¿Vuelven?

Al ser humano se le debe respeto en cuanto tal, y ese respeto no admite grados.

Simone Weil

 

El martes me enteré de que se habían convocado, para el 6 de febrero, reuniones en 165 ciudades de 43 países, entre ellas Barcelona y Granada, con el fin de que los seguidores del blog Return of kings pudieran conocerse y crear “tribus de hombres”.

Indagando por la Red, supe que Return of kings –es decir, El regreso de los reyes– es una web creada por el estadounidense Daryush Valizadeh, también conocido como Roosh V, y destinada a convertirse, según sus palabras, en un “espacio seguro” para esos hombres –pocos, pero ruidosos–, que no están de acuerdo con la dirección que está tomando la cultura occidental, sobre todo en lo que a cuestiones de género se refiere. El objetivo de esta web, que lleva poco más de dos años funcionando es –y traduzco literalmente– “marcar el comienzo del retorno del hombre masculino en un mundo donde la masculinidad está siendo cada vez más castigada y avergonzada debido a la creación de una sociedad andrógina y políticamente correcta que permite a las mujeres ejercer la superioridad y el control sobre los hombres”. Para lograr dicho objetivo, Return of kings ofrece más de dos mil artículos de índole machista y, por tanto, misógina que defienden la inferioridad intelectual de las mujeres y denuncian nuestra falta de sentido de la justicia, o explican, entre otras cosas, por qué las mujeres no deberíamos trabajar –fuera de casa, por supuesto– ni votar y por qué el patriarcado es el mejor sistema jamás creado, o dan consejos sobre cómo evitar ser acusado falsamente de violación. Roosh V y sus seguidores, que tienen un concepto supremacista del género masculino, consideran que el movimiento por la igualdad provoca que los hombres tradicionales pierdan el poder y permite, por tanto, que las mujeres tiranicen a los hombres. Además creen que la eliminación de los roles tradicionales “desata la promiscuidad de las mujeres y otras conductas negativas que bloquean la formación de la familia”. Y para remediar tamaño desatino, este maestro de la neomasculinidad propone medidas como la legalización de la violación “siempre que se materialice en una propiedad privada”. Tal cual. Según él, si violar en un espacio no público fuera legal, una chica protegería su cuerpo como protege el móvil o la cartera y “evitaría encontrarse en una situación en la que sus facultades mentales estuviesen mermadas y le llevaran a ser arrastrada a una habitación con un hombre con el que no está segura”.

Sin comentarios.

Me alegra saber que, tras las muchas y contundentes reacciones en contra que esta convocatoria ultramachista internacional ha despertado, especialmente en Internet y por parte de grupos y colectivos feministas, Daryush Valizadeh ha cancelado todas las reuniones. Dice que lo ha hecho porque “no puede garantizar la seguridad e intimidad de los hombres” que querían realizarlas, aunque advierte de que no está en su mano evitar que, finalmente, se encuentren en privado.

Me alegra, digo, pero no me tranquiliza. Return of kings muestra públicamente lo que muchos dicen en privado. Es cierto que algunos hombres participan en los movimientos por la igualdad, pero son muchos más los incapaces de construirse una identidad que no se sustente sobre la inferioridad de las mujeres. No soportan que la masculinidad que defienden se interprete como lo que es: misoginia pura y dura. No se resignan a que seamos seres humanos plenos y, sencillamente, han decidido descararse, es decir, justificar ideológicamente y exponer sin complejos su intención de resistirse a cualquier cambio que ponga en peligro los privilegios que el patriarcado les proporciona. Quieren seguir siendo reyes y asegurarse la obediencia de quienes no son machos alfa como ellos. Es, pues, una cuestión de poder. Por eso, el método escogido para lograr sus fines es el de siempre: el control y la sumisión del cuerpo de las mujeres, que en cada momento de la historia ha tenido diferentes manifestaciones. Hay muchas formas de controlar y someter el cuerpo femenino, desde las más llamativas, como la mutilación genital, la explotación laboral y sexual, los malos tratos y los asesinatos machistas…, hasta las más sutiles, como los estereotipos de belleza imposibles de conseguir, el desprestigio de la libertad sexual de las mujeres, el tratamiento del cuerpo femenino como puro objeto en la publicidad…

Todo eso y muchísimo más está sucediendo aquí y ahora. ¿Y dicen que vuelven? No pueden volver, porque nunca se han ido. Solo espero que quienes creemos que la dignidad humana no es patrimonio de unos pocos consigamos destronarlos del todo y para siempre.

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Crear futuro

Bien o mal, con alegría o tristeza, con victorias o derrotas, alguna respuesta estamos dando a los desafíos del momento.

Ivone Gebara

 

El edificio donde trabajo está en el Campus de Humanidades, y mi mesa, cerca de un enorme ventanal desde el cual, cuando se me cansan los ojos de tenerlos pegados al ordenador, puedo contemplar el campus y el continuo trajín de estudiantes que lo atraviesan a todas horas. Me encanta observar cómo van y vienen, sobre todo cuando andan en grupo. Me encanta verles derrochando agilidad de pensamiento y de palabra, riendo a carcajadas cada poco y por casi todo, prodigando energía y vitalidad. Me encanta su juventud, pero no la envidio.

Nunca he sentido nostalgia de la juventud. Hace algún tiempo que soy muy consciente de que envejezco, de que sin duda tengo ya más pasado que futuro, más trayectoria que horizonte, pero no siento nostalgia de la juventud, de mi juventud, aunque la disfruté. Creo que en mi vida ha habido muchas más cosas buenas que malas, pero no querría volver atrás, tener treinta años menos, ni veinte, ni diez. No me gustaría recorrer de nuevo caminos ya andados. Me daría pereza, mucha pereza…

Ahora bien, sí hay algo que añoro de la juventud: esa especie de sentido liviano de la vida –liviano, no superficial– que hace tan fácil mirar alrededor y al futuro con confianza y que, además, es compatible con la certeza de que se puede cambiar el mundo y con el compromiso de hacerlo. Y lo añoro porque, con los años, percibo la vida menos leve, las preocupaciones me pesan mucho más que antes y la sensación de impotencia ha crecido hasta poner en grave peligro mi confianza.

Creo, además, que hoy es más arduo ser joven que hace unos años, que a las personas jóvenes les espera un futuro plagado de incertidumbre y de problemas enormemente complicados y difíciles de resolver, en una sociedad cada vez más convulsa, compleja y líquida a todos los niveles y en un planeta en peligro, agotado y maltratado. Y no es que mi juventud pasara sin incertidumbres ni dificultades, pero las actuales me parecen mayores y más inquietantes.

Cuando pienso en la gente joven, cuando miro, por ejemplo, a mis sobrinas/os, se me hace muy presente la responsabilidad que cada generación tiene con lo común, con aquello que no es de nadie en concreto, sino de todas/os, aquello que no solo compartimos con nuestras/os coetáneas/os, sino también con quienes nos precedieron y con las generaciones por venir. Y cuando hablo de lo común no me refiero solo al planeta, cuyo deterioro pone el peligro la vida humana y otras formas de vida, quizá todas las conocidas hasta ahora. Pienso también en la ética, en la filosofía, en la religión, en la economía, en la política, en las artes, en las estructuras sociales, en las relaciones humanas, en las ciencias, en la espiritualidad, en la literatura… Porque todo ello forma parte de lo que somos y de nuestra herencia común y puede contribuir, o no, a que el mundo sea cada vez más humano, en el mejor sentido de la palabra.

De cualquier forma, soy cada vez más consciente de que mi generación, aun cuando todavía tiene mucho que ofrecer, no es, ni mucho menos, la única gestora de lo común. Hace tiempo que hay gente más joven en la brecha. Nosotras/os seguimos estando, pero ya no somos la vanguardia, sino la experiencia: una referencia ojalá inspiradora, aunque tarde o temprano perfectible, superable. Y es bueno que así sea.

Quienes hoy son jóvenes lo harán bien o mal, o bien y mal al mismo tiempo, como lo hicimos y aún lo hacemos nosotras/os. Estoy convencida, con Ivone Gebara, de que sus cuerpos y sus mentes “se ajustarán a los desafíos del momento”, porque han sido preparadas/os en “ese modo diferente” de vivir, en “esta nueva danza, o en esta nueva música”[1]. Y si aún no lo están, aprenderán, porque les va la vida en ello.

No hay más que mirar hacia atrás y alrededor para contemplar la enorme capacidad del ser humano, y de la vida en general, para adaptarse con éxito a las circunstancias, por cambiantes, complejas y penosas que estas sean, es decir, la extraordinaria capacidad que tenemos todas/os para quitarle la razón al miedo y, en definitiva, para crear futuro allí donde no lo hay, o parece no haberlo.

Quizá no sea tan difícil recuperar ese sentido liviano de la vida que añoro.

 

[1] GEBARA, Ivone. “Un tiempo pasado y un tiempo presente”, en La sed de sentido. Montevideo: Doble Clic Editoras, 2002, pp. 81-86.

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El peso del corazón

La vida ama vivir, pensó. Y se internó en la espesura.

Rosa Montero

Acabo de terminar la última novela de Rosa Montero, El peso del corazón, protagonizada por Bruna Huskys, una mal denominada androide[1], o tecnohumana, o rep –de replicante–, que apareció por primera vez, también como protagonista, en otra novela de la misma autora, Lágrimas en la lluvia, publicada en 2011, cuyo título evoca las últimas palabras de uno de los personajes clave de la película Blade Runner. Me sumergí en El peso del corazón sin haber leído ninguna crítica, simpatizando de antemano con la protagonista, que ya me interesó mucho en la novela anterior, familiarizada con el ambiente en que se mueve y confiando en que Rosa Montero resolviera la historia, cualquiera que fuera, mejor que en Lágrimas en la lluvia, cuyo final, un poco precipitado, desentonaba con el resto del relato, por otra parte magnífico. Y tengo que decir, con alegría, que lo ha logrado.

Tras leer la última página de la novela, que termina en realidad con unos apéndices tan interesantes como el relato que intentan iluminar y, en mi opinión, perfectos semilleros de otras muchas historias, he leído algunas críticas a la obra. La mayoría coincide en destacar la capacidad de la autora para construir a Bruna, su protagonista –cuya complejidad interna la humaniza de tal modo que es difícil verla como un producto de laboratorio, como un ser artificial con obsolescencia programada–, y en señalar que, en esta segunda entrega de las peripecias de Huskys, la trama detectivesca brilla más que el ambiente futurista o, dicho de otra forma, que el género policiaco se impone a la ciencia ficción.

Yo creo que la tecnohumana ideada por Rosa Montero es un personaje apasionante de quien apetece saber más y más cuanto más se le conoce, pero no estoy de acuerdo con que el mundo futuro al que pertenece sea tan solo un decorado, más o menos sugerente, para una novela negra. En dicho mundo conviven seres humanos, tecnohumanos –que “nacen” con 25 años y están programados para vivir solo una década–, mutantes y extraterrestres, lo que plantea serios problemas de integración y reconocimiento legal de todas las especies sintientes; las guerras continuadas han supuesto miles de millones de muertes; los polos se han derretido, anegando muchas tierras fértiles, en el mar proliferan las medusas, convertidas en el alimento principal de la humanidad, el aire es tremendamente impuro, hay que pagar para vivir en zonas poco contaminadas y han desaparecido muchas especies animales y vegetales; la inmensa mayoría de los países se han agrupado en uno solo –los Estados Unidos de la Tierra–, lo que favorece la paz, pero también la corrupción; hay “pequeñas” guerras, promovidas por grupos ultranacionalistas, sucias y cruelísimas, en los confines de los EUT, y dos planetas artificiales que orbitan alrededor de la Tierra regidos por sendos sistemas totalitarios, uno ultratecnológico y otro ultrarreligioso…

Un mundo así no puede ser ni es solo un “marco estético”, porque el universo del siglo XXII en el que vive Bruna, concretamente en una calle de Madrid, casi totalmente irreconocible, constituye una reveladora metáfora de nuestro presente, de los problemas en los que nos hallamos inmersos ya, de las preguntas sobre la vida y la muerte que nos hacemos todas/os, de los muchos retos que se nos presentan actualmente, pero además puede ser en muchos aspectos –o no, según las decisiones que tomemos– el futuro que tarde o temprano nos espera. Un mundo así, independientemente de cuál sea la trama concreta que en él se desarrolla es, en sí, un marco ético, una denuncia, una interrogante que zarandea por dentro e invita a buscar respuestas.

Son muchas, muchas las cuestiones planteadas por la novela, algunas de forma indirecta, como de pasada. Yo, de momento, me quedo, aún no sé si como respuesta o como pregunta, con el empeño de la vida en seguir viviendo, sea cual sea la espesura en la que haya que adentrarse. Pero hay mucho más…

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[1] Aunque el término androide está muy instalado y extendido para calificar a los robots con aspecto humano, etimológicamente está relacionado con aner, andros, una palabra griega que significa “varón”. Por tanto, para robots con aspecto femenino sería más lógico utilizar un término específico, como ginoide, de gune, gunaikos, que en griego significa “mujer”, o uno más genérico, del tipo humanoide o antropoide, este último basado en la palabra griega anthropos, que significa “ser humano”. Androide se define en el DRAE como “autómata de figura de hombre”.

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Sufragistas

 Y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque lo viejo ha pasado.

Apocalipsis 21,4

 

Ayer vi Sufragistas, y salí del cine con un nudo en la garganta. Dirigida por Sarah Gavron, con guión de Abi Morgan y protagonizada, entre otras, por Carey Mulligan, Helena Bonham Carter y Anne-Mari Duff, la película habla de las luchas de las mujeres inglesas por el derecho al voto femenino en la segunda década del siglo XX. El contexto del relato, por tanto, es histórico, como históricos son algunos personajes, pero el protagonismo de la historia recae en un personaje de ficción, Maud Watts, una humilde lavandera londinense de 24 años, casada y con un hijo, que conoce por casualidad el movimiento sufragista y acaba comprometiéndose en cuerpo y alma en la lucha por la igualdad.

Es una película impresionante, no solo por su factura cinematográfica, por su impecable ambientación y por las excelentes interpretaciones de sus actrices y actores, cualidades que están recibiendo muchas alabanzas de la crítica, sino también por el acierto con el que narra el proceso de concienciación feminista de su protagonista, Maud, tan parecido al de tantas mujeres de entonces y de ahora, de Inglaterra y de todo el mundo: la mezcla de curiosidad y recelo, al principio; la admiración hacia esas mujeres tan valientes y libres que se atreven a reclamar lo que nunca han tenido y, al mismo tiempo, la reticencia a ser identificada como una de ellas; el miedo a unirse al movimiento sufragista y la necesidad de hacerlo; el descubrimiento progresivo de lo que significa la igualdad entre hombres y mujeres y de las consecuencias que acarrea luchar para lograrla; el rechazo de los seres queridos, que no entienden nada, y la sororidad de las compañeras feministas; el terrible dolor y, a la vez, el sentimiento creciente de libertad y autoestima cuando se está siendo despojada de todo; el enorme e inevitable sufrimiento y la inquebrantable esperanza, la terrible soledad y la fuerte pertenencia a un grupo, el compromiso conviviendo con las incoherencias, el miedo con el valor, las dudas con la confianza; la lúcida conciencia de las dificultades y la responsabilidad de saberse un eslabón necesario para hacer posible, quizá solo para otras y no para una misma, el futuro deseado…

La película refleja muy bien, asimismo, el efecto multiplicador que tiene la confluencia de varios sesgos discriminatorios, en el caso de Maud Watts y otros personajes femeninos, el género y la clase, pues ser mujeres, obreras y, por tanto, con escasa formación, las hace más vulnerables al despojo, es decir, a que les sea negado o arrebatado todo: familia, trabajo, libertad, atención… No obstante, cualquier atisbo de victimismo en ellas desaparece a medida que adquieren conciencia de su dignidad como seres humanos. Por otro lado, no es una película complaciente. Cuenta la historia de forma descarnada y deja que sean las/os espectadoras/es quienes emitan un juicio sobre los actos del movimiento sufragista británico de la época… y sus consecuencias.

Viendo la película, me pareció estar formando parte de un homenaje agradecido a todas las mujeres que en el pasado lo dieron todo, en todos los ámbitos y de mil maneras distintas, para hacer posible no solo el voto femenino, sino un futuro en el que las mujeres sean consideradas seres humanos plenos y tratadas como iguales de los varones, con todo lo que eso significa. Un futuro ya presente en muchos aspectos, pero que pide más futuro, porque todavía no se ha hecho del todo realidad.

En un momento muy difícil y doloroso para Maud Watts, su amiga y compañera de trabajo Violette le dice una frase del Apocalipsis, aunque sin mencionar su origen bíblico: Y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque lo viejo ha pasado. Pensé qué sentirían aquellas sufragistas de hace un siglo si levantaran la cabeza y vieran todo lo que, gracias a ellas, ha sucedido desde entonces, todo lo que tantas otras –y algunos otros– han hecho después, ensanchando el camino que ellas iniciaron y llevándolo más lejos. Y deseé de todo corazón que la esperanzada certeza de que algún día lo viejo pasaría no solo las consolara, sino que las fortaleciera, como deseo que nos suceda a quienes seguimos los pasos de aquellas sufragistas.

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Conciencia contagiosa

La toma de conciencia de la violencia contra las mujeres con la que nos encontramos todos cada día es el comienzo del fin de dicha violencia.

Susan Brooks Thistlethwaite

 

Hace unos días volvía a casa con unas amigas, después de haber comido y pasado la tarde con ellas, cuando nos encontramos a cuatro mujeres –dos de unos sesenta años, y otras dos mucho más jóvenes– en la plaza de la que arranca la calle donde vivo. Tres sostenían una pancarta escrita en asturiano en la que se leía: “¡Hai munches vides en xuegu! Acabemos cola violencia machista”. La cuarta, megáfono en mano, leía los nombres de las personas asesinadas este año por violencia machista –fundamentalmente mujeres, pero también niñas/os y algún varón– y el lugar en que se produjeron los asesinatos. Delante de la pancarta, en el suelo, había una vela encendida y una rosa. Nos paramos a escuchar y, cuando la chica del megáfono nombró a la última de la lista, les preguntamos quiénes eran. Nos dijeron que son un grupo de feministas que se han comprometido a ir a esa plaza a las ocho de la tarde cuando se produce un feminicidio  –así fue como nos enteramos de que ese día había muerto asesinada una mujer– y que la iniciativa se secunda también en otras localidades asturianas, como Gijón, Pola de Siero y Ribadesella. Nos quedamos con ellas hasta las ocho y media.

El jueves pasado, mientras comía, oí en el telediario que una mujer, María del Castillo, había muerto a manos de su ex marido en Lebrija. A las ocho, una amiga y yo fuimos a la plaza y nos unimos a las de la pancarta. Se sumaron también tres mujeres que pasaban por allí porque la causa merecía, según dijeron, un poco de su tiempo. Éramos, pues, nueve. La gente ralentizaba el paso cuando llegaba a nuestra altura y hubo quienes expresaron verbalmente su apoyo, sobre todo mujeres, pero también algún hombre. La dependienta de un puesto de artesanía montado en la plaza se acercó a decirnos que se uniría gustosa, pero que no podía dejar el puesto abandonado… Antes de marchar, a las ocho y media, una de las organizadoras nos pidió los teléfonos para comunicarnos a través de un grupo de WhatsApp[1]. Al llegar a casa nos enteramos de que María del Castillo no había sido la única, pues acababa de morir Yésica, una mujer de 24 años apuñalada por su pareja en Puerto del Rosario (Fuerteventura).

Ayer, sábado día 12, en Alcobendas, al volver a casa, una niña de 14 años encontró a su madre asesinada a golpes. No fuimos a la plaza porque la mayoría de nosotras no estaba en Oviedo. Lo haremos mañana. Seguramente se nos unirán otras mujeres a las que hemos informado de la iniciativa y quizá el grupo pueda ir creciendo y visibilizar más y mejor la peor violencia machista, la que mata.

Somos conscientes de que juntarse media hora en una plaza tras cada feminicidio es poco, dada la magnitud del problema, pero es algo. Es romper el silencio, impedir el olvido, poner nombres a las cifras, ubicar los hechos en el mapa. Es, quizás, alterar el confort de quienes pasan por allí pensando en sus cosas, ajenas/os a la injusticia y el sinsentido de unas muertes que revelan y denuncian la barbarie que es capaz de tolerar nuestra sociedad –o sea, nosotras/os– y claman a gritos la necesidad de cambiar la mentalidad y el sistema que sustentan las violencias machistas; la necesidad y la responsabilidad de que todas/os hagamos todo lo posible en todos los ámbitos, privados, públicos, personales, sociales, teóricos, prácticos, familiares, políticos, culturales, jurídicos, religiosos, económicos, relacionales, artísticos, laborales, científicos, legales, deportivos… Es dedicar un tiempo a tomar conciencia y a intentar concienciar.

Es poco. O quizá no. Porque lo bueno de concienciarse es que no tiene vuelta atrás. Y además puede ser contagioso. Como un virus que, en este caso, en lugar de matar, da vida.

 

 

[1] Normalmente se informan a través de Facebook, pero yo les dije que, mientras pueda, no quiero abrir una cuenta en una red social que ha hecho riquísimo a un tipo que la creó para vengarse de su ex novia, porque no podía soportar que le hubiera dejado. El caso es que hoy he caído en la cuenta de que WhatsApp fue adquirida por Facebook hace poco más de un año, así que, o me borro de todo de la aplicación del móvil para ser totalmente coherente o reconozco que es prácticamente imposible no ser cómplice de aquello que criticamos y acabo sucumbiendo al invento de Zuckerberg…

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Buenismo, paz y bien

Estado de paz verdadera no habrá hasta que surja una moral vigente y efectiva a la paz encaminada, hasta que aquellas energías absorbidas por las guerras se encaucen…, hasta que la violencia no sea cancelada de las costumbres, hasta que la paz no sea una vocación, una pasión, una fe que inspire e ilumine.

María Zambrano

 

Esta mañana, desayunando, he leído un artículo[1] cuyo autor, tras criticar a quienes se preguntan si Occidente tiene alguna responsabilidad en el yihadismo actual, afirma: “Hay que tomar partido. No es hora de seguir bañándose en las aguas tibias del buenismo. Uno se puede sentir muy satisfecho consigo mismo oponiéndose a la guerra, […] pero los tiempos exigen debates constructivos y respuestas concretas, sin cerrar los ojos a la dura realidad de que en el mundo político real no hay más remedio a veces que ensuciarse las manos, sacrificar la pureza moral y elegir entre lo malo y lo peor”. Y la guerra, por lo visto, es lo malo, no lo peor.

Todo es discutible, aunque no voy a reflexionar aquí sobre el cómo y el por qué del terrorismo yihadista, pues se trata un fenómeno muy complejo cuyas raíces y ramificaciones no es fácil desenredar ni desentrañar, por lo que no se pueden esperar soluciones simples ni inmediatas. La complejidad de la situación permite que se contemple con muy diversas perspectivas, siempre parciales y a veces difíciles de casar. La necesidad de medidas inmediatas para evitar otros atentados trabaja contra la también imprescindible reflexión sobre las consecuencias de las decisiones que se van tomando. Lo que hoy se considera positivo, mañana se revela como perjudicial, y al revés. No hay garantía de éxito ni manera de saber qué sucederá si se hace esto o lo otro, no solo porque el tiempo no es de ida y vuelta, sino también porque resulta imposible predecir todos los efectos de cualquier acto en un escenario tan complicado. Hay infinitos intereses cruzados, algunos visibles y otros muchos ocultos, que aprovechan los sentimientos de todo tipo –indignación, solidaridad, venganza, miedo…– y se entrelazan con ellos, de manera que resulta muy difícil actuar de cualquier modo sin beneficiar o perjudicar a alguien.

En un contexto tan difícil, creo que lo único que cabe es actuar en conciencia, poniendo nombre a lo que nos inclina más en una dirección o en otra, siendo conscientes de las propias limitaciones e incoherencias, mirando de cara a la incertidumbre y a la duda, pero en conciencia. Y así creo que lo hace la mayor parte de la gente, incluidos quienes hacemos autocrítica, creemos que recurrir a la guerra no es ni la única ni la mejor opción para hacer frente al terrorismo yihadista internacional e intentamos no responder a la violencia con más violencia, aun sabiendo que no siempre es posible. Tomamos partido, consciente y responsablemente, pensando tanto en el presente como en el futuro. Y, desde luego, no nos bañamos en “las aguas tibias del buenismo”.

Por cierto, el término buenismo no está recogido en el DRAE, pero dice la Wikipedia que se utiliza para “designar peyorativamente determinados esquemas de pensamiento y actuación social y política (como el multiculturalismo y la corrección política) que, de forma bienintencionada pero ingenua y basados en un mero sentimentalismo carente de autocrítica hacia los resultados reales, pretenden ayudar a individuos y colectivos desfavorecidos”. Advierte la enciclopedia virtual que no debe confundirse con bondad, aunque compartan la misma raíz, al igual que bueno y bien, entre otros vocablos.

Me preocupa la mala prensa del bien, la existencia y el uso de términos, como buenismo, que asocian y confunden lo bueno con la ignorancia y a la gente buena con la gente tonta, como si la inteligencia estuviera siempre de parte del mal o, al menos, de la violencia. Lo cierto es que podemos ser buenos y sabios, y también malos y necios. Es más, podemos ser, a un tiempo, malos y buenos, sabios y necios. Estamos llenas/os de contradicciones e incongruencias. Y, con todo, creo que buscar la paz y tener el bien como horizonte no es un síntoma de debilidad, sino abrir la puerta a su inmenso poder transformador, porque como todo horizonte se aleja cuando nos acercamos a él, invitando a encontrar nuevos modos de alcanzarlo.

Habrá guerra en muchos frentes, no tengo ninguna duda, a pesar de los muchos deseos de paz de tanta gente. De cualquier forma, si un día soy víctima de un atentado yihadista, no doy permiso para que nadie escriba mi nombre en una bomba y la lance contra mis enemigos en memoria mía.

 

[1] Carlin, John. “¿Por qué no podemos llevarnos todos bien?”, en elpais.com:

http://internacional.elpais.com/internacional/2015/11/22/actualidad/1448219833_712885.html

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Terrorismos

 

La única cosa que puede combatir la deshumanización es una creciente humanización.

Lindy West

 

Terrorismo. La palabra tiene tres acepciones en el DRAE: “1. Dominación por el terror; 2. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror; 3. Actuación criminal de bandas organizadas que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos”. Desde los atentados del viernes pasado en París, el terrorismo es tema omnipresente no solo en los medios de comunicación de todo el mundo, que han dedicado y dedican mucho tiempo y espacio a informar sobre lo sucedido, sino en las conversaciones cotidianas, como cuando los atentados del 11-S y los del 11-M. Son continuas las noticias sobre las víctimas y sobre las investigaciones que se están llevando a cabo, se da rendida cuenta de las reacciones que los actos terroristas están provocando a todos los niveles, se toman medidas para evitar otros atentados, aparecen miradas críticas que se preguntan cuánta responsabilidad, directa o indirecta, pueden tener los países occidentales, o sea, nosotros, en el terrorismo yihadista, y voces que alertan de la tentación y del peligro de identificar terrorismo e Islam… La gente anda triste, conmovida, desconcertada, confusa, indignada… y asustada, muy asustada.

Desgraciadamente, hay otros terrorismos muy cerca de nosotras/os. Este fin de semana, sin ir más lejos, tres mujeres fueron asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas. Los medios de comunicación, como siempre, les dedicaron unos pocos minutos –o líneas– y trataron sus muertes más como un suceso que como algo que afecta a todas/os y, por tanto, a la política nacional. Apenas hubo reacciones por parte de la sociedad. No recibieron peor trato informativo que otros feminicidios acaecidos este año, ni suscitaron menos solidaridad, pero la coincidencia de estos asesinatos con los atentados de París puso de manifiesto las diferentes reacciones sociales y políticas ante los diversos tipos de terrorismo. El yihadista nos deja sin suelo bajo los pies. El machista no parece afectarnos demasiado. La pregunta es por qué.

Podría pensarse que la violencia machista no es terrorismo, pero… ¿no provocan los feminicidios un miedo atroz en las muchísimas mujeres que viven amenazadas no solo por sus parejas y ex parejas, sino por otros hombres de sus entornos sociales y laborales? ¿No es terror lo que sienten las miles y miles de mujeres que en nuestro país sufren malos tratos físicos y psicológicos a manos de varones, terror de ser golpeadas, humilladas, vejadas, asesinadas? La violencia machista, se reconozca o no, es un método expeditivo de represión utilizado por las sociedades patriarcales cuyo fin es “la dominación por el terror”: la dominación de los varones sobre las mujeres. Terrorismo puro y duro.

Podría pensarse también que el problema es el número, que no son lo mismo los tres asesinatos de mujeres de este fin de semana, que las más de ciento treinta personas muertas en París el viernes. Pero el argumento se debilita si se compara el número de víctimas de uno y otro terrorismo. En España, por ejemplo, entre 2010 y 2015, se registraron cerca de quinientos cincuenta feminicidios…

¿Qué pasa, entonces? ¿Por qué el terror de las mujeres importa menos que otros terrores? ¿Por qué sus muertes no despiertan una alarma capaz de movilizar a la sociedad y a quienes la dirigen? Da la impresión de que la vida de las mujeres vale menos que otras vidas, de que su sufrimiento no importa tanto como otros sufrimientos, de que despierta menos solidaridad, de que no merece la pena invertir energías y medios para erradicar la violencia que acaba con tantas vidas… ¿Será porque se trata “solo” de mujeres? Suena duro, pero…

Si es así, si las sociedades occidentales no somos capaces de reconocer y defender la plena humanidad de las mujeres, si la violencia machista nos es ajena, si no nos afecta, no estamos tan lejos de los terroristas de París, aunque no veamos sangre en nuestras manos.

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Marchando

 

Pocas cosas desmoralizan más que la injusticia hecha en nombre de la autoridad y la ley.

Concepción Arenal

 

El movimiento feminista ha convocado para mañana, sábado 7 de noviembre de 2015, a las 12 h., en Madrid, la Marcha contra las Violencias Machistas, e invita a participar en ella a la población civil, a las instituciones, a los partidos políticos, a los gobiernos… para, como se dice en el manifiesto que acompaña a la convocatoria, “no ser cómplices de esta barbarie”[1], es decir, para que este tipo de violencias sean una cuestión de Estado y en cuya erradicación se comprometa toda la sociedad. La Marcha saldrá del Ministerio de Sanidad, en el Paseo del Prado y finalizará en la Plaza de España. Yo no estaré allí, porque no puedo viajar a Madrid este fin de semana, pero quiero marchar, es decir, andar, dar pasos, aunque no sea con los pies, sino con las palabras.

Creo que es muy importante caer en la cuenta de que, en esta Marcha, se habla de violencias en plural, y no en singular, porque las violencias ejercidas contra las mujeres por ser mujeres tienen muchos grados, se producen en ámbitos muy diversos y a manos de muy diferentes agresores. Desde luego, no se reducen a lo contemplado en la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, una ley que, por otra parte, se ha mostrado bastante ineficaz en los casi once años que lleva funcionando, algo que Lidia Falcón –y con ella otras muchas feministas– hace tiempo que denuncia una y otra vez con tesón y, sobre todo, con argumentos[2].

Según ella, la injusticia más grave de la ley “es que solo protege a las mujeres ligadas con el agresor por un vínculo sentimental”, de manera que todas las demás mujeres del entorno familiar del maltratador “no son merecedoras de la protección” de esta ley, como tampoco lo son las víctimas de delitos como violación, abusos sexuales, acoso sexual, “cometidos por familiares, amigos, vecinos, jefe o compañeros de trabajo, o desconocidos”. Ni siquiera pueden ampararse en ella las víctimas de incesto… Por otro lado, y a pesar de que se reconoce que la violencia de género es diferente a otras violencias, recae en las víctimas la prueba de la comisión de los delitos, lo que les causa una grave indefensión, precisamente por la naturaleza de los mismos. Lidia Falcón considera que “se debería invertir la carga de la prueba, como se ha logrado en la legislación laboral”, pero no se ha hecho. Y hay algo más: la escandalosa falta de formación, en lo que a desigualdad de género se refiere, de las personas que intervienen en todos los niveles de los procesos judiciales.

Los datos puros y duros es que, en nuestro país, hay dos millones y medio de mujeres maltratadas, se producen unas quince mil violaciones al año y “un número indeterminado –por falta de datos oficiales– de niños asesinados, desaparecidos, abusados sexualmente y maltratados”, en muchas ocasiones con el único fin de hacer sufrir a sus madres. Todas/os ellas/os necesitan no solo la protección de la ley, sino un sistema que les haga justicia, que les permita vivir dignamente, sin miedo y con libertad.

El problema cuando las leyes no están bien hechas, no es solo ni principalmente que son inoperantes para solucionar los problemas para las que fueron creadas, sino que legitiman la injusticia. Son como algo que envenena el pan que comen quienes necesitan justicia, un pan que no les quita el hambre y, además, les intoxica. No tengo ninguna duda de que quienes elaboraron la Ley Integral contra la Violencia de Género lo hicieron con la mejor voluntad y venciendo muchas, muchísimas dificultades. Pero las víctimas en un Estado de Derecho acuden al sistema judicial para buscar amparo. Y ahora, muchas no lo encuentran. ¿Dónde pueden ir si el sistema les falla, si lejos de ampararles les criminaliza, si acaba convirtiéndose, por acción u omisión, en cómplice de quienes ejercen la violencia?

Empecemos por cambiar la ley y sigamos con todo lo demás. Un paso detrás de otro.

 

[1] Puede leerse el manifiesto completo en:

http://marcha7nmadrid.org/manifiesto/

[2] Ha publicado recientemente, al respecto, un texto titulado “La violencia machista es terrorismo” y encabezado con una frase de Concepción Arenal que he tomado prestada para introducir estas líneas. Se puede leer en:

http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2015/11/05/la-violencia-machista-es-terrorismo/

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Desamparo

La libertad es una carga pesada, extraña, abrumadora para el espíritu que ha de llevarla. No es cómoda. No es un regalo que se recibe, sino una elección que se hace, y la elección puede ser difícil. El camino asciende hacia la luz; pero el viajero que sostiene la carga acaso no llegue jamás a la meta.

Ursula K. Le Guin

Iba a escribir sobre otra cosa, pero el domingo 25 de octubre falleció repentinamente Amparo Pedregal Rodríguez, y quiero decir algo sobre ella. Tenía 55 años –uno más que yo– y era profesora titular de Historia Antigua de la Universidad de Oviedo. Volvía a Asturias después de participar en el Congreso Internacional “La mujer en el Mediterráneo: género, poder y representación”, celebrado en Murcia, donde el día 23 dio una conferencia sobre “Las mujeres y lo femenino en el cristianismo primitivo. La representación del poder y el poder de la representación”. Pero la muerte le alcanzó en Madrid. El lunes 26, nadie en la Universidad se podía creer lo sucedido.

Las noticias sobre su muerte la califican como feminista e historiadora. Y lo era. Indivisiblemente. Su condición de historiadora definía su feminismo, y su condición de feminista definía su perspectiva como historiadora. Fue Vicedecana de la Facultad de Geografía e Historia de Oviedo (2004-2010), cofundadora del Seminario de Estudios de la Mujer de la Universidad de Oviedo, creadora y coordinadora del Máster de Género y Diversidad, y profesora del equipo del Erasmus Mundus GEMMA, el único aprobado hasta ahora por la Unión Europea sobre contenidos de género. Fue promotora y presidenta de la Asociación Universitaria de Estudios de la Mujer (AUDEM), que reúne a las investigadoras del feminismo académico, y presidenta de la Asociación Española de Investigación sobre la Historia de las Mujeres (AEIHM), formada por historiadoras que incorporan la perspectiva de género. Formó parte de diversos grupos de investigación y de los consejos científicos de varias publicaciones, entre otras, la colección Alternativas, de la Revista Arenal, la primera especializada en Historia de las Mujeres en España.

Yo la conocí a principios de los 80, en el Departamento de Historia Antigua, que compartía espacio y libros con el de Filología Clásica. A lo largo de los años, coincidimos muchas veces en los pasillos de la Facultad de Geografía e Historia, donde di clase de latín cinco cursos, y en la calles de esta pequeña y acogedora ciudad que es Oviedo. Nos saludábamos, pero nunca nos habíamos parado a conversar con tranquilidad. Hasta hace un par de años, cuando empecé a trabajar en la Sección de Catalogación, ubicada en el Campus de Humanidades. Tomábamos el café mañanero en el mismo sitio y, un día, al saludo le siguió una gratísima conversación sobre el Máster de Género y Diversidad, sobre feminismo en general, sobre teología feminista en particular y sobre mi tesis, aún naciente… Me animó a participar en las actividades del máster y, el curso pasado, acudí con muchísimo interés e ilusión a un magnífico ciclo de conferencias sobre “Religiones, género, sometimiento y violencia desde la Antigüedad”. La semana pasada estuve pensando que tenía que darle mi correo electrónico para que me avisara de lo que tenían preparado para este curso.

Era una mujer inteligente, muy culta, magnífica historiadora, investigadora rigurosa, trabajadora incansable, con un gusto y una elegancia fuera de lo común, de gesto más bien serio, pero poseedora de un humor tan fino como incisivo, feminista insobornable y comprometida hasta la médula… Tenía un radar agudísimo para detectar gestos y actitudes machistas, que ella hacía visibles y criticaba, vinieran de quien vinieran. Solía decir que el conocimiento hace más difícil la felicidad, y que la lucidez se paga, pero no renunciaba ni a conocer más y mejor ni a enseñar para que otras/os conocieran. Eligió saber y compartir la sabiduría. Eligió la libertad propia y ajena.

No me puedo imaginar cómo se sienten su marido, su hija y su hijo, pero la universidad, la historia y el feminismo, además de desconcierto y tristeza, sienten desamparo por su ausencia, porque Amparo se había convertido en un referente, en una maestra para investigadoras/es y feministas. Nadie podrá sustituir su peculiar mirada al pasado y al presente, pero confío en que los caminos abiertos por ella sean transitados por muchas/os con la misma honestidad y coherencia.

 

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Feminismo necesario

 

Cuando algunas creían que el feminismo activo estaba muerto, encontramos que hay muchos motivos para resucitarlo.

Elvira Lindo

 

La semana pasada fueron asesinadas cuatro mujeres en menos de treinta y seis horas. ¿Sus asesinos? Varones que eran o habían sido sus parejas. Sus muertes fueron noticia en los medios de comunicación, pero, en general, más como un suceso –semejante a un atraco o a un accidente llamativo– que como un tema socio-político de primer orden, a la altura, por ejemplo, de lo que entendemos por terrorismo, aunque en España hayan sido asesinadas muchas más mujeres por violencia machista que por cualquier otro tipo de terrorismo. No faltaron imágenes de la escena del crimen y de hombres y mujeres consternados, en unos casos, porque “esto se veía venir” y, en otros, porque al parecer nada en la vida pública del feminicida y de la asesinada hacía sospechar semejante fin. En todas las noticias sobre estos feminicidios se dio, como siempre, la consabida y obligatoria información sobre el número gratuito al que las mujeres maltratadas pueden llamar para pedir ayuda y, por supuesto, también se indicó si las víctimas habían denunciado, o no, malos tratos anteriores por parte de quienes finalmente las asesinaron, como si fuera una información pertinente, como si hubiera una relación causa-efecto entre la ausencia de denuncia y el asesinato, criminalizando así –tan inconsciente como gratuita y perniciosamente– a las que no denuncian, haciéndolas cómplices de sus asesinos por callar, sin preguntarse por qué guardan silencio, qué mecanismos interiores y qué obstáculos de todo tipo les mantienen en el infierno en que viven, como si denunciar garantizara la seguridad de las mujeres que acuden a la comisaría o a los juzgados, como si ninguna de ellas acabara muerta. Al igual que en otras ocasiones, se convocaron algunas concentraciones –sobre todo en los lugares donde vivían las víctimas– contra la violencia machista, cuya afluencia, escasa, nada tuvo que ver, por ejemplo, con la de las manifestaciones que se llevaron a cabo cuando ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco, por seguir con la comparación entre diferentes tipos de terrorismo. Se sumaron a los anteriores los cuatro asesinatos y el resultado de la comparación con la cifra de feminicidios del año pasado por estas fechas es inequívoco: los datos de este año son peores. “¿Qué estamos haciendo mal?”, se preguntaba un miembro del gobierno. Cuando oí la pregunta, casi se me cae al suelo el plato que llevaba en la mano. ¿Que qué están/estamos haciendo mal? A mí se me ocurren mil cosas, pero las resumiré en una: están/estamos tratando los síntomas como si fueran la enfermedad, y además se están tratando mal. El feminismo hace mucho que lo sabe, pero parece que los poderes públicos, no.

La violencia ejercida contra las mujeres por ser mujeres –siendo el feminicidio la expresión más grave y dramática de la misma– es uno de los síntomas, junto con el machismo y el sexismo, entre otros, de una enfermedad llamada patriarcado. Nuestro mundo está enfermo, terriblemente enfermo, porque está construido sobre una estructura patriarcal que atraviesa nuestra sociedad, nuestra cultura, nuestro pensamiento… haciendo de las mujeres y de todos los “otros”, es decir, quienes no pertenecen a los grupos hegemónicos –representados en el varón blanco, culto, rico, heterosexual…– seres de segunda categoría, susceptibles de –en realidad, destinados a– ser dominados y explotados, útiles si sirven a los intereses de dichos grupos, y superfluos si no lo hacen. La violencia machista es consecuencia del mismo tipo de fobia que la que se encuentra, por ejemplo, en el origen de la violencia racista o la dirigida contra personas homosexuales. El patriarcado odia a las mujeres, aunque se sirve de ellas para muy variados intereses, empezando por la reproducción, pasando por el placer sexual, y terminando por el trabajo gratuito que la mayoría de las mujeres realiza en el hogar y cuidando a la familia. La violencia machista es la forma en que el patriarcado controla a las mujeres y tiene muchas caras y grados. Como síntoma que es, la violencia machista se puede y se debe aliviar y/o controlar, pero si no se ataca lo que la provoca, vuelve una y otra vez….

El problema es que el patriarcado es una enfermedad insidiosa, recurrente, compleja, instalada en el corazón y en cada una de las células de nuestra sociedad, hombres y mujeres. Combatirla supone darle la vuelta a casi todo, pensar de otro manera, sentir de otra manera, vivir de otra manera. Supone un trabajo personal, social, político, cultural, legal, judicial… Exige educación, pedagogía, constancia… No se puede hacer sin una voluntad clara y expresa. No se puede hacer sin replantearse una y otra vez los nuevos modos en que el sistema se reinventa. No se puede hacer sin escuchar a los “otros”, sin contar con ellos. No se puede hacer sin las mujeres.

Y todavía habrá quien piensa que el feminismo ya no es necesario…

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