Palabra encarnada

 

Sin la escucha, el decir se parece al silencio.

Mabel Moraña

 

Hoy me he despedido de mis compañeras y compañeros de la biblioteca porque mañana me voy a pasar la Navidad con la familia, así que no volveré al trabajo hasta el comienzo del nuevo año. Por supuesto, nos hemos felicitado mutuamente las fiestas y, de camino a casa, iba dándole vueltas a algo que llevo varios días preguntándome: qué entiende, que entendemos cada una/o cuando decimos o escuchamos “feliz Navidad”, en el caso, por supuesto, de que no se trate de una simple fórmula de cortesía, casi obligada en estas fechas. Las felicitaciones intercambiadas hoy en el trabajo equivalían a cosas como “buen viaje, que disfrutes de estar con las/os tuyas/os, que descanses, que lo pases bien”, en realidad, lo mismo que nos deseamos cuando nos despedimos en vísperas de cualquier otro periodo vacacional, solo que en Navidad los buenos deseos, grandes y pequeños, se expresan como felicitación.

Normalmente, al sencillo “¡Feliz Navidad!” se le añaden palabras que desarrollan el alcance y la perspectiva de las felicitaciones, que cada vez más son felicitaciones “laicas”, como lo van siendo las propias navidades. Por eso, volviendo a la pregunta inicial, creo que, para la mayoría de la gente, son experiencias “laicas” las que hacen que una Navidad sea feliz: haber encontrado un trabajo hace poco o no perder el que se tiene, recibir el alta hospitalaria y pasar las fiestas en casa, aprobar todas las asignaturas, encontrarse con los seres queridos después de un tiempo de separación, a veces muy largo, tener con quien compartir mesa y afectos, saber que hay comida en la nevera y juguetes guardados en el armario para las/os niñas/os, llegar al destino de un viaje sin contratiempos, no llorar una pérdida reciente, poder seguir pagando la hipoteca y, por tanto, conservar la casa, no temer ser víctimas de violencia ni dentro ni fuera de casa, no pasar hambre o frío o miedo, no sufrir discriminación por cualquier causa…

Por otro lado, la ausencia de estas y otras pequeñas y grandes “felicidades” es causa de infelicidad. Infelicidad “laica” que mucha gente sufre en forma de pobreza, de explotación laboral, de abandono, de desempleo, de soledad, de violencia machista, de abusos sexuales, de desprecio… Infelicidad que habita más “abajo” y al otro lado de la línea de la seguridad, de la estabilidad, de la vida vivible…

La cuestión es si esto que llamo felicidad –o infelicidad– “laica” tiene algo que ver con la festividad cristiana de la Navidad, con la celebración de eso que llamamos Misterio de la Encarnación. Y sinceramente creo que sí, que tiene mucho que ver, que tiene todo que ver, porque la Palabra se hizo carne. Y la carne siente hambre y sed y frío y calor y placer y afecto y dolor y alegría y…

Hace años que no compro postales de Navidad, porque felicito estas fiestas por correo electrónico. Suelo adjuntar un archivo, a modo de tarjeta navideña, con una imagen y una frase, normalmente bíblica. Cuando pensé en la felicitación de este año, hubo un texto que me “gritó” por encima de otros: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián. Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada en sangre serán combustible, pasto del fuego. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado[1]… No puedo leerlo o escucharlo sin que se me acelere el corazón, sin sentir casi físicamente la liberación que estas palabras cuentan, por un lado, y profetizan, por otro. Sin embargo, al final, me quedé con unas pocas palabras de un himno de Navidad: “En medio del silencio, el Verbo se encarnó”.

¿Por qué? No lo sé. Quizá porque nunca había pensado en la encarnación como un modo de pronunciarse el pensamiento, en la acción como una forma de lenguaje, es decir, de comunicación, en la creación como la finalidad de la palabra, de cualquier palabra –no solo la que se escribe con mayúscula–, en la existencia “carnal” –la mía, la de todas/os, la de todo– como decir divino… y humano.

Un decir que invalida toda palabra des-encarnada. Un decir que solo se escucha abriendo las prisiones injustas, dejando libres a las/os oprimidas/os, rompiendo todos los cepos, partiendo el pan con las/os hambrientos, hospedando a quienes no tienen techo, vistiendo a las/os desnudas/os… En fin, no cerrándonos a nuestra propia carne[2].

Feliz Navidad.

 

[1] Is 9,1-5

[2] Cf. Is 58, 6-7.

 

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Aniversario

Trazo y vuelvo a trazar la línea, ese hilo negro del que voy tirando a través de la página.

Margaret Atwood

 

Dice el Diccionario de la Real Academia Española que aniversario es el día “en que se cumplen años de algún suceso”, y define suceso como “cosa que sucede, especialmente cuando es de alguna importancia”. Pues bien, estoy de aniversario. Hoy se cumplen años de un suceso de bastante importancia para mí, pues hace cinco que apareció publicada mi primera entrada en este blog, o sea, hace cinco años que soy bloguera. A la luz de otros aniversarios que también se celebran hoy como, por ejemplo, el del referéndum por el que se ratificó la Constitución Española, hace 36 años, o la muerte, hace uno, del llamado “paciente cero”[1] de la actual epidemia de ébola que sigue imparable en África occidental –al parecer, un niño de dos años que vivía en una población de Guinea-Conakry, muy cercana a la frontera con Sierra Leona y Liberia–, está claro que el cumpleaños de mi blog solo es relevante para mí. Y no poco, porque es una especie de mojón en el camino que me invita a pararme un instante y mirar atrás.

Al pensar en aquel primer post, publicado el 6 de diciembre de 2009, he tenido la impresión de que desde entonces han acontecido en el mundo en general, y en mi vida en particular, muchos sucesos, muchas cosas de “alguna importancia”, o de mucha, y me ha dado por repasar, así por encima, los títulos de las entradas de este blog y he terminado releyendo algunas, aleatoriamente, y me he dado cuenta de que son una especie de diario, una suerte de mapa en el que se pueden rastrear esos sucesos públicos y privados, generales y particulares, extraordinarios y cotidianos, serios y frívolos, que han ido conformando mi historia y, por qué no, la Historia. Y me he dado cuenta también de que, en algunas ocasiones, he sabido decir algo de esos sucesos, pero he sido incapaz de encontrar palabras para otros, aun deseándolo, lo que no ha impedido que estuvieran y estén ahí, de forma latente, a veces coloreando de manera extraña un texto que en realidad habla de otra cosa, a veces haciéndome sentir tal impotencia que me impedía escribir –no pocos de mis silencios prolongados en el blog tienen que ver con dicha impotencia–, a veces invitándome a elegir algunos temas de reflexión, a veces haciéndome optar por el silencio.

No sé si le pasa a todo el mundo, pero a mí, cuando vuelvo a leer un escrito propio de hace tiempo, me invade la ambivalente sensación de reconocerme y, al mismo tiempo, desconocerme en él. Las palabras me resultan muy familiares y, a la vez, sorprendentemente ajenas, como si fueran y no fueran mías. Es lo que me ha sucedido al releer el primer post del blog. Hoy firmaría de nuevo todas y cada una de las palabras que entonces escribí: sigo admirando a Etty Hillesum, la impaciencia sigue haciéndome leer deprisa, sobre todo si algo me interesa, sigo creyendo y experimentando que ningún hallazgo en la búsqueda de sentido es definitivo, que las respuestas que nos damos, aunque parciales y temporales, nos permiten alimentar la esperanza, que es necesaria toda una vida para encontrar lo que buscamos. Pero en ese primer post hay algo de mí que ya no existe. Lo sé, porque al leerlo siento añoranza, aunque no sé bien de qué.

Todos los días pienso en que sería interesante escribir algo en el blog sobre esto o sobre aquello. A veces, guardo materiales en el ordenador para volver sobre ellos y encontrar un tema sobre el que merezca la pena compartir una reflexión. Otras, me surgen muchas cosas y me cuesta elegir. De cualquier forma, el blog está ahí, como una posibilidad siempre presente, como una invitación y, sin embargo, después de cinco años, aún me resulta raro pensarme como bloguera, y más raro todavía que alguien, al oír mi nombre, me pregunte si soy la María José Ferrer de “En carne viva”…

Al final, para mí, la cuestión es lograr escribir, luchar con las palabras para que digan lo que veo, lo que creo, lo que siento, lo que pienso, lo que vivo, lo que quiero, lo que espero, lo que no tiene forma hasta que yo se la doy mezclándolas. Y no siempre salgo victoriosa, porque a veces las palabras me eluden o se escapan o, simplemente, no existen. Pero hoy no me importa, porque estoy de aniversario y deseo seguir tirando de ese hilo negro que dibuja la página en blanco.

Gracias a todas/os por estar ahí.

 

[1] Por lo visto, se utilizan las expresiones “paciente cero” o “caso índice” para denominar a la primera persona en quien se detecta una enfermedad causada por un virus o bacteria. Ambas son traducciones de expresiones inglesas.

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Violencia cómplice

Es necesario profundizar en aquellos análisis que relacionan violencia con la posición de inferioridad que se reserva a las mujeres dentro de la estructura social, política o económica.

Soledad Murillo

Mañana es 25 de noviembre y, un año más, todo el mundo hablará de la violencia machista, es decir, de la violencia practicada contra las mujeres por ser mujeres. Si alguien todavía no entiende muy bien el concepto, puede cambiar el adjetivo “machista” por “racista”, por ejemplo, y pensar lo bárbara, absurda, cruel e injusta que le parece la violencia basada en el color de la piel. Pues bien, la violencia machista funciona como la racista: unos seres humanos, los varones, se consideran superiores a otros, las mujeres, y con potestad y argumentos para despreciarnos, marginarnos y maltratarnos, y todo ello, sin más fundamento que la diferencia sexual.

Parece imposible, incluso absurdo, pero sigue sucediendo. Incluso en los países en que está reconocida la igualdad de hombres y mujeres ante la ley y donde se llevan a cabo políticas destinadas a favorecer la igualdad de género y a prevenir la violencia machista, siguen produciéndose feminicidios, que es el más alto grado de este tipo de violencia, pero no el único. Y cuando la violencia machista es noticia, es decir, cuando una mujer es asesinada por ser mujer, todo el mundo pone cara de luto, se multiplican las declaraciones políticas en contra de semejante barbarie, se renueva la voluntad de combatirla por todos los medios posibles, se invita una y otra vez a las mujeres a llamar al 016 y a denunciar a sus agresores… Y nada más. La noticia se olvida pronto, las políticas de igualdad cuentan cada vez con menos fondos y las mujeres que denuncian, en muchos casos, no solo no encuentran justicia, sino que acaban siendo criminalizadas en los juzgados a los que acuden[1]. Da la impresión de que, en vez de avanzar, se retrocede.

El caso es que se habla con mucha facilidad de la violencia machista como lacra social, pero sin entender lo que significa o, al menos, sin actuar en consecuencia. Y no me refiero al significado del término lacra, que el DRAE define como “secuela o señal de una enfermedad o achaque” y como “vicio físico o moral que marca a quien lo tiene”. Cicatriz, enfermedad o vicio, lo que no parece entenderse es que se trata de un mal social, no individual, que nos marca, y no positivamente, como sociedad, que hace de nosotras/os una mala sociedad y una sociedad mala, y que, por ser social, ha de abordarse como lo que es: un mal estructural.

Un mal estructural es un mal que forma parte de la maquinaria que hace funcionar un sistema, en este caso la sociedad. En teoría, un mal estructural tendría que acabar destruyendo el sistema, pero en el caso de la violencia machista no es así. Esta violencia causa daños, sí, pero no estropea la máquina. ¿Por qué? Porque nuestra sociedad es patriarcal, basada en la jerarquización, a favor de los varones, de la diferencia de sexo-género y diseñada para perpetuarla. Una diferencia jerarquizada que se ha traducido y aún se traduce, unas veces grosera y otras sutilmente, en poder de los hombres sobre las mujeres. Y como todo el mundo sabe, la causa de la violencia, de cualquier clase de violencia, es el control del poder, es decir, obtener, mantener o acrecentar el poder sobre quien convenga en cada caso. Por eso, aunque parezca horrible y hasta paradójico, toda la violencia machista, desde la más leve hasta la más grave, engrasa la maquinaria social, porque contribuye a mantener el poder de los varones a través del miedo de las mujeres, un miedo orientado a que asumamos los roles establecidos para nosotras por una sociedad que, dicho sea de paso, necesita nuestra sumisión para seguir siendo.

Creo que para erradicar la violencia machista han de ponerse en práctica muchas y diversas estrategias, pero todas han de coincidir en reconocerla como un mal estructural que actúa como cómplice del machismo-patriarcado presente en mayor o menor medida en todos los ámbitos de nuestra vida. Sin ese reconocimiento, la violencia contra las mujeres se convierte en una violencia fragmentaria, una suma de violencias individuales con causas, víctimas y verdugos individuales, y la lucha para erradicarla, en golpes dados a ciegas contra un enemigo sin nombre. Pero lo tiene. Se llama patriarcado. “Es un monstruo grande y pisa fuerte”[2] la dignidad humana de las mujeres. Y está en todas partes. En todas partes, pues, se pueden minar sus cimientos y hacer visibles sus cómplices.

 

[1] El colectivo feminista Las Tejedoras elaboró el año pasado un vídeo, titulado “La última gota”, que llama la atención sobre la indefensión que viven en los juzgados las mujeres que denuncian la violencia machista: http://vimeo.com/110662425

[2] Como dice León Gieco a propósito de la guerra en su canción “Solo le pido a Dios”.

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La sal de la tierra

El análisis y la fotografía van en una misma dirección: te ayudan a ver aquello que tu ojo no ve. Yo no fotografío lo que vi, porque si ya lo vi, ¿para qué lo quiero en papel? Lo que quiero ver es lo que no ve mi ojo. Fotografío lo que percibo pero no llego a ver.

Adriana Lestido

 

Ayer fui al cine con dos amigas para ver el documental La sal de la tierra[1], cuyos protagonistas son el fotógrafo Sebastião Salgado y su obra. Cuando terminó, permanecimos incrustadas en los asientos, mirando más allá de los créditos finales que, de abajo arriba, se deslizaban por la pantalla. Tras la lista de nombres y funciones no se veía nada, salvo una sombra parcialmente iluminada, o una luz parcialmente ensombrecida, pero el documental había empezado diciendo que “el fotógrafo es, literalmente, alguien que dibuja con la luz, alguien que escribe y reescribe el mundo con luces y sombras” y en la pantalla aún había luz y había sombra, así que quizás la película guardaba una fotografía más, la última antes de que el proyector se apagara, y nosotras queríamos verla.

Salimos de la sala y recorrimos el largo pasillo que nos llevó fuera del cine en silencio. Nuestras caras reflejaban a la perfección el efecto que el documental nos había producido. Ya en la calle, una suspiró –¡buf!– y abrió la veda: increíble, maravillosa, qué dura, hay que verla, menos más que hemos venido, no sé qué decir… Y poco a poco empezamos a rememorar las palabras y las imágenes de la película que en ese momento nos venían a la mente y a la boca, pero sin amontonarlas, dejando el tiempo suficiente para reposar e interiorizar cada recuerdo.

Yo no sé si La sal de la tierra es un buen documental desde el punto de vista cinematográfico, porque no soy una experta en el séptimo arte, pero logra mantener la atención durante los poco más de cien minutos que dura. Las imágenes que se suceden en la pantalla –tanto las fotografías de Sebastião Salgado, como lo rodado por Wim Wenders– son como un imán que atrae irremediablemente la mirada, aunque a ratos duela lo que se ve. Sucede lo mismo con las palabras que glosan la narración visual: los oídos las esperan y las agradecen, no porque el silencio resulte incómodo o tedioso, sino porque contextualizan las imágenes, ayudando a darles sentido, y sacian un poco el hambre de saber más que estas dejan.

Creo que uno de los aciertos del documental es el complejo juego de miradas sobre el que se construye. Se puede decir que Sebastião Salgado está en el centro de todas ellas: la de las/os espectadoras/es, la del director del film, la de los guionistas, la de los personajes que hablan de él… Pero Salgado es, sobre todo, un hombre que mira el mundo y que es capaz de plasmar su mirada sobre la realidad en fotografías. Así, mientras nosotras/os lo miramos, él mira a través de su cámara y mira también sus fotos. Las mira penetrantemente. Tanto, que traspasa la imagen capturada y su mirada viaja a la realidad que quiso capturar, a los nombres, a los rostros, a los sonidos, a los olores, al frío o al calor, a la amistad, a la grandeza, al miedo, a la tristeza, al odio, a la miseria, a la belleza, al horror, a la vida y a la muerte… A veces, se acerca tanto que se refleja en el cristal que cubre las fotografías, y estas se funden con su cara y quienes contemplamos la pantalla vamos atravesando “niveles” –el documental, el fotógrafo, la fotografía, la luz y la sombra– hasta llegar a esa realidad concreta que por un lado parece opacada con tanto “filtro” y por otro se revela de una forma inigualable y se convierte en altavoz de una realidad más profunda que se asoma, a su vez, en muchas realidades, tan distintas y tan parecidas. Así, las fotos de Salgado –y las de otras/os[2]– son más que documentos, y quienes fotografían, más que testigos que, sin palabras, levantan acta de lo sucedido. Son un grito, una denuncia, una pregunta, un compromiso, una advertencia, una esperanza, el ávido deseo de que los seres humanos sean, de verdad, la sal de la tierra.

Agradezco como un acierto también que se haga visible el papel que Lélia Wanick, la esposa de Salgado, ha tenido en la construcción de la carrera profesional de su marido, pues ella, además de apoyar sin fisuras que se dedicara a la fotografía, ha sido la creadora de sus grandes proyectos, su representante, su editora… Y mucho más.

La verdad es que hay más aciertos, pero no voy a revelarlos, porque atañen a la narración, es decir, al relato, y no soy de las que cuentan el final de una historia. Lo que sí puedo decir es que se sale del cine respirando hondo, muy hondo, y que no solo merece la pena ir a ver el documental, sino que se agradece profundamente haberlo hecho.

 

[1] Se trata de un documental de 2014, coproducido por Francia, Brasil e Italia y dirigido por Wim Wenders, quien también es responsable del guión, junto con Juliano Ribeiro Salgado, hijo de Sebastião Salgado. La obra, cuyo título original es The salt of the Earth, ha recibido el Premio Especial del Jurado, en el Festival de Cannes, y el Premio del Público, en el Festival de San Sebastián, ambos en 2014.

[2] Pienso en Dorothea Lange, James Natchwey o Adriana Lestino, por citar algunos nombres.

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¿A quién le duelen?

Como tantas otras personas, quiero descubrir medios más eficaces y diferentes para erradicar la miseria, la violencia y la destrucción que están dando cuenta de nosotros. Ellas son el poder que nos oprime.

Ivone Gebara

La periodista y abogada Caddy Adzuba (Bukavu, República Democrática del Congo, 1981) recibió el pasado viernes, 24 de octubre, el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2014. Licenciada en Derecho en la Université Officielle de Bukavu, Adzuba es una activista por los derechos humanos, sobre todo en zonas de guerra declarada o latente, y lleva mucho tiempo denunciando las torturas y violaciones que sufren las mujeres y las niñas de su país, en guerra desde 1996, y promoviendo su reinserción en una sociedad en la que son repudiadas, precisamente, por haber sido violadas. El jurado que le concedió el premio a primeros de septiembre vio en ella un “símbolo de la lucha pacífica contra la violencia que afecta a las mujeres, la pobreza y la discriminación, a través de una labor arriesgada y generosa”[1]. Generosidad y riesgo, sí, porque su activismo no le ha salido gratis. Se levanta cada mañana temiendo por su vida, ya que está amenazada de muerte y han intentado asesinarla, al menos, dos veces.

En la ceremonia de entrega de los galardones, Caddy Adzuba hizo lo que mejor sabe hacer: transformar toda ocasión –en este caso su premio y los minutos de micrófono que le concedieron[2]– en un “altavoz para la defensa de la causa de las mujeres violadas en el mundo en general, y en particular” en su país. Desde el comienzo de su discurso, desvió la atención de sí misma y la dirigió a “las miles de mujeres congoleñas, víctimas de la guerra y de la violencia sexual y despojadas de todo honor desde que sus cuerpos fueron transformados en campos de batalla”, mujeres a las que sus palabras quisieron dar voz.

Adzuba denunció el olvido al que se ha relegado, intencionadamente, un conflicto en el que han muerto más de seis millones de personas y han sido violadas más de quinientas mil mujeres, y cuyos actores directos e indirectos se conocen, un conflicto sobre el que reina la amnesia y la impunidad porque están en juego los intereses de grandes empresas multinacionales, a las que la guerra les resulta muy conveniente para hacerse con las riquezas del subsuelo congoleño, utilizadas por las distintas facciones como fuente de financiación. Denunció también la premeditación que en este mercado alimentado con sangre tienen los actos de violencia sexual contra las mujeres y las niñas, pues no son acciones aisladas, achacables a soldados desaprensivos, sino que, parte de la estrategia de guerra, son una “masacre organizada y planificada” para ahogar la economía, destruir el tejido social e impedir a las/os congoleñas/os un futuro de progreso. Y al reclamar la atención internacional sobre el problema, al preguntarse hasta cuándo han de seguir sufriendo las mujeres y las niñas congoleñas la violencia sexual, denunció la indiferencia y el silencio existentes.

Yo me pregunto a quién y cuánto le duelen estas mujeres… El horror que dibuja Adzuba con sus palabras provoca escalofríos y encoje el estómago. Pero esa reacción del cuerpo ante los sufrimientos ajenos no sirve para nada si no nos hace clamar por la justicia y nos empuja a actuar con firmeza y constancia para erradicar las causas de tales sufrimientos e injusticias, si no nos obliga a desterrar la sensación de impotencia –¿qué podríamos hacer nosotras/os ante algo así?– que acaba justificando la apatía y la mudez cómplices.

 “Las mujeres congoleñas, heridas en cuerpo y alma, reclaman justicia y reparación; que se persiga tanto a los autores indirectos y ocultos en la sombra, como a los autores materiales. Es justo y necesario que todos aquellos que financian y alimentan este horror por razones económicas respondan de sus actos”, dijo Caddy Adzuba, y pidió para ello la creación de un Tribunal Penal Internacional (TPI) para la República Democrática del Congo, con el fin de que “los crímenes cometidos contra las mujeres congoleñas en estos últimos 18 años no queden impunes”.

He leído estos días que el Gobierno de España llevará a la ONU dicha petición[3]. Quiero pensar que eso significa que nos duelen las mujeres violadas, que nos comprometemos con su causa y que asumiremos las consecuencias de dicho compromiso. Un compromiso que, por mucha generosidad que nos exija, en ningún caso hará que nos levantemos cada mañana temiendo por nuestras vidas.

 

[1] http://www.fpa.es/es/premios-principe-de-asturias/premiados/2014-caddy-adzuba.html?texto=acta&especifica=0

[2] http://www.fpa.es/es/premios-principe-de-asturias/premiados/2014-caddy-adzuba.html?texto=discurso&especifica=0

[3] http://www.20minutos.es/noticia/2281000/0/gobierno-llevara-onu-peticion-caddy-adzuba-crear-tribunal-penal-internacional-para-congo/

 

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Las piedras desechadas

¿Qué habrán hecho algunos sures para merecer ciertos nortes?

Mafalda

 

El pasado lunes, 20 de octubre, Paciencia Melgar dio una rueda de prensa con una repercusión mediática impresionante[1]. La causa de tan gran interés es que su plasma sanguíneo fue utilizado para tratar a Teresa Romero, quien contrajo el ébola cuando atendía al misionero Manuel García Viejo, repatriado desde Sierra Leona, donde se infectó con el virus, y fallecido el 25 de septiembre. Melgar fue, sin duda, la estrella del día, aunque la cosa empezó en Galilea, quiero decir en Monrovia (Liberia), concretamente en el Hospital de San José, en el que esta mujer de 47 años, nacida en la isla de Annobón (Guinea Ecuatorial) y religiosa de la congregación de las Misioneras de la Inmaculada Concepción ha trabajado como enfermera once años.

Allí, atendiendo a enfermos de ébola, se contagió Paciencia prácticamente al mismo tiempo que el misionero Miguel Pajares, fallecido en Madrid el 12 de agosto, a los pocos días de haber sido repatriado. Y allí se quedó junto a otras/os compañeras/os también infectadas/os con el virus, como la congoleña Chantal Pascaline, de su misma congregación, ya que nuestro Gobierno no consideró que fueran responsabilidad suya, puesto que no tenían nacionalidad española.

El 9 de agosto, Chantal Pascaline murió y una ambulancia se llevó a Paciencia desde el Hospital de San José al de Elwa, a las afueras de Monrovia, un lugar de aislamiento para las/os desahuciadas/os del ébola en el que hay muy pocos medios materiales y humanos, pero muchas/os enfermas/os, un centro cuyos barracones no tienen ventanas, pero sí goteras, y donde el hacinamiento de pacientes y la escasez de personal hacen imposible, entre otras cosas, la necesaria higiene. Allí se enteró Paciendia de la muerte de Miguel Pajares, lo que paradójicamente le dio valor para no hundirse en la enfermedad. Allí, durante 16 días, luchó por sobrevivir, tomando multivitaminas y paracetamol, comiendo arroz con pollo, bebiendo medio litro de agua al día –no les dan más–, oliendo vómitos y heces, oyendo –y quizá profiriendo ella misma– gritos de dolor y de sed, y viendo cómo morían casi todas/os las/os enfermas/os con quienes compartía espacio y sufrimiento. Y lo logró. Fue una experiencia horrible cuyo recuerdo le quita a veces el sueño, pero a pesar de las pésimas condiciones sobrevivió al ébola y el 25 de agosto abandonó el hospital de Elwa con una sonrisa en la cara y un documento en la mano que certificaba que estaba curada.

Paciencia volvió a casa, donde permaneció 21 días en cuarentena para confirmar que no suponía un peligro para nadie. Sabedora de que los anticuerpos generados por ella le hacen inmune al ébola, solo pensaba en recuperarse para reiniciar su actividad sanitaria, esta vez en el suburbio West Point de Monrovia, donde se hacinan muchos enfermos. Pero a mediados de septiembre, cuando Manuel García Viejo fue repatriado, se buscaban donantes de sangre que hubieran vencido al ébola para utilizar su plasma, y ella se ofreció voluntaria. El Gobierno español, en esta ocasión, sí tuvo interés en traerla a nuestro país –sus anticuerpos la hacen muy valiosa– y agilizó los trámites para que viajara cuanto antes.

Lo primero que hizo Paciencia tras su recuperación fue volar a España con otra misionera de la Inmaculada Concepción que también ha sobrevivido a la enfermedad. No llegaron a tiempo, pues aterrizaron en Madrid el mismo día que murió García Viejo, pero el plasma de Paciencia se utilizó para tratar a Teresa Romero, quien finalmente ha vencido al ébola, y las dos religiosas están participando en un estudio médico para combatir la terrible enfermedad.

Los medios de comunicación aguardaban con mucha expectación la rueda de prensa concedida por Paciencia, y cada uno ha divulgado lo que consideraba más interesante. Unos han destacado, sobre todo, sus palabras de agradecimiento: al pueblo liberiano por haberla apoyado a pesar de sus escasos medios, al personal del Hospital Carlos III por el buen trato que le han dispensado, a Teresa Romero por su generosidad al atender voluntariamente a García Viejo, e incluso al Gobierno de España –al que no guarda rencor por no haberla traído cuando estaba enferma– por agilizar su viaje. Otros han acentuado el relato de su enfermedad. Algunos han resaltado los mensajes de contenido más espiritual, como su alegría de estar en nuestro país haciendo el bien, o que en ningún momento le faltaron la paz, la serenidad y la confianza. Otros han dado relevancia a la petición de ayuda internacional emitida por Paciencia para detener la epidemia allí donde se ha originado y causa más estragos. Yo me pregunto qué es lo que le interesaba a ella, y creo que sus ojos miraban a África y sus palabras buscaban, sobre todo, dar voz a las víctimas africanas del ébola, a las víctimas olvidadas y abandonadas a su suerte… por nosotras/os.

A mí, Paciencia Melgar y su compañera de congregación, venidas de los márgenes de la historia y la geografía, me parecen la realización de una profecía: la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular (Salmo 117,22). Encarnan y representan la paradoja evangélica de la fuerza de lo débil, denuncian con su sola presencia la vergonzosa deshumanización de este llamado Primer Mundo –que se echa a temblar cuando los males se le acercan, mientras permanece impasible cuando azotan las vidas de quienes están lejos–, proclaman con su vida que es posible amar y construir humanidad[2] y, al hacerlo, anticipan el futuro.

[1] http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/hermana-paciencia-forma-parte-del-grupo-inmunizados-puede-ayudar-tratamiento-otros-enfermos/2818666/

http://www.rtve.es/alacarta/videos/noticias-24-horas/hermana-paciencia-cuyo-plasma-ayudado-auxiliar-ebola-dice-donaria-mas-veces/2818419/

[2] http://www.vidanueva.es/2014/10/21/hermana-paciencia-si-mi-sangre-es-util-tratare-de-ayudar-a-quien-lo-necesite/

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Teresa y el feminismo

 

No son tiempos de desechar ánimos fuertes, aunque sean de mujeres.

Teresa de Jesús

Mañana, fiesta litúrgica de Teresa de Jesús, da comienzo el Año Jubilar Teresiano, que finalizará 15 de octubre de 2015. El motivo, la celebración del quinto centenario del nacimiento de santa Teresa el próximo 28 de marzo. Está claro que se va hablar mucho de ella y en muy diversos ámbitos, porque Teresa de Ávila fue y es una figura poliédrica que admite distintas miradas y produce diferentes reflejos según la luz que se proyecte sobre ella y el ángulo que se adopte. Mientras vivió, Teresa fue, entre otras cosas, una mujer, cristiana, de ascendencia judía, culta, monja, mística, reformadora de la vida religiosa y escritora. Por alguna de estas características, o quizá por todas, también estuvo en el punto de mira de la Inquisición mucho tiempo. Después de su muerte, sin embargo, esta sospechosa de herejía no solamente fue canonizada, sino que se le declaró doctora de la iglesia católica –estas cosas siempre me hacen pensar en la delgada línea que parece separar la herejía de la santidad, y la santidad de la herejía–, la misma Iglesia que a punto estuvo de silenciar a Teresa para siempre, destruyendo sus obras, desterrándola de su seno y quién sabe si, incluso, “purificándola” en la hoguera.

Ayer se publicaron dos artículos sobre santa Teresa en sendos diarios on line que me llamaron la atención. Uno de ellos, titulado “La esposa de la canción” y escrito por Gustavo Martín Garzo[1], incide en la profunda dimensión humana del conocimiento que Teresa de Jesús tenía de Dios, en el modo en que los arrobamientos de la mística de Ávila, lejos de proporcionarle una vía para la fuga mundi, le remitían una y otra vez a la realidad, concretamente a la comunidad de mujeres con las que compartía la vida y a las que necesitaba comunicar sus experiencias espirituales. El autor del artículo habla de la ironía de Teresa, de su deleitoso lenguaje, de la poesía de su prosa, del desprecio que tuvo que sufrir por ser de origen judío y mujer, de la importancia de los diminutivos en El libro de la vida como forma de mantenerse “en el reino de lo pequeño esencial”, lo pequeño como símbolo del reino del amor. Según Gustavo Martín Garzo, Teresa puede ser leída con gozo cinco siglos después porque “transforma la religión el poesía”, esa poesía que “nos enseña a amar las preguntas, aun sabiendo que no pueden ser contestadas”.

El otro artículo, titulado “La cara feminista de santa Teresa”, escrito por Anna Flotats[2] y menos poético que el anterior, arranca afirmando que “Santa Teresa de Jesús fue probablemente la primera mujer feminista de la Iglesia Católica”, lo que sin duda exige alguna matización, pues en el siglo XVI no se puede hablar estrictamente de feminismo, ya que este es hijo de la Ilustración. No obstante, en sentido amplio, se califica como feministas a las mujeres que, en cualquier época de la historia, han sido conscientes de la discriminación que sufrían las mujeres por serlo y han luchado por el reconocimiento de su dignidad y por diversas formas de igualdad, sobre todo en lo que a educación se refiere. En este sentido, Teresa de Jesús fue una feminista, es decir, una mujer libre e independiente que abogó por dar voz y palabra a las mujeres, que criticó duramente el control que los varones, especialmente los clérigos, ejercían sobre las monjas, que denunció la ignorancia a la que las condenaba la Inquisición al prohibir la lectura de algunos libros, que quería que sus monjas intervinieran activamente en la elaboración de sus leyes, que se atrevió a desobedecer a los guardianes de la fe, conservando una copia del manuscrito de El libro de la vida, cuando el Santo Oficio ordenó que se requisara la obra… Creo que el artículo muestra una faceta de la santa de Ávila que –lo confieso– me ha hecho mucha ilusión encontrar reflejada en un medio de comunicación, porque creo que no solo ilumina la figura de Teresa, sino que contribuye al bienestar de las mujeres, que es en definitiva el objetivo de todo feminismo, y puede favorecer asimismo la conversión de la comunidad eclesial.

¿Retratan ambos artículos a la misma persona? Indudablemente, sí. La mística Teresa, la poetisa, la traspasada de amor divino es la Teresa feminista. Es más, creo que su feminismo se alimentaba de su fe, de la humanidad de sus experiencias espirituales, de la corporalidad de su conocimiento de Dios, de la conciencia de su dignidad –“la humildad es la verdad”, solía decir– y de saberse amada tal cual era.

Ojalá asumir la perspectiva del feminismo para mirar a Teresa de Jesús ayude también a impedir que su vida y sus palabras se domestiquen. Porque vivimos tiempos recios en los que no podemos permitirnos desperdiciar ningún ánimo fuerte. Mucho menos si es de mujer.

[1] http://elpais.com/elpais/2014/10/06/opinion/1412622335_645159.html

[2] http://www.publico.es/actualidad/549032/la-cara-feminista-de-santa-teresa

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Un Dios revenido

 

Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo lo que una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido.

De Alicia a través del espejo[1]

Hace mucho tiempo que vivo en Asturias, una tierra bellísima con un paisaje que enamora tanto a quienes lo ven por primera vez, como a quienes podemos contemplarlo a diario. Después de tantos años aquí, aún me maravilla la bravura del Cantábrico, el azul grisáceo de sus aguas, los acantilados, el tamaño y el perfil de las montañas, los recónditos valles y, sobre todo, la increíble cantidad y variedad de verdes que colorean los prados y las laderas de los montes… Verdes embriagadores solamente posibles con muchos días al año de cielos encapotados y de lluvia mansa y copiosa, es decir, con un ambiente húmedo, muy húmedo. Tanto que, en los lugares sombríos y cerrados, por ejemplo, el pan que no se consume en el día corre más riesgo de enmohecerse que de secarse. Resulta fácil imaginar, por tanto, a qué saben las formas custodiadas en los sagrarios de las iglesias asturianas cuando pasa un poco de tiempo. Aunque a mí no me hace falta imaginarlo, porque lo sé por experiencia.

De esto hablaba un día con un par de amigas y, para tomarles el pelo, porque son dos asturianas que presumen a tiempo completo de las excelencias de su tierra, se me ocurrió decirles que más allá de los Picos de Europa, donde el clima es mucho más seco, Dios está más crujiente que aquí. Entonces una se quedó muy seria y susurró medio para sí, medio para las demás: “La verdad es que a veces parece un Dios revenido”. ¡Qué imagen!, pensé casi en voz alta: un Dios revenido, sin frescura, mohoso, caducado… como el que tantas veces nos transmiten las palabras también sin frescura, mohosas y caducadas que se utilizan en algunos ámbitos eclesiales y teológicos, palabras que, si alguna vez fueron crujientes y capaces de comunicar una imagen de Dios contemporánea, hace mucho que dejaron de serlo… Pero no le di más vueltas, hasta ayer.

Hojeando un libro de artículos de Ivone Gebara[2], leí: “Hay teologías monótonas, repetitivas, distantes, con gusto a cosa siempre recalentada. Hay predicaciones que se inspiran en estas teologías que tienen la misma estructura y el mismo sabor insípido”. Inmediatamente, me vino la imagen del Dios revenido y su sabor a moho. “Muchas veces me pregunto cómo nuestro pueblo aguanta las predicaciones religiosas repetitivas, moralizantes y alienantes. Predicaciones que ya sabemos cómo van a terminar desde las primeras palabras del predicador”, seguía el texto, y pensé en las muchas homilías insoportables que he soportado a lo largo de mi vida.

Gebara piensa que la mayor parte de la gente no acude a la iglesia para oír a los predicadores, sino que está habitada “por otras teologías sin espacio ni expresión en los cines oficiales de las iglesias”, teologías con las que intentan dar respuesta a sus necesidades de manera diferente. Y creo que tiene razón. Conocí a una monja sabia, muy sabia, que apagaba el audífono cuando el sermón no le interesaba y lo encendía cuando veía que las/os demás se levantaban para rezar el Credo. Desconectaba como lo hace la muchísima gente que se distrae o se ausenta mentalmente durante tantos sermones de las misas. A Dios gracias, porque la comida caducada suele sentar muy mal.

Por tanto, hay quienes toleran las palabras recalentadas, porque en realidad no las oyen. Pero están también quienes las escuchan y se mal alimentan o se intoxican con ellas. ¿Por qué? No lo sé. Seguramente hay otros motivos, pero pienso también en lo cómodo que nos resulta a todas/os ceder a la costumbre, aferrarse a posiciones que parecen seguras y no arriesgarse a dar un paso, delegar la humanísima capacidad de pensar para librarse de la responsabilidad de decidir, asirse a lo conocido, aunque ya no vivifique, y cerrarse, por miedo, a lo sin conocer, defender la tradición literalmente y no ensayar las necesarias adaptaciones, abrazarse a una espiritualidad desencarnada y desubicada, alejada de las historias humanas concretas y cotidianas, tragar lo caducado, en vez de denunciar su caducidad y a quienes lo ofrecen como alimento…

Al final, la cuestión es decidir a qué fuentes acudimos para saciarnos y si nos conformamos con un Dios revenido y mohoso, o buscamos al Dios vivo. Yo lo tengo claro.

[1] De Lewis Carrol.

[2] Gebara, Ivone. La sed de sentido: búsquedas ecofeministas en prosa poética. Montevideo: Doble clic Editoras, 2002.

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Ivone Gebara y la coherencia

Nosotras las mujeres hemos demostrado que somos capaces de pensar fuera de lo establecido.

Gioconda Belli

 

El pasado miércoles, días 10, la teóloga y filósofa Ivone Gebara recibió el título de Doctora Honoris Causa que le concedió la Escuela Superior de Teología (EST) de São Leopoldo (Estado de Río Grande do Sul, Brasil), por iniciativa del Núcleo de Pesquisa de Género de dicha institución académica luterana. La entrega se produjo durante el II Congreso Internacional Religión, Medios de Comunicación y Cultura, celebrado del 8 al 12 de septiembre en São Leopoldo, y fue retransmitida en directo por la web de la Facultad[1]. Con esta condecoración, la EST reconoce el trabajo constante y profundo que Ivone Gebara ha desarrollado desde el nacimiento de la Teología de la Liberación y de la Teología Feminista, no solo en Brasil, sino en toda Latinoamérica, donde ha contribuido de forma innegable a la formación teológica visibilizando la participación de las mujeres en la construcción de la iglesia y de la sociedad.

Ivone Gebara no puedo acudir al acto por motivos de salud, pero envió un texto de agradecimiento que me merece la pena leer con detenimiento[2]. Hay en sus palabras muchas cosas que dan que pensar y que invitan a desarrollar una reflexión más amplia, como la constatación de que “es la comunidad teológica luterana la que primero da a las teólogas feministas, especialmente de Brasil, el reconocimiento público de su trabajo a lo largo de casi cuarenta años”; o el riesgo de que las iglesias, que se consideran “profesionales” de la práctica del bien y la justicia, valoren más sus discursos que los sufrimientos reales de las mujeres; o la idea de que los derechos de las mujeres “incluso podrían ser incluidos como la nonagésima sexta tesis de la tradición de Lutero, dado que en gran parte su rebelión es también la nuestra, una rebelión contra la disminución de la humanidad encerrada en modelos jerárquicos y en poderes excluyentes”; o que al afirmar la dignidad de las mujeres, “así como la dignidad de cualquier grupo que se siente carente de ese valor, somos invitadas/os a salir de los modelos preestablecidos, de los modelos idealizados y de los estereotipos de normalidad que establecemos”; o que, por expreso deseo de la homenajeada, el título tuviera carácter colectivo, al incluir a todas y todos los que “no cierran sus corazones” cuando los clamores de las mujeres y los hombres se hacen oír.

Pero lo más llamativo, en mi opinión, fue que Ivone Gebara confesara públicamente que dudó en aceptar el título honorífico que se le concedía. ¿Por qué? Por coherencia. Ella es consciente de la instrumentalización que sufren las luchas feministas, “como si fuesen ya algo conquistado o un derecho ya adquirido, particularmente en las iglesias”, las cuales en los últimos años parecen más sensibilizadas respecto a algunas cuestiones relacionadas con las mujeres, aunque en muchas ocasiones tan solo hay bellas palabras alejadas de las mujeres de carne y hueso y de sus vidas cotidianas. Por otro lado, observa “muchos esfuerzos femeninos utilizados como conquistas masculinas, como si fuesen ellos los héroes de nuestra liberación” y llama la atención “sobre el peligro de instrumentalización indirecta a través de prácticas de corte patriarcal presentadas como complicidad libertaria”. Gebara no quería que la concesión del título sirviera a dicha instrumentalización y diera “más brillo al prestigio del ego masculino”, y dudó. Dudó hasta que pudo interpretar el evento como “señal de compromiso real de la Iglesia Luterana con la lucha por la dignidad femenina”. La verdad es que no sé en qué sentido utiliza Ivone Gebara la palabra portuguesa sinal, pues tiene, como su equivalente castellana señal, muchas acepciones, pero una de ellas hace referencia a la parte del precio que se adelanta en algunos contratos como garantía de su cumplimiento.

Es curioso interpretar la concesión de un título honorífico como adelanto de un compromiso que se adquiere precisamente al otorgarlo, un compromiso, además, no principalmente con la homenajeada, sino con sus luchas, mejor dicho, con aquellas cuyas luchas ha compartido. Es curioso y profundamente comprometedor, para la institución concesionaria y para Ivone Gebara, porque exige la coherencia de ambas.

En el acto de entrega, Nancy Cardoso presentó el libro Querida Ivone: amorosas cartas de teologia e feminismo, con el que las/os teólogas/os han honrado a su colega. Yo no soy colega, ni estas palabras son una carta, pero sí están llenas de afecto y admiración hacia una de las pocas personas a las que me atrevo a llamar maestra.

Enhorabuena, Ivone. Y gracias.

 

[1] https://www.youtube.com/watch?v=eJ1Axjak-ps

[2] Si alguien tiene interés, se puede leer, traducido al español en:

http://www.desveladas.org/b/desv/2014/09/13/palabras-de-agradecimiento-de-ivone-gebara-por-la-concesion-del-doctorado-honoris-causa-por-parte-de-la-escuela-superior-de-teologia-de-sao-leopoldo-brasil/

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Micro… puntitos

Lo nimio un agente subversivo, bien usado está minusvalorado.

Tereixa Constenla

 

Si, como dijo José María Arguedas, la palabra “tiene que desmenuzar el mundo” y dado que el paso del tiempo y las circunstancias transforman inevitablemente la experiencia de la realidad, resulta inevitable que la lengua se renueve, entre otras cosas, con la creación de nuevos términos y/o la reconceptualización de los ya existentes. Uno de los mecanismos más productivos para la fabricación de vocablos, tanto en los ámbitos especializados como cotidianos, es la composición. Y a lo mejor es una apreciación subjetiva, pero últimamente noto que pululan muchas palabras nuevas formadas por los prefijos micro- y mini-, que añaden pequeñez al término al que se unen. Lo que no sé es si estos neologismos han nacido para desmenuzar el mundo y contribuir, por tanto, a un mayor conocimiento del mismo o si, por el contrario, tienen como objetivo opacarlo, aunque supongo que habrá de todo.

El término minijobs, por ejemplo, mucho más usado que su traducción minitrabajos, me suena a eufemismo. Los trabajos precarios, esporádicos y por horas no son un invento actual. Hace mucho que existen, aunque eran una práctica laboral “marginal” y, en el mejor de los casos, complementaria de un trabajo fijo y estable. En los últimos años, sin embargo, la creciente precarización del empleo ha “normalizado” y convertido en tendencia lo que hasta hace poco era minoritario. Así, los trabajos transitorios, inestables e inseguros, generadores además de minisueldos, han crecido exponencialmente y sospecho que nombrarlos de otra manera, con palabras sin acepciones negativas, como minijobs o minitrabajos, contribuye a hacer más tolerable la situación.

Otra intención se vislumbra en el nacimiento de palabras como microrrelatos, micropoemas y microteatros, que se refieren a creaciones literarias breves, a veces muy breves, que por otra parte tampoco son invención del siglo XXI, aunque en los últimos años han adquirido mucha relevancia, pese a su pequeñez. Por ejemplo, son habituales los concursos de microrrelatos, se ha puesto de moda escribir jaikus[1], y los microteatros –representaciones de obras teatrales de unos pocos minutos en espacios reducidos– son un nuevo formato de exhibición que está causando furor. La brevedad de estos productos literarios supone un auténtico reto a la capacidad de condensación de quienes los crean, y los resultados, que desmenuzan la realidad destilándola, difícilmente dejan indiferentes. Sus nombres aluden a lo pequeño dándole mérito y valor.

Neologismos como microagresiones[2] o michomachismos[3] funcionan, sin embargo, como una lente de aumento y visibilizan, trayendo a la realidad, lo que sin palabras que lo conceptualicen se daría por inexistente, pues sabido es que lo que no se nombra no existe. Muestran que los grandes males no nacen grandes, ni de la nada, sino que se sustentan en males pequeños, que no por su tamaño son menos males. Descomponen la realidad, por tanto, para evidenciarla.

En esta misma línea de podría interpretarse el término micromomentos, que tiene que ver con la posibilidad ilimitada de acceso a Internet y con sus efectos, como el denominado tiempo encontrado, consistente en aprovechar los tiempos supuestamente perdidos –léase esperar al bus o que te atiendan en una ventanilla– para conectarse a redes sociales, enviar mensajes, hacer búsquedas en la red, firmar una campaña humanitaria, hacer clic en un “Me gusta”… La suma de estas microactividades tiene, según parece, resultados macro en ámbitos comerciales, culturales, solidarios, empresariales y de información. Confieso que apurar tanto el instante me causa cierto estrés, pero reconozco que tener conciencia de que el tiempo, por escaso que sea, ofrece muchas posibilidades es potencialmente valioso.

Creo que todas estas palabras, y lo que expresan, revelan entre otras cosas la importancia de prestar atención a lo pequeño, la emergencia de lo de escaso tamaño, la atomización de la mirada sobre la realidad… Yo las veo como las miguitas que los protagonistas de algunos cuentos dejan para indicar el camino, o como los puntos de esos pasatiempos que esconden un dibujo, solamente bien visible cuando se traza una línea sobre ellos. Y en ello estoy, con el lápiz en la mano.

 

[1] El haiku o jaiku es un tipo de poesía de origen japonés consistente en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas, respectivamente.

[2] Frases, actos o comportamientos en la vida cotidiana que muestran una actitud hostil o discriminatoria hacia un grupo humano, generalmente minoritario, de forma casi imperceptible, por lo que a menudo pasan inadvertidas.

[3] Son un tipo concreto de microagresiones. Se trata de comportamientos cotidianos, y difíciles de detectar, de violencia y dominación machistas que también reciben el nombre de “pequeñas tiranías”, “terrorismo íntimo” o “violencia blanda”, aunque constituyen el caldo de cultivo de los niveles más altos de violencia contra las mujeres.

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