Aún estamos vivas

No estoy dispuesta a morir

bajo la bandera de estos hermosos sueños

que son justamente

los que quiero vivir.

Shirley Campbell

Lo normal un 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, sería felicitar-felicitarnos a todas. Pero yo no estoy para celebraciones. Hubo unos años en que daba la impresión de que los logros obtenidos por la lucha feminista en muchos países estaban transformando el carácter reivindicativo del día en algo más festivo, más conmemorativo de dichos logros, aunque no se perdieran de vista ni los muchos pasos que aún hay que dar, en algunos lugares más que en otros, ni a las mujeres que en todo el mundo sufren más intensamente las consecuencias del patriarcado y del machismo. Sin embargo, desgraciadamente, hoy más que ayer –aunque espero que menos que mañana–, es necesario reivindicar, y no precisamente lo que nunca se había conseguido, sino aquello que ya habíamos alcanzado y formaba parte de nuestra vida cotidiana.

Habrá quienes digan que la crisis económica ha sido la causante de la detención y el retroceso de la evolución política, cultural, social…, o sea, de la involución que nos ha retrotraído a todos, no solo a las mujeres, dos o tres décadas, quizá más. Y tienen razón, pero no toda. Por un lado, porque la crisis y las políticas de recortes han afectado y afectan de forma mucho más negativa a las mujeres. Por otro, porque se están produciendo retrocesos que ni se explican ni pueden justificarse con razones económicas. Además, reinstalarse en el pasado significa volver a situaciones en las que desigualdades ya superadas eran “lo normal”, es decir, supone regresar a tiempos más oscuros para nosotras que para los varones, tiempos que, la verdad, creíamos desaparecidos para siempre. A la vista está que nos equivocamos.

No dejo de preguntarme cómo hemos llegado hasta aquí y hay algunas cosas que veo claras: que la involución en lo que a la situación y los derechos de las mujeres se refiere no es casual y que ha sido planificada para llevarse a cabo poco a poco, paso a paso, “tacita a tacita” y en todos los ámbitos… Nos han despistado priorizando otros problemas, obligándonos a prestar atención a lo urgente, en detrimento de lo importante. Nos han sorprendido confiadas, convencidas algunas de que los tiempos de beligerancia habían terminado, de que el feminismo militante era algo rancio, caducado, innecesario. Nos han pillado, por tanto, desprevenidas, es decir, aisladas unas de otras, a menudo incapaces de detectar la desigualdad, la discriminación e incluso la violencia machista, e ignorantes de los recursos con que combatir tales injusticias. Nos han ido cociendo como a las ranas, echándonos en agua fría y calentándola poco a poco. Y ahora que nos hemos dado cuenta de que nos quemamos, la cuestión es si nos queda capacidad para reaccionar y saltar fuera de la cazuela, o vamos a dejar que nos cocinen… y nos coman.

¿Estoy enfadada? Sí, mucho. Pero, con enfado y todo, no se me acaba la esperanza. Y no porque vea el vaso más lleno o más vacío, sino porque me doy cuenta de que quienes se empeñan en devolvernos al pasado nos ponen también en bandeja retomar, renovadas y mejoradas, actualizadas y reconvertidas, las herramientas que de las que se sirvieron nuestras antepasadas para construir un mundo mejor para las mujeres. Y es posible que muchas descubran la importancia de dejar de considerar lo privado como algo individual, de formarse, de resistir y resistirse, de salir a las plazas, de hablar, de escribir, de gritar, de asociarse, de unirse a otras mujeres, de trabajar juntas, de hacer pactos, pactos de mujeres que establezcan los mínimos a los que no estamos dispuestas a renunciar, sea cual sea el signo político del gobierno de turno, sea cual sea la fe que cada una profesa, o la ausencia de ella, sea cual sea la raza o la etnia, la condición social, sexual, económica o cultural… y que no excluyan a ninguna mujer. Porque, como escribía hace pocos días Pilar Garcés: “El feminismo no criba. Somos todas o ninguna”.

Ya lo he dicho: no estoy para celebraciones. Pero confieso que tampoco para velatorios, porque aún estamos vivas. Lo veo y lo siento. Ojalá, además, estemos despiertas y seamos valientes. Vivas, despiertas, valientes y unidas para lograr la vida que soñamos y que queremos vivir.

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Desesperanza aprendida

Me parece que las que tienen el coraje de rebelarse a cualquier edad son las que hacen posible la vida…, son las rebeldes quienes amplían las fronteras de los derechos, poco a poco…, quienes estrechan los confines del mal y los reducen a la inexistencia.

Natalie Barney

 

Se publicó el mes pasado, pero yo lo he leído hoy. Me refiero al último número[1] de los Cuadernos CJ, que publica Cristianisme i Justícia, titulado Atrapadas en el limbo: mujeres, migraciones y violencia sexual, en el que su autora, Sonia Herrera, denuncia la violencia que sufren las mujeres migrantes por ser mujeres y que normalmente se traduce en violencia sexual, una violencia tan habitual como invisibilizada, lo que supone, entre otras cosas, la impunidad para quienes la causan y la indefensión para sus víctimas.

Aunque los medios de comunicación tienden a mostrar sobre todo a los varones, lo cierto es que las mujeres constituyen la mitad de la población migrante del mundo y, en algunas zonas, el porcentaje de mujeres es sensiblemente mayor que el de varones. Ellas se enfrentan a las mismas dificultades que ellos, pero añaden a los riesgos propios de la migración uno específico, ligado a “su condición de cuerpo sexuado en femenino”: la violencia sexual, que puede tomar forma de abusos verbales y físicos, violaciones, explotación sexual… Y da igual que sean migrantes voluntarias o se vean obligadas por desplazamientos forzosos. Sus posibilidades de ser agredidas sexualmente a manos de las mafias que organizan las rutas migratorias, de los hombres con los que viajan, de las autoridades policiales y aduaneras de los países intermedios y/o de los que constituyen su destino final… son altísimas. Es más, según Sonia Herrera, “la violencia sexual es en sí misma una característica intrínseca de la migración femenina que se produce sistemáticamente en muchas áreas fronterizas del planeta”.

Tan es así que, a pesar de su gravedad, se asume como un hecho inevitable, lo que genera lo que se llama “desesperanza aprendida”, es decir, un estado de resignación en el que las mujeres víctimas de violencia se dan por vencidas y terminan asumiendo las agresiones como algo ineludible: las mujeres dan por hecho que durante el transcurso del viaje migratorio, tanto en el origen, como durante en el trayecto e incluso en el país de destino, serán forzadas sexualmente o tendrán que utilizar su cuerpo como moneda de cambio para su supervivencia.

Sonia Herrera aporta datos y relatos estremecedores, pero sobre todo se hace preguntas, muchas preguntas, entre ellas por qué la violencia sexual contra las mujeres migrantes no recibe la atención mediática debida, a qué se debe la invisibilidad de las mujeres que migran en situaciones de alto riesgo y qué razones socioculturales hacen que las mujeres en tránsito acepten la violencia en su contra como peaje para lograr una vida mejor. Tristemente, creo que todas las respuestas confluyen en una sola: vivimos en un sistema androcéntrico y patriarcal en el que, a pesar de los avances llevados a cabo en materia de igualdad, las mujeres somos consideradas inferiores.

La violencia sexual es una manifestación sociocultural que visibiliza la tolerancia a la violencia de género de la sociedad en la que se produce. La mala noticia es que la violencia sexual contra las mujeres migrantes manifiesta el alto grado de violencia machista que impera en todo el mundo. Y digo todo el mundo, porque los países “desarrollados” tampoco se libran de ella. La buena, no obstante, es que la desesperanza aprendida por estas mujeres en tránsito, y por tantas otras que no lo están, tiene remedio, es decir, puede des-aprenderse, porque la violencia contra las mujeres no es algo natural, ni está inscrita en el ADN de los varones, aunque sean ellos quienes la ejercen mayoritariamente, sino algo cultural. Es un problema estructural que puede abordarse, y prevenirse, rompiendo las desigualdades que lo originan.

La autora de este cuaderno de Cristianisme i Justícia casi se disculpa por tratar de la cuestión en unas decenas de hojas, ya que el tema “daría para varios libros”. Así que estas líneas no son, en absoluto, un intento de resumir lo que ya es un resumen, entre otras cosas, porque pienso que constituiría, por simplificación, una injusticia hacia las víctimas de la violencia sexual en los flujos migratorios. Más bien, espero que este post invite a acercarse al texto de Sonia Herrera[2] ya que, utilizando sus mismas palabras, “su lectura y las preguntas que puedan surgir, suponen un primer paso de resistencia individual y colectiva ante la violencia sexual”. Y, sobre todo, quiero visibilizar, aunque sea mínimamente, una realidad que no puede permanecer oculta, ni sernos ajena, y contribuir a que, sea cual sea el contexto de injusticia en que se viva, se des-aprenda la desesperanza.


[1] Se trata del n. 187, correspondiente a enero de 2014.

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Frialdad heladora

Se busca visualizar una realidad, que se vea que detrás de las decisiones políticas hay personas.

Esther Vivas

 

Esta vez escribo por encargo. Concretamente, por encargo de mi madre, que el mes pasado recibió una carta del Ministerio de Empleo y Seguridad Social en la que se informaba sobre la revalorización de las pensiones durante el ejercicio 2014. Sumando el incremento de las dos que ella tiene –la que se ganó después de haber cotizado casi treinta años y la de viuda–, cobrará este año 2 € más al mes. La subida es tan exigua que resulta ridícula: “una tomadura de pelo”, según sus propias palabras. La información, por otra parte, iba acompañada de otra carta, firmada por la ministra y recibida por todas las personas que cobran pensión en nuestro país, que ha dado lugar a muchos comentarios en los medios de comunicación y que a mi madre le ha dolido hasta la indignación. Y por si alguien no lo conoce o ha preferido olvidarlo, recordaré su contenido.

El texto, breve, explica que ha entrado en vigor una nueva fórmula de revalorización de las pensiones y prestaciones del sistema público de Seguridad Social “que garantiza que las pensiones subirán todos los años sea cual sea la situación económica y que nunca podrán ser congeladas”. Además, recuerda que el año pasado, a pesar de la difícil coyuntura económica, las prestaciones se incrementaron del 1 al 2%, y, finalmente, afirma: “Seguimos trabajando para conservar un sistema de pensiones sólido, estable y solidario, de todos y para todos”. Teniendo en cuenta que la subida para el presente ejercicio ha sido de un 0,25%, es decir, que las pensiones no se han congelado por los pelos, cuesta un poco entender la carta en cuestión. Y es que si la ministra pretendía informar, no habría estado mal que lo hubiera hecho bien, sin que faltara información y, por supuesto, sin que sobrara.

Porque, por un lado, el texto es muy escaso en explicaciones. Quiero decir que mi madre, por ejemplo, hubiera agradecido mucho que se le aclarara en qué consiste esa nueva fórmula de revalorización de las pensiones públicas, de qué manera se garantiza que nunca serán congeladas y, sobre todo, cómo se asegura, mínimamente, la capacidad adquisitiva de quienes las perciben. Porque todo el mundo sabe, por experiencia, que ninguna ley es eterna y que no todo aumento de una prestación evita que esta, en realidad, se devalúe, pues si el IPC es superior a la subida, la capacidad adquisitiva de las/os pensionistas disminuye. Es más, incluso cuando el aumento equivalía al IPC, dicha capacidad se veía menguada, porque para calcular dicho índice no se tienen en cuenta los precios de todos los productos, sino solo aquellos que interesa consignar.

Pero, por otro, la carta trae a colación cuestiones que, de haberse obviado, habrían causado menos indignación. Me explico: ¿no es un poco cruel recordar que el año pasado, con una coyuntura económica supuestamente peor que la actual, la revalorización fue de cuatro a ocho veces mayor? ¿O es que cree la ministra que alguien va a interpretar el hecho como un mérito del gobierno, y no como el resultado de la ley entonces vigente? ¿Y no es sorprendente, por no decir escandaloso, hablar de un sistema de pensiones solidario, cuando tantas personas mayores en nuestro país se encuentran bajo el umbral de la pobreza? A mi madre, sin ir más lejos, si no viviera en una casa de renta antigua, le costaría llegar a fin de mes o, como leí el otro día, “le sobraría mes al final del sueldo”. Y eso que, como ya dije, cobra dos pensiones…

No sé si la carta de la ministra de Empleo y Seguridad Social era inevitable, o si habría bastado con la aséptica información que manda todos los años la Secretaría de Estado correspondiente, pero ya que se decidió enviarla, podría haberse escrito una carta distinta, más respetuosa con la situación económica de la gente y, desde luego, con su inteligencia y su dignidad, redactada en otros términos y pensando en los rostros de sus destinatarias/os. A mi madre no le habría importado nada que la firmante hubiera reconocido su tristeza por no poder dar mejores noticias o que, incluso, hubiera pedido perdón, algo que nunca, o casi nunca, hacen quienes gobiernan. Supongo que lo consideran una debilidad incompatible con sus continuos intentos de convencernos de que sus decisiones, todas ellas, son las mejores, incluso cuando tienen consecuencias nefastas.

El problema es que, en ese permanente esfuerzo para maquillar la realidad, para hacer de la necesidad virtud, para dar por bueno y rebueno lo que, en el mejor de los casos, es inevitable y, en el peor, una mala gestión, manifiestan una frialdad estremecedora respecto a las/os gobernadas/os y sus vidas cotidianas. Una frialdad que la gente percibe y que la deja helada, aunque sus pensiones no se congelen del todo.

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Miedo

Quien tuviere experiencia lo entenderá y verá que he atinado a decir algo; quien no, no me espanto le parezca desatino todo.

Teresa de Jesús

 

A estas horas, todo el mundo sabe que se acaba de publicar un libro de Manfred Hauke, titulado Teología feminista: significado y valoración. Televisiones, radios y periódicos de ámbito nacional, así como muchas webs de prensa digital, recogieron la noticia. Aunque, a decir verdad, la noticia no fue exactamente la aparición de la obra, sino las críticas que en su presentación se vertieron contra el pensamiento feminista y contra su “deriva” hacia la teología, es decir, contra la teología feminista. Críticas, por otro lado, no muy bien fundamentadas, pero suficientes para generar unos cuantos titulares que, entre otras cosas, contribuirán a que la editorial venda muchos más ejemplares de los que habría vendido con otra estrategia de presentación.

En realidad, casi me sorprende semejante repercusión mediática, porque las críticas de la jerarquía eclesiástica al feminismo no son nuevas, aunque es posible que últimamente aparezcan mejor aderezadas, puesto que incluyen terminología habitual en la teoría feminista, eso sí, con los significados trastocados. Y para muestra, dos botones. En la presentación del libro en cuestión se habla de la “deconstrucción de la persona” y de la “pretensión de empoderamiento” de las mujeres como dos características del feminismo que conducen a la nada, o a los infiernos… Pues bien, según el Diccionario de la Real Academia Española –por citar una fuente asequible para todo el mundo–, deconstruir significa “deshacer analíticamente los elementos que constituyen una estructura conceptual” y “desmontar un concepto o una construcción intelectual por medio de su análisis, mostrando así contradicciones y ambigüedades”, y empoderar, “hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido”. O sea, que deconstruir no es sinónimo de destruir, ni empoderar equivale a imponer, como erróneamente parecen entender y/o transmitir algunos. Y como prefiero confiar en el ser humano, achaco el error al desconocimiento, porque no me cabe en la cabeza que exista una deliberada intención de confundir y, de paso, atemorizar.

De todas formas, percibo en la publicación del libro de Hauke, veinte años después de que viera la luz en Alemania, y en la mayoría de las declaraciones adversas al feminismo en general y a la teología feminista en particular, hechas por miembros de la iglesia, algo parecido a miedo. Y no me refiero a miedo a que las feministas descendamos a los infiernos, peldaño a peldaño y error a error, o a que con nuestros cantos de sirena arrastremos a la destrucción o a la nada a otras personas, sino miedo a que no estemos equivocadas; miedo a que no sea tan descabellado ni tan ilegítimo ni tan herético, como algunas/os sugieren, que se deconstruyan algunos conceptos, poniendo de relieve sus contradicciones y ambigüedades; miedo a pensar de otra manera la Palabra y la tradición, miedo a que surjan interrogantes, a replantearse de raíz todo el sistema teológico y, por supuesto, las estructuras basadas en él. Me refiero a miedo a que las mujeres, y otros grupos humanos todavía marginados y excluidos, se empoderen, es decir, miedo a que los ignorantes aprendan, los cobardes se llenen de valor, los débiles se hagan fuertes, los ciegos vean, los cojos salten, los mudos hablen y canten, los esclavos sean libres y los pobres descubran cuál es la Buena Noticia, y miedo, sobre todo, a que lo hagan sin permiso. Y donde pone “los”, léase por supuesto “las”.

El miedo –lo sé por experiencia– es mal consejero. Unas veces, empuja al repliegue e inmoviliza; otras, produce recelo e invita al ataque preventivo; siempre, nubla la perspectiva y rechaza la luz… Y yo, insisto, percibo miedo.

Para nadie es fácil, tampoco para las feministas, incluidas las cristianas, hacerse nuevas preguntas y sentir las propias raíces arrancadas del suelo vital. No es fácil quedarse a la intemperie y confiar en que la Sabiduría Divina ilumine nuevas respuestas, o renueve las antiguas. Por eso, agradezco sinceramente que haya quienes recen –espero que también sinceramente– por nosotras, las feministas, y que además intenten hacerlo con amor y respeto.

Porque siempre he creído en el poder de la oración, especialmente en el que tiene para transformar a quienes oran. Ojalá quienes rezan por nosotras dejen de temer y de temernos.

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El tobogán de Inés

Llegas, y después te vas.

Inés Miravalles

 

María Teresa es de mi grupo de teología feminista. Me llamó el jueves por la noche para decirme que el sábado por la mañana iban a echar por la TPA[1] un documental titulado El tobogán de Inés[2] y protagonizado por su hija. No era un “estreno”, porque el reportaje se había emitido el día 12 por la noche, inaugurando el programa Con los pies en la tierra, el cual, según se puede leer en la web del ente autonómico, pretende mostrar “iniciativas sociales desarrolladas por diferentes entidades, instituciones y asociaciones que trabajan en ámbitos como los de la discapacidad, la cultura, la investigación científica o la exclusión social”, con el fin de “proporcionar mayor visibilidad a actuaciones que a menudo pasan desapercibidas” y sensibilizar a las/os espectadoras/os sobre “las cuestiones de fondo” que subyacen a los temas tratados. Para lograrlo, el protagonismo “recae en los usuarios, voluntarios y profesionales que participan en estas iniciativas y cómo estas acciones contribuyen a mejorar la sociedad y la calidad de vida de sus ciudadanos”. O sea, que se trata de visibilizar rostros concretos para sensibilizar y concienciar.

Cuando llamó, María Teresa me dijo: “A mí me gustó mucho el programa, pero qué voy a decir yo, si es mi hija”… Pues bien, Inés no es mi hija y el programa me ha gustado mucho. Bueno, creo que el documental está muy bien hecho, pero confieso que quien me ha gustado de verdad ha sido Inés, lo cual es como no decir nada. En realidad, no encuentro palabras para expresar lo que he sentido con sus intervenciones, que eclipsan por completo las de las/os otras/os protagonistas del documental. Y no es que no sean personas interesantes, pues lo son –y, en algunos casos, mucho–, pero abordan la cuestión desde la barrera. Y la cuestión es el cáncer, “la enfermedad del siglo XXI”, la enfermedad de Inés.

Sí, Inés tiene cáncer. A lo largo del documental va contando cómo se desliza por ese tobogán, ese abismo por el que transita, sin poder controlar ni los acontecimientos ni las sensaciones, desde el día en que el médico la asoció a esa palabra que, hasta entonces, solo afectaba a otros. Y aparecen el miedo, la preocupación por sí misma y por los seres más queridos y cercanos, el rosario de pruebas médicas para afinar el diagnóstico, la radioterapia, el cansancio, la falta de apetito, las complicaciones, el quirófano, la quimioterapia… Y todas las energías, que no son muchas, se centran en sobrevivir, pues “no da para mucho más la vida”. Luego, llegan la alegría porque, después de un tiempo, “todo está bien”, el alta médica, la metástasis, el reinicio de la lucha, la invalidez laboral, el dolor –esporádico, pero de intensidad desconocida hasta entonces–, la indefensión ante la agresividad de unas/os profesionales que, al mismo tiempo que ofrecen una medicina de altísima calidad, a menudo no son sensibles con las/os enfermas/os. E Inés se da cuenta de que se ha producido un cambio real en su vida y hay que iniciar una nueva etapa.

Una vida diferente, una vida nueva. El hallazgo de nuevos valores y de nuevas capacidades en sí misma: la valentía, la fortaleza, el coraje, la paciencia, la empatía. La necesidad de escuchar más y de aprender a comunicarse mejor. La fuerza del amor a y de los seres queridos, el deseo de vivir entre cita y cita médica, de abrirse a nuevas posibilidades, de hacer planes, aunque sean a corto plazo, “porque no sé hasta dónde llega mi vida”.

Pero, en realidad, ¿quién lo sabe?

Creía que iba a ser capaz de glosar, de alguna forma, lo que Inés Miravalles cuenta en el documental, pero no puedo. Ni siquiera citarla textualmente sirve para comunicar lo que ella transmite no solo con sus palabras, sino sobre todo con su rostro y con su voz. Así que lo mejor que puedo hacer es dejar de escribir.

Solo espero que el tobogán de Inés sea, más bien, como una especie de montaña rusa, un largo camino con subidas y bajadas, con emociones diversas y más o menos intensas, con espacio para que no viaje sola, con tiempo para seguir desentrañando lo mejor de la vida, y que al final del recorrido encuentre un nuevo principio, aunque ni ella ni nadie sepa de qué.


[1] Televisión del Principado de Asturias.

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Año nuevo, ¿nuevo tiempo?

Creo que ya no tendré tiempo para ver la justicia realizada, la tierra respetada, la vida plenamente desarrollada, como soñaba… Entretanto, reconozco que de todo eso algo vi, algo sentí, algo amé, algo sufrí, algo viví.

Ivone Gebara

 

Guardo los textos publicados en este blog en carpetas ordenadas cronológicamente y agrupadas por años. Empezar 2014 me ha obligado a crear una nueva carpeta, de la misma manera que he tenido que sustituir el calendario de 2013 por el que me ha regalado uno de mis sobrinos, en el que puedo verlo, más guapo que un sol, rodeado de todos sus compañeros y compañeras de clase.

Está claro que el tiempo discurre sin solución de continuidad y sin fronteras reales, pero nuestra necesidad de medirlo las crea e, inevitablemente, sentimos que con el cambio de año traspasamos un umbral, cerramos un ciclo e iniciamos otro, una especie de borrón y cuenta nueva que, normalmente, nos ayuda a tomar conciencia de dónde estamos. De ahí que en estas fechas, con mayor o menor consciencia, sean habituales los repasos a lo vivido en los últimos doce meses, a diferentes niveles, y la expresión de las esperanzas para los doce próximos, así como los planes para intentar hacerlas realidad.

Confieso que mi revisión del año que acaba de terminar ha sido más bien involuntaria, y no porque me haya negado a hacerla, sino porque no he encontrado ni tiempo ni ocasión para pararme a ello, lo que no ha evitado que en muchos momentos, antes y después del 31 de diciembre, a veces de forma inesperada, hayan asaltado mi memoria los acontecimientos que han marcado mi último año, el más importante de los cuales, sin duda alguna, ha sido la muerte de mi padre. Recién estrenado el mes de enero pasado, sufrió el ictus que le dejó en coma hasta que murió. Quizá por eso, apenas puedo recordar qué esperaba del 2013, por lo que no soy capaz de evaluar el éxito o el fracaso de mis planes y esperanzas, pues no sé cuáles eran. Y, sinceramente, tampoco me importa mucho.

Reconozco la necesidad de tener proyectos, de esbozar una dirección, de marcarse objetivos que nos permitan medir los avances y retrocesos individuales y colectivos, pero también, y más que en otros momentos, percibo la importancia de la flexibilidad, de esa capacidad de dejar a un lado nuestros planes, o transformarlos, para hacer frente a aquello que nos sobreviene sin elegirlo, bien integrándolo en nuestra vida, si no tiene remedio, bien buscando la forma de ponerle solución. Y me voy dando cuenta de que ejercitar el músculo de la flexibilidad no solo ayuda a vivir, sino que pone al descubierto cuál es, por decirlo de alguna manera, el plan maestro, o sea, aquel que en realidad sustenta y orienta nuestros proyectos concretos, aunque no lleguen a realizarse, precisamente, por todas esas cosas que acontecen sin nuestro permiso.

Quizá por eso, no tengo proyectos concretos para este año que empieza, más allá de iniciar mi tesis doctoral, lo que no significa que no espere nada del futuro inmediato, y también del más lejano. Porque un calendario recién estrenado –o una carpeta recién abierta en el ordenador– es como la primera hoja de un libro en blanco, un libro por escribir, seguramente a más de una mano, una oportunidad –una más– para recomenzar, con más o menos fardos a la espalda, con más o menos fuerzas, con más o menos esperanzas, y sobre todo, un tiempo nuevo que podemos ir convirtiendo en un nuevo tiempo. Un nuevo tiempo mejor, más pacífico, más justo, más humano. Un nuevo tiempo que no dé miedo vivirlo. Un nuevo tiempo que puede parecer utópico, pero a cuya posibilidad me niego a renunciar, por difícil que parezca lograrlo. Ninguna/o de nosotras/os verá en su tiempo biológico ese cielo nuevo y esa tierra nueva donde “no habrá ya muerte ni habrá ni llanto, ni gritos, ni fatigas” (Ap 21,4). Pero este mundo, el nuestro, aquí y ahora, sigue siendo la morada de Dios con la humanidad, el tiempo y el espacio para hacer posible lo nuevo, poco a poco, día a día, gesto a gesto, palabra a palabra, justicia a justicia, como premisa y profecía de un futuro solo posible cuando se construye en el presente.

Ese es mi plan para este nuevo año, aunque aún no sepa exactamente cómo lo llevaré a cabo.

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Navidad, una vez más

Se trata de que en el día a día puedas tener una mirada interna que te permita este espacio de percepción diferente de la realidad.

Berta Meneses

 

Llega la Navidad, una vez más, y se nota. Luces en las calles, villancicos en los centros comerciales, escaparates adornados con motivos navideños, anuncios tan tenaces como insufribles de colonias para regalar, ofertas en las tiendas, campañas de recogida de alimentos, visitas a la oficina de Correos para enviar o para recibir paquetes, películas ñoñas en la tele…  y, sobre todo, felicitaciones, es decir, expresión de buenos deseos. Y no importa el concepto de Navidad que se tenga, si se vive en el marco de la fe cristiana, o no, si se es más de Papá Noel o de los Reyes Magos, si se está más atenta/o a las necesidades de quienes menos tienen, material o afectivamente, o al consumo, tantas veces superfluo, si se han puesto las esperanzas en la lotería o si lo más importante es el reencuentro con los seres queridos. Al final todo el mundo, o casi todo, se siente invitado a expresar, en voz alta o con gestos, buenos deseos para sí y para las/os demás, estén cerca o lejos.

En estos días, hay palabras que adquieren un protagonismo inusitado en otras fechas: alegría, amor, amistad, bondad, cariño, encuentro, esperanza, familia, felicidad, generosidad, hospitalidad, humanidad, ilusión, paz, prosperidad, solidaridad, sonrisa, sueños… Palabras que reflejan, como mínimo, el profundo anhelo de un mundo más justo y más pacífico y de una humanidad más hermanada, un anhelo que sin duda está presente en nuestros corazones todo el año, pero que encuentra en la Navidad la mejor ocasión para enunciarse sin… ¿timidez?

Recuerdo que, cuando era niña, mi padre me contó que en la Navidad de 1914, durante la Gran Guerra, se produjo una tregua en Nochebuena entre el ejército alemán y el inglés que luchaban en el frente occidental: los soldados de ambos bandos cantaron villancicos e incluso salieron de las trincheras y se intercambiaron algunos regalos. La historia me conmovió. No me podía creer que aquellos hombres hubieran sido capaces de dejar de disparar y, pasado un breve tiempo, volvieran a hacerlo. Más tarde supe que los altos mandos militares se habían opuesto a aquel alto el fuego que, sin embargo, los soldados llevaron a cabo. Es más, los responsables de los ejércitos quisieron asegurarse de que al año siguiente no se “reblandecieran” los ánimos guerreros, para lo cual se ordenaron fuertes ataques de artillería la víspera de Navidad y hubo rotaciones de tropas para que para que no se “familiarizaran con el enemigo”. En pocas palabras, intentaron impedir que los buenos deseos de los combatientes afloraran y pusieran en peligro la contienda. Afortunadamente, no lo lograron del todo, pues se sabe que en las siguientes navidades hubo encuentros amigables entre los soldados, pero no como en 1914.

La verdad es que, por un lado, creo que es bueno que cíclicamente haya fechas que nos inviten a escarbar en nuestro interior, con mayor o menor profundidad, y a sacar aquello que, de otra manera, apenas tenemos necesidad de formular. Pero, por otro, me preocupa que los buenos deseos se guarden en el cajón al mismo tiempo que los adornos navideños y permanezcan allí, vivos pero dormidos, hasta el año que viene. Me preocupa que esos anhelos de paz y de amor que afloran en estas fechas, esa invitación a la solidaridad, a la búsqueda de la justicia, esa llamada a construir una humanidad y un mundo mejores se conviertan en flor de un día –o de una quincena, no importa–, y volvamos al “tiempo ordinario” con las armas cargadas o con las conciencias adormecidas, sin preguntarnos una y otra vez, un día y otro también, dónde están nuestros buenos deseos y cómo podemos darles cauce, más allá de unas fechas y de los gestos circunscritos a ellas.

Hay tiempos “fuertes”, fechas puntuales –religiosas o no– que nos despiertan como un fogonazo. Esa luz, como la de todo “chispazo”, se extingue durante un tiempo,  pero no la realidad iluminada por ella. Ojalá que el destello de esta Navidad haga visible un escenario en el que los buenos deseos no se conformen con enunciarse y que el de la Navidad siguiente, cuando se produzca, revele un mundo diferente, mejorado por cada una/o día a día, pregunta a pregunta, durante todo el año.

Feliz Navidad y feliz 2014.

Navidad_2013

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Sueños

Pasa todo tan aprisa, que parece que la vida no nos ha dado tiempo para todo lo que soñábamos…

Carmen Echávarri

 

Supongo que uno de los efectos de cumplir años es que acaba teniéndose más pasado que futuro, lo que invita de vez en cuando a analizar lo vivido con la perspectiva que da estar ya en la línea que un día era aún horizonte. De alguna manera, repasar la vida significa no solo rememorar la propia historia, sino también hacerse consciente de un proceso en el que son tan importantes los cambios como aquello que permanece como una constante. Pararse un poco y echar la vista atrás supone, asimismo, tomar conciencia del paso de tiempo y experimentar tanto sus efectos, como el modo en que nos relacionamos con él.

Cuando era joven, a veces me parecía que el tiempo transcurría con una lentitud intolerable. De niña, no veía la hora de ser mayor y de poder hacer todo aquello que la edad me impedía. En torno a los veinte años, todavía sentía el tiempo como un obstáculo, pues me devoraba la impaciencia por ver realizados mis muchos sueños. A los treinta, empecé a darme cuenta de que el tiempo no es el enemigo que hay que vencer, sino el aliado necesario para que todo sueño encuentre el modo de cumplirse o se manifieste como imposible, por lo que mi tiempo interno se fue ajustando, más o menos, al ritmo del reloj y del calendario. Ahora, estoy de nuevo “desajustada”, pero porque los días pasan mucho más rápido de lo que quisiera, porque no tengo tiempo para todo lo que me gustaría…

Hace poco, en mi grupo de reflexión teológica feminista, trabajamos un artículo de Ivone Gebara titulado “Hay un tiempo para todo: algunas lecciones aprendidas de la vida”, en el que, entre otras cosas, se podía leer: “Creo que ya no tendré tiempo para ver la justicia realizada, la tierra respetada, la vida plenamente desarrollada, como soñaba. Estos son sueños recurrentes que sin duda sustentaron y sustentan mi vida. Entretanto, reconozco que de todo eso algo vi, algo sentí, algo amé, algo sufrí, algo viví. Percibo ahora que nuestros sueños se realizan de cierta forma en tanto los estamos soñando. Los sueños no son para después. Son del presente, porque el futuro también nos invita a tener sueños, y estos serán al menos un poco diferentes de los actuales. Es en el momento único del presente que algo de nuestros sueños se realiza”.

Desde que leí el artículo de Gebara, he pensado mucho en mis propios sueños, que es una interesante forma de mirar hacia atrás… y también hacia adelante. Al hacerlo, he visto que, de los sueños del pasado, muchos de ellos ligados a mis proyectos de vida, unos, como suele pasar, quedaron frustrados a medio camino, otros se cumplieron más o menos como yo los había concebido, y otros se han ido haciendo realidad de una forma inesperada, a través de senderos que parecían conducir en otra dirección, pero que al final me han ido trayendo, sin que yo fuera del todo consciente, hacia donde apuntaban mis más profundos anhelos, a veces no pronunciados. Pero todos ellos, incluso los que se revelaron imposibles, me permitieron construir mi futuro o, lo que es lo mismo, alcanzar mi concreto presente.

Los otros sueños, los recurrentes, los que me sustentan y, al mismo tiempo, van mucho más allá de mi vida personal, siguen siendo sueños y, como Ivone Gebara, sé que no los veré realizados, no solo porque exceden con mucho mi capacidad y mi tiempo biológico, sino también porque el paso del tiempo hace que sus contenidos concretos se transformen, como si cada paso dado iluminara la realidad con una luz más clara y penetrante, haciéndome, por tanto, más consciente de mis limitaciones y, también, de mi compromiso para hacer viable aquello que sueño y quiero seguir soñando.

De cualquier forma, se cumplan o no, los sueños tienen un gran poder creador y movilizador, porque están hechos de imaginación y esperanza, sin las cuales es imposible alcanzar un futuro mejor personal y colectivo. Es más, el mero hecho de soñar adelanta ese futuro deseado y, paradójicamente, lo hace realidad, aunque no lleguemos a tocarlo con nuestras manos.

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La Historia y las historias

Sea cual fuere tu postura, la siguiente pregunta sencillamente tiene que ser: ¿cómo sería el mundo si verdaderamente esta idea se hiciera realidad?

Martha Nussbaum

 

La noticia de la muerte de Nelson Mandela, acaecida ayer en Johannesburgo, ha sido ingrediente inevitable de nuestro desayuno de hoy. No hay medio de comunicación que no haya dedicado una gran parte de su tiempo o de su espacio a rememorar la vida y el pensamiento del que fue el primer presidente negro de su país y el más famoso de los hombres y mujeres que durante décadas combatieron el apartheid, un sistema de segregación racial que rigió en Sudáfrica desde 1948 hasta 1994, año en que las personas negras mayores de edad pudieron ejercer por primera vez su derecho al voto sin restricciones en unas elecciones democráticas en las que venció, precisamente, Mandela.

Él ha sido, sin duda, el más célebre anti-apartheid, pero no el único. Nada más conocer la noticia de su muerte, me acordé de Steve Biko, un activista sudafricano, detenido y confinado en múltiples ocasiones y, finalmente, en 1977, torturado hasta la muerte por la policía de su país. El periodista sudafricano blanco Donald Woods, amigo de Biko, escribió dos libros denunciando su asesinato –Asking for Troubles y Biko[1]–, que se constituyeron en poderosas herramientas para visibilizar y dar a conocer al mundo lo que se estaba viviendo en Sudáfrica.

Winnie Madikizela, la segunda esposa de Mandela, con quien estuvo casada desde 1958 hasta 1996, también luchó contra la segregación racial, fue encarcelada en dos ocasiones y desterrada a la aldea de Brandfort durante ocho años. Y aunque tenía prohibido acudir a actos públicos, participó en multitudinarios mítines y en innumerables huelgas de obreros negros.

La cantante Miriam Makeba sufrió durante más de treinta años la marginación del régimen racista de su país, del que tuvo que salir, por su compromiso con la lucha por los derechos civiles y contra el racismo, que también soportó cuando se instaló en Estados Unidos, por lo que acabó estableciendo su residencia en Guinea. Recibió el apelativo de “mamá de África” y fue un auténtico icono de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica.

Son solo algunos nombres, la punta del iceberg, lo poco que se ve. Ellas/os, en mayor o menor medida, se han convertido en símbolos de la lucha antirracista, quizá mejor, en iconos, en signos que representan una realidad más amplia que ellas/os mismas/os. Por eso, por un lado, su fama visibiliza dicha realidad y, por otro, la oculta. Y sin restar ni un ápice de valor a lo que ellas/os fueron e hicieron, lo cierto es que ni Mandela, ni Biko, ni Madikizela, ni Makeba, ni aquellas/os que aparecen o aparecerán en los libros de historia habrían logrado vencer si hubieran luchado en solitario, si sus actos y sus palabras no se hubieran sumado a los de innumerables personas –anónimas solo porque sus nombres nos son desconocidos– que apoyaron de mil formas distintas la causa anti-apartheid y que, en muchas ocasiones, sufrieron también en sus carnes las consecuencias de su esperanza en un mundo más justo y su compromiso para hacerlo realidad.

Estoy convencida de la necesidad de líderes capaces de despertar las conciencias y en torno a las/os cuales se aglutinen y canalicen los anhelos y la fuerza de quienes, sin alguien que señale una dirección y encarne una esperanza, quizás andarían dispersas/os. Pero, como decía mi abuela, nadie se mete a pastor sin ovejas. Y me fastidia un poco la metáfora, por la connotación gregaria, pero creo que, con limitaciones, tiene su valor. Porque no todo el mundo tiene ni la capacidad, ni la formación, ni la oportunidad de hacer “grandes cosas”, pero en el reverso de la Historia, con mayúsculas, están las “pequeñas” historias personales, los nombres concretos, y casi siempre desconocidos, sin los que el futuro, para bien o para mal, no habría llegado.

Hoy es día para recordar y honrar a Mandela. Y con él, a todos los hombres y mujeres que, de cerca o de lejos, le enseñaron, le fortalecieron, le acompañaron, le sostuvieron, le inspiraron y le ayudaron a imaginar una realidad en principio inimaginable, a seguir confiando, cuando nada invitaba a la esperanza, y a hacerla posible.


[1] En ellos se basó el cineasta británico Richard Attenborough para rodar la película Grita libertad, que fue estrenada en 1987. Yo fui a verla con unas amigas y recuerdo que, al salir del cine, no pudimos articular palabra en un buen rato.

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La última soledad

Durante un momento, nuestras vidas parecen navegar a favor o en contra de la corriente. Pero es la corriente la que decide nuestro destino.

Sophie Philipsen[1]

 

Esta semana, mientras escribía un texto sobre otro tema para este blog, recibí un correo en el que se incluía un enlace a un artículo de Nuria Varela titulado “La nueva misoginia”[2], que recomiendo leer y que voy a intentar resumir.

La autora comienza aportando datos sobre la violencia de género, datos que aun siendo escasos, fragmentarios e insuficientes, resultan escalofriantes: cada año, pierden la vida entre 1,5 y 3 millones de mujeres y niñas como consecuencia de la violencia o el abandono por razón de su sexo[3]: un número de víctimas, cada dos o cuatro años, semejante al que causó el Holocausto.

Paradójicamente, y a pesar de que las cifras son insoportables, el mayor conocimiento de la violencia machista y sus consecuencias no se traduce en una mayor toma de conciencia activa contra ella. Nuria Varela habla de anestesia social y política, incluso de “fatiga” para abordar el problema. En nuestro país, en concreto, la violencia de género no aparece como prioridad ni entre los hombres ni entre la mayoría de las mujeres. Y lo que es peor, las mujeres que la sufren todavía tienden al ocultamiento o al disimulo, porque en la mayoría de los casos no se sienten acogidas, sino víctimas de sospechas o cuestionamientos de sus actitudes. Indiferencia y desapego sociales que denotan menosprecio. En castellano, desdén. Un desdén que, en este caso, bien puede entenderse como misoginia, es decir, como odio, rechazo, aversión y desprecio hacia las mujeres y, en general, hacia todo lo relacionado con lo femenino, que se traduce en opiniones y creencias negativas sobre las mujeres y lo femenino y en conductas negativas hacia ellas. Hacia nosotras.

Durante siglos, nuestra cultura, popular y académica, ha legitimado la misoginia, materializada en un sexismo hostil que, en la actualidad, parece haber desaparecido en Occidente. Sin embargo, ha nacido una nueva misoginia, un sexismo “benévolo” de tono afectivo menos negativo. Ambos sexismos tienen su origen en las diferencias biológicas, en las que se han fundamentado las diferencias sociales comunes a todos los grupos humanos, descansan sobre la dominación del varón justificada en la debilidad de las mujeres y el reparto de roles, y tienen los mismos efectos: violencia contra las mujeres en proporciones de genocidio.

Nuria Varela habla de una auténtica cultura del simulacro respecto a la violencia de género, ya que la construcción de la identidad de las mujeres se realiza en un contexto de menosprecio o denegación de reconocimiento: “En estas circunstancias es cuando se produce la violencia de género individual que ataca directamente a las mujeres que la sufren dando lugar a una percepción negativa de su identidad y de su situación, situación que se agrava por la ausencia de respuesta proporcional, que busca la justificación, la minimización, o la contextualización, antes que enfrentarse a realidad social de la desigualdad y la violencia”[4]. Por eso la violencia de género no es una consecuencia de la desigualdad, sino un instrumento fundamental en la construcción y perpetuación de dicha desigualdad. Así, pues, la violencia machista conviene al patriarcado.

El concepto de violencia de género[5] es muy amplio: abarca todas las posibles formas de violencia cuyo denominador común es que son ejercidas contra las mujeres por el mero hecho de serlo. Como afirma Nuria Varela, el factor de riesgo es ser mujer. Pero quizá, la más insidiosa de las violencias sea la simbólica, porque es insensible e invisible para sus propias víctimas, prescinde de justificaciones, se impone como neutra y no necesita discursos que la legitimen. Es, en realidad, un orden social apoyado en la división sexual del trabajo, en la estructura del espacio y en la del tiempo, cada una con sus ámbitos masculinos y femeninos delimitados, una estructura de dominación fruto de un trabajo continuo e histórico de auto-reproducción en el que colaboran instituciones (familia, escuela, iglesia, Estado) y agentes singulares (los maltratadores).

La violencia simbólica es “una forma de poder que se ejerce directamente sobre los cuerpos (en forma de emociones, pasiones, sentimientos) y como por arte de magia. Por eso no se la puede anular mediante un esfuerzo de la voluntad, basado en una toma de conciencia liberadora”[6], sino a través de una transformación radical de las condiciones sociales, transformación que, pese a los avances hacia mayores ámbitos de libertad de las mujeres, aún no se ha producido ni siquiera en las sociedades democráticas. De hecho, la violencia de género ha aumentado. A ello han contribuido los integrismos religiosos, la crisis financiera, y la tenaz resistencia a que las mujeres sean individuos.

Nuria Varela identifica la nueva misoginia con el neomachismo o posmachismo –al que ya me referí en otra ocasión[7] y sobre el que quizá vuelva en el futuro– y concluye: “Millones de mujeres maltratadas, violentadas y asesinadas impunemente. La misoginia continúa, la barbarie también”.

Hoy es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres y me niego cerrar la puerta a la esperanza, a creer que el problema es irresoluble por su magnitud y por la hondura de sus raíces. Por eso, siguiendo a Celia Amorós, recuerdo a Duns Scoto, que en el siglo XIV definió el principio de individuación como “la última solitudo”, es decir, la última soledad, aquel reducto del sujeto que no se deja absorber por los predicados, sobre todo si los predicados son producto de la heterodesignación, es decir, de lo que otros dicen que puede y debe ser. Esta solitudo, que es el reducto de la libertad y de la dignidad, ha de ser nuestro objetivo y herramienta para lograr la transformación necesaria en el orden social. Una solitudo que, en mi opinión, las mujeres solo podemos lograr saliéndonos de la corriente, es decir, identificando, cuestionando y combatiendo las creencias interiorizadas y las “normas” que nos limitan como seres humanos, transitando caminos diferentes y heterodoxos, y sumando nuestra última soledad a la de quienes están dispuestas/os a conquistarla y a actuar en consecuencia.


[1] Personaje protagonista de la película Sofie, de la actriz, escritora y cineasta noruega Liv Ullmann.

[2] Varela, Nuria. “La nueva misoginia”, Revista Europea de Derechos Fundamentales, 19 (1er semestre/2012), pp.25-48.

Se puede ver en: http://issuu.com/jorgeizquierdo/docs/nuria_varela?e=2593152/2903822

[3] Las causas son diversas: aborto e infanticidio selectivo de niñas; muerte por abandono o porque el alimento y la asistencia médica se destinan antes a los varones; asesinatos de honor; asesinatos por insuficiente dote; muertes a causa del tráfico sexual internacional; violencia “doméstica”; muerte por inadecuada asistencia sanitaria en el parto; muerte a consecuencia de la mutilación genital…

[4] Op. cit., pp. 41-42.

[5] La VG fue definida internacionalmente por primera vez en la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, aprobada por la Asamblea de la ONU el 20-12-1993, hace apenas veinte años.

[6] Op. cit., p. 44.

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