Disrupción

La esperanza se realiza cuando se hacen ciertas las verdades que un día fueron increíbles.

María Zambrano

 

Hoy he leído en Internet[1] que entre el 12 y el 14 de marzo pasado tuvo lugar en Sevilla la Singularity University Summit Spain. La Universidad de la Singularidad, creada en 2009, se ubica en Silicon Valley (California) y está patrocinada por la NASA y por Google. Su finalidad es reunir, educar e inspirar a las/os líderes para que comprendan y faciliten el desarrollo exponencial de las tecnologías, y promover, aplicar, orientar y guiar estas herramientas a la resolución de los grandes desafíos de la humanidad. Desafíos que en Sevilla se agruparon en nueve grandes temas: educación, energía, medio ambiente, comida, salud, pobreza, seguridad, agua y espacio. Según Juan Martínez-Barea, embajador en España de la SU, la institución es una especie de “híbrido entre la NASA y Teresa de Calculta… Tecnología a lo bestia, inmensa ambición, el famoso think big[2] estadounidense e idealismo y altruismo a raudales”.

Respondiendo al enfoque multidisciplinar que caracteriza a la Singularity University, las intervenciones de la cumbre versaron sobre los nueve temas citados desde muy diversas perspectivas, aunque parece que pudieron identificarse algunas ideas transversales, entre ellas, tres de singular interés: una, que la humanidad debe preparase inmediatamente para asumir la irreversibilidad y la rapidez de los cambios tecnológicos que están afectando nuestras vidas; dos, que cada vez es mayor la interconexión entre los seres humanos; tres, que los costes de la tecnología irán disminuyendo y, por tanto, se facilita a la gente el acceso a la misma. Todo lo cual propicia la creación de ideas y proyectos a un ritmo exponencial. Así, se habló del medio ambiente, de disminuir la pobreza, de la necesidad de seguridad, de democratizar el espacio, de educación universal, de energía asequible, de alimentación creativa, de agua limpia y barata, y se plantearon iniciativas concretas. Iniciativas innovadoras, sorprendentes, disruptivas.

Disruptivo, va es un adjetivo que, por lo visto, está muy de moda en el ambiente emprendedor. Es una palabra que viene del inglés disruptive y en español significa “que produce ruptura brusca”. En el DRAE no existe el sustantivo correspondiente a la forma inglesa disruption, que significa “trastorno, desbaratamiento, interrupción”, pero creo que no será demasiado delito contra la lengua castellanizar el término y hablar de disrupción para referirse a la creación que surge no de la causalidad, sino de la ruptura, del cambio de perspectiva, de mirar en otra dirección, de darle la vuelta a lo que siempre ha sido, de creer que algo es posible, aunque no lo parezca, de pensar cosas que suenan locas… Disrupción. Me gusta.

Alguien preguntó en la Singularity University Summit Spain cómo acercar toda la innovación generada actualmente a la gente “normal”, a quienes gestionan y gobiernan, a quienes tienen los poderes fácticos. Las respuestas dejaron claro que, el mayor reto de la humanidad es conseguir “una sociedad en que la ética y la empatía permitan el avance del bienestar común”, algo que tiene que ver con la condición humana, un campo que no se trabaja en Silicon Valley…

No importa. La condición humana atañe a todas/os y la innovación, por otro lado, no es solo tecnología. La mayor parte de la gente no tiene conocimientos especializados de ingeniería, de informática, de disciplinas científicas, de telecomunicaciones… ni posibilidad de acceder a ellos. Pero todas/os podemos pensar de una forma nueva en lo que nos concierne más inmediatamente. De hecho, estoy convencida de que lo hacemos, pero nos autocensuramos, no dejamos que las ideas que nos rondan tomen forma precisamente por eso, porque nos parecen locas, imposibles, utópicas… A veces, nos asusta tener ideas disruptivas, rompedoras, que desestabilicen, que abran un hueco en el continuum de la tradición, de cualquier tradición, y exijan no un paso, sino un salto. Pero ¿por qué no pensar lo imposible, eso que cada cual sueña y desea, pero cree imposible? ¿Cómo, si no, encontraremos la forma disruptiva de hacerlo realidad?

 

 

[1] http://elpais.com/elpais/2015/04/10/buenavida/1428650618_567969.html

[2] Se puede traducir como “piensa a lo grande”.

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Empezando por la Pascua

Como si yo pidiera una limosna corriente

y en mi suplicante mano

un Extraño pusiera un Reino.

Emily Dickinson

 

Mañana viajo a Zaragoza para pasar con mi madre las vacaciones de Semana Santa. He oído en el telediario que se esperan unos tres millones y medio de desplazamientos por carretera durante estos días. Nunca sé si la cifra contabiliza vehículos o personas, pero de cualquier forma es mucha gente moviéndose de un lado a otro: para ver a la familia, para ventilar la casa del pueblo, para descansar, para anticipar un poco el verano, para conocer mundo, para hacer turismo cultural, religioso… Hay también quienes se desplazan para pasar unos días de retiro, en monasterios y centros de espiritualidad, profundizando especialmente en lo que estos días significan desde la perspectiva cristiana.

Es curioso, pero la Pascua suele verse como la culminación de un proceso. En el caso de Jesús de Nazaret, la resurrección es el último y definitivo episodio de su vida/muerte. Si nos situamos en ese camino de conversión que se supone que es la Cuaresma, la Pascua representa la luz al final de túnel. Si nos centramos en esos tres días calificados como santos –jueves, viernes y sábado–, la mañana del domingo es el último peldaño, la cumbre de la ascensión, el regalo tan esperado como gratuito que niega la última palabra al dolor y a la muerte. Sin embargo, la Pascua no es el final, sino el comienzo. Y no solo porque la experiencia de la resurrección, fuera cual fuera su naturaleza y contenido, marcó el principio de la fe cristiana, sino también y sobre todo porque a la luz de esta experiencia, que antes que nadie tuvieron las mujeres, se interpretaron y reinterpretaron la vida, la muerte, las palabras, los gestos y las acciones de Jesús. Sin esa experiencia de que el mismo que había muerto en la cruz estaba vivo, cuyas pioneras –repito– fueron las mujeres, todo lo relativo a aquel galileo que pasó haciendo el bien habría tenido otra lectura y, desde luego, otra memoria.

¿Qué significa eso hoy, aquí y ahora? No lo sé, pero al ver en el calendario estos días de Semana Santa, de pronto, me he dado cuenta de que el sentido de las cosas suele encontrarse volviendo la vista atrás, releyendo lo ya vivido a la luz de lo experimentado después. Quizá por eso, muchas veces, cuando un proyecto –laboral, afectivo, vital– no sale bien, no solo afecta al presente y al futuro, sino también al pasado, tiñendo de fracaso incluso los momentos que no pronosticaban nada malo o doloroso. Quizá por eso, cuando experimentamos que la vida se abre camino, lo vivido se resignifica, los malos ratos cobran sentido y los buenos se ven como proféticos aperitivos de lo que entonces nos esperaba, tal vez sin saberlo, y ahora es realidad.

De todas formas, volver la vista atrás desde la experiencia presente y reinterpretar el pasado a su luz no hace que las manillas del reloj giren en dirección contraria, no permite volver a vivir, no coloca de nuevo en la casilla de salida. Si las mujeres no hubieran seguido a Jesús de Nazaret hasta Jerusalén, si no hubieran acudido a la tumba, no la habrían hallado vacía.

Hay que tener la mano abierta y tendida para que alguien ponga sobre ella un Reino.

 

 

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Ojos que no lloran

Los ojos que no lloran se confunden

María Zambrano

 

Esta mañana he leído un artículo titulado “Crónica de una muerte corriente”, de Luz Sánchez-Mellado[1], que me ha emocionado. A pesar de las muchas complicaciones de todo tipo que me he encontrado hoy en el trabajo y que prácticamente han secuestrado toda mi atención, no he podido quitarme de la cabeza a Francisca Bonilla, “Paquita para los suyos”, cuya muerte relata la periodista, “una muerte corriente. Sin épica ni lírica. La historia de un deceso cualquiera. Uno entre los 390.419 fallecimientos registrados en España en 2013 –últimos datos del INE– de los que 184.624, un 47,2% se produjeron, como el de Francisca, en un hospital”. No sé explicar lo que he sentido al darme cuenta de que mi padre es una de esas 390.419 personas que, en 2013, murieron en nuestro país, una de las 184.624 que murieron en un hospital. Es como si los números, de pronto, fueran insuficientes, como si hiciera falta llenarlos de letras, mejor dicho, de nombres, para que contaran la verdad, toda la verdad, lo que significa morir, y hacerlo en un hospital.

No voy a describir cómo murió mi padre, después de 21 días de ingreso hospitalario, igual que Paquita. Era un hombre sociable, pero tímido en el fondo y celoso de su intimidad. Y no hay nada más íntimo que morirse. Pero sí quiero contar algo que el artículo de Luz Sánchez-Mellado ha desenterrado: la profunda tristeza y la impotente indignación de no haber contado en un momento tan difícil con personas compasivas. Estoy hablando concretamente de la médica que atendió a mi padre en la planta de neurología, la que tomaba las decisiones, la que tenía en sus manos el poder para quitarle el dolor, para aliviarle el desasosiego, para serenarle la respiración, y no lo hizo. Luz Sánchez-Mellado dice que “la calidad de vida de las últimas semanas, días, u horas de un enfermo terminal, dependerá no solo de sus circunstancias personales, sino las de su entorno asistencial”, entre otras cosas, “de la tolerancia de los médicos al sufrimiento ajeno”. En el caso de mi padre, dicha tolerancia fue prácticamente total. Y fue muy duro no poder o no saber hacer nada que la impidiera.

En el estado en que estaba mi padre no podíamos llevárnoslo a casa, así que morir en el hospital no fue una elección. Mi madre no se queja de la atención que la mayor parte del personal sanitario prestó a mi padre, pero se pregunta cada día por qué aquella médica se resistía incluso a darle paracetamol. Se pregunta también si podríamos haber hecho algo que no hicimos, y se culpa por no haberse enfrentado más y mejor a aquella mujer… Dice que un día irá al hospital y le dirá el daño que le ha causado su falta de compasión, para que no sea tan fría con el sufrimiento de otros pacientes terminales. Espero que lo haga y que hacerlo le dé paz.

Suele decirse que “ojos que no ven, corazón que no siente”, pero hay ojos que ven y tampoco sienten, ojos que no lloran, ojos fríos que, como espejos, devuelven el dolor ajeno sin que les hiera, que no dejan que les traspase lo que contemplan, miradas que rozan la realidad sin dejarse afectar por ella. Confieso que me asusta descubrir que esos ojos, a veces, también son los míos, que hay números a los que no pongo nombre ni rostro, que hay realidades que querría sentir lejos, mejor dicho, no sentir, para no sufrir, para no sentirme concernida ni responsable, para no hacerme preguntas incómodas, para no salir de la inercia…

Al leer el artículo de Luz Sánchez-Mellado me han saltado las lágrimas, y no solo porque me he acordado de mi padre. He pensado en quienes hoy sufren y mueren en todo el mundo sin épica ni lírica, que son la mayoría. Y me he dado cuenta, una vez más, de que la Historia, con mayúscula, es la tejida por todas las historias corrientes de personas corrientes. Y espero que no se me olvide, porque no quiero unos ojos secos, ni confundidos.

 

 

[1]En la edición digital de El País:

http://politica.elpais.com/politica/2015/03/14/actualidad/1426354871_204160.html

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Siempre y en todas partes

Nuestra lucha es así, una lucha continua, y poquito a poquito vamos alcanzando nuestros objetivos.

Caddy Adzuba

 

Las conmemoraciones como la de hoy, Día Internacional de las Mujeres, tienen al menos dos dimensiones inseparables: la celebrativa y la reivindicativa[1]. Toca, por tanto, disfrutar, alegrarse, hacer fiesta, felicitarse por todo lo conseguido hasta ahora en lo que se refiere a la igualdad de derechos y oportunidades de las mujeres, y rememorar con profunda gratitud, el esfuerzo –a menudo heroico– y los logros –que son muchos– de quienes nos han precedido en esta tarea. Hace un rato, en un programa de la televisión autonómica, una señora bastante mayor aseguraba sin sombra de duda que los tiempos actuales, aunque no sean fáciles, son mucho mejores para las mujeres que los pasados, y estoy segura de que todas las mujeres de su edad estarían dispuestas a secundar sus palabras. Creo, de hecho, que hemos avanzado mucho y que seguimos avanzando en la buena dirección. Por eso, toca celebrar –repito–, pero también reivindicar, es decir, reclamar y luchar por aquello a lo que tenemos derecho por ser mujeres, o sea, por ser personas. Y no solo porque las mujeres seguimos siendo menos personas que los varones en muchos lugares y ámbitos, y disfrutando de menos derechos y oportunidades, sino porque derechos que creíamos ya adquiridos e irreversibles están en peligro de extinción. Esto hace que hoy sea un día de celebración feminista, de reivindicación feminista, de lucha feminista, ya que el “feminismo es la idea radical de que las mujeres somos personas” (Angela Davis).

Toca, pues, seguir luchando, todo el tiempo y en todos los espacios, porque la lucha feminista, la lucha de las mujeres por que se nos reconozca como personas no solo es continua, sino también ubicua, en cualquiera de las dos acepciones que reconoce el Diccionario de la Real Academia Española al adjetivo ubicuo. La primera: “Dicho principalmente de Dios: Que está presente a un mismo tiempo en todas partes”, y la segunda: “Dicho de una persona: Que todo lo quiere presenciar y vive en continuo movimiento”. En otras palabras, la lucha feminista –y quienes la llevan a cabo– está presente –o desea estarlo– en todas partes y en continua evolución, ya que el patriarcado que pretende erradicar no solo es también ubicuo, sino que se recicla continuamente, adquiriendo nuevas formas, a veces más amables, a veces engañosas, entremezclándose además muy a menudo con otros tipos de opresiones, confundiéndose y enmascarándose con ellas.

A veces desanima ver todo lo que queda por hacer en tantísimos frentes. Desmoraliza darse cuenta de que transformar algunas realidades aparentemente sencillas nos va a llevar décadas, como por ejemplo la igualdad de salarios entre mujeres y hombres por realizar el mismo trabajo, y eso, si no nos relajamos en nuestras reivindicaciones y si no se sigue usando la crisis económica como excusa para aumentar la llamada brecha salarial. Desalienta descubrir lo arraigado que está el patriarcado no solo en las instituciones, sino en las personas, incluso en las más sensibilizadas a sus nefastas consecuencias, lo difícil que es hacer conscientes sus trampas, lo duro que resulta romper las cadenas interiores que impone. Acobarda contemplar y experimentar la envergadura de los principados y potestades, de las mafias y poderes oficiales y extraoficiales, sociales, culturales, religiosos, económicos… a los que es preciso enfrentarse para devolver la dignidad humana a las mujeres –si es que alguna vez la tuvimos– o para conquistarla. Por eso, en días como hoy, es necesario mirar atrás y ver todo lo que hemos sido capaces de conseguir, a veces dando un buen salto, pero normalmente poco a poco, paso a paso… Por eso, en días como hoy, es necesario mirar hacia adelante sabiendo que lo conseguiremos, que lo lograremos también poco a poco, ladrillo a ladrillo, metro a metro, “verso a verso”, luchando siempre y en todos los sitios… Persona a persona. Mujer a mujer.

[1] Afortunadísima, por tanto, ha estado María Ángeles López Romero al desearnos hace muy poco un “feliz y reivindicativo” día:

http://blogs.21rs.es/papasblandiblup/2015/03/05/en-la-piel-feliz-y-reivindicativo-dia-de-la-mujer/

 

 

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Hacer historia

Estamos condenados a ser historia en un futuro.

Elvira Lindo

 

El tiempo pasa. Hoy, mañana, será ayer. La historia se crea a la misma velocidad que el presente se convierte en pasado. Ser historia es, pues, formar parte de ese tiempo ya vivido, asociado al recuerdo y normalmente concebido como im-posible, en el sentido de ajeno a toda posibilidad, a toda potencialidad. No obstante, cuando se dice de algo o alguien que es historia, se está señalando algo más que su pertenencia objetiva a un tiempo pasado, porque ser historia tiene connotaciones de obsolescencia y, sobre todo, de irrelevancia. Y me parece interesante y curioso que ser historia se utilice para significar algo tan diferente a hacer historia, expresión que también tiene que ver con el pasado, pero con un pasado no desconectado del aquí y el ahora, un pasado relevante, merecedor de memoria, que se evoca a menudo para explicar el presente e incluso para diseñar el futuro.

Suelen considerarse históricos, lógicamente, los grandes descubrimientos geográficos y científicos, las guerras y los tratados que les ponen fin, el nacimiento y el ocaso de imperios políticos y económicos, los cambios legislativos relevantes, los movimientos populares multitudinarios, las crisis económicas, los avances tecnológicos, los atentados terroristas, las declaraciones y actuaciones de las instituciones internacionales, la aparición de nuevos sistemas de pensamiento o de nuevas tendencias artísticas… También es habitual calificar de históricos muchos sucesos contemporáneos que el paso del tiempo deja ver que no lo fueron tanto. Y hay acontecimientos aparentemente insignificantes, realizados por personas que nunca saldrán en los libros y que, como una piedrecita en la vía, logran que el tren de la historia descarrile y, por tanto, cambie de dirección.

La semana que viene celebraremos el Día Internacional de las Mujeres, y en la web de la ONU se puede leer[1] que dicho día “se refiere a las mujeres corrientes como artífices de la historia”. Historia hizo Rosa Parks al negarse a ceder su asiento en el autobús a un hombre blanco. Historia hicieron las sufragistas, y no solo las líderes cuyos nombres se recuerdan, sino también y sobre todo las mujeres anónimas que acudieron a las marchas pidiendo el voto femenino, que realizaron carteles, que repartieron octavillas, que aportaron dinero… o que defendieron en el ámbito privado su derecho al sufragio, superando muchas veces la oposición de sus seres más cercanos y queridos. Historia hicieron las mujeres que acudieron a las universidades cuando les estaba prohibido estudiar allí, o las que empezaron a desempeñar profesiones hasta entonces solo masculinas. Historia hacen las niñas que se empeñan en aprender, aun a riesgo de sus vidas, en zonas del mundo en que se quiere mantener a las mujeres en la ignorancia. Historia hacen las que abandonan y denuncian a sus maltratadores. Historia han hecho las que, ayer y hoy, se niegan a ser las mujeres que el patriarcado espera que sean. Historia han hecho y hacen quienes de una forma u otra, aquí y allá, con grandes y pequeñas acciones, teorizando y/o pronunciando una palabra valiente y oportuna, trabajan cada día por erradicar la desigualdad, la marginación y la exclusión de las mujeres en todos los ámbitos.

La Historia con mayúsculas, normalmente, solo recuerda a las pioneras, pero estas no lo serían si las puertas abiertas por ellas no hubieran sido traspasadas por otras mujeres, por muchas otras mujeres, convirtiendo en normal lo que antes era una excepción, es decir, transformando realmente el curso de la historia.

Sin perspectiva temporal, no es fácil saber si se hace o, simplemente, se es historia. Pero, en todo caso, hoy agradezco ser consciente de que, tal como dice Elvira Lindo, seremos historia en el futuro, pero también de que podemos hacer historia. Quizá ya la estemos haciendo con esas palabras y acciones que a menudo, comparadas con la magnitud de algunos problemas, nos parecen muy poca cosa. Al final, creo que no importa saber, o no, si esto que dije o hice, o aquello en lo que participé fue significativo y relevante, sino sacudirse de encima la sensación de impotencia y saber que de verdad puedo contribuir, antes de ser historia, a que algo sea mejor en el futuro.

 

[1] http://www.un.org/es/events/womensday/history.shtml

 

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Lo intolerable

Es, por tanto, una tarea urgente para todos nosotros aceptar las provocaciones del sufrimiento a fin de establecer nuevas relaciones humanas.

Ivone Gebara

 

El otro día, en mi grupo de reflexión teológica feminista estuvimos trabajando un artículo de Ivone Gebara titulado “Las contradicciones de la vida y otros enigmas”[1], cuya lectura recomiendo[2] porque creo que aborda una cuestión sobre la que merece la pena reflexionar.

Las contradicciones no tienen buena fama. Normalmente, se asocian a la imperfección, producen inseguridad, avergüenzan…, pero no se puede vivir sin ellas. En un mundo perfecto –pensamos– no habría lugar para las contradicciones, las incoherencias o los enigmas. Ahora bien, si lo perfecto es lo acabado –y ese parece ser el significado etimológico de perfecto–, la vida perfecta sería la concluida, o sea, la muerte, lo cual suena realmente muy contradictorio… Da la impresión, pues, de que mientras la vida sigue siéndolo, no es posible una realidad sin enigmas, sin paradojas, sin contradicciones, sin inseguridades, sin crisis, sin incoherencias, sin cambios… Es decir, sin evolución.

Identificar las contradicciones en todos los niveles en los que se producen parece, por tanto, una forma de ahondar en el misterio de la vida, de vivir con lucidez y profundidad, de no quedarse en la piel de la realidad. Y reconocerlas, evitar la tentación de negarlas o de maquillarlas y asumirlas como lo que son –condición inherente a la vida– nos humaniza y nos ayuda a evitar caer “en radicalidades suicidas o en dogmatismos excluyentes”, como sugiere Ivone Gebara. Según esta perspectiva, las contradicciones pueden convertirse en algo vivificante, en cuanto que revelan las grietas de las estructuras y sistemas que nos sustentan, material y espiritualmente, y son capaces de poner en marcha procesos creativos destinados, entre otras cosas, a superarlas.

Ahora bien, no todas las contradicciones son iguales. Están las mías y las ajenas, que suelen merecer un juicio muy distinto. Hay contradicciones individuales y sociales, teóricas y prácticas, graves y leves… con consecuencias muy diversas, pues algunas son soportables y otras no se pueden tolerar. Hay contradicciones realmente insufribles, que deberían ser imposibles, pero que están ahí, delante de nuestras narices: países llenos de recursos cuya población vive mayoritariamente en la pobreza, organismos que luchan por los derechos humanos pero se olvidan de las mujeres, misiones de paz que generan más guerras, democracias en las que priman los intereses de los mercados sobre los de sus ciudadanas/os, hombres que maltratan y matan a las mujeres que dicen amar, personas que abusan de quienes deberían proteger, medios de comunicación que omiten información o que convierten las noticias en mercancía, leyes que favorecen a las minorías privilegiadas, sociedades que se llaman justas y miran con indiferencia la injusticia que les rodea y la que generan, religiones que, lejos de re-ligar[3], dividen a los seres humanos y hasta los deshumanizan…

Si cuando las contradicciones llegan al nivel de lo insoportable no se eliminan, acaban anestesiando las conciencias, dejan de percibirse como contradicciones y, sobre todo, hacen tolerable lo que no debería serlo de ninguna manera y bajo ningún concepto. Ayer leí, con retraso, una noticia de Europa Press en la que se informaba de que en Mosul (Irak) el “Estado Islámico ha cortado las manos de tres mujeres por cargos desconocidos”, aunque se supone que ha sido por usar teléfonos móviles, ya que en el mismo acto los milicianos yihadistas han latigado a cinco hombres por esa acusación. De verdad, no me siento capaz de comentar algo así.

¿Cómo se elimina lo intolerable? No lo sé. No hay soluciones sencillas para problemas complejos, pero estoy segura de que, si en el centro de nuestra preocupación estuviese el sufrimiento de las personas que soportan lo insoportable, y no otro montón de intereses, no sería tan difícil encontrar estrategias, aunque no fueran perfectas, aunque albergaran también en sí mismas algunas contradicciones.

 

 

[1] Gebara, Ivone. La sed de sentido: búsquedas ecofeministas en prosa poética. Montevideo: Doble clic Editoras, 2002, pp. 34-42.

[2] Se puede leer el artículo en la web de Desveladas:

http://www.desveladas.org/b/pido/2014/02/08/las-contradicciones-de-la-vida-y-otros-enigmas/

[3] Una de las posibles etimologías de la palabra latina religio, de la que procede religión, la hace derivar del verbo religare, que significa “atar, ligar”.

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Palabras viejas y nuevas

Hay que devolver el prestigio al viejo vocablo, que ha sido manchado con todas las sombras de oscuras aspiraciones, y fijar para siempre que hacer política no es estar en este u otro partido laborando por el bien personal, sino esforzarse con lo mejor de uno mismo para el bien común.

María Zambrano

 

Más allá de los cristales de la ventana el día ya se ha apagado, hace frío y nieva débil e intermitentemente. Yo, con el pijama ya puesto, me acuerdo de mi padre y releo con sosiego unos breves artículos que escribió María Zambrano entre junio y noviembre de 1928 en el diario El Liberal, concretamente en una columna titulada “Mujeres”. Hace unos días que les estoy dando vueltas y, cuanto más los leo, más me sorprende la actualidad de su contenido, sobre todo teniendo en cuenta que la autora quería hacer pasar por aquellas breves columnas “en lenta procesión, sin empaque, todas nuestras preocupaciones, nuestros problemas, que están ahí ante nosotros”, es decir, problemas contemporáneos y concretos que ni debía ni podía eludir, porque “ello implicaría la renuncia a vivir nuestra parte de vida, que nadie ciertamente podría vivir por nosotros”.

Cuando fueron escritos estos artículos, España vivía bajo la dictadura de Primo de Rivera, y Europa se recuperaba todavía de la Gran Guerra, y aunque todavía no habían florecido los totalitarismos que más tarde sufrieron tantos millones de personas, se estaban gestando, tan firme como insidiosamente, las condiciones que los hicieron posibles. María Zambrano notaba la oscuridad de su época, que percibía como una “hora crítica mundial para la dignidad del hombre –de lo humano del hombre– que siente rebajados sus derechos”, una hora que genera preguntas y exige respuestas.

Zambrano se pregunta qué es la libertad, pero no metafísicamente, sino en relación con la vida social, porque entiende que el saber ha de interesarse por la vida, que amor y conocimiento han de ir unidos y orientarse a mejorar las cosas, es decir, a la labor política, para la cual la libertad es no solo condición previa y necesaria, porque es un postulado de la civitas, sino también objetivo. “Vivimos momentos de inquietud mundial, de renovación; una viejas maneras sociales, políticas y económicas, van a ser sustituidas por otras”, escribía María Zambrano en julio de 1928, mientras alertaba de la necesidad de “mantener y defender en todo momento esa dignidad, esa libertad”, porque es la que hace posible la cultura. Para ello, la conciencia de las masas tenía que enfrentarse con los grandes problemas: “Uno de ellos, urgentísimo, es el económico; pero, resuelto, quedaría en pie otro esencial: el de la cultura”, pues las democracias evitan convertirse en dictaduras si salvan los bienes de la cultura y de la ciencia, “poniéndose al servicio del espíritu, en vez de señorearlo”, como afirmaba Max Scheler.

María Zambrano, que tenía 24 años cuando escribió estos textos, sentía una gran inquietud política, al igual que su generación, en la que confiaba plenamente. No obstante, no militó en ningún partido. La fidelidad le impedía afiliarse a algo con lo que no podía comulgar plenamente, porque hacerlo le hubiera puesto en el dilema de traicionar o traicionarse. Pero no tener carnet de un partido no impide hacer política, abordar los problemas y contribuir a clarificar la conciencia colectiva que va naciendo frente a ellos.

No creo necesario explicar por qué las palabras de Zambrano me parecen tan actuales, ni cómo siendo viejas parecen nuevas. Por un lado, me produce un cierto desánimo ver que casi noventa años después, seguimos en una hora crítica mundial en que la dignidad de los seres humanos se ve más que amenazada, en que los derechos humanos están a la baja, en que urge solucionar los problemas económicos, pero no a costa de la ciencia y la cultura, en que reina la inquietud porque no sabemos de qué forma van a ser renovadas las viejas formas sociales, políticas y económicas… Pero también me da esperanza la convicción de que, como expresa María Zambrano, “cada uno y su generación tiene su gesto y su palabra, que quedaría silenciosa para siempre si él no la dijera”. Y, como ella, creo que esta responsabilidad de decir y de decirse, “comunica a nuestra vida un sentido y una dirección”. En otras palabras, hace nuestra especificidad imprescindible en la construcción del saber y del hacer común. Nos hace a todas/os capaces de acción política, desde cualquier situación y en cualquier ámbito.

Confío en que este tiempo de crisis lo sea también de palabras, de palabras de todas/os, de palabras que suman, de palabras nuevas, contemporáneas, comprometidas.

 

 

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Mamá y la religión

Cuando el dolor del prójimo se vuelve insoportable, se convierte en mi dolor y provoca el nacimiento de los gestos de amor.

Ivone Gebara

 

Hace poco más de diez días que se produjeron los atentados en la sede de la revista satírica Charlie Hebdo y en el supermercado judío Hyper Cacher de productos khoser, en París, acontecimientos que han logrado no solo difundirse por todo el mundo, sino provocar muchas y diversas reacciones. Desde entonces, han sido continuas las expresiones de desconcierto por lo ocurrido, de rechazo a la violencia, de solidaridad con las víctimas, aunque no han faltado voces que apoyan abiertamente a los terroristas y otras que, de alguna manera, y quizá inconscientemente, justifican lo sucedido.

Una de estas últimas parece ser la del papa Francisco, quien en un vuelo entre Sri Lanka y Filipinas hizo unas declaraciones, a propósito estos atentados, en las que afirmó, entre otras cosas, que matar en nombre de Dios es una aberración, que cada persona tiene la libertad y la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común y que no se puede reaccionar con violencia, pero que “si el doctor Gasbarri[1], que es un gran amigo, dice una grosería contra mi mamá, le espera un puñetazo”. Y añadió: “No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás… Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás. Estas personas provocan y puede suceder lo que le sucedería al doctor Gasbarri si dijera algo contra mi mamá”. Palabras, en mi opinión, más que desafortunadas, por todo lo que sugieren.

En primer lugar, las declaraciones de Francisco dan a entender que las personas asesinadas en la sede de Charlie Hebdo se buscaron de alguna manera lo que les sucedió, o dicho de otra forma, que jugaron con fuego y se quemaron, que hicieron lo que no debían –no ser respetuosos con el Islam– y sufrieron las consecuencias. Recorriendo el camino inverso, es decir, desde los resultados hasta las causas, cabría pensar que las víctimas del supermercado khoser también provocaron a alguien, quizá simplemente siendo judías… Sin duda, una afirmación así resulta inaceptable y peligrosa, pero es la consecuencia lógica de dejar resquicios abiertos a la justificación de la violencia.

Por otro lado, aun suponiendo que la revista Charlie Hebdo mereciera una respuesta por sus irrespetuosas sátiras, las palabras del papa no solo apuntan más allá del ojo por ojo de la nada evangélica ley del Talión, sino que consideran “esperable” el recurso a la violencia física como reacción a determinadas ofensas. Según la lógica del Talión, bastaría responder a una falta de respeto con otra; en el caso concreto de las burlas proferidas por Charlie Hebdo contra el Islam, estas tendrían que haber sido “compensadas” con otras sátiras igualmente irrespetuosas con las convicciones de los responsables de la revista. Sin embargo, según la lógica aducida por Francisco, un puñetazo es lo que ha de esperar quien dice una grosería, si el objeto de esta es algo tan querido e importante como la madre de alguien, por lo que hay que deducir que, según el papa, también es esperable –y por tanto “normal”– una respuesta “dura” a las ofensas contra la religión. Por supuesto, un puñetazo no es lo mismo que el asesinato de varias personas, pero uno y otro son reacciones de violencia física que exceden la de la ofensa recibida. Dicha desproporción, que supongo que no es vista como tal por quienes se sienten afrentados, tiene mucho –o todo– de irracional, de instintivo, de emocional sin ningún tipo de filtro, lo que además no beneficia ni a la “mamá” de nadie ni a la religión, sea cual sea. Creo que ni las mujeres ni Dios ni sus profetas necesitan que sus “fieles” les venguen.

No sé en qué estaba pensando Francisco cuando hizo estas declaraciones, pero creo que, tristemente, cayó en la tentación de arrimar el ascua a su sardina, es decir, de aprovechar lo acontecido para denunciar las sátiras religiosas, lo que, supongo, considera beneficioso para el cristianismo y las/os cristianas/os. No es el único. Todos los días veo en los medios de comunicación diversos y continuos intentos de instrumentalizar los atentados de París para los más variados intereses, con el fin de instaurar políticas migratorias más restrictivas, de alentar la xenofobia, de atacar las religiones, de primar la seguridad –y, por tanto, el control– sobre la libertad, de ensalzar acríticamente valores que teóricamente configuran las sociedades occidentales, pero que en realidad están muy ausentes en el día a día…

Sin duda es necesario e inevitable reflexionar sobre estos y otros muchos acontecimientos violentos –los hay por millares– y sacar algunas conclusiones que contribuyan a evitarlos, sin olvidar que, en todo caso, la violencia –cualquier tipo de violencia– produce dolor, mucho dolor. Un dolor que no generará gestos capaces de establecer nuevas relaciones humanas mientras no lo sintamos como propio.

 

 

[1] Se trata del organizador de los viajes del papa.

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Prejuicios

 Dios no habita en lo alto, sino en lo profundo.

María Antonia Ortega

 

Acabamos de estrenar calendario y puede parecer que todo –o algo– vuelve a empezar otra vez, pero se trata de una ilusión, porque este enero no es el que estrenamos hace un año, o dos, o veinte. Este año que llamamos 2015 no solo está nuevo, como el calendario que lo representa, sino que es nuevo, como lo es todo tiempo inédito, como nuevo es el futuro. Nuevo y abierto a las sorpresas.

El tiempo navideño sabe mucho de ellas –de sorpresas, quiero decir– y no me refiero solo a las que pueden suponer los regalos, grandes o pequeños, que nos traen los Reyes Magos. Hay sorpresas mayores, de esas que afortunadamente no tienen precio, y no porque se salgan del presupuesto, sino porque no se venden. Pero se dan. Y tampoco me refiero solo a esas sorpresas que todos y todas sabemos darnos mutuamente liberando nuestros buenos afectos, facilitando presencias inesperadas, aunque largamente añoradas, desplegando detalles y gestos aparentemente minúsculos, pero capaces de llenar de alegría, haciendo posibles tiempos y espacios de humanidad. No, esta tarde pienso en otras sorpresas…

El 6 de enero las iglesias cristianas celebran la Epifanía del Señor[1] para conmemorar que Dios se manifestó –se reveló, se dijo, se abrió, se expresó…– en Jesucristo a los pueblos gentiles, o sea, a los que no pertenecían a las tribus de Israel y, por tanto, no formaban parte del pueblo de Dios. La historia con la que se simboliza esta manifestación es la de los sabios de Oriente en pos de una estrella que les guía hasta el recién nacido Jesús, a quien ofrecen sus dones.

En ningún lugar se menciona el asombro que presumiblemente produjo en estos “magos” ver el lugar donde se alojaba el “rey” cuyo nacimiento les había sido revelado por los astros. ¿O es que no se sorprendieron, y por eso no se dice nada? En realidad, solo puede extrañarse de algo quien tiene una idea preconcebida de ello, quien alberga expectativas que luego no se cumplen, quien mira la realidad esperando que esta se acomode a sus ideas, y no al revés. No lo había pensado nunca, pero quizá los sabios de Oriente, a diferencia de Herodes, que se sobresaltó –y dice el evangelio que, con él, todo Jerusalén–, no tenían prejuicios y aceptaron sin estupor la “realeza” de aquel niño ajeno a toda pompa…

La verdad es que llevo varios días preguntándome por qué produce tanta admiración que Dios se haya hecho ser humano, por qué la encarnación se ha interpretado como abajamiento, por qué resulta tan raro que la Divinidad se muestre frágil. Y solo se me ocurre una respuesta: prejuicios. Prejuicios sobre Dios, prejuicios de grandeza, de sacralidad, de fuerza, de distancia insalvable, de extrañeza, de poder, incluso de violencia. Prejuicios que generan, asimismo, expectativas de privilegios, de elección, de superioridad. Prejuicios que no dejan que la realidad cotidiana sea epifánica, es decir, expresión, manifestación, revelación de ese Misterio que llamamos Dios, de ese Misterio que la atraviesa y sustenta. Prejuicios que nos impiden descubrir que Dios no habita en lo alto, sino en lo profundo. Prejuicios que tienen consecuencias, porque dibujan imágenes falsas de la Divinidad, ídolos con los que se justifican tantas discriminaciones, exclusiones, injusticias, esclavitudes, violencias…

Algunos prejuicios sobre Dios son aprendidos; otros, consecuencia de la inercia, de no pararse a pensar, de ahogar preguntas que pugnan por salir; otros se instalan como garantes de privilegios que consideramos derechos irrenunciables o que no queremos perder; otros, sencillamente, son fruto de nuestras limitaciones. Todos ellos nos ciegan y nos ensordecen.

Dios sorprendió en Jesús a quienes esperaban, sin saberlo, un ídolo. Deseo que este año que comienza esté lleno de sorpresas que desmonten nuestros prejuicios –todos nuestros prejuicios– y nos ayuden reconocer la Luz y la Palabra en lo cotidiano. En lo profundo.

 

[1] La palabra epifanía procede del griego epiphaneia, que se traduce “aparición, manifestación” y está emparentada con el verbo epiphaino, que significa “mostrarse”, o sea, expresarse, decirse, exponerse, descubrirse, revelarse, abrirse, manifestarse… Ambos términos contienen la raíz de phanón, que significa “luz”, por lo que se podría decir que epifanía tiene que ver con salir a la luz y hacerse visible, real o metafóricamente.

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Palabra encarnada

 

Sin la escucha, el decir se parece al silencio.

Mabel Moraña

 

Hoy me he despedido de mis compañeras y compañeros de la biblioteca porque mañana me voy a pasar la Navidad con la familia, así que no volveré al trabajo hasta el comienzo del nuevo año. Por supuesto, nos hemos felicitado mutuamente las fiestas y, de camino a casa, iba dándole vueltas a algo que llevo varios días preguntándome: qué entiende, que entendemos cada una/o cuando decimos o escuchamos “feliz Navidad”, en el caso, por supuesto, de que no se trate de una simple fórmula de cortesía, casi obligada en estas fechas. Las felicitaciones intercambiadas hoy en el trabajo equivalían a cosas como “buen viaje, que disfrutes de estar con las/os tuyas/os, que descanses, que lo pases bien”, en realidad, lo mismo que nos deseamos cuando nos despedimos en vísperas de cualquier otro periodo vacacional, solo que en Navidad los buenos deseos, grandes y pequeños, se expresan como felicitación.

Normalmente, al sencillo “¡Feliz Navidad!” se le añaden palabras que desarrollan el alcance y la perspectiva de las felicitaciones, que cada vez más son felicitaciones “laicas”, como lo van siendo las propias navidades. Por eso, volviendo a la pregunta inicial, creo que, para la mayoría de la gente, son experiencias “laicas” las que hacen que una Navidad sea feliz: haber encontrado un trabajo hace poco o no perder el que se tiene, recibir el alta hospitalaria y pasar las fiestas en casa, aprobar todas las asignaturas, encontrarse con los seres queridos después de un tiempo de separación, a veces muy largo, tener con quien compartir mesa y afectos, saber que hay comida en la nevera y juguetes guardados en el armario para las/os niñas/os, llegar al destino de un viaje sin contratiempos, no llorar una pérdida reciente, poder seguir pagando la hipoteca y, por tanto, conservar la casa, no temer ser víctimas de violencia ni dentro ni fuera de casa, no pasar hambre o frío o miedo, no sufrir discriminación por cualquier causa…

Por otro lado, la ausencia de estas y otras pequeñas y grandes “felicidades” es causa de infelicidad. Infelicidad “laica” que mucha gente sufre en forma de pobreza, de explotación laboral, de abandono, de desempleo, de soledad, de violencia machista, de abusos sexuales, de desprecio… Infelicidad que habita más “abajo” y al otro lado de la línea de la seguridad, de la estabilidad, de la vida vivible…

La cuestión es si esto que llamo felicidad –o infelicidad– “laica” tiene algo que ver con la festividad cristiana de la Navidad, con la celebración de eso que llamamos Misterio de la Encarnación. Y sinceramente creo que sí, que tiene mucho que ver, que tiene todo que ver, porque la Palabra se hizo carne. Y la carne siente hambre y sed y frío y calor y placer y afecto y dolor y alegría y…

Hace años que no compro postales de Navidad, porque felicito estas fiestas por correo electrónico. Suelo adjuntar un archivo, a modo de tarjeta navideña, con una imagen y una frase, normalmente bíblica. Cuando pensé en la felicitación de este año, hubo un texto que me “gritó” por encima de otros: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián. Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada en sangre serán combustible, pasto del fuego. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado[1]… No puedo leerlo o escucharlo sin que se me acelere el corazón, sin sentir casi físicamente la liberación que estas palabras cuentan, por un lado, y profetizan, por otro. Sin embargo, al final, me quedé con unas pocas palabras de un himno de Navidad: “En medio del silencio, el Verbo se encarnó”.

¿Por qué? No lo sé. Quizá porque nunca había pensado en la encarnación como un modo de pronunciarse el pensamiento, en la acción como una forma de lenguaje, es decir, de comunicación, en la creación como la finalidad de la palabra, de cualquier palabra –no solo la que se escribe con mayúscula–, en la existencia “carnal” –la mía, la de todas/os, la de todo– como decir divino… y humano.

Un decir que invalida toda palabra des-encarnada. Un decir que solo se escucha abriendo las prisiones injustas, dejando libres a las/os oprimidas/os, rompiendo todos los cepos, partiendo el pan con las/os hambrientos, hospedando a quienes no tienen techo, vistiendo a las/os desnudas/os… En fin, no cerrándonos a nuestra propia carne[2].

Feliz Navidad.

 

[1] Is 9,1-5

[2] Cf. Is 58, 6-7.

 

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