas para ver el documental La sal de la tierra[1], cuyos protagonistas son el fotógrafo Sebastião Salgado y su obra. Cuando terminó, permanecimos incrustadas en los asientos, mirando más allá de los créditos finales que, de abajo arriba, se deslizaban por la pantalla. Tras la lista de nombres y funciones no se veía nada, salvo una sombra parcialmente iluminada, o una luz parcialmente ensombrecida, pero el documental había empezado diciendo que “el fotógrafo es, literalmente, alguien que dibuja con la luz, alguien que escribe y reescribe el mundo con luces y sombras” y en la pantalla aún había luz y había sombra, así que quizás la película guardaba una fotografía más, la última antes de que el proyector se apagara, y nosotras queríamos verla.

Salimos de la sala y recorrimos el largo pasillo que nos llevó fuera del cine en silencio. Nuestras caras reflejaban a la perfección el efecto que el documental nos había producido. Ya en la calle, una suspiró –¡buf!– y abrió la veda: increíble, maravillosa, qué dura, hay que verla, menos más que hemos venido, no sé qué decir… Y poco a poco empezamos a rememorar las palabras y las imágenes de la película que en ese momento nos venían a la mente y a la boca, pero sin amontonarlas, dejando el tiempo suficiente para reposar e interiorizar cada recuerdo.

Yo no sé si La sal de la tierra es un buen documental desde el punto de vista cinematográfico, porque no soy una experta en el séptimo arte, pero logra mantener la atención durante los poco más de cien minutos que dura. Las imágenes que se suceden en la pantalla –tanto las fotografías de Sebastião Salgado, como lo rodado por Wim Wenders– son como un imán que atrae irremediablemente la mirada, aunque a ratos duela lo que se ve. Sucede lo mismo con las palabras que glosan la narración visual: los oídos las esperan y las agradecen, no porque el silencio resulte incómodo o tedioso, sino porque contextualizan las imágenes, ayudando a darles sentido, y sacian un poco el hambre de saber más que estas dejan.

Creo que uno de los aciertos del documental es el complejo juego de miradas sobre el que se construye. Se puede decir que Sebastião Salgado está en el centro de todas ellas: la de las/os espectadoras/es, la del director del film, la de los guionistas, la de los personajes que hablan de él… Pero Salgado es, sobre todo, un hombre que mira el mundo y que es capaz de plasmar su mirada sobre la realidad en fotografías. Así, mientras nosotras/os lo miramos, él mira a través de su cámara y mira también sus fotos. Las mira penetrantemente. Tanto, que traspasa la imagen capturada y su mirada viaja a la realidad que quiso capturar, a los nombres, a los rostros, a los sonidos, a los olores, al frío o al calor, a la amistad, a la grandeza, al miedo, a la tristeza, al odio, a la miseria, a la belleza, al horror, a la vida y a la muerte… A veces, se acerca tanto que se refleja en el cristal que cubre las fotografías, y estas se funden con su cara y quienes contemplamos la pantalla vamos atravesando “niveles” –el documental, el fotógrafo, la fotografía, la luz y la sombra– hasta llegar a esa realidad concreta que por un lado parece opacada con tanto “filtro” y por otro se revela de una forma inigualable y se convierte en altavoz de una realidad más profunda que se asoma, a su vez, en muchas realidades, tan distintas y tan parecidas. Así, las fotos de Salgado –y las de otras/os[2]– son más que documentos, y quienes fotografían, más que testigos que, sin palabras, levantan acta de lo sucedido. Son un grito, una denuncia, una pregunta, un compromiso, una advertencia, una esperanza, el ávido deseo de que los seres humanos sean, de verdad, la sal de la tierra.

Agradezco como un acierto también que se haga visible el papel que Lélia Wanick, la esposa de Salgado, ha tenido en la construcción de la carrera profesional de su marido, pues ella, además de apoyar sin fisuras que se dedicara a la fotografía, ha sido la creadora de sus grandes proyectos, su representante, su editora… Y mucho más.

La verdad es que hay más aciertos, pero no voy a revelarlos, porque atañen a la narración, es decir, al relato, y no soy de las que cuentan el final de una historia. Lo que sí puedo decir es que se sale del cine respirando hondo, muy hondo, y que no solo merece la pena ir a ver el documental, sino que se agradece profundamente haberlo hecho.

 

[1] Se trata de un documental de 2014, coproducido por Francia, Brasil e Italia y dirigido por Wim Wenders, quien también es responsable del guión, junto con Juliano Ribeiro Salgado, hijo de Sebastião Salgado. La obra, cuyo título original es The salt of the Earth, ha recibido el Premio Especial del Jurado, en el Festival de Cannes, y el Premio del Público, en el Festival de San Sebastián, ambos en 2014.

[2] Pienso en Dorothea Lange, James Natchwey o Adriana Lestino, por citar algunos nombres.

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¿A quién le duelen?

Como tantas otras personas, quiero descubrir medios más eficaces y diferentes para erradicar la miseria, la violencia y la destrucción que están dando cuenta de nosotros. Ellas son el poder que nos oprime.

Ivone Gebara

La periodista y abogada Caddy Adzuba (Bukavu, República Democrática del Congo, 1981) recibió el pasado viernes, 24 de octubre, el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2014. Licenciada en Derecho en la Université Officielle de Bukavu, Adzuba es una activista por los derechos humanos, sobre todo en zonas de guerra declarada o latente, y lleva mucho tiempo denunciando las torturas y violaciones que sufren las mujeres y las niñas de su país, en guerra desde 1996, y promoviendo su reinserción en una sociedad en la que son repudiadas, precisamente, por haber sido violadas. El jurado que le concedió el premio a primeros de septiembre vio en ella un “símbolo de la lucha pacífica contra la violencia que afecta a las mujeres, la pobreza y la discriminación, a través de una labor arriesgada y generosa”[1]. Generosidad y riesgo, sí, porque su activismo no le ha salido gratis. Se levanta cada mañana temiendo por su vida, ya que está amenazada de muerte y han intentado asesinarla, al menos, dos veces.

En la ceremonia de entrega de los galardones, Caddy Adzuba hizo lo que mejor sabe hacer: transformar toda ocasión –en este caso su premio y los minutos de micrófono que le concedieron[2]– en un “altavoz para la defensa de la causa de las mujeres violadas en el mundo en general, y en particular” en su país. Desde el comienzo de su discurso, desvió la atención de sí misma y la dirigió a “las miles de mujeres congoleñas, víctimas de la guerra y de la violencia sexual y despojadas de todo honor desde que sus cuerpos fueron transformados en campos de batalla”, mujeres a las que sus palabras quisieron dar voz.

Adzuba denunció el olvido al que se ha relegado, intencionadamente, un conflicto en el que han muerto más de seis millones de personas y han sido violadas más de quinientas mil mujeres, y cuyos actores directos e indirectos se conocen, un conflicto sobre el que reina la amnesia y la impunidad porque están en juego los intereses de grandes empresas multinacionales, a las que la guerra les resulta muy conveniente para hacerse con las riquezas del subsuelo congoleño, utilizadas por las distintas facciones como fuente de financiación. Denunció también la premeditación que en este mercado alimentado con sangre tienen los actos de violencia sexual contra las mujeres y las niñas, pues no son acciones aisladas, achacables a soldados desaprensivos, sino que, parte de la estrategia de guerra, son una “masacre organizada y planificada” para ahogar la economía, destruir el tejido social e impedir a las/os congoleñas/os un futuro de progreso. Y al reclamar la atención internacional sobre el problema, al preguntarse hasta cuándo han de seguir sufriendo las mujeres y las niñas congoleñas la violencia sexual, denunció la indiferencia y el silencio existentes.

Yo me pregunto a quién y cuánto le duelen estas mujeres… El horror que dibuja Adzuba con sus palabras provoca escalofríos y encoje el estómago. Pero esa reacción del cuerpo ante los sufrimientos ajenos no sirve para nada si no nos hace clamar por la justicia y nos empuja a actuar con firmeza y constancia para erradicar las causas de tales sufrimientos e injusticias, si no nos obliga a desterrar la sensación de impotencia –¿qué podríamos hacer nosotras/os ante algo así?– que acaba justificando la apatía y la mudez cómplices.

 “Las mujeres congoleñas, heridas en cuerpo y alma, reclaman justicia y reparación; que se persiga tanto a los autores indirectos y ocultos en la sombra, como a los autores materiales. Es justo y necesario que todos aquellos que financian y alimentan este horror por razones económicas respondan de sus actos”, dijo Caddy Adzuba, y pidió para ello la creación de un Tribunal Penal Internacional (TPI) para la República Democrática del Congo, con el fin de que “los crímenes cometidos contra las mujeres congoleñas en estos últimos 18 años no queden impunes”.

He leído estos días que el Gobierno de España llevará a la ONU dicha petición[3]. Quiero pensar que eso significa que nos duelen las mujeres violadas, que nos comprometemos con su causa y que asumiremos las consecuencias de dicho compromiso. Un compromiso que, por mucha generosidad que nos exija, en ningún caso hará que nos levantemos cada mañana temiendo por nuestras vidas.

 

[1] http://www.fpa.es/es/premios-principe-de-asturias/premiados/2014-caddy-adzuba.html?texto=acta&especifica=0

[2] http://www.fpa.es/es/premios-principe-de-asturias/premiados/2014-caddy-adzuba.html?texto=discurso&especifica=0

[3] http://www.20minutos.es/noticia/2281000/0/gobierno-llevara-onu-peticion-caddy-adzuba-crear-tribunal-penal-internacional-para-congo/

 

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Las piedras desechadas

¿Qué habrán hecho algunos sures para merecer ciertos nortes?

Mafalda

 

El pasado lunes, 20 de octubre, Paciencia Melgar dio una rueda de prensa con una repercusión mediática impresionante[1]. La causa de tan gran interés es que su plasma sanguíneo fue utilizado para tratar a Teresa Romero, quien contrajo el ébola cuando atendía al misionero Manuel García Viejo, repatriado desde Sierra Leona, donde se infectó con el virus, y fallecido el 25 de septiembre. Melgar fue, sin duda, la estrella del día, aunque la cosa empezó en Galilea, quiero decir en Monrovia (Liberia), concretamente en el Hospital de San José, en el que esta mujer de 47 años, nacida en la isla de Annobón (Guinea Ecuatorial) y religiosa de la congregación de las Misioneras de la Inmaculada Concepción ha trabajado como enfermera once años.

Allí, atendiendo a enfermos de ébola, se contagió Paciencia prácticamente al mismo tiempo que el misionero Miguel Pajares, fallecido en Madrid el 12 de agosto, a los pocos días de haber sido repatriado. Y allí se quedó junto a otras/os compañeras/os también infectadas/os con el virus, como la congoleña Chantal Pascaline, de su misma congregación, ya que nuestro Gobierno no consideró que fueran responsabilidad suya, puesto que no tenían nacionalidad española.

El 9 de agosto, Chantal Pascaline murió y una ambulancia se llevó a Paciencia desde el Hospital de San José al de Elwa, a las afueras de Monrovia, un lugar de aislamiento para las/os desahuciadas/os del ébola en el que hay muy pocos medios materiales y humanos, pero muchas/os enfermas/os, un centro cuyos barracones no tienen ventanas, pero sí goteras, y donde el hacinamiento de pacientes y la escasez de personal hacen imposible, entre otras cosas, la necesaria higiene. Allí se enteró Paciendia de la muerte de Miguel Pajares, lo que paradójicamente le dio valor para no hundirse en la enfermedad. Allí, durante 16 días, luchó por sobrevivir, tomando multivitaminas y paracetamol, comiendo arroz con pollo, bebiendo medio litro de agua al día –no les dan más–, oliendo vómitos y heces, oyendo –y quizá profiriendo ella misma– gritos de dolor y de sed, y viendo cómo morían casi todas/os las/os enfermas/os con quienes compartía espacio y sufrimiento. Y lo logró. Fue una experiencia horrible cuyo recuerdo le quita a veces el sueño, pero a pesar de las pésimas condiciones sobrevivió al ébola y el 25 de agosto abandonó el hospital de Elwa con una sonrisa en la cara y un documento en la mano que certificaba que estaba curada.

Paciencia volvió a casa, donde permaneció 21 días en cuarentena para confirmar que no suponía un peligro para nadie. Sabedora de que los anticuerpos generados por ella le hacen inmune al ébola, solo pensaba en recuperarse para reiniciar su actividad sanitaria, esta vez en el suburbio West Point de Monrovia, donde se hacinan muchos enfermos. Pero a mediados de septiembre, cuando Manuel García Viejo fue repatriado, se buscaban donantes de sangre que hubieran vencido al ébola para utilizar su plasma, y ella se ofreció voluntaria. El Gobierno español, en esta ocasión, sí tuvo interés en traerla a nuestro país –sus anticuerpos la hacen muy valiosa– y agilizó los trámites para que viajara cuanto antes.

Lo primero que hizo Paciencia tras su recuperación fue volar a España con otra misionera de la Inmaculada Concepción que también ha sobrevivido a la enfermedad. No llegaron a tiempo, pues aterrizaron en Madrid el mismo día que murió García Viejo, pero el plasma de Paciencia se utilizó para tratar a Teresa Romero, quien finalmente ha vencido al ébola, y las dos religiosas están participando en un estudio médico para combatir la terrible enfermedad.

Los medios de comunicación aguardaban con mucha expectación la rueda de prensa concedida por Paciencia, y cada uno ha divulgado lo que consideraba más interesante. Unos han destacado, sobre todo, sus palabras de agradecimiento: al pueblo liberiano por haberla apoyado a pesar de sus escasos medios, al personal del Hospital Carlos III por el buen trato que le han dispensado, a Teresa Romero por su generosidad al atender voluntariamente a García Viejo, e incluso al Gobierno de España –al que no guarda rencor por no haberla traído cuando estaba enferma– por agilizar su viaje. Otros han acentuado el relato de su enfermedad. Algunos han resaltado los mensajes de contenido más espiritual, como su alegría de estar en nuestro país haciendo el bien, o que en ningún momento le faltaron la paz, la serenidad y la confianza. Otros han dado relevancia a la petición de ayuda internacional emitida por Paciencia para detener la epidemia allí donde se ha originado y causa más estragos. Yo me pregunto qué es lo que le interesaba a ella, y creo que sus ojos miraban a África y sus palabras buscaban, sobre todo, dar voz a las víctimas africanas del ébola, a las víctimas olvidadas y abandonadas a su suerte… por nosotras/os.

A mí, Paciencia Melgar y su compañera de congregación, venidas de los márgenes de la historia y la geografía, me parecen la realización de una profecía: la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular (Salmo 117,22). Encarnan y representan la paradoja evangélica de la fuerza de lo débil, denuncian con su sola presencia la vergonzosa deshumanización de este llamado Primer Mundo –que se echa a temblar cuando los males se le acercan, mientras permanece impasible cuando azotan las vidas de quienes están lejos–, proclaman con su vida que es posible amar y construir humanidad[2] y, al hacerlo, anticipan el futuro.

[1] http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/hermana-paciencia-forma-parte-del-grupo-inmunizados-puede-ayudar-tratamiento-otros-enfermos/2818666/

http://www.rtve.es/alacarta/videos/noticias-24-horas/hermana-paciencia-cuyo-plasma-ayudado-auxiliar-ebola-dice-donaria-mas-veces/2818419/

[2] http://www.vidanueva.es/2014/10/21/hermana-paciencia-si-mi-sangre-es-util-tratare-de-ayudar-a-quien-lo-necesite/

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