Las piedras desechadas

¿Qué habrán hecho algunos sures para merecer ciertos nortes?

Mafalda

 

El pasado lunes, 20 de octubre, Paciencia Melgar dio una rueda de prensa con una repercusión mediática impresionante[1]. La causa de tan gran interés es que su plasma sanguíneo fue utilizado para tratar a Teresa Romero, quien contrajo el ébola cuando atendía al misionero Manuel García Viejo, repatriado desde Sierra Leona, donde se infectó con el virus, y fallecido el 25 de septiembre. Melgar fue, sin duda, la estrella del día, aunque la cosa empezó en Galilea, quiero decir en Monrovia (Liberia), concretamente en el Hospital de San José, en el que esta mujer de 47 años, nacida en la isla de Annobón (Guinea Ecuatorial) y religiosa de la congregación de las Misioneras de la Inmaculada Concepción ha trabajado como enfermera once años.

Allí, atendiendo a enfermos de ébola, se contagió Paciencia prácticamente al mismo tiempo que el misionero Miguel Pajares, fallecido en Madrid el 12 de agosto, a los pocos días de haber sido repatriado. Y allí se quedó junto a otras/os compañeras/os también infectadas/os con el virus, como la congoleña Chantal Pascaline, de su misma congregación, ya que nuestro Gobierno no consideró que fueran responsabilidad suya, puesto que no tenían nacionalidad española.

El 9 de agosto, Chantal Pascaline murió y una ambulancia se llevó a Paciencia desde el Hospital de San José al de Elwa, a las afueras de Monrovia, un lugar de aislamiento para las/os desahuciadas/os del ébola en el que hay muy pocos medios materiales y humanos, pero muchas/os enfermas/os, un centro cuyos barracones no tienen ventanas, pero sí goteras, y donde el hacinamiento de pacientes y la escasez de personal hacen imposible, entre otras cosas, la necesaria higiene. Allí se enteró Paciendia de la muerte de Miguel Pajares, lo que paradójicamente le dio valor para no hundirse en la enfermedad. Allí, durante 16 días, luchó por sobrevivir, tomando multivitaminas y paracetamol, comiendo arroz con pollo, bebiendo medio litro de agua al día –no les dan más–, oliendo vómitos y heces, oyendo –y quizá profiriendo ella misma– gritos de dolor y de sed, y viendo cómo morían casi todas/os las/os enfermas/os con quienes compartía espacio y sufrimiento. Y lo logró. Fue una experiencia horrible cuyo recuerdo le quita a veces el sueño, pero a pesar de las pésimas condiciones sobrevivió al ébola y el 25 de agosto abandonó el hospital de Elwa con una sonrisa en la cara y un documento en la mano que certificaba que estaba curada.

Paciencia volvió a casa, donde permaneció 21 días en cuarentena para confirmar que no suponía un peligro para nadie. Sabedora de que los anticuerpos generados por ella le hacen inmune al ébola, solo pensaba en recuperarse para reiniciar su actividad sanitaria, esta vez en el suburbio West Point de Monrovia, donde se hacinan muchos enfermos. Pero a mediados de septiembre, cuando Manuel García Viejo fue repatriado, se buscaban donantes de sangre que hubieran vencido al ébola para utilizar su plasma, y ella se ofreció voluntaria. El Gobierno español, en esta ocasión, sí tuvo interés en traerla a nuestro país –sus anticuerpos la hacen muy valiosa– y agilizó los trámites para que viajara cuanto antes.

Lo primero que hizo Paciencia tras su recuperación fue volar a España con otra misionera de la Inmaculada Concepción que también ha sobrevivido a la enfermedad. No llegaron a tiempo, pues aterrizaron en Madrid el mismo día que murió García Viejo, pero el plasma de Paciencia se utilizó para tratar a Teresa Romero, quien finalmente ha vencido al ébola, y las dos religiosas están participando en un estudio médico para combatir la terrible enfermedad.

Los medios de comunicación aguardaban con mucha expectación la rueda de prensa concedida por Paciencia, y cada uno ha divulgado lo que consideraba más interesante. Unos han destacado, sobre todo, sus palabras de agradecimiento: al pueblo liberiano por haberla apoyado a pesar de sus escasos medios, al personal del Hospital Carlos III por el buen trato que le han dispensado, a Teresa Romero por su generosidad al atender voluntariamente a García Viejo, e incluso al Gobierno de España –al que no guarda rencor por no haberla traído cuando estaba enferma– por agilizar su viaje. Otros han acentuado el relato de su enfermedad. Algunos han resaltado los mensajes de contenido más espiritual, como su alegría de estar en nuestro país haciendo el bien, o que en ningún momento le faltaron la paz, la serenidad y la confianza. Otros han dado relevancia a la petición de ayuda internacional emitida por Paciencia para detener la epidemia allí donde se ha originado y causa más estragos. Yo me pregunto qué es lo que le interesaba a ella, y creo que sus ojos miraban a África y sus palabras buscaban, sobre todo, dar voz a las víctimas africanas del ébola, a las víctimas olvidadas y abandonadas a su suerte… por nosotras/os.

A mí, Paciencia Melgar y su compañera de congregación, venidas de los márgenes de la historia y la geografía, me parecen la realización de una profecía: la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular (Salmo 117,22). Encarnan y representan la paradoja evangélica de la fuerza de lo débil, denuncian con su sola presencia la vergonzosa deshumanización de este llamado Primer Mundo –que se echa a temblar cuando los males se le acercan, mientras permanece impasible cuando azotan las vidas de quienes están lejos–, proclaman con su vida que es posible amar y construir humanidad[2] y, al hacerlo, anticipan el futuro.

[1] http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/hermana-paciencia-forma-parte-del-grupo-inmunizados-puede-ayudar-tratamiento-otros-enfermos/2818666/

http://www.rtve.es/alacarta/videos/noticias-24-horas/hermana-paciencia-cuyo-plasma-ayudado-auxiliar-ebola-dice-donaria-mas-veces/2818419/

[2] http://www.vidanueva.es/2014/10/21/hermana-paciencia-si-mi-sangre-es-util-tratare-de-ayudar-a-quien-lo-necesite/

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Teresa y el feminismo

 

No son tiempos de desechar ánimos fuertes, aunque sean de mujeres.

Teresa de Jesús

Mañana, fiesta litúrgica de Teresa de Jesús, da comienzo el Año Jubilar Teresiano, que finalizará 15 de octubre de 2015. El motivo, la celebración del quinto centenario del nacimiento de santa Teresa el próximo 28 de marzo. Está claro que se va hablar mucho de ella y en muy diversos ámbitos, porque Teresa de Ávila fue y es una figura poliédrica que admite distintas miradas y produce diferentes reflejos según la luz que se proyecte sobre ella y el ángulo que se adopte. Mientras vivió, Teresa fue, entre otras cosas, una mujer, cristiana, de ascendencia judía, culta, monja, mística, reformadora de la vida religiosa y escritora. Por alguna de estas características, o quizá por todas, también estuvo en el punto de mira de la Inquisición mucho tiempo. Después de su muerte, sin embargo, esta sospechosa de herejía no solamente fue canonizada, sino que se le declaró doctora de la iglesia católica –estas cosas siempre me hacen pensar en la delgada línea que parece separar la herejía de la santidad, y la santidad de la herejía–, la misma Iglesia que a punto estuvo de silenciar a Teresa para siempre, destruyendo sus obras, desterrándola de su seno y quién sabe si, incluso, “purificándola” en la hoguera.

Ayer se publicaron dos artículos sobre santa Teresa en sendos diarios on line que me llamaron la atención. Uno de ellos, titulado “La esposa de la canción” y escrito por Gustavo Martín Garzo[1], incide en la profunda dimensión humana del conocimiento que Teresa de Jesús tenía de Dios, en el modo en que los arrobamientos de la mística de Ávila, lejos de proporcionarle una vía para la fuga mundi, le remitían una y otra vez a la realidad, concretamente a la comunidad de mujeres con las que compartía la vida y a las que necesitaba comunicar sus experiencias espirituales. El autor del artículo habla de la ironía de Teresa, de su deleitoso lenguaje, de la poesía de su prosa, del desprecio que tuvo que sufrir por ser de origen judío y mujer, de la importancia de los diminutivos en El libro de la vida como forma de mantenerse “en el reino de lo pequeño esencial”, lo pequeño como símbolo del reino del amor. Según Gustavo Martín Garzo, Teresa puede ser leída con gozo cinco siglos después porque “transforma la religión el poesía”, esa poesía que “nos enseña a amar las preguntas, aun sabiendo que no pueden ser contestadas”.

El otro artículo, titulado “La cara feminista de santa Teresa”, escrito por Anna Flotats[2] y menos poético que el anterior, arranca afirmando que “Santa Teresa de Jesús fue probablemente la primera mujer feminista de la Iglesia Católica”, lo que sin duda exige alguna matización, pues en el siglo XVI no se puede hablar estrictamente de feminismo, ya que este es hijo de la Ilustración. No obstante, en sentido amplio, se califica como feministas a las mujeres que, en cualquier época de la historia, han sido conscientes de la discriminación que sufrían las mujeres por serlo y han luchado por el reconocimiento de su dignidad y por diversas formas de igualdad, sobre todo en lo que a educación se refiere. En este sentido, Teresa de Jesús fue una feminista, es decir, una mujer libre e independiente que abogó por dar voz y palabra a las mujeres, que criticó duramente el control que los varones, especialmente los clérigos, ejercían sobre las monjas, que denunció la ignorancia a la que las condenaba la Inquisición al prohibir la lectura de algunos libros, que quería que sus monjas intervinieran activamente en la elaboración de sus leyes, que se atrevió a desobedecer a los guardianes de la fe, conservando una copia del manuscrito de El libro de la vida, cuando el Santo Oficio ordenó que se requisara la obra… Creo que el artículo muestra una faceta de la santa de Ávila que –lo confieso– me ha hecho mucha ilusión encontrar reflejada en un medio de comunicación, porque creo que no solo ilumina la figura de Teresa, sino que contribuye al bienestar de las mujeres, que es en definitiva el objetivo de todo feminismo, y puede favorecer asimismo la conversión de la comunidad eclesial.

¿Retratan ambos artículos a la misma persona? Indudablemente, sí. La mística Teresa, la poetisa, la traspasada de amor divino es la Teresa feminista. Es más, creo que su feminismo se alimentaba de su fe, de la humanidad de sus experiencias espirituales, de la corporalidad de su conocimiento de Dios, de la conciencia de su dignidad –“la humildad es la verdad”, solía decir– y de saberse amada tal cual era.

Ojalá asumir la perspectiva del feminismo para mirar a Teresa de Jesús ayude también a impedir que su vida y sus palabras se domestiquen. Porque vivimos tiempos recios en los que no podemos permitirnos desperdiciar ningún ánimo fuerte. Mucho menos si es de mujer.

[1] http://elpais.com/elpais/2014/10/06/opinion/1412622335_645159.html

[2] http://www.publico.es/actualidad/549032/la-cara-feminista-de-santa-teresa

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Un Dios revenido

 

Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo lo que una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido.

De Alicia a través del espejo[1]

Hace mucho tiempo que vivo en Asturias, una tierra bellísima con un paisaje que enamora tanto a quienes lo ven por primera vez, como a quienes podemos contemplarlo a diario. Después de tantos años aquí, aún me maravilla la bravura del Cantábrico, el azul grisáceo de sus aguas, los acantilados, el tamaño y el perfil de las montañas, los recónditos valles y, sobre todo, la increíble cantidad y variedad de verdes que colorean los prados y las laderas de los montes… Verdes embriagadores solamente posibles con muchos días al año de cielos encapotados y de lluvia mansa y copiosa, es decir, con un ambiente húmedo, muy húmedo. Tanto que, en los lugares sombríos y cerrados, por ejemplo, el pan que no se consume en el día corre más riesgo de enmohecerse que de secarse. Resulta fácil imaginar, por tanto, a qué saben las formas custodiadas en los sagrarios de las iglesias asturianas cuando pasa un poco de tiempo. Aunque a mí no me hace falta imaginarlo, porque lo sé por experiencia.

De esto hablaba un día con un par de amigas y, para tomarles el pelo, porque son dos asturianas que presumen a tiempo completo de las excelencias de su tierra, se me ocurrió decirles que más allá de los Picos de Europa, donde el clima es mucho más seco, Dios está más crujiente que aquí. Entonces una se quedó muy seria y susurró medio para sí, medio para las demás: “La verdad es que a veces parece un Dios revenido”. ¡Qué imagen!, pensé casi en voz alta: un Dios revenido, sin frescura, mohoso, caducado… como el que tantas veces nos transmiten las palabras también sin frescura, mohosas y caducadas que se utilizan en algunos ámbitos eclesiales y teológicos, palabras que, si alguna vez fueron crujientes y capaces de comunicar una imagen de Dios contemporánea, hace mucho que dejaron de serlo… Pero no le di más vueltas, hasta ayer.

Hojeando un libro de artículos de Ivone Gebara[2], leí: “Hay teologías monótonas, repetitivas, distantes, con gusto a cosa siempre recalentada. Hay predicaciones que se inspiran en estas teologías que tienen la misma estructura y el mismo sabor insípido”. Inmediatamente, me vino la imagen del Dios revenido y su sabor a moho. “Muchas veces me pregunto cómo nuestro pueblo aguanta las predicaciones religiosas repetitivas, moralizantes y alienantes. Predicaciones que ya sabemos cómo van a terminar desde las primeras palabras del predicador”, seguía el texto, y pensé en las muchas homilías insoportables que he soportado a lo largo de mi vida.

Gebara piensa que la mayor parte de la gente no acude a la iglesia para oír a los predicadores, sino que está habitada “por otras teologías sin espacio ni expresión en los cines oficiales de las iglesias”, teologías con las que intentan dar respuesta a sus necesidades de manera diferente. Y creo que tiene razón. Conocí a una monja sabia, muy sabia, que apagaba el audífono cuando el sermón no le interesaba y lo encendía cuando veía que las/os demás se levantaban para rezar el Credo. Desconectaba como lo hace la muchísima gente que se distrae o se ausenta mentalmente durante tantos sermones de las misas. A Dios gracias, porque la comida caducada suele sentar muy mal.

Por tanto, hay quienes toleran las palabras recalentadas, porque en realidad no las oyen. Pero están también quienes las escuchan y se mal alimentan o se intoxican con ellas. ¿Por qué? No lo sé. Seguramente hay otros motivos, pero pienso también en lo cómodo que nos resulta a todas/os ceder a la costumbre, aferrarse a posiciones que parecen seguras y no arriesgarse a dar un paso, delegar la humanísima capacidad de pensar para librarse de la responsabilidad de decidir, asirse a lo conocido, aunque ya no vivifique, y cerrarse, por miedo, a lo sin conocer, defender la tradición literalmente y no ensayar las necesarias adaptaciones, abrazarse a una espiritualidad desencarnada y desubicada, alejada de las historias humanas concretas y cotidianas, tragar lo caducado, en vez de denunciar su caducidad y a quienes lo ofrecen como alimento…

Al final, la cuestión es decidir a qué fuentes acudimos para saciarnos y si nos conformamos con un Dios revenido y mohoso, o buscamos al Dios vivo. Yo lo tengo claro.

[1] De Lewis Carrol.

[2] Gebara, Ivone. La sed de sentido: búsquedas ecofeministas en prosa poética. Montevideo: Doble clic Editoras, 2002.

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Ivone Gebara y la coherencia

Nosotras las mujeres hemos demostrado que somos capaces de pensar fuera de lo establecido.

Gioconda Belli

 

El pasado miércoles, días 10, la teóloga y filósofa Ivone Gebara recibió el título de Doctora Honoris Causa que le concedió la Escuela Superior de Teología (EST) de São Leopoldo (Estado de Río Grande do Sul, Brasil), por iniciativa del Núcleo de Pesquisa de Género de dicha institución académica luterana. La entrega se produjo durante el II Congreso Internacional Religión, Medios de Comunicación y Cultura, celebrado del 8 al 12 de septiembre en São Leopoldo, y fue retransmitida en directo por la web de la Facultad[1]. Con esta condecoración, la EST reconoce el trabajo constante y profundo que Ivone Gebara ha desarrollado desde el nacimiento de la Teología de la Liberación y de la Teología Feminista, no solo en Brasil, sino en toda Latinoamérica, donde ha contribuido de forma innegable a la formación teológica visibilizando la participación de las mujeres en la construcción de la iglesia y de la sociedad.

Ivone Gebara no puedo acudir al acto por motivos de salud, pero envió un texto de agradecimiento que me merece la pena leer con detenimiento[2]. Hay en sus palabras muchas cosas que dan que pensar y que invitan a desarrollar una reflexión más amplia, como la constatación de que “es la comunidad teológica luterana la que primero da a las teólogas feministas, especialmente de Brasil, el reconocimiento público de su trabajo a lo largo de casi cuarenta años”; o el riesgo de que las iglesias, que se consideran “profesionales” de la práctica del bien y la justicia, valoren más sus discursos que los sufrimientos reales de las mujeres; o la idea de que los derechos de las mujeres “incluso podrían ser incluidos como la nonagésima sexta tesis de la tradición de Lutero, dado que en gran parte su rebelión es también la nuestra, una rebelión contra la disminución de la humanidad encerrada en modelos jerárquicos y en poderes excluyentes”; o que al afirmar la dignidad de las mujeres, “así como la dignidad de cualquier grupo que se siente carente de ese valor, somos invitadas/os a salir de los modelos preestablecidos, de los modelos idealizados y de los estereotipos de normalidad que establecemos”; o que, por expreso deseo de la homenajeada, el título tuviera carácter colectivo, al incluir a todas y todos los que “no cierran sus corazones” cuando los clamores de las mujeres y los hombres se hacen oír.

Pero lo más llamativo, en mi opinión, fue que Ivone Gebara confesara públicamente que dudó en aceptar el título honorífico que se le concedía. ¿Por qué? Por coherencia. Ella es consciente de la instrumentalización que sufren las luchas feministas, “como si fuesen ya algo conquistado o un derecho ya adquirido, particularmente en las iglesias”, las cuales en los últimos años parecen más sensibilizadas respecto a algunas cuestiones relacionadas con las mujeres, aunque en muchas ocasiones tan solo hay bellas palabras alejadas de las mujeres de carne y hueso y de sus vidas cotidianas. Por otro lado, observa “muchos esfuerzos femeninos utilizados como conquistas masculinas, como si fuesen ellos los héroes de nuestra liberación” y llama la atención “sobre el peligro de instrumentalización indirecta a través de prácticas de corte patriarcal presentadas como complicidad libertaria”. Gebara no quería que la concesión del título sirviera a dicha instrumentalización y diera “más brillo al prestigio del ego masculino”, y dudó. Dudó hasta que pudo interpretar el evento como “señal de compromiso real de la Iglesia Luterana con la lucha por la dignidad femenina”. La verdad es que no sé en qué sentido utiliza Ivone Gebara la palabra portuguesa sinal, pues tiene, como su equivalente castellana señal, muchas acepciones, pero una de ellas hace referencia a la parte del precio que se adelanta en algunos contratos como garantía de su cumplimiento.

Es curioso interpretar la concesión de un título honorífico como adelanto de un compromiso que se adquiere precisamente al otorgarlo, un compromiso, además, no principalmente con la homenajeada, sino con sus luchas, mejor dicho, con aquellas cuyas luchas ha compartido. Es curioso y profundamente comprometedor, para la institución concesionaria y para Ivone Gebara, porque exige la coherencia de ambas.

En el acto de entrega, Nancy Cardoso presentó el libro Querida Ivone: amorosas cartas de teologia e feminismo, con el que las/os teólogas/os han honrado a su colega. Yo no soy colega, ni estas palabras son una carta, pero sí están llenas de afecto y admiración hacia una de las pocas personas a las que me atrevo a llamar maestra.

Enhorabuena, Ivone. Y gracias.

 

[1] https://www.youtube.com/watch?v=eJ1Axjak-ps

[2] Si alguien tiene interés, se puede leer, traducido al español en:

http://www.desveladas.org/b/desv/2014/09/13/palabras-de-agradecimiento-de-ivone-gebara-por-la-concesion-del-doctorado-honoris-causa-por-parte-de-la-escuela-superior-de-teologia-de-sao-leopoldo-brasil/

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Micro… puntitos

Lo nimio un agente subversivo, bien usado está minusvalorado.

Tereixa Constenla

 

Si, como dijo José María Arguedas, la palabra “tiene que desmenuzar el mundo” y dado que el paso del tiempo y las circunstancias transforman inevitablemente la experiencia de la realidad, resulta inevitable que la lengua se renueve, entre otras cosas, con la creación de nuevos términos y/o la reconceptualización de los ya existentes. Uno de los mecanismos más productivos para la fabricación de vocablos, tanto en los ámbitos especializados como cotidianos, es la composición. Y a lo mejor es una apreciación subjetiva, pero últimamente noto que pululan muchas palabras nuevas formadas por los prefijos micro- y mini-, que añaden pequeñez al término al que se unen. Lo que no sé es si estos neologismos han nacido para desmenuzar el mundo y contribuir, por tanto, a un mayor conocimiento del mismo o si, por el contrario, tienen como objetivo opacarlo, aunque supongo que habrá de todo.

El término minijobs, por ejemplo, mucho más usado que su traducción minitrabajos, me suena a eufemismo. Los trabajos precarios, esporádicos y por horas no son un invento actual. Hace mucho que existen, aunque eran una práctica laboral “marginal” y, en el mejor de los casos, complementaria de un trabajo fijo y estable. En los últimos años, sin embargo, la creciente precarización del empleo ha “normalizado” y convertido en tendencia lo que hasta hace poco era minoritario. Así, los trabajos transitorios, inestables e inseguros, generadores además de minisueldos, han crecido exponencialmente y sospecho que nombrarlos de otra manera, con palabras sin acepciones negativas, como minijobs o minitrabajos, contribuye a hacer más tolerable la situación.

Otra intención se vislumbra en el nacimiento de palabras como microrrelatos, micropoemas y microteatros, que se refieren a creaciones literarias breves, a veces muy breves, que por otra parte tampoco son invención del siglo XXI, aunque en los últimos años han adquirido mucha relevancia, pese a su pequeñez. Por ejemplo, son habituales los concursos de microrrelatos, se ha puesto de moda escribir jaikus[1], y los microteatros –representaciones de obras teatrales de unos pocos minutos en espacios reducidos– son un nuevo formato de exhibición que está causando furor. La brevedad de estos productos literarios supone un auténtico reto a la capacidad de condensación de quienes los crean, y los resultados, que desmenuzan la realidad destilándola, difícilmente dejan indiferentes. Sus nombres aluden a lo pequeño dándole mérito y valor.

Neologismos como microagresiones[2] o michomachismos[3] funcionan, sin embargo, como una lente de aumento y visibilizan, trayendo a la realidad, lo que sin palabras que lo conceptualicen se daría por inexistente, pues sabido es que lo que no se nombra no existe. Muestran que los grandes males no nacen grandes, ni de la nada, sino que se sustentan en males pequeños, que no por su tamaño son menos males. Descomponen la realidad, por tanto, para evidenciarla.

En esta misma línea de podría interpretarse el término micromomentos, que tiene que ver con la posibilidad ilimitada de acceso a Internet y con sus efectos, como el denominado tiempo encontrado, consistente en aprovechar los tiempos supuestamente perdidos –léase esperar al bus o que te atiendan en una ventanilla– para conectarse a redes sociales, enviar mensajes, hacer búsquedas en la red, firmar una campaña humanitaria, hacer clic en un “Me gusta”… La suma de estas microactividades tiene, según parece, resultados macro en ámbitos comerciales, culturales, solidarios, empresariales y de información. Confieso que apurar tanto el instante me causa cierto estrés, pero reconozco que tener conciencia de que el tiempo, por escaso que sea, ofrece muchas posibilidades es potencialmente valioso.

Creo que todas estas palabras, y lo que expresan, revelan entre otras cosas la importancia de prestar atención a lo pequeño, la emergencia de lo de escaso tamaño, la atomización de la mirada sobre la realidad… Yo las veo como las miguitas que los protagonistas de algunos cuentos dejan para indicar el camino, o como los puntos de esos pasatiempos que esconden un dibujo, solamente bien visible cuando se traza una línea sobre ellos. Y en ello estoy, con el lápiz en la mano.

 

[1] El haiku o jaiku es un tipo de poesía de origen japonés consistente en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas, respectivamente.

[2] Frases, actos o comportamientos en la vida cotidiana que muestran una actitud hostil o discriminatoria hacia un grupo humano, generalmente minoritario, de forma casi imperceptible, por lo que a menudo pasan inadvertidas.

[3] Son un tipo concreto de microagresiones. Se trata de comportamientos cotidianos, y difíciles de detectar, de violencia y dominación machistas que también reciben el nombre de “pequeñas tiranías”, “terrorismo íntimo” o “violencia blanda”, aunque constituyen el caldo de cultivo de los niveles más altos de violencia contra las mujeres.

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Distancia de seguridad

La verdad es que reconocernos humanos es saber que siempre habrá luchas y retos, pero bueno, avanzamos. Un pie delante del otro.

Viviana Sansón

El domingo pasado se acabaron mis vacaciones veraniegas y esta semana he ido retomando una a una las rutinas y tareas de la vida cotidiana. Hoy le ha tocado al blog, al que no he dado de comer desde hace casi un mes, sinceramente, por la muchísima pereza que me ha dado abrir el ordenador y ponerme a teclear sobre cualquier tema que se me ocurriera, fuera serio o liviano. He intentado mantenerme lejos de la televisión y de los periódicos y apenas he abierto el correo electrónico, en cuya bandeja de entrada se acumularon, sin abrir, bastantes mensajes. Confieso, pues, que he cedido abiertamente a la tentación de vivir en una especie de paréntesis y de dejarlo todo para la vuelta. En realidad, casi todo, porque hay realidades que no merecen que se establezca con ellas una fría distancia de seguridad.

Durante las últimas semanas, los medios de comunicación internacionales han prestado mucha atención a la epidemia de ébola que se propaga sin control por Guinea, Sierra Leona, Liberia y Nigeria. El brote se inició seguramente el año pasado, aunque no se supo que era ébola hasta febrero de este 2014. Desde entonces, se han registrado casi dos mil quinientos casos y más de mil trescientas muertes –aunque el número puede ser mayor– y ha habido algunas noticias, escasas, sobre el tema, que sin duda se ha visto como algo muy lejano, ya que lo que sucede en África y a las/os africanas/os suele importar muy poco en Occidente. Solo cuando el virus ha afectado a algunas personas de nuestro Primer Mundo, solo cuando se ha vislumbrado la posibilidad real de que el ébola emigre del continente africano a los seguros países desarrollados, se ha despertado el interés de estos por una enfermedad que, por cierto, ningún medicamento actual es capaz de curar. Y digo interés por la enfermedad y no por las/os enfermas/os, porque da la impresión de que los esfuerzos van más dirigidos a realizar ensayos clínicos con fármacos experimentales que a frenar la epidemia in situ, atendiendo a las personas enfermas de ébola en los países afectados y destinando los recursos humanos y técnicos necesarios para evitar la propagación del virus sin deshumanizar a las/os contagiadas/os, es decir, sin verlos solamente como una amenaza, casi como un arma biológica…

Entiendo que hay circunstancias que hacen que lo lejano se acerque, que lo que parecía algo completamente ajeno se perciba como cercano. Cuando leí el texto de la campaña de firmas iniciada en Change.org para socilitar al Ministerio de Asuntos Exteriores español la repatriación de trabajadores sanitarios que habían tenido contacto con enfermos de ébola y que estaban aislados en un hospital de Liberia, me sobresalté porque entre ese personal sanitario había religiosas Misioneras de la Inmaculada Concepción (MIC), en cuyo colegio de Zaragoza me eduqué. De hecho, allí conocí, a comienzos de los 70, a la hermana Juliana Bonoha Bohé, quien finalmente fue trasladada a Madrid junto con el padre Miguel Pajares, fallecido pocos días después. No he visto a Juliana desde que terminé la EGB y no conozco a las demás religiosas MIC que, enfermas de ébola, no pudieron salir de Liberia por no tener pasaporte español[1]. Mi conexión con el caso es, por tanto, mínima, pero suficiente para hacer que me sienta más concernida… Entiendo, por tanto, que notar la cercanía de una enfermedad altamente mortal, sentirla a las puertas de casa, despierte mucha preocupación. Lo que no me parece justificable es que saberla en casa ajena no provoque ninguna o, en todo caso, alivio, por la seguridad que da la distancia, y desapego, porque nada tiene que ver con nosotras/os.

Lo mismo pasa con otras tantas realidades ­–conflictos bélicos, terrorismo, pobreza, violencia machista, trata de personas, tortura… y otras violaciones de los derechos humanos­– de las que tenemos conocimiento, pero que no nos afectan, es decir, no tocan nuestros afectos, porque las personas que las sufren están real o metafóricamente lejos y no las consideramos parte del nosotras/os en el que nos sentimos integradas/os. Pero lo son, porque por encima y por debajo de lo que nos diferencia y nos separa está la humanidad que compartimos y que impide que ningún ser humano sea excluido de esa primera persona del plural. Aunque sea africano. Aunque esté enfermo de ébola.

 

[1] Chantal Pascaline Mutwameme falleció en Liberia poco después de la repatriación de Juliana; Paciencia Melgar ha logrado vencer al virus, aunque aún le espera un largo periodo de cuarentena, y los síntomas de Helena Wolo van remitiendo, por lo que se confía en que supere la enfermedad. Más información en:

http://www.misionerasinmaculadaconcepcion.es/downloads/0001-equipos-y-comunidades–agosto-21.pdf

http://www.misionerasinmaculadaconcepcion.es/downloads/0001-buena-noticia.pdf

http://www.misionerasinmaculadaconcepcion.es/downloads/00099-resea-de-chantal.pdf

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Arte y cambios

No voy a ser tan ingenua de creer que una película puede modificar el mundo, pero sí sirve para tomar conciencia, para movilizar. Para que un espectador o espectadora salga del cine totalmente diferente a como era cuando entró. Eso me basta.

María Luisa Bemberg

En los últimos días, he leído sendas entrevistas realizadas a tres de las actrices españolas que más admiro: Lola Herrera[1], Julia Gutiérrez Caba[2] y Terele Pávez[3], tres vidas dedicadas a la interpretación, transmitiendo y traduciendo a través de su cuerpo, de sus gestos y de su voz las palabras de otras personas, las historias que otras/os escriben y quieren contar, siendo el canal de mensajes que, sin intérprete, no lograrían comunicarse con la misma fuerza evocadora, metiéndose en otras pieles, acomodándose a otras formas de ser y de sentir, logrando que su yo desaparezca tras el de cada personaje al que han dado carne y, al mismo tiempo, lo enriquezca, dejándose hacer por la obra de arte ajena y creando la propia, provocándose emociones e incitándolas en las/os demás.

En el escenario o a través de la pantalla se narran historias, como sucede en las novelas o en los cuentos, pero las del teatro y el cine son narraciones… con más dimensiones. A las palabras se suman otros canales de comunicación con otros códigos, o sea, otros lenguajes, visuales y auditivos, en los que intervienen, además de los actores y las actrices, muchos tipos de intérpretes –directores, escenógrafos, iluminadores…–, es decir, personas que aportan su propia hermenéutica del texto teatral o del guión cinematográfico.

A menudo, el resultado de este complejo trabajo de creación en equipo produce en quienes lo contemplan un profundo placer estético y un notable impacto emocional. A veces, se produce el milagro y las/os espectadoras/es de la obra de teatro o de la película se sienten realmente tocadas/os por lo que han visto y oído, y algo se transforma en ellas/os, no durante un rato o unos días, sino definitivamente.

Creo que no resulta difícil reconocerles capacidad transformadora a algunas obras políticas, científicas, filosóficas, teológicas…, y que habría muchas personas capaces de señalar qué textos de ese estilo les han marcado profundamente, porque son conscientes de que no volvieron a ser las mismas después de leerlos o escucharlos. Es posible que, incluso, se acercaran a ellos con la esperanza de ser transformadas. Más difícil parece, sin embargo, identificar qué obras artísticas concretas, y en qué sentido, han cambiado nuestras vidas, porque aunque contamos con que nos afecten estéticamente, nos exponemos a ellas como si fueran inocuas, sin percibir su potencial transformador. Pero lo tienen, como todo acto de comunicación.

Si pienso en mí, reconozco algunos encuentros con las artes –incluida por supuesto la literatura– que se han adherido a mi piel como un tatuaje. Sería difícil enumerarlos y más difícil todavía explicar qué tecla de mi ser tocaron, pero ahora mismo vienen a mi mente, por ejemplo, un poema de Pedro Casaldáliga, las pinturas negras de Goya, novelas como 1984, de George Orwell, El cuento de la criada, de Margaret Atwood, o Los desposeídos, de Ursula Le Guin, películas como Función de noche, Iron Jawed Angels, Todo está iluminado o De dioses y hombres, fotografías de James Nachtwey, las vidrieras de la catedral de León, la interpretación de Lola Herrera en Cinco horas con Mario[4], los conciertos para violín de Bach BWV 1041 y BWV 1043, el claustro románico de San Juan de la Peña… Quizás no sean las mejores y más grandes obras en sus respectivos géneros, pero sin ellas, y otras muchas, yo sería otra persona, menos consciente, menos libre, menos feliz.

Todas las manifestaciones artísticas remiten a la realidad, cuentan la vida y plantean preguntas sobre el sentido de la existencia, o intentan responder a ellas. La cualidad connotativa de su lenguaje, en su doble sentido de equívoca y representativa de otra cosa distinta, las hace evocadoras, sugerentes, capaces de suscitar emociones, de establecer relaciones que, a menudo, se escapan al análisis más racional. Lo que se dice a través del arte no puede ser comunicado de otra manera ni producir el mismo efecto.

Arte y artistas para disfrutar, para denunciar, para concienciar, para inspirar alternativas. Arte y artistas para transformar la realidad, para cambiar el mundo.

 

[1] 21rs: la revista cristiana de hoy, n. 978 (julio 2014), pp. 45-46.

[2] http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/16/babelia/1405523740_223595.html

[3] http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/24/actualidad/1406223948_009517.html

[4] La adaptación teatral de la novela, del mismo título, de Miguel Delibes.

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Adiós al sofá

 

La sociedad necesita que nos levantemos del sofá y nos pongamos en marcha. Yo quería que alguien hiciera eso y al final encontré la respuesta: podía hacerlo yo.

Belén Suárez Prieto

 

Belén Suárez Prieto se divorció el año pasado y empezó a salir de nuevo por las noches. Las salidas nocturnas le mostraron una ciudad, Oviedo, “en plena ebullición, sobre todo en el panorama musical”[1], lo que contradecía el extendido e infundado prejuicio de que en Oviedo no hay nada. Y para desmontar y desmentir este viejo estereotipo de Vetusta, abrió una página en Internet[2], con la ayuda de una amiga, para dar cuenta de la oferta cultural y de ocio en la ciudad: conciertos, exposiciones, conferencias… organizados mayoritariamente, no por la Administración, sino por la sociedad civil. Belén se dio cuenta de que había mucha gente trabajando mucho y creativamente para superar la crisis económica, y quiso que la página tuviera un contenido político, “en el sentido de hacer ciudad, de hacer red, de crear comunidad”.

Entonces empezó a hablarse de que había niños que iban al colegio sin desayunar, realidad que corroboraron algunas amigas de Belén que son profesoras, y pensaron que sería buena idea poner en marcha unos desayunos abiertos a todas las familias. La asociación Partycipa[3] puso a su disposición un local gratuito en el centro de la ciudad y, aunque al principio acudía poca gente y de forma irregular, acabaron ofreciendo desayunos y meriendas, con ayuda para hacer los deberes, a diez familias. A primeros de año decidieron hacer también un reparto semanal de comida y… “Oviedo se volcó”. De muy diversas formas, han colaborado particulares, asociaciones, colegios, pequeños negocios… Durante el curso –la iniciativa ha estado unida al calendario escolar– han formado parte de la red de recursos de la sociedad y acogido a personas enviadas por los servicios de asistencia social y por los colegios, aunque paradójicamente no se ha puesto en contacto con ellas “ni un concejal, ni del equipo de gobierno ni de la oposición”.

Esta experiencia de “personas ayudando a personas sin más, sin etiquetas”[4], ha sido dura –porque duro es ver merendar a niñas/os con ansiedad, como si fuera lo primero que comen en todo el día, o saber que hay padres que no cenan para que sus hijos desayunen, o comprobar que la pobreza energética[5] hace que la gente prefiera llevarse pasta y arroz, porque tardan menos en cocer que las legumbres– y una verdadera “escuela para abandonar los prejuicios”. Ahora toca evaluar y decidir qué hacer en el futuro y cómo.

Esta iniciativa se suma a otras muchas, en todo el mundo, nacidas de la solidaridad, del deseo de justicia, de la conciencia de corresponsabilidad e interdependencia de los seres humanos. Todas ellas constituyen el llamado tercer sector –denominado así porque no es privado ni público–, que está conformado por las oenegés y por los múltiples y diversos movimientos ciudadanos que a nivel de barrio, local, regional, estatal o global intentan poner coto a neoliberalismo económico y atajar sus terribles consecuencias; movimientos que canalizan y suman reivindicaciones, fuerzas y anhelos; movimientos que pueden convertirse en motores de algo nuevo, en posibilitadores de una sociedad más comunitaria; movimientos en los que yo, tú, nosotras/os podemos participar y/o echar a andar.

Parece que es hora de levantarse del sofá.

 

 

[1] Los entrecomillados proceden de la entrevista realizada a Belén Suárez Prieto por L. S. Naveros y publicada en el periódico asturiano La Nueva España, 4-7-2014, p. 9. No puedo ofrecer el enlace a la versión digital de dicha noticia porque la lectura del texto completo está restringida a suscriptoras/es.

[2] http://peroquiendice.com/blog/inicio/

[3] http://www.partycipa.com/

[4] Cuenta Belén Suárez Prieto: “Fuimos al Banco de Alimentos y fueron muy amables, pero tenemos filosofías distintas. No podían darnos comida para repartir porque teníamos que acreditar que la gente que la recibía estaba en situación de necesidad. Y eso era algo que no queríamos hacer”.

[5] La pobreza energética es la incapacidad de un hogar de satisfacer una cantidad mínima de servicios de la energía para sus necesidades básicas.

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Tranquila, mamá

El problema para mí no es lo que se piensa de las mujeres, sino lo que nosotras hemos aceptado pensar de nosotras mismas.

Viviana Sansón

 

Tengo una sobrina, Nahia, de apenas dos años y medio. Es una niña muy independiente, de las que prefiere hacer a que le hagan. Come sola, intenta vestirse y calzarse por su cuenta –y casi siempre lo consigue–, hace tiempo que no lleva pañal, se lava los dientes con mucho esmero, anda más lista que el aire para responder al teléfono con un “¡diga!” que quita el sentido, pasa sus buenos ratos fingiendo que lee en cuanto sabe de qué va un cuento, y todos los días repite incansablemente “yo, yo, yo…” para proclamar su derecho a hacer lo que sea sin ayuda, incluido andar por la calle sin agarrar la mano de nadie. Mi hermana y mi cuñado le permiten caminar “solita” a su lado, a condición de que vaya por la parte interior de las aceras, pegada a la pared de los edificios, y muy formal –y va formalísima, porque sabe que, si no, se juega la independencia callejera que tanto aprecia–, pero tiene que darles la mano para cruzar. Pues bien, hace un par de días, iban madre e hija al parque y llegaron a un semáforo en verde para los peatones. “Dame la mano”, le dijo mi hermana a la niña, pero Nahia, como si fuera lo más normal del mundo, le contestó: “Tranquila, mamá, que ya me llevo yo”. Y se agarró el borde de la falda con la mano que le negó a su madre y, bajo la mirada atenta y atónita de mi hermana, cruzó la calle y se llevó a sí misma hasta el parque, donde se soltó el vestido y se puso a correr y a brincar.

Imagino que la misma sensación de desconcierto produjo en el pasado ver a las primeras mujeres que decidieron soltarse de la mano y llevarse ellas mismas a todos los ámbitos físicos, socio-económicos, culturales y espirituales que tradicionalmente habían transitado los varones en exclusiva. En un mundo en el que, desde tiempos inmemoriales, las mujeres hemos sido pensadas como inferiores, inmaduras emocionalmente, subjetivas y faltas de racionalidad, es decir, como eternas menores de edad y, por tanto, necesitadas de la guía, la protección, el apoyo y la supervisión constante de los hombres del entorno (padres, esposos, hermanos, clérigos…), siempre ha causado estupefacción que esas niñas, de una en una o en grupo, demuestren que en realidad son adultas y se independicen de quienes les tutelan sin más mérito que el de haber nacido varones.

Aunque, la verdad, quienes se han beneficiado y se benefician del patriarcado no se quedan precisamente estupefactos ante la emancipación de las mujeres y sus luchas por la igualdad, ante el feminismo teórico y práctico. Tras el pasmo inicial, que puede producir una cierta paralización[1], suelen sucederse reacciones que en general no pecan de torpeza y cuyo objetivo es impedir que dicha emancipación se lleve a término. Lo más habitual es ridiculizar o demonizar las reivindicaciones feministas y los argumentos en que se apoyan y desacreditar personal, moral e intelectualmente a las mujeres que trabajan para conseguirlas. Y es verdad que cuando finalmente hemos logrado “alcanzar” aquello que los varones disfrutaban de manera exclusiva y privilegiada, el tiempo ha acabado normalizando lo que parecía inaudito –a nadie sorprende ya, por ejemplo, ver a las mujeres en la universidad o en el interior de una mina o con el pelo corto y pantalones–, pero también lo es que el sexismo que ha atravesado la historia de la humanidad como una constante sigue presente y que las mujeres, antes y ahora, vamos siempre un paso por detrás y hemos de continuar reivindicando nuestra condición de seres humanos plenos y adultos y nuestro derecho a rechazar las todavía muchas manos que intentan llevarnos por donde podríamos transitar sin tutela o, lo que es peor, por donde no queremos hacerlo. Manos que lo intentan y que a veces lo consiguen. Manos que no serian tan poderosas si todas las mujeres rechazáramos lo que el patriarcado y quienes lo sostienen piensan de nosotras y dijéramos, como lo más normal del mundo: “Tranquilos, que ya nos llevamos nosotras”.

 

 

[1] Estupefacto viene del latín stupefactus, que es el participio del verbo stupefacio (“aturdir, paralizar”), formado por el verbo facio (“hacer”) y una raíz que también está, entre otras palabras, en stupidus (“aturdido, pasmado, necio, tonto, inmóvil”) y en stupor (“torpeza, estupidez”), que es español dieron estúpido y estupor, respectivamente.

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De cuerpo ausente

Escribir es un juego de precario equilibrio entre el valor y la soberbia. También entre sus opuestos: el miedo y la humildad.

Ángeles Mastretta

 

Se lee en el DRAE que de cuerpo presente, dicho de un cadáver, significa “expuesto y preparado para ser llevado al enterramiento”. No sé en qué circunstancias nació y se afianzó está expresión, aunque parece muy asociada a los ritos mortuorios, concretamente para indicar que el acto de despedida, civil o religioso, es decir, el funeral de una persona, se realiza en presencia de su cadáver. De esta manera, cuerpo –el cuerpo presente– viene a equivaler, en esta locución, a cuerpo muerto. Quizá por ello, y a pesar del silencio del Diccionario de la Real Academia Española sobre el significado de esta locución cuando se dice de una persona viva, lo cierto es que resulta bastante habitual decir y oír que alguien está de cuerpo presente para indicar que está como ausente. Hay, pues, personas que están como si no estuvieran. Unas, porque por decisión propia no están en lo que celebran; otras, porque por voluntad ajena sufren la imposición de un tipo de presencia tan sumisa y silenciosa que más parece ausencia, de manera que sus cuerpos vivos ocupan un espacio, sí, pero como si estuvieran muertos. Y este estar no estando resulta tan eficiente que, en ocasiones, estas personas de cuerpo presente pasan tan inadvertidas que parecen invisibles.

Si esta presencia ausente tuviera un reverso, sería la ausencia presente, es decir, un no estar… estando. ¿Quién no ha experimentado alguna vez la sensación casi física de hueco que deja una persona ausente? ¿Quién no ha “tocado” el espacio que, paradójicamente, ocupa el vacío de una presencia inexistente, un vacío que puede producir añoranza o liberación, miedo o esperanza, pero que en cualquier caso no es invisible porque está lleno de ausencia? Hay, por tanto, personas de cuerpo ausente, personas que no están como si estuvieran, personas cuya ausencia, elegida o impuesta, es tan llamativa que no pasa inadvertida a las/os demás. Y hay quienes, por estar de cuerpo ausente donde desearían estar presentes, acaban estando de cuerpo presente donde realmente están sus cuerpos…

¿Un juego de palabras? Espero que no, porque la presencia ausente y la ausencia presente han sido recurrentes cada vez que he pensado en este blog durante estas tres semanas de silencio, un silencio no elegido, pero no por ello menos mudo. Presencia ausente, cada vez que veía mi último y atrasado post; ausencia presente, cada vez que intentaba escribir algo con el pensamiento, mientras hacía otra cosa.

A veces resulta difícil de explicar y de explicarse qué impide que los dedos se deslicen con fluidez por el teclado del ordenador. No es pereza, ni descuido, ni desgana, ni falta de tiempo. Es miedo. Miedo a empezar y no saber cómo acabar. Miedo a escribir siempre la misma historia, con distintas palabras, pero la misma al fin y al cabo. Miedo a poner demasiada carne en las palabras, y también a no hacerlo. Miedo a decir más de lo que quiero y a callar más de lo que debo. Miedo a escucharme mientras hablo, o mejor, a leerme mientras escribo. Miedo a ser soberbia y miedo a ser cobarde. Un miedo que bloquea los dedos y la mente, que genera silencio, que mantiene el folio en blanco, como si estuviera de cuerpo presente –mudo, sordo y ciego–, lleno solo de ausencia de palabras, una ausencia que ocupa y preocupa, porque quien escribe, aunque sea por afición, las necesita de algún modo para ser y, cuando no las encuentra, vive como de cuerpo ausente mientras las busca.

Y hoy, después de mucho tiempo, las he encontrado.

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