Conciencia contagiosa

La toma de conciencia de la violencia contra las mujeres con la que nos encontramos todos cada día es el comienzo del fin de dicha violencia.

Susan Brooks Thistlethwaite

 

Hace unos días volvía a casa con unas amigas, después de haber comido y pasado la tarde con ellas, cuando nos encontramos a cuatro mujeres –dos de unos sesenta años, y otras dos mucho más jóvenes– en la plaza de la que arranca la calle donde vivo. Tres sostenían una pancarta escrita en asturiano en la que se leía: “¡Hai munches vides en xuegu! Acabemos cola violencia machista”. La cuarta, megáfono en mano, leía los nombres de las personas asesinadas este año por violencia machista –fundamentalmente mujeres, pero también niñas/os y algún varón– y el lugar en que se produjeron los asesinatos. Delante de la pancarta, en el suelo, había una vela encendida y una rosa. Nos paramos a escuchar y, cuando la chica del megáfono nombró a la última de la lista, les preguntamos quiénes eran. Nos dijeron que son un grupo de feministas que se han comprometido a ir a esa plaza a las ocho de la tarde cuando se produce un feminicidio  –así fue como nos enteramos de que ese día había muerto asesinada una mujer– y que la iniciativa se secunda también en otras localidades asturianas, como Gijón, Pola de Siero y Ribadesella. Nos quedamos con ellas hasta las ocho y media.

El jueves pasado, mientras comía, oí en el telediario que una mujer, María del Castillo, había muerto a manos de su ex marido en Lebrija. A las ocho, una amiga y yo fuimos a la plaza y nos unimos a las de la pancarta. Se sumaron también tres mujeres que pasaban por allí porque la causa merecía, según dijeron, un poco de su tiempo. Éramos, pues, nueve. La gente ralentizaba el paso cuando llegaba a nuestra altura y hubo quienes expresaron verbalmente su apoyo, sobre todo mujeres, pero también algún hombre. La dependienta de un puesto de artesanía montado en la plaza se acercó a decirnos que se uniría gustosa, pero que no podía dejar el puesto abandonado… Antes de marchar, a las ocho y media, una de las organizadoras nos pidió los teléfonos para comunicarnos a través de un grupo de WhatsApp[1]. Al llegar a casa nos enteramos de que María del Castillo no había sido la única, pues acababa de morir Yésica, una mujer de 24 años apuñalada por su pareja en Puerto del Rosario (Fuerteventura).

Ayer, sábado día 12, en Alcobendas, al volver a casa, una niña de 14 años encontró a su madre asesinada a golpes. No fuimos a la plaza porque la mayoría de nosotras no estaba en Oviedo. Lo haremos mañana. Seguramente se nos unirán otras mujeres a las que hemos informado de la iniciativa y quizá el grupo pueda ir creciendo y visibilizar más y mejor la peor violencia machista, la que mata.

Somos conscientes de que juntarse media hora en una plaza tras cada feminicidio es poco, dada la magnitud del problema, pero es algo. Es romper el silencio, impedir el olvido, poner nombres a las cifras, ubicar los hechos en el mapa. Es, quizás, alterar el confort de quienes pasan por allí pensando en sus cosas, ajenas/os a la injusticia y el sinsentido de unas muertes que revelan y denuncian la barbarie que es capaz de tolerar nuestra sociedad –o sea, nosotras/os– y claman a gritos la necesidad de cambiar la mentalidad y el sistema que sustentan las violencias machistas; la necesidad y la responsabilidad de que todas/os hagamos todo lo posible en todos los ámbitos, privados, públicos, personales, sociales, teóricos, prácticos, familiares, políticos, culturales, jurídicos, religiosos, económicos, relacionales, artísticos, laborales, científicos, legales, deportivos… Es dedicar un tiempo a tomar conciencia y a intentar concienciar.

Es poco. O quizá no. Porque lo bueno de concienciarse es que no tiene vuelta atrás. Y además puede ser contagioso. Como un virus que, en este caso, en lugar de matar, da vida.

 

 

[1] Normalmente se informan a través de Facebook, pero yo les dije que, mientras pueda, no quiero abrir una cuenta en una red social que ha hecho riquísimo a un tipo que la creó para vengarse de su ex novia, porque no podía soportar que le hubiera dejado. El caso es que hoy he caído en la cuenta de que WhatsApp fue adquirida por Facebook hace poco más de un año, así que, o me borro de todo de la aplicación del móvil para ser totalmente coherente o reconozco que es prácticamente imposible no ser cómplice de aquello que criticamos y acabo sucumbiendo al invento de Zuckerberg…

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Buenismo, paz y bien

Estado de paz verdadera no habrá hasta que surja una moral vigente y efectiva a la paz encaminada, hasta que aquellas energías absorbidas por las guerras se encaucen…, hasta que la violencia no sea cancelada de las costumbres, hasta que la paz no sea una vocación, una pasión, una fe que inspire e ilumine.

María Zambrano

 

Esta mañana, desayunando, he leído un artículo[1] cuyo autor, tras criticar a quienes se preguntan si Occidente tiene alguna responsabilidad en el yihadismo actual, afirma: “Hay que tomar partido. No es hora de seguir bañándose en las aguas tibias del buenismo. Uno se puede sentir muy satisfecho consigo mismo oponiéndose a la guerra, […] pero los tiempos exigen debates constructivos y respuestas concretas, sin cerrar los ojos a la dura realidad de que en el mundo político real no hay más remedio a veces que ensuciarse las manos, sacrificar la pureza moral y elegir entre lo malo y lo peor”. Y la guerra, por lo visto, es lo malo, no lo peor.

Todo es discutible, aunque no voy a reflexionar aquí sobre el cómo y el por qué del terrorismo yihadista, pues se trata un fenómeno muy complejo cuyas raíces y ramificaciones no es fácil desenredar ni desentrañar, por lo que no se pueden esperar soluciones simples ni inmediatas. La complejidad de la situación permite que se contemple con muy diversas perspectivas, siempre parciales y a veces difíciles de casar. La necesidad de medidas inmediatas para evitar otros atentados trabaja contra la también imprescindible reflexión sobre las consecuencias de las decisiones que se van tomando. Lo que hoy se considera positivo, mañana se revela como perjudicial, y al revés. No hay garantía de éxito ni manera de saber qué sucederá si se hace esto o lo otro, no solo porque el tiempo no es de ida y vuelta, sino también porque resulta imposible predecir todos los efectos de cualquier acto en un escenario tan complicado. Hay infinitos intereses cruzados, algunos visibles y otros muchos ocultos, que aprovechan los sentimientos de todo tipo –indignación, solidaridad, venganza, miedo…– y se entrelazan con ellos, de manera que resulta muy difícil actuar de cualquier modo sin beneficiar o perjudicar a alguien.

En un contexto tan difícil, creo que lo único que cabe es actuar en conciencia, poniendo nombre a lo que nos inclina más en una dirección o en otra, siendo conscientes de las propias limitaciones e incoherencias, mirando de cara a la incertidumbre y a la duda, pero en conciencia. Y así creo que lo hace la mayor parte de la gente, incluidos quienes hacemos autocrítica, creemos que recurrir a la guerra no es ni la única ni la mejor opción para hacer frente al terrorismo yihadista internacional e intentamos no responder a la violencia con más violencia, aun sabiendo que no siempre es posible. Tomamos partido, consciente y responsablemente, pensando tanto en el presente como en el futuro. Y, desde luego, no nos bañamos en “las aguas tibias del buenismo”.

Por cierto, el término buenismo no está recogido en el DRAE, pero dice la Wikipedia que se utiliza para “designar peyorativamente determinados esquemas de pensamiento y actuación social y política (como el multiculturalismo y la corrección política) que, de forma bienintencionada pero ingenua y basados en un mero sentimentalismo carente de autocrítica hacia los resultados reales, pretenden ayudar a individuos y colectivos desfavorecidos”. Advierte la enciclopedia virtual que no debe confundirse con bondad, aunque compartan la misma raíz, al igual que bueno y bien, entre otros vocablos.

Me preocupa la mala prensa del bien, la existencia y el uso de términos, como buenismo, que asocian y confunden lo bueno con la ignorancia y a la gente buena con la gente tonta, como si la inteligencia estuviera siempre de parte del mal o, al menos, de la violencia. Lo cierto es que podemos ser buenos y sabios, y también malos y necios. Es más, podemos ser, a un tiempo, malos y buenos, sabios y necios. Estamos llenas/os de contradicciones e incongruencias. Y, con todo, creo que buscar la paz y tener el bien como horizonte no es un síntoma de debilidad, sino abrir la puerta a su inmenso poder transformador, porque como todo horizonte se aleja cuando nos acercamos a él, invitando a encontrar nuevos modos de alcanzarlo.

Habrá guerra en muchos frentes, no tengo ninguna duda, a pesar de los muchos deseos de paz de tanta gente. De cualquier forma, si un día soy víctima de un atentado yihadista, no doy permiso para que nadie escriba mi nombre en una bomba y la lance contra mis enemigos en memoria mía.

 

[1] Carlin, John. “¿Por qué no podemos llevarnos todos bien?”, en elpais.com:

http://internacional.elpais.com/internacional/2015/11/22/actualidad/1448219833_712885.html

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Terrorismos

 

La única cosa que puede combatir la deshumanización es una creciente humanización.

Lindy West

 

Terrorismo. La palabra tiene tres acepciones en el DRAE: “1. Dominación por el terror; 2. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror; 3. Actuación criminal de bandas organizadas que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos”. Desde los atentados del viernes pasado en París, el terrorismo es tema omnipresente no solo en los medios de comunicación de todo el mundo, que han dedicado y dedican mucho tiempo y espacio a informar sobre lo sucedido, sino en las conversaciones cotidianas, como cuando los atentados del 11-S y los del 11-M. Son continuas las noticias sobre las víctimas y sobre las investigaciones que se están llevando a cabo, se da rendida cuenta de las reacciones que los actos terroristas están provocando a todos los niveles, se toman medidas para evitar otros atentados, aparecen miradas críticas que se preguntan cuánta responsabilidad, directa o indirecta, pueden tener los países occidentales, o sea, nosotros, en el terrorismo yihadista, y voces que alertan de la tentación y del peligro de identificar terrorismo e Islam… La gente anda triste, conmovida, desconcertada, confusa, indignada… y asustada, muy asustada.

Desgraciadamente, hay otros terrorismos muy cerca de nosotras/os. Este fin de semana, sin ir más lejos, tres mujeres fueron asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas. Los medios de comunicación, como siempre, les dedicaron unos pocos minutos –o líneas– y trataron sus muertes más como un suceso que como algo que afecta a todas/os y, por tanto, a la política nacional. Apenas hubo reacciones por parte de la sociedad. No recibieron peor trato informativo que otros feminicidios acaecidos este año, ni suscitaron menos solidaridad, pero la coincidencia de estos asesinatos con los atentados de París puso de manifiesto las diferentes reacciones sociales y políticas ante los diversos tipos de terrorismo. El yihadista nos deja sin suelo bajo los pies. El machista no parece afectarnos demasiado. La pregunta es por qué.

Podría pensarse que la violencia machista no es terrorismo, pero… ¿no provocan los feminicidios un miedo atroz en las muchísimas mujeres que viven amenazadas no solo por sus parejas y ex parejas, sino por otros hombres de sus entornos sociales y laborales? ¿No es terror lo que sienten las miles y miles de mujeres que en nuestro país sufren malos tratos físicos y psicológicos a manos de varones, terror de ser golpeadas, humilladas, vejadas, asesinadas? La violencia machista, se reconozca o no, es un método expeditivo de represión utilizado por las sociedades patriarcales cuyo fin es “la dominación por el terror”: la dominación de los varones sobre las mujeres. Terrorismo puro y duro.

Podría pensarse también que el problema es el número, que no son lo mismo los tres asesinatos de mujeres de este fin de semana, que las más de ciento treinta personas muertas en París el viernes. Pero el argumento se debilita si se compara el número de víctimas de uno y otro terrorismo. En España, por ejemplo, entre 2010 y 2015, se registraron cerca de quinientos cincuenta feminicidios…

¿Qué pasa, entonces? ¿Por qué el terror de las mujeres importa menos que otros terrores? ¿Por qué sus muertes no despiertan una alarma capaz de movilizar a la sociedad y a quienes la dirigen? Da la impresión de que la vida de las mujeres vale menos que otras vidas, de que su sufrimiento no importa tanto como otros sufrimientos, de que despierta menos solidaridad, de que no merece la pena invertir energías y medios para erradicar la violencia que acaba con tantas vidas… ¿Será porque se trata “solo” de mujeres? Suena duro, pero…

Si es así, si las sociedades occidentales no somos capaces de reconocer y defender la plena humanidad de las mujeres, si la violencia machista nos es ajena, si no nos afecta, no estamos tan lejos de los terroristas de París, aunque no veamos sangre en nuestras manos.

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Marchando

 

Pocas cosas desmoralizan más que la injusticia hecha en nombre de la autoridad y la ley.

Concepción Arenal

 

El movimiento feminista ha convocado para mañana, sábado 7 de noviembre de 2015, a las 12 h., en Madrid, la Marcha contra las Violencias Machistas, e invita a participar en ella a la población civil, a las instituciones, a los partidos políticos, a los gobiernos… para, como se dice en el manifiesto que acompaña a la convocatoria, “no ser cómplices de esta barbarie”[1], es decir, para que este tipo de violencias sean una cuestión de Estado y en cuya erradicación se comprometa toda la sociedad. La Marcha saldrá del Ministerio de Sanidad, en el Paseo del Prado y finalizará en la Plaza de España. Yo no estaré allí, porque no puedo viajar a Madrid este fin de semana, pero quiero marchar, es decir, andar, dar pasos, aunque no sea con los pies, sino con las palabras.

Creo que es muy importante caer en la cuenta de que, en esta Marcha, se habla de violencias en plural, y no en singular, porque las violencias ejercidas contra las mujeres por ser mujeres tienen muchos grados, se producen en ámbitos muy diversos y a manos de muy diferentes agresores. Desde luego, no se reducen a lo contemplado en la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, una ley que, por otra parte, se ha mostrado bastante ineficaz en los casi once años que lleva funcionando, algo que Lidia Falcón –y con ella otras muchas feministas– hace tiempo que denuncia una y otra vez con tesón y, sobre todo, con argumentos[2].

Según ella, la injusticia más grave de la ley “es que solo protege a las mujeres ligadas con el agresor por un vínculo sentimental”, de manera que todas las demás mujeres del entorno familiar del maltratador “no son merecedoras de la protección” de esta ley, como tampoco lo son las víctimas de delitos como violación, abusos sexuales, acoso sexual, “cometidos por familiares, amigos, vecinos, jefe o compañeros de trabajo, o desconocidos”. Ni siquiera pueden ampararse en ella las víctimas de incesto… Por otro lado, y a pesar de que se reconoce que la violencia de género es diferente a otras violencias, recae en las víctimas la prueba de la comisión de los delitos, lo que les causa una grave indefensión, precisamente por la naturaleza de los mismos. Lidia Falcón considera que “se debería invertir la carga de la prueba, como se ha logrado en la legislación laboral”, pero no se ha hecho. Y hay algo más: la escandalosa falta de formación, en lo que a desigualdad de género se refiere, de las personas que intervienen en todos los niveles de los procesos judiciales.

Los datos puros y duros es que, en nuestro país, hay dos millones y medio de mujeres maltratadas, se producen unas quince mil violaciones al año y “un número indeterminado –por falta de datos oficiales– de niños asesinados, desaparecidos, abusados sexualmente y maltratados”, en muchas ocasiones con el único fin de hacer sufrir a sus madres. Todas/os ellas/os necesitan no solo la protección de la ley, sino un sistema que les haga justicia, que les permita vivir dignamente, sin miedo y con libertad.

El problema cuando las leyes no están bien hechas, no es solo ni principalmente que son inoperantes para solucionar los problemas para las que fueron creadas, sino que legitiman la injusticia. Son como algo que envenena el pan que comen quienes necesitan justicia, un pan que no les quita el hambre y, además, les intoxica. No tengo ninguna duda de que quienes elaboraron la Ley Integral contra la Violencia de Género lo hicieron con la mejor voluntad y venciendo muchas, muchísimas dificultades. Pero las víctimas en un Estado de Derecho acuden al sistema judicial para buscar amparo. Y ahora, muchas no lo encuentran. ¿Dónde pueden ir si el sistema les falla, si lejos de ampararles les criminaliza, si acaba convirtiéndose, por acción u omisión, en cómplice de quienes ejercen la violencia?

Empecemos por cambiar la ley y sigamos con todo lo demás. Un paso detrás de otro.

 

[1] Puede leerse el manifiesto completo en:

http://marcha7nmadrid.org/manifiesto/

[2] Ha publicado recientemente, al respecto, un texto titulado “La violencia machista es terrorismo” y encabezado con una frase de Concepción Arenal que he tomado prestada para introducir estas líneas. Se puede leer en:

http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2015/11/05/la-violencia-machista-es-terrorismo/

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Desamparo

La libertad es una carga pesada, extraña, abrumadora para el espíritu que ha de llevarla. No es cómoda. No es un regalo que se recibe, sino una elección que se hace, y la elección puede ser difícil. El camino asciende hacia la luz; pero el viajero que sostiene la carga acaso no llegue jamás a la meta.

Ursula K. Le Guin

Iba a escribir sobre otra cosa, pero el domingo 25 de octubre falleció repentinamente Amparo Pedregal Rodríguez, y quiero decir algo sobre ella. Tenía 55 años –uno más que yo– y era profesora titular de Historia Antigua de la Universidad de Oviedo. Volvía a Asturias después de participar en el Congreso Internacional “La mujer en el Mediterráneo: género, poder y representación”, celebrado en Murcia, donde el día 23 dio una conferencia sobre “Las mujeres y lo femenino en el cristianismo primitivo. La representación del poder y el poder de la representación”. Pero la muerte le alcanzó en Madrid. El lunes 26, nadie en la Universidad se podía creer lo sucedido.

Las noticias sobre su muerte la califican como feminista e historiadora. Y lo era. Indivisiblemente. Su condición de historiadora definía su feminismo, y su condición de feminista definía su perspectiva como historiadora. Fue Vicedecana de la Facultad de Geografía e Historia de Oviedo (2004-2010), cofundadora del Seminario de Estudios de la Mujer de la Universidad de Oviedo, creadora y coordinadora del Máster de Género y Diversidad, y profesora del equipo del Erasmus Mundus GEMMA, el único aprobado hasta ahora por la Unión Europea sobre contenidos de género. Fue promotora y presidenta de la Asociación Universitaria de Estudios de la Mujer (AUDEM), que reúne a las investigadoras del feminismo académico, y presidenta de la Asociación Española de Investigación sobre la Historia de las Mujeres (AEIHM), formada por historiadoras que incorporan la perspectiva de género. Formó parte de diversos grupos de investigación y de los consejos científicos de varias publicaciones, entre otras, la colección Alternativas, de la Revista Arenal, la primera especializada en Historia de las Mujeres en España.

Yo la conocí a principios de los 80, en el Departamento de Historia Antigua, que compartía espacio y libros con el de Filología Clásica. A lo largo de los años, coincidimos muchas veces en los pasillos de la Facultad de Geografía e Historia, donde di clase de latín cinco cursos, y en la calles de esta pequeña y acogedora ciudad que es Oviedo. Nos saludábamos, pero nunca nos habíamos parado a conversar con tranquilidad. Hasta hace un par de años, cuando empecé a trabajar en la Sección de Catalogación, ubicada en el Campus de Humanidades. Tomábamos el café mañanero en el mismo sitio y, un día, al saludo le siguió una gratísima conversación sobre el Máster de Género y Diversidad, sobre feminismo en general, sobre teología feminista en particular y sobre mi tesis, aún naciente… Me animó a participar en las actividades del máster y, el curso pasado, acudí con muchísimo interés e ilusión a un magnífico ciclo de conferencias sobre “Religiones, género, sometimiento y violencia desde la Antigüedad”. La semana pasada estuve pensando que tenía que darle mi correo electrónico para que me avisara de lo que tenían preparado para este curso.

Era una mujer inteligente, muy culta, magnífica historiadora, investigadora rigurosa, trabajadora incansable, con un gusto y una elegancia fuera de lo común, de gesto más bien serio, pero poseedora de un humor tan fino como incisivo, feminista insobornable y comprometida hasta la médula… Tenía un radar agudísimo para detectar gestos y actitudes machistas, que ella hacía visibles y criticaba, vinieran de quien vinieran. Solía decir que el conocimiento hace más difícil la felicidad, y que la lucidez se paga, pero no renunciaba ni a conocer más y mejor ni a enseñar para que otras/os conocieran. Eligió saber y compartir la sabiduría. Eligió la libertad propia y ajena.

No me puedo imaginar cómo se sienten su marido, su hija y su hijo, pero la universidad, la historia y el feminismo, además de desconcierto y tristeza, sienten desamparo por su ausencia, porque Amparo se había convertido en un referente, en una maestra para investigadoras/es y feministas. Nadie podrá sustituir su peculiar mirada al pasado y al presente, pero confío en que los caminos abiertos por ella sean transitados por muchas/os con la misma honestidad y coherencia.

 

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Feminismo necesario

 

Cuando algunas creían que el feminismo activo estaba muerto, encontramos que hay muchos motivos para resucitarlo.

Elvira Lindo

 

La semana pasada fueron asesinadas cuatro mujeres en menos de treinta y seis horas. ¿Sus asesinos? Varones que eran o habían sido sus parejas. Sus muertes fueron noticia en los medios de comunicación, pero, en general, más como un suceso –semejante a un atraco o a un accidente llamativo– que como un tema socio-político de primer orden, a la altura, por ejemplo, de lo que entendemos por terrorismo, aunque en España hayan sido asesinadas muchas más mujeres por violencia machista que por cualquier otro tipo de terrorismo. No faltaron imágenes de la escena del crimen y de hombres y mujeres consternados, en unos casos, porque “esto se veía venir” y, en otros, porque al parecer nada en la vida pública del feminicida y de la asesinada hacía sospechar semejante fin. En todas las noticias sobre estos feminicidios se dio, como siempre, la consabida y obligatoria información sobre el número gratuito al que las mujeres maltratadas pueden llamar para pedir ayuda y, por supuesto, también se indicó si las víctimas habían denunciado, o no, malos tratos anteriores por parte de quienes finalmente las asesinaron, como si fuera una información pertinente, como si hubiera una relación causa-efecto entre la ausencia de denuncia y el asesinato, criminalizando así –tan inconsciente como gratuita y perniciosamente– a las que no denuncian, haciéndolas cómplices de sus asesinos por callar, sin preguntarse por qué guardan silencio, qué mecanismos interiores y qué obstáculos de todo tipo les mantienen en el infierno en que viven, como si denunciar garantizara la seguridad de las mujeres que acuden a la comisaría o a los juzgados, como si ninguna de ellas acabara muerta. Al igual que en otras ocasiones, se convocaron algunas concentraciones –sobre todo en los lugares donde vivían las víctimas– contra la violencia machista, cuya afluencia, escasa, nada tuvo que ver, por ejemplo, con la de las manifestaciones que se llevaron a cabo cuando ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco, por seguir con la comparación entre diferentes tipos de terrorismo. Se sumaron a los anteriores los cuatro asesinatos y el resultado de la comparación con la cifra de feminicidios del año pasado por estas fechas es inequívoco: los datos de este año son peores. “¿Qué estamos haciendo mal?”, se preguntaba un miembro del gobierno. Cuando oí la pregunta, casi se me cae al suelo el plato que llevaba en la mano. ¿Que qué están/estamos haciendo mal? A mí se me ocurren mil cosas, pero las resumiré en una: están/estamos tratando los síntomas como si fueran la enfermedad, y además se están tratando mal. El feminismo hace mucho que lo sabe, pero parece que los poderes públicos, no.

La violencia ejercida contra las mujeres por ser mujeres –siendo el feminicidio la expresión más grave y dramática de la misma– es uno de los síntomas, junto con el machismo y el sexismo, entre otros, de una enfermedad llamada patriarcado. Nuestro mundo está enfermo, terriblemente enfermo, porque está construido sobre una estructura patriarcal que atraviesa nuestra sociedad, nuestra cultura, nuestro pensamiento… haciendo de las mujeres y de todos los “otros”, es decir, quienes no pertenecen a los grupos hegemónicos –representados en el varón blanco, culto, rico, heterosexual…– seres de segunda categoría, susceptibles de –en realidad, destinados a– ser dominados y explotados, útiles si sirven a los intereses de dichos grupos, y superfluos si no lo hacen. La violencia machista es consecuencia del mismo tipo de fobia que la que se encuentra, por ejemplo, en el origen de la violencia racista o la dirigida contra personas homosexuales. El patriarcado odia a las mujeres, aunque se sirve de ellas para muy variados intereses, empezando por la reproducción, pasando por el placer sexual, y terminando por el trabajo gratuito que la mayoría de las mujeres realiza en el hogar y cuidando a la familia. La violencia machista es la forma en que el patriarcado controla a las mujeres y tiene muchas caras y grados. Como síntoma que es, la violencia machista se puede y se debe aliviar y/o controlar, pero si no se ataca lo que la provoca, vuelve una y otra vez….

El problema es que el patriarcado es una enfermedad insidiosa, recurrente, compleja, instalada en el corazón y en cada una de las células de nuestra sociedad, hombres y mujeres. Combatirla supone darle la vuelta a casi todo, pensar de otro manera, sentir de otra manera, vivir de otra manera. Supone un trabajo personal, social, político, cultural, legal, judicial… Exige educación, pedagogía, constancia… No se puede hacer sin una voluntad clara y expresa. No se puede hacer sin replantearse una y otra vez los nuevos modos en que el sistema se reinventa. No se puede hacer sin escuchar a los “otros”, sin contar con ellos. No se puede hacer sin las mujeres.

Y todavía habrá quien piensa que el feminismo ya no es necesario…

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¿Cuestión de género?

Imagínense lo felices que seríamos, lo libres que seríamos siendo quienes somos en realidad, sin sufrir la carga de las expectativas de género.

Chimamanda Ngozi Adichie

 

El viernes murió la hermana de un compañero de trabajo. El funeral fue en el pueblo donde nació y vivía. Había muchísima gente, dentro y fuera de la iglesia, incapaz de albergar a tantas personas. Me sorprendió gratamente la homilía, pues el cura no se limitó a pronunciar palabras que lo mismo habrían valido para ese funeral que para otro, sino que tuvo siempre presente a quién despedíamos y a su familia. Se le veía implicado, afectado por la muerte de su parroquiana y amiga y deseoso de transmitir esperanza. Al final, los hijos, a través de una amiga, nos dieron las gracias a todas/os por acompañarles en momentos tan duros, pero sobre todo dieron las gracias a su madre, por ser como era, por vivir como vivió, por hacer lo que hizo con ellos y con toda la gente con la que se cruzó. Yo solo la conocía de vista, pero por lo que se fue diciendo de ella y por la emoción que se podía adivinar en las/os presentes, está claro que era una mujer extraordinaria.

Se destacaron, entre otras cosas, su labor como maestra en la escuela pública durante más de treinta años, su empeño en trasmitir conocimientos, pero sobre todo en formar personas, su solidaridad, su búsqueda de la justicia, su disponibilidad, sus sabios y ponderados consejos, su compromiso en todo lo que tenía que ver con el pueblo… Pero se insistió, sobre todo, en su faceta de madre, en lo que su familia era para ella, en la dedicación a sus hijos, en su deseo de hacer de ellos personas íntegras, en la felicidad que le producían… Se habló mucho de la gratuidad, la generosidad y la incondicionalidad del amor maternal, “el más parecido que existe al amor de Dios”, en palabras del cura.

No sé si el amor que se le supone a una madre es, de verdad, más grande y verdadero que otros tipos de amor, pero parece haber un acuerdo general en que sí, en que el amor maternal –considerado gratuito e incondicional– es el más perfecto de los amores humanos y, por tanto, el más divino. Ahora bien, si esto es así, como el amor maternal se refiere a la maternidad, y el significado de esta suele reducirse a su aspecto biológico –gestación, parto y crianza de la prole–, es un amor que solo se asocia a las mujeres –que solo se nos pide a nosotras–, de lo que podría deducirse que somos los únicos seres humanos capaces de amor maternal, o sea, del amor humano más divino posible. La conclusión no puede sonar más injusta para los varones, quienes por simples razones biológicas, que nadie puede escoger, no serían aptos para amar de manera tan perfecta, aunque lo desearan, aunque se sintieran llamados a ello.

Pues bien, razonamientos semejantes son los que han usado durante siglos, y aún se usan, para repartir los roles familiares, sociales y eclesiales en función del sexo/género, para excluir a las mujeres de algunos ámbitos y funciones, para limitar nuestras posibilidades, para definir lo que podemos y no podemos hacer, decir o pensar, lo que es “femenino” y, por tanto, nos corresponde porque somos mujeres, y lo que no lo es. También los hombres tienen que ajustarse a un canon para ser verdaderamente hombres. En realidad, se trazan líneas teóricamente infranqueables y cruzarlas se considera un acto de subversión, cuando no de perversión. Pero el “reparto” no ha sido equitativo, en perjuicio de las mujeres, porque durante siglos, y aun ahora, humano y varón se han identificado completamente y lo masculino ha sido considerado siempre lo normativo, lo que se traduce en que a las mujeres se nos ha tenido por menos humanas y también menos divinas. Y eso, a pesar de nuestra capacidad para el amor maternal…

¿Cómo razonar de otro modo, como llegar a otras conclusiones? Entre otras cosas, atreviéndonos a pensar de otra forma, lo que no es nada fácil, porque hemos aprendido a interpretar la realidad en pares de conceptos opuestos y jerarquizados, es decir, considerando uno de ellos mejor que el otro. Es difícil, sí, pero imprescindible, porque nuestra manera de pensar condiciona nuestro modo de sentir, de vivir, de organizarnos.

Yo no me creo que las mujeres, madres o no, seamos capaces de un amor más perfecto que los hombres, como tampoco me creo que ellos, por ser varones, sean capaces de cosas que nosotras no. Amar, pensar, soñar, vivir… no son cuestión de género, sino de humanidad. Y humanas/os somos todas/os.

 

 

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Optar por lo difícil

 

Uno de los recursos de la supervivencia psíquica consiste en acostumbrarse al horror y dejarlo de ver. Los humanos somos criaturas maravillosamente adaptativas, pero eso tiene un precio, y es el de convertirnos en unos miserables.

Rosa Montero

 

Ayer recibí el enlace al último post que Lidia Falcón ha publicado en su blog La verdad es siempre revolucionaria[1], un texto que bajo el título “¿Qué hacemos con nuestros niños?” reflexiona sobre las consecuencias que la custodia compartida impuesta tiene para las/os menores en una sociedad machista y patriarcal como la nuestra. La lectura del artículo ha confirmado, desgraciadamente, algunas de mis sospechas, pues hace tiempo que barrunto que a través de la custodia compartida y manipulando la idea de igualdad, se ha conseguido establecer un sistema legal y eficaz para que algunos hombres controlen más y mejor a sus ex parejas a través de las/os hijas/os que tienen en común.

Entre otras cosas, Lidia Falcón denuncia el poder de los equipos psicosociales de los juzgados, convertidos en “árbitros incontestables de la mala o buena conducta de las madres” y en cuyos informes –añado yo– suelen basarse casi ciegamente la mayor parte de las sentencias relativas no solo a temas de custodia, sino a múltiples asuntos judiciales en los que están implicadas/os menores de edad. No sé si, como ella afirma, hay en tales equipos “individuos e individuas ineptas, mal preparadas o que desahogan sus ansias de venganza en ese mísero poder que les da un trabajo burocrático al servicio de la justicia”, o si algunas/os carecen de la titulación adecuada, pero tampoco me extrañaría que así fuera, porque no hay profesión exenta de personas incompetentes y/o mezquinas. El problema, en este y otros casos, son las consecuencias.

No se me quita de la cabeza un telediario de hace un par de semanas, en el que, con el rostro oculto y un nombre ficticio, por seguridad, una mujer contó que su hija de cinco años, que ha relatado en varias ocasiones los abusos sexuales que sufre por parte de su padre, está obligada a acudir al domicilio de este los días de visita estipulados. ¿Por qué? Porque alguien del equipo psicosocial correspondiente, después de hablar veinte minutos con la criatura, no le creyó. ¡Con lo difícil que es que un/a niño/a cuente algo así, con el valor que hace falta para hablar!… El problema –repito– es que la incredulidad de quienes tienen en sus manos el poder para decidir sobre las vidas de las/os menores acarrea consecuencias muy graves. Espeluznantes. Tanto que, cuando se hace público algún caso, provoca alarma social… durante un tiempo. Luego se olvida. No obstante, la realidad es mucho más terrible, pues se cree que en España uno de cada cinco menores sufre o ha sufrido abusos sexuales. Si esto es así, todas/os nosotras/os estamos conviviendo con el horror… quizá sin verlo, quizá acostumbrándonos a él.

Pero la pregunta sigue en pie: ¿qué estamos haciendo con nuestras/os niñas/os? No lo sé, pero elaborar y mantener vigentes leyes que priman los derechos de los progenitores sobre la protección de las/os menores supone considerarlas/os propiedad de quienes les engendraron; tolerar unos tribunales que no dedican ni el tiempo ni los medios suficientes para investigar lo que dicen las/os niñas/os víctimas de abusos sexuales significa dejarlos indefensas/os; castigar con la incredulidad a quienes vencen el miedo y la vergüenza para contar la verdad es condenarles al silencio, al aislamiento y a la desconfianza, y permitir que las/os menores sean una herramienta en manos de los maltratadores para controlar y torturar psicológicamente a sus ex parejas supone no solo instrumentalizar a las/os niñas/os para perpetuar la violencia machista en nuestra sociedad, sino convertirlos también en objetivos de dicha violencia…

Se dice que los abusos sexuales a menores son un síntoma de enfermedad social. Pues bien, si las cifras que se barajan son ciertas, esta sociedad está muy, muy enferma. Están enfermos los miembros –muchos– que necesitan relaciones sexuales de dominio para “ser”, y está enferma la sociedad en su conjunto, porque basa su estructura y su funcionamiento en la discriminación de aquellas/os que considera inferiores, fomenta relaciones desiguales y tolera, a veces por omisión, y otras con todas las de la ley, la indefensión de las/os más débiles.

Es más fácil no ver, no oír, esconder el horror debajo de la alfombra, hacer como que no existe… Pero habrá que optar por lo difícil, porque, en palabras de Luisa Coque, “ignorar lo visto y lo oído es una forma de matar”.

 

 

[1] http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2015/09/07/que-hacemos-con-nuestros-ninos/

 

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Transición

Mientras tanto… voy a intentar seguir buscando la palabra perdida, la palabra única…

María Zambrano

 

Dice el DRAE que transición significa: “1. Acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto; 2. Paso más o menos rápido de una prueba, idea o materia a otra, en discursos o escritos; 3. Cambio repentino de tono y expresión”. Las tres acepciones describen bien el estado en que me encuentro desde el domingo pasado, cuando puse fin a mis cuatro semanas de vacaciones estivales. Me siento en tránsito, como si en el viaje de regreso a mi vida cotidiana estuviera haciendo una escala necesaria para no sufrir los efectos de esta especie de jet lag no horario que se produce tras un tiempo de verdadero descanso y desconexión.

Este año, mis vacaciones han sido completamente rurales y familiares. Casi un mes en el pueblo, sin abrir el correo electrónico –no por falta de cobertura, sino por decisión propia–, usando poco el teléfono, mirando de lejos las noticias, cocinando, estando pendiente de la bocina de las camionetas para bajar a comprar el pan y la fruta, dando largas caminatas por el monte, disfrutando del paisaje –maravilloso– y de las nubes que cada tarde se posaban sobre las montañas como una boina, charlando y paseando con mi madre y con mis hermanas/os, jugando con mis sobrinas/os, visitando a las tías Echávarris, rescatando “tesoros” del desván, contemplando los gatos en la era de la vecina, vistiendo ropa vieja y cómoda, calzando sandalias incluso los días más frescos, suspirando con cierto remordimiento –aunque no mucho, la verdad– cuando veía el ordenador apagado y los libros para trabajar en la tesis apilados sobre la mesa, tal cual los coloqué el primer día, dejando la mente en barbecho, leyendo –eso sí– por las noches, antes de dormir… En fin, unas vacaciones rurales y familiares de las que llevo casi una semana despertándome.

No es una sensación nueva, puesto que todos los veranos el regreso es como despertar sin haber dormido, como recuperar la consciencia sin haberse desmayado. Porque la vida no se detiene en vacaciones, sigue sucediendo, pero en una especie de curso paralelo, como esos brazos que les nacen a algunos ríos y que acaban confluyendo de nuevo con el curso principal del agua. Para mí, reencontrar esas aguas principales tiene que ver, por supuesto, con volver al trabajo y a las tareas cotidianas. También con restablecer las relaciones humanas interrumpidas por la ausencia veraniega, lo que supone una importante y gratificante inversión de tiempo. Pero creo que, sobre todo, tiene que ver con abrir los ojos y los oídos y permitir lo que veo y oigo me ocupe y me preocupe, mirando más allá de la realidad más cercana y sintiéndome parte del todo, sufriendo o disfrutando con lo que otras/os viven. No sé cómo explicarlo, no he estado aislada, pero he rehuido conscientemente ponerme frente a la tele, me he enterado de algunas cosas importantes sucedidas estas semanas, pero las he dejado como en pause, a la espera, evitando que me tocaran del todo, resistiéndome a dedicarles mucha atención y a asumirlas con todas sus consecuencias. Estoy pensando, sobre todo, en las mujeres asesinadas este verano por violencia machista, en las/os niñas/os que han sufrido abusos sexuales a manos de familiares, en las personas que intentan huir de la guerra y no pueden porque no encuentran acogida en ningún sitio. Y lo curioso es que, al escribir sobre ello, me estoy dando cuenta de que son realidades que han estado ahí todo el tiempo, acompañándome en la sombra como una música de fondo, entremezclándose con la vida nuestra de cada día y, por tanto, afectándome.

En la medida de lo posible, intento hacer la transición poco a poco. Ya estoy en paz con el ordenador –se han descargado todas las actualizaciones pendientes– y con el correo electrónico. He recuperado el ritmo de trabajo en la biblioteca y casi he terminado de organizar la casa. He quedado con las/os amigas/os y también he hecho algunas compras necesarias que me daban mucha pereza. Desayuno cada mañana leyendo la prensa en internet y ceno viendo el telediario. Aún no he retomado la tesis y algunas otras cuestiones que requieren tiempo sereno y concentración, pero confío en hacerlo pronto. Hoy, al fin, he vuelto al blog, después de más de un mes de silencio que, sinceramente, me pesaba. Y no he escrito lo que quería –en mi mente sonaba todo distinto, más ágil, más real, mejor hilado–, pero no siempre es fácil encontrar las palabras. En realidad, suele ser bastante difícil, pero seguiré buscándolas la próxima vez, aunque siga en tránsito.

 

 

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De excursión en Alba de Tormes

 

Según las lecturas serán las escrituras.

Teresa de Jesús

 

El sábado pasado fui de excursión con unos amigos. Por la mañana callejeamos por las calles y plazas de Salamanca, una ciudad en la que apenas había puesto los pies una vez, y entramos en algunos edificios emblemáticos, como la catedral –la nueva y la vieja–, la Casa de las Conchas y la Universidad Pontificia. Después de comer, nos fuimos a Alba de Tormes y aparcamos frente a la inacabada basílica de Santa Teresa, convertida este año en una de las sedes de la exposición de Las Edades del Hombre[1]. No era la primera vez que estaba en Alba de Tormes, pero nunca había visto la basílica por dentro. Es un templo de estilo neogótico, diseñado por el arquitecto Enrique María Repullés para custodiar los restos de santa Teresa, cuya edificación se inició en 1898. El proyecto contaba con suficiente financiación, pero las dificultades del terreno encarecieron mucho las tareas de cimentación, por lo que el dinero presupuestado no alcanzó y, en 1933, se interrumpió la construcción. Entre 2007 y 2010, se reanudaron las obras y se cubrió parte del edificio, pero no todo.

No hace falta entrar en la basílica para saber que no está acabada, pero me sorprendió ver la nave central sin techo, cubierta tan solo con una red para evitar que entren los pájaros. Al ver la maqueta del proyecto arquitectónico inicial, lo entendí. Entendí por qué no se ha terminado de construir y me pregunté si Repullés y quienes aprobaron su diseño no se dieron cuenta de que el templo era de un tamaño excesivo para una localidad como Alba de Tormes y para una mujer como Teresa de Jesús, una santa muy grande, sí, pero muy poco amiga de superfluidades. Y creo que al edificio proyectado le sobra mucho de todo… Así que me dio por pensar si la inconclusión de la basílica no será una especie de justicia poética que ha puesto mesura donde no la había y ha acabado demostrando que ni el sepulcro de santa Teresa ni los peregrinos que lo visitan necesitaban más templo que la iglesia del Monasterio de la Anunciación, que es donde el cuerpo de la santa yace desde hace siglos[2]. Me pareció además que había cierto encanto en aquella iglesia a medio hacer, y casi espero que no se reanuden las obras…

Fuimos después al monasterio de la Anunciación y al adjunto Museo Carmelitano, por el que felicito a las Carmelitas Descalzas, que comparten en él sus tesoros materiales y espirituales, y también a quienes lo diseñaron y organizaron[3]. Me gustó mucho todo: el vídeo introductorio, las obras y los objetos expuestos, las salas en que están distribuidos, el texto de la audioguía… Sé que lo más preciado para las carmelitas de la Anunciación son los restos de la santa, pero reconozco que yo me emocioné más con otras cosas, como los objetos de la vida cotidiana de las monjas, porque imaginé las manos que los utilizaron y me pregunté qué pensaban y sentían aquellas mujeres mientras devanaban, hilaban, planchaban, lavaban la ropa, cocinaban, cortaban el pábilo de las velas… Me emocionó mucho ver el pergamino de su nombramiento como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Salamanca y el documento que la declara doctora de la Iglesia. El primero, porque reconoce la valía y la importancia literaria de los escritos de una mujer que con su pluma, entre otras cosas, inauguró el género autobiográfico en lengua castellana; el segundo, porque pone la sabiduría y la experiencia mística de Teresa de Jesús al mismo nivel que la más alta formación teológica.

Pero creo que lo que más me emocionó fueron los facsímiles de los libros escritos por Teresa, tan voluminosos, con esa letra tan hecha y tan hermosa como difícil de leer, porque la imaginé mojando la pluma en la tinta y recorriendo con ella el papel, línea a línea, día a día, luchando consigo y con las palabras para expresarse… y venciendo. Decía ella, con mucha gracia, que “según las lecturas serán las escrituras”. Y tenía razón, porque somos lo que leemos. Sé que Teresa de Jesús fue una gran escritora porque fue una gran lectora, pero hubo en ella algo más, algo que hizo posible que la suma y destilación de los libros de caballerías, las vidas de santos y las obras de espiritualidad que leyó durante su vida dieran un fruto tan maduro e innovador, al mismo tiempo, como sus escritos. Algo que la ha hecho muy grande. Tanto que necesita un edificio sin techo para albergar lo que queda de ella.

 

[1] Las otras tres sedes de la edición de este año de Las Edades del Hombre están en Ávila y son: el Convento de Nuestra Señora de Gracia, la Capilla de Mosén Rubí y la iglesia de San Juan Bautista.

[2] Santa Teresa murió en dicho monasterio y su sepulcro siempre ha estado en la iglesia del mismo, salvo unos pocos años en que su cuerpo fue trasladado al Monasterio de San José en Ávila.

[3] Para una visita virtual: http://www.carmelitasalba.org/sepulcro-de-santa-teresa/visita-al-museo-carmelitano/

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