Distancia de seguridad

La verdad es que reconocernos humanos es saber que siempre habrá luchas y retos, pero bueno, avanzamos. Un pie delante del otro.

Viviana Sansón

El domingo pasado se acabaron mis vacaciones veraniegas y esta semana he ido retomando una a una las rutinas y tareas de la vida cotidiana. Hoy le ha tocado al blog, al que no he dado de comer desde hace casi un mes, sinceramente, por la muchísima pereza que me ha dado abrir el ordenador y ponerme a teclear sobre cualquier tema que se me ocurriera, fuera serio o liviano. He intentado mantenerme lejos de la televisión y de los periódicos y apenas he abierto el correo electrónico, en cuya bandeja de entrada se acumularon, sin abrir, bastantes mensajes. Confieso, pues, que he cedido abiertamente a la tentación de vivir en una especie de paréntesis y de dejarlo todo para la vuelta. En realidad, casi todo, porque hay realidades que no merecen que se establezca con ellas una fría distancia de seguridad.

Durante las últimas semanas, los medios de comunicación internacionales han prestado mucha atención a la epidemia de ébola que se propaga sin control por Guinea, Sierra Leona, Liberia y Nigeria. El brote se inició seguramente el año pasado, aunque no se supo que era ébola hasta febrero de este 2014. Desde entonces, se han registrado casi dos mil quinientos casos y más de mil trescientas muertes –aunque el número puede ser mayor– y ha habido algunas noticias, escasas, sobre el tema, que sin duda se ha visto como algo muy lejano, ya que lo que sucede en África y a las/os africanas/os suele importar muy poco en Occidente. Solo cuando el virus ha afectado a algunas personas de nuestro Primer Mundo, solo cuando se ha vislumbrado la posibilidad real de que el ébola emigre del continente africano a los seguros países desarrollados, se ha despertado el interés de estos por una enfermedad que, por cierto, ningún medicamento actual es capaz de curar. Y digo interés por la enfermedad y no por las/os enfermas/os, porque da la impresión de que los esfuerzos van más dirigidos a realizar ensayos clínicos con fármacos experimentales que a frenar la epidemia in situ, atendiendo a las personas enfermas de ébola en los países afectados y destinando los recursos humanos y técnicos necesarios para evitar la propagación del virus sin deshumanizar a las/os contagiadas/os, es decir, sin verlos solamente como una amenaza, casi como un arma biológica…

Entiendo que hay circunstancias que hacen que lo lejano se acerque, que lo que parecía algo completamente ajeno se perciba como cercano. Cuando leí el texto de la campaña de firmas iniciada en Change.org para socilitar al Ministerio de Asuntos Exteriores español la repatriación de trabajadores sanitarios que habían tenido contacto con enfermos de ébola y que estaban aislados en un hospital de Liberia, me sobresalté porque entre ese personal sanitario había religiosas Misioneras de la Inmaculada Concepción (MIC), en cuyo colegio de Zaragoza me eduqué. De hecho, allí conocí, a comienzos de los 70, a la hermana Juliana Bonoha Bohé, quien finalmente fue trasladada a Madrid junto con el padre Miguel Pajares, fallecido pocos días después. No he visto a Juliana desde que terminé la EGB y no conozco a las demás religiosas MIC que, enfermas de ébola, no pudieron salir de Liberia por no tener pasaporte español[1]. Mi conexión con el caso es, por tanto, mínima, pero suficiente para hacer que me sienta más concernida… Entiendo, por tanto, que notar la cercanía de una enfermedad altamente mortal, sentirla a las puertas de casa, despierte mucha preocupación. Lo que no me parece justificable es que saberla en casa ajena no provoque ninguna o, en todo caso, alivio, por la seguridad que da la distancia, y desapego, porque nada tiene que ver con nosotras/os.

Lo mismo pasa con otras tantas realidades ­–conflictos bélicos, terrorismo, pobreza, violencia machista, trata de personas, tortura… y otras violaciones de los derechos humanos­– de las que tenemos conocimiento, pero que no nos afectan, es decir, no tocan nuestros afectos, porque las personas que las sufren están real o metafóricamente lejos y no las consideramos parte del nosotras/os en el que nos sentimos integradas/os. Pero lo son, porque por encima y por debajo de lo que nos diferencia y nos separa está la humanidad que compartimos y que impide que ningún ser humano sea excluido de esa primera persona del plural. Aunque sea africano. Aunque esté enfermo de ébola.

 

[1] Chantal Pascaline Mutwameme falleció en Liberia poco después de la repatriación de Juliana; Paciencia Melgar ha logrado vencer al virus, aunque aún le espera un largo periodo de cuarentena, y los síntomas de Helena Wolo van remitiendo, por lo que se confía en que supere la enfermedad. Más información en:

http://www.misionerasinmaculadaconcepcion.es/downloads/0001-equipos-y-comunidades–agosto-21.pdf

http://www.misionerasinmaculadaconcepcion.es/downloads/0001-buena-noticia.pdf

http://www.misionerasinmaculadaconcepcion.es/downloads/00099-resea-de-chantal.pdf

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Arte y cambios

No voy a ser tan ingenua de creer que una película puede modificar el mundo, pero sí sirve para tomar conciencia, para movilizar. Para que un espectador o espectadora salga del cine totalmente diferente a como era cuando entró. Eso me basta.

María Luisa Bemberg

En los últimos días, he leído sendas entrevistas realizadas a tres de las actrices españolas que más admiro: Lola Herrera[1], Julia Gutiérrez Caba[2] y Terele Pávez[3], tres vidas dedicadas a la interpretación, transmitiendo y traduciendo a través de su cuerpo, de sus gestos y de su voz las palabras de otras personas, las historias que otras/os escriben y quieren contar, siendo el canal de mensajes que, sin intérprete, no lograrían comunicarse con la misma fuerza evocadora, metiéndose en otras pieles, acomodándose a otras formas de ser y de sentir, logrando que su yo desaparezca tras el de cada personaje al que han dado carne y, al mismo tiempo, lo enriquezca, dejándose hacer por la obra de arte ajena y creando la propia, provocándose emociones e incitándolas en las/os demás.

En el escenario o a través de la pantalla se narran historias, como sucede en las novelas o en los cuentos, pero las del teatro y el cine son narraciones… con más dimensiones. A las palabras se suman otros canales de comunicación con otros códigos, o sea, otros lenguajes, visuales y auditivos, en los que intervienen, además de los actores y las actrices, muchos tipos de intérpretes –directores, escenógrafos, iluminadores…–, es decir, personas que aportan su propia hermenéutica del texto teatral o del guión cinematográfico.

A menudo, el resultado de este complejo trabajo de creación en equipo produce en quienes lo contemplan un profundo placer estético y un notable impacto emocional. A veces, se produce el milagro y las/os espectadoras/es de la obra de teatro o de la película se sienten realmente tocadas/os por lo que han visto y oído, y algo se transforma en ellas/os, no durante un rato o unos días, sino definitivamente.

Creo que no resulta difícil reconocerles capacidad transformadora a algunas obras políticas, científicas, filosóficas, teológicas…, y que habría muchas personas capaces de señalar qué textos de ese estilo les han marcado profundamente, porque son conscientes de que no volvieron a ser las mismas después de leerlos o escucharlos. Es posible que, incluso, se acercaran a ellos con la esperanza de ser transformadas. Más difícil parece, sin embargo, identificar qué obras artísticas concretas, y en qué sentido, han cambiado nuestras vidas, porque aunque contamos con que nos afecten estéticamente, nos exponemos a ellas como si fueran inocuas, sin percibir su potencial transformador. Pero lo tienen, como todo acto de comunicación.

Si pienso en mí, reconozco algunos encuentros con las artes –incluida por supuesto la literatura– que se han adherido a mi piel como un tatuaje. Sería difícil enumerarlos y más difícil todavía explicar qué tecla de mi ser tocaron, pero ahora mismo vienen a mi mente, por ejemplo, un poema de Pedro Casaldáliga, las pinturas negras de Goya, novelas como 1984, de George Orwell, El cuento de la criada, de Margaret Atwood, o Los desposeídos, de Ursula Le Guin, películas como Función de noche, Iron Jawed Angels, Todo está iluminado o De dioses y hombres, fotografías de James Nachtwey, las vidrieras de la catedral de León, la interpretación de Lola Herrera en Cinco horas con Mario[4], los conciertos para violín de Bach BWV 1041 y BWV 1043, el claustro románico de San Juan de la Peña… Quizás no sean las mejores y más grandes obras en sus respectivos géneros, pero sin ellas, y otras muchas, yo sería otra persona, menos consciente, menos libre, menos feliz.

Todas las manifestaciones artísticas remiten a la realidad, cuentan la vida y plantean preguntas sobre el sentido de la existencia, o intentan responder a ellas. La cualidad connotativa de su lenguaje, en su doble sentido de equívoca y representativa de otra cosa distinta, las hace evocadoras, sugerentes, capaces de suscitar emociones, de establecer relaciones que, a menudo, se escapan al análisis más racional. Lo que se dice a través del arte no puede ser comunicado de otra manera ni producir el mismo efecto.

Arte y artistas para disfrutar, para denunciar, para concienciar, para inspirar alternativas. Arte y artistas para transformar la realidad, para cambiar el mundo.

 

[1] 21rs: la revista cristiana de hoy, n. 978 (julio 2014), pp. 45-46.

[2] http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/16/babelia/1405523740_223595.html

[3] http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/24/actualidad/1406223948_009517.html

[4] La adaptación teatral de la novela, del mismo título, de Miguel Delibes.

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Adiós al sofá

 

La sociedad necesita que nos levantemos del sofá y nos pongamos en marcha. Yo quería que alguien hiciera eso y al final encontré la respuesta: podía hacerlo yo.

Belén Suárez Prieto

 

Belén Suárez Prieto se divorció el año pasado y empezó a salir de nuevo por las noches. Las salidas nocturnas le mostraron una ciudad, Oviedo, “en plena ebullición, sobre todo en el panorama musical”[1], lo que contradecía el extendido e infundado prejuicio de que en Oviedo no hay nada. Y para desmontar y desmentir este viejo estereotipo de Vetusta, abrió una página en Internet[2], con la ayuda de una amiga, para dar cuenta de la oferta cultural y de ocio en la ciudad: conciertos, exposiciones, conferencias… organizados mayoritariamente, no por la Administración, sino por la sociedad civil. Belén se dio cuenta de que había mucha gente trabajando mucho y creativamente para superar la crisis económica, y quiso que la página tuviera un contenido político, “en el sentido de hacer ciudad, de hacer red, de crear comunidad”.

Entonces empezó a hablarse de que había niños que iban al colegio sin desayunar, realidad que corroboraron algunas amigas de Belén que son profesoras, y pensaron que sería buena idea poner en marcha unos desayunos abiertos a todas las familias. La asociación Partycipa[3] puso a su disposición un local gratuito en el centro de la ciudad y, aunque al principio acudía poca gente y de forma irregular, acabaron ofreciendo desayunos y meriendas, con ayuda para hacer los deberes, a diez familias. A primeros de año decidieron hacer también un reparto semanal de comida y… “Oviedo se volcó”. De muy diversas formas, han colaborado particulares, asociaciones, colegios, pequeños negocios… Durante el curso –la iniciativa ha estado unida al calendario escolar– han formado parte de la red de recursos de la sociedad y acogido a personas enviadas por los servicios de asistencia social y por los colegios, aunque paradójicamente no se ha puesto en contacto con ellas “ni un concejal, ni del equipo de gobierno ni de la oposición”.

Esta experiencia de “personas ayudando a personas sin más, sin etiquetas”[4], ha sido dura –porque duro es ver merendar a niñas/os con ansiedad, como si fuera lo primero que comen en todo el día, o saber que hay padres que no cenan para que sus hijos desayunen, o comprobar que la pobreza energética[5] hace que la gente prefiera llevarse pasta y arroz, porque tardan menos en cocer que las legumbres– y una verdadera “escuela para abandonar los prejuicios”. Ahora toca evaluar y decidir qué hacer en el futuro y cómo.

Esta iniciativa se suma a otras muchas, en todo el mundo, nacidas de la solidaridad, del deseo de justicia, de la conciencia de corresponsabilidad e interdependencia de los seres humanos. Todas ellas constituyen el llamado tercer sector –denominado así porque no es privado ni público–, que está conformado por las oenegés y por los múltiples y diversos movimientos ciudadanos que a nivel de barrio, local, regional, estatal o global intentan poner coto a neoliberalismo económico y atajar sus terribles consecuencias; movimientos que canalizan y suman reivindicaciones, fuerzas y anhelos; movimientos que pueden convertirse en motores de algo nuevo, en posibilitadores de una sociedad más comunitaria; movimientos en los que yo, tú, nosotras/os podemos participar y/o echar a andar.

Parece que es hora de levantarse del sofá.

 

 

[1] Los entrecomillados proceden de la entrevista realizada a Belén Suárez Prieto por L. S. Naveros y publicada en el periódico asturiano La Nueva España, 4-7-2014, p. 9. No puedo ofrecer el enlace a la versión digital de dicha noticia porque la lectura del texto completo está restringida a suscriptoras/es.

[2] http://peroquiendice.com/blog/inicio/

[3] http://www.partycipa.com/

[4] Cuenta Belén Suárez Prieto: “Fuimos al Banco de Alimentos y fueron muy amables, pero tenemos filosofías distintas. No podían darnos comida para repartir porque teníamos que acreditar que la gente que la recibía estaba en situación de necesidad. Y eso era algo que no queríamos hacer”.

[5] La pobreza energética es la incapacidad de un hogar de satisfacer una cantidad mínima de servicios de la energía para sus necesidades básicas.

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Tranquila, mamá

El problema para mí no es lo que se piensa de las mujeres, sino lo que nosotras hemos aceptado pensar de nosotras mismas.

Viviana Sansón

 

Tengo una sobrina, Nahia, de apenas dos años y medio. Es una niña muy independiente, de las que prefiere hacer a que le hagan. Come sola, intenta vestirse y calzarse por su cuenta –y casi siempre lo consigue–, hace tiempo que no lleva pañal, se lava los dientes con mucho esmero, anda más lista que el aire para responder al teléfono con un “¡diga!” que quita el sentido, pasa sus buenos ratos fingiendo que lee en cuanto sabe de qué va un cuento, y todos los días repite incansablemente “yo, yo, yo…” para proclamar su derecho a hacer lo que sea sin ayuda, incluido andar por la calle sin agarrar la mano de nadie. Mi hermana y mi cuñado le permiten caminar “solita” a su lado, a condición de que vaya por la parte interior de las aceras, pegada a la pared de los edificios, y muy formal –y va formalísima, porque sabe que, si no, se juega la independencia callejera que tanto aprecia–, pero tiene que darles la mano para cruzar. Pues bien, hace un par de días, iban madre e hija al parque y llegaron a un semáforo en verde para los peatones. “Dame la mano”, le dijo mi hermana a la niña, pero Nahia, como si fuera lo más normal del mundo, le contestó: “Tranquila, mamá, que ya me llevo yo”. Y se agarró el borde de la falda con la mano que le negó a su madre y, bajo la mirada atenta y atónita de mi hermana, cruzó la calle y se llevó a sí misma hasta el parque, donde se soltó el vestido y se puso a correr y a brincar.

Imagino que la misma sensación de desconcierto produjo en el pasado ver a las primeras mujeres que decidieron soltarse de la mano y llevarse ellas mismas a todos los ámbitos físicos, socio-económicos, culturales y espirituales que tradicionalmente habían transitado los varones en exclusiva. En un mundo en el que, desde tiempos inmemoriales, las mujeres hemos sido pensadas como inferiores, inmaduras emocionalmente, subjetivas y faltas de racionalidad, es decir, como eternas menores de edad y, por tanto, necesitadas de la guía, la protección, el apoyo y la supervisión constante de los hombres del entorno (padres, esposos, hermanos, clérigos…), siempre ha causado estupefacción que esas niñas, de una en una o en grupo, demuestren que en realidad son adultas y se independicen de quienes les tutelan sin más mérito que el de haber nacido varones.

Aunque, la verdad, quienes se han beneficiado y se benefician del patriarcado no se quedan precisamente estupefactos ante la emancipación de las mujeres y sus luchas por la igualdad, ante el feminismo teórico y práctico. Tras el pasmo inicial, que puede producir una cierta paralización[1], suelen sucederse reacciones que en general no pecan de torpeza y cuyo objetivo es impedir que dicha emancipación se lleve a término. Lo más habitual es ridiculizar o demonizar las reivindicaciones feministas y los argumentos en que se apoyan y desacreditar personal, moral e intelectualmente a las mujeres que trabajan para conseguirlas. Y es verdad que cuando finalmente hemos logrado “alcanzar” aquello que los varones disfrutaban de manera exclusiva y privilegiada, el tiempo ha acabado normalizando lo que parecía inaudito –a nadie sorprende ya, por ejemplo, ver a las mujeres en la universidad o en el interior de una mina o con el pelo corto y pantalones–, pero también lo es que el sexismo que ha atravesado la historia de la humanidad como una constante sigue presente y que las mujeres, antes y ahora, vamos siempre un paso por detrás y hemos de continuar reivindicando nuestra condición de seres humanos plenos y adultos y nuestro derecho a rechazar las todavía muchas manos que intentan llevarnos por donde podríamos transitar sin tutela o, lo que es peor, por donde no queremos hacerlo. Manos que lo intentan y que a veces lo consiguen. Manos que no serian tan poderosas si todas las mujeres rechazáramos lo que el patriarcado y quienes lo sostienen piensan de nosotras y dijéramos, como lo más normal del mundo: “Tranquilos, que ya nos llevamos nosotras”.

 

 

[1] Estupefacto viene del latín stupefactus, que es el participio del verbo stupefacio (“aturdir, paralizar”), formado por el verbo facio (“hacer”) y una raíz que también está, entre otras palabras, en stupidus (“aturdido, pasmado, necio, tonto, inmóvil”) y en stupor (“torpeza, estupidez”), que es español dieron estúpido y estupor, respectivamente.

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De cuerpo ausente

Escribir es un juego de precario equilibrio entre el valor y la soberbia. También entre sus opuestos: el miedo y la humildad.

Ángeles Mastretta

 

Se lee en el DRAE que de cuerpo presente, dicho de un cadáver, significa “expuesto y preparado para ser llevado al enterramiento”. No sé en qué circunstancias nació y se afianzó está expresión, aunque parece muy asociada a los ritos mortuorios, concretamente para indicar que el acto de despedida, civil o religioso, es decir, el funeral de una persona, se realiza en presencia de su cadáver. De esta manera, cuerpo –el cuerpo presente– viene a equivaler, en esta locución, a cuerpo muerto. Quizá por ello, y a pesar del silencio del Diccionario de la Real Academia Española sobre el significado de esta locución cuando se dice de una persona viva, lo cierto es que resulta bastante habitual decir y oír que alguien está de cuerpo presente para indicar que está como ausente. Hay, pues, personas que están como si no estuvieran. Unas, porque por decisión propia no están en lo que celebran; otras, porque por voluntad ajena sufren la imposición de un tipo de presencia tan sumisa y silenciosa que más parece ausencia, de manera que sus cuerpos vivos ocupan un espacio, sí, pero como si estuvieran muertos. Y este estar no estando resulta tan eficiente que, en ocasiones, estas personas de cuerpo presente pasan tan inadvertidas que parecen invisibles.

Si esta presencia ausente tuviera un reverso, sería la ausencia presente, es decir, un no estar… estando. ¿Quién no ha experimentado alguna vez la sensación casi física de hueco que deja una persona ausente? ¿Quién no ha “tocado” el espacio que, paradójicamente, ocupa el vacío de una presencia inexistente, un vacío que puede producir añoranza o liberación, miedo o esperanza, pero que en cualquier caso no es invisible porque está lleno de ausencia? Hay, por tanto, personas de cuerpo ausente, personas que no están como si estuvieran, personas cuya ausencia, elegida o impuesta, es tan llamativa que no pasa inadvertida a las/os demás. Y hay quienes, por estar de cuerpo ausente donde desearían estar presentes, acaban estando de cuerpo presente donde realmente están sus cuerpos…

¿Un juego de palabras? Espero que no, porque la presencia ausente y la ausencia presente han sido recurrentes cada vez que he pensado en este blog durante estas tres semanas de silencio, un silencio no elegido, pero no por ello menos mudo. Presencia ausente, cada vez que veía mi último y atrasado post; ausencia presente, cada vez que intentaba escribir algo con el pensamiento, mientras hacía otra cosa.

A veces resulta difícil de explicar y de explicarse qué impide que los dedos se deslicen con fluidez por el teclado del ordenador. No es pereza, ni descuido, ni desgana, ni falta de tiempo. Es miedo. Miedo a empezar y no saber cómo acabar. Miedo a escribir siempre la misma historia, con distintas palabras, pero la misma al fin y al cabo. Miedo a poner demasiada carne en las palabras, y también a no hacerlo. Miedo a decir más de lo que quiero y a callar más de lo que debo. Miedo a escucharme mientras hablo, o mejor, a leerme mientras escribo. Miedo a ser soberbia y miedo a ser cobarde. Un miedo que bloquea los dedos y la mente, que genera silencio, que mantiene el folio en blanco, como si estuviera de cuerpo presente –mudo, sordo y ciego–, lleno solo de ausencia de palabras, una ausencia que ocupa y preocupa, porque quien escribe, aunque sea por afición, las necesita de algún modo para ser y, cuando no las encuentra, vive como de cuerpo ausente mientras las busca.

Y hoy, después de mucho tiempo, las he encontrado.

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¿Por qué sigo siendo católica?

No tan deprisa. Las cosas importantes no están solo en los grandes titulares de portada. A veces se esconden en pequeños repliegues de la realidad

Milagros Pérez Oliva

Las asociaciones Católicas por el Derecho a Decidir de México (CDD) y Documentación y Estudios de Mujeres (DEMAC), en colaboración con la Red Latinoamericana de Católicas por el Derecho a Decidir, han convocado un concurso de ensayo en torno a la pregunta “¿Por qué sigo siendo católica?”. El plazo de entrega de trabajos se abrió el pasado 28 de abril y termina el próximo 30 de junio[1]. Durante unos días consideré la posibilidad de escribir un texto y enviarlo, hasta que me di cuenta de que no cumplía los requisitos de la convocatoria, que está dirigida a mujeres iberoamericanas. No puedo participar, pero la pregunta no deja de rondarme desde que supe del concurso. Ya le he dado muchas vueltas, y sido dándoselas, porque su propia formulación dice casi tanto como las posibles respuestas.

Seguir siendo algo presupone serlo desde hace un tiempo, en mi caso, desde que era muy pequeña, lo que explica también el por qué: soy católica porque nací en el seno de una familia católica y, siguiendo la costumbre, mis padres decidieron que fuera bautizada al poco de nacer. Ni sé ni puedo saber cuál sería mi situación si mi padre y mi madre hubieran sido, por ejemplo, luteranos, budistas, o ateos. Ahora bien, estrictamente hablando, el bautismo no me hizo católica, sino cristiana. De hecho, las personas que han sido bautizadas en otras iglesias cristianas y deciden hacerse católicas no son re-bautizadas… Aun así, creo que puedo decir que ser bautizada en concreto en el seno de la iglesia católica es lo que me hizo formalmente católica. Mi caso no es el de todas, pero sí el de muchas.

No obstante, creo que preguntarme por qué soy católica pide que vaya más allá del puro hecho de que mis padres decidieran que recibiese el bautismo en esta iglesia cristiana, y no en otra. Porque todo proceso de madurez –incluida la religiosa– requiere, en primer lugar, poner en cuestión/problematizar lo que viene como dado y se da por hecho y, luego, discernir y elegir libremente. Y esto, cuantas veces sea necesario, aunque no siempre se hace. Entre las bautizadas católicas hay quienes se preguntan muy poco sobre su fe o su pertenencia a la iglesia, bien porque las dan ambas por sentadas y las consideran, además, incuestionables, bien porque no sienten el más mínimo interés ni por una ni por otra. Pero para las que no se dejan llevar por la inercia y se paran a pensar y a buscar respuestas para las preguntas, el resultado del discernimiento y la consecuente elección pueden ser muy diversos: algunas asumen la herencia recibida como opción y, además, la personalizan; otras descubren que no tienen fe y se reconocen abiertamente agnósticas o ateas; para otras es más significativo ser cristianas en general que católicas en particular. En cuanto a mí, durante años, ha habido muchos momentos en mi vida en que he elegido seguir siendo cristiana, aunque sin reflexionar demasiado sobre mi concreta condición de católica… Hasta que empecé a ser consciente de la situación de marginación y sumisión de las mujeres en las religiones en general y en las iglesias cristianas en particular, incluida por supuesto la católica.

Esta situación, percibida como injusta y antievangélica, es la causa de que muchas mujeres hayan abandonado los templos y hayan dejado de participar en ámbitos eclesiales institucionalizados, y también lo que motiva a muchas católicas a trabajar por la igualdad y por el reconocimiento de la plena humanidad de las mujeres en el seno de la iglesia. Es verdad que algunas se han ido del todo y quizá para siempre, pero otras permanecen y algunas que parecen ausentes continúan siendo ekklesía, aunque de otra manera. Hay católicas que no colaboran con las instituciones eclesiales, porque no quieren contribuir a sostener el patriarcado estructural de la iglesia, pero otras piensan que pueden transformar la realidad desde dentro y buscan un lugar desde donde poder contribuir. La cuestión para todas –las que se van, las que se quedan y las que están dentro y fuera al mismo tiempo–, es qué significa ser católica, porque de cómo se responda dependen, precisamente, no solo el éxodo/exilio o la permanencia, sino las diferentes formas de ser o no ser y de estar o no estar, y sus posibles combinaciones…

¿Por qué sigo siendo católica? No sé si lo sé. No es fácil dar razón de la esperanza, pero tampoco lo es aceptar que todo está perdido. De momento, dejo que la pregunta me mantenga despierta y me impida vivir en la inercia.

Ojalá se envíen al concurso muchos y muy buenos ensayos y se nos dé la oportunidad de leerlos, porque sospecho que detrás de cada respuesta a la pregunta habrá mucha, mucha vida.

[1] Si alguna iberoamericana está interesada en participar, las bases de la convocatoria pueden consultarse en:

http://www.catolicasmexico.org/ns/component/content/article/3/312-demac-invita-a-la-convocatoria-iberoamericana-de-ensayo.html

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¡Suéltate el velo!

No deseo que las mujeres tengan más poder que los hombres, sino que tengan más poder sobre sí mismas.

Mary Shelley

 

A comienzos de este mes, la periodista y escritora iraní Masih Alinejad, que desde hace unos años vive exiliada en Reino Unido, abrió una página en Facebook[1] en la que invitaba a las mujeres de su país a compartir fotografías en las que apareciesen sin velo. La iniciativa ha tenido un gran éxito: hasta el momento, ha contado con muchos apoyos, más de cuatrocientas mil personas han entrado en su página y, lo que es más importante, ha recibido cientos de imágenes de mujeres desveladas[2], aunque tampoco le han faltado comentarios críticos e, incluso, fotografías de mujeres que no solo llevan tapado el pelo, sino la cara.

Aunque para unos ojos occidentales, como los míos, ver mujeres con el pelo al aire no tendría por qué resultar, en sí, ni transgresor ni liberador, creo que estas fotografías consiguen transmitir, precisamente, transgresión y libertad, pues están protagonizadas por mujeres a las que en su vida cotidiana no les está permitido enseñar el pelo –y el cuello y los brazos y las piernas…–, aunque lo deseen, y que son castigadas si no lo llevan cubierto.

El temor a posibles represalias por la osadía de posar ante una cámara sin velo se adivina en que no pocas mujeres aparecen de espaldas, a contraluz, muy de lejos, con la cara medio tapada por grandes gafas de sol o por el propio cabello, en posiciones que dificultan que se les identifique… Otras, sin embargo, enseñan no solo el pelo –largo, corto, moreno, rubio, castaño, canoso, lacio, rizado…, suelto en casi todos los casos–, sino también el rostro. Están solas y acompañadas: las más, por otras mujeres; las menos, por hombres que parecen ser sus parejas. Casi todas las fotografías añaden al desvelamiento elementos que resaltan la liberación que, para quienes lo tienen prohibido, debe de suponer descubrirse la cabeza: muchas instantáneas están hechas en espacios muy abiertos, en la cima de una montaña, a la orilla del mar, junto a las vías del tren…; bastantes mujeres aparecen con los brazos levantados y abiertos, dibujando con los dedos la uve de victoria, saltando, conduciendo un vehículo, corriendo, alzando el velo con las manos y transformándolo en una vela al viento… Todas esas mujeres piden a gritos, sin palabras, que se les permita elegir.

No es mi intención opinar aquí sobre el uso del hiyáb o velo islámico. Creo que se trata de una cuestión poliédrica –y, por tanto, muy compleja– que se aborda de manera muy diferente y con objetivos muy diversos en los ámbitos musulmanes y en los que no lo son. Por otro lado, el significado del hiyáb ha variado con el tiempo y en función de los contextos en que han ido viviendo y conviviendo las comunidades musulmanas. En Occidente, el velo islámico puede ser símbolo del Islam y tener una función no solo religiosa, sino sociopolítica y cultural. En las comunidades y sociedades musulmanas, sin embargo, el velo no simboliza solo ni fundamentalmente la diferencia entre musulmanas y no musulmanas –en algunos países, su uso es obligatorio para todas las mujeres, de cualquier religión–, sino entre hombres y mujeres dentro de la misma comunidad social y religiosa, una diferencia, por cierto, jerarquizada a favor de ellos, lo que confiere al velo connotaciones patriarcales.

Estas connotaciones hacen que el hiyáb sea una prenda problemática en los países occidentales, en los cuales, por otro lado, hay otros velos, es decir, otros símbolos de la sumisión que el patriarcado exige a las mujeres. Algunos son literalmente velos, como los de las religiosas, cuyo significado originario está asociado a la obediencia que las mujeres “consagradas” –no sometidas a la autoridad de ningún marido– debían y deben a la jerarquía eclesiástica, constituida íntegramente por varones. Otros solo son velos metafóricos, como el opresivo y tiránico estereotipo de belleza vigente en el mundo occidental, por ejemplo, del que habla la escritora feminista marroquí Fatima Mernissi: “Mientras los ayatolás consideran a la mujer según el uso que haga del velo, en Occidente son sus caderas orondas las que la señalan y marginan… El objetivo es el mismo en ambos casos”. ¿Cuál? Controlar y dominar los cuerpos de las mujeres, es decir, controlar y dominar a las mujeres.

Hay, pues, muchas clases de velos y muchas maneras de obligar a usarlos. Identificar unos y otras es imprescindible para elegir con libertad. Algunas mujeres escogen velarse, otras quieren sentir cómo la brisa revuelve su pelo; unas se ajustan a los cánones femeninos, otras prescinden de ellos. Pero todas, todas deberíamos tener no solo el derecho, sino también la libertad de tomar decisiones sobre nosotras mismas y sobre nuestras vidas.

 

[1]https://www.facebook.com/StealthyFreedom

[2] https://www.facebook.com/StealthyFreedom/photos_stream

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El pensar necesario

Creo necesario pensar, aun sabiendo que los pensamientos de muchos tienen poca influencia en la masa y en las jerarquías.

Ivone Gebara

 

Hace unos días, salió publicado en Adital un artículo de Ivone Gebara[1] en el que, a propósito, pero más allá, de la reciente canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, la autora se hace algunas preguntas a las que, en mi opinión, merece la pena dedicar algún tiempo, precisamente porque no son de respuesta fácil. Tal como promete su título, el texto es una invitación a pensar. ¿En qué? En el sentido de las canonizaciones, y no solo de las de estos dos papas, sino de todas.

La palabra canonización deriva de canon, que tiene, entre otras, las acepciones de “regla o precepto” y de “modelo de características perfectas”. Y ambas son problemáticas para Gebara. Por un lado, se pregunta en qué medida pueden ser modelos de vida hombres y mujeres cuyas debilidades no salen a la luz y de quienes tan solo se destacan las virtudes, es decir, personas que, en el camino a los altares, han sido idealizadas, lo que de alguna manera las hace menos humanas y las aleja, por tanto, del vivir cotidiano de aquellas/os a quienes, supuestamente, han de servir de modelo. Por otro, observa que la imitación de las/os santas/os que la Iglesia propone –“una especie de conformidad a un ideal de vida considerado más perfecto”– puede resultar alienante, no solo en cuanto da la impresión de invitar al menosprecio de los talentos propios para correr tras los ajenos, sino porque, como toda imitación, parece contraria “a la afirmación de la libertad como prerrogativa de los seres humanos”. La autora prefiere pensar que hay personas del presente y del pasado que nos sirven de inspiración, no de modelo, pero vislumbra que el canon que habita en el corazón de las canonizaciones apunta más a la imposición de una norma. Y se hace más preguntas, desde cuáles son las motivaciones que empujan a algunas personas a querer declarar santa/o a alguien, hasta qué implicaciones políticas y económicas tienen las canonizaciones, pasando, por supuesto, por cuáles son los criterios seguidos para elevar a los altares a una persona y decretar que su vida es digna de imitación. En definitiva, cui prodest?[2]

Gebara no responde directamente, pero señala que las canonizaciones, entre otras cosas, fortalecen las convicciones y el poder de la institución religiosa, ya que “los santos son, salvo excepciones, sumisos a la Iglesia jerárquica, y si no lo fueron durante su vida, pasan a serlo después de muertos. La vida del santo es reinterpretada de forma que pueda servir a los intereses y a los valores defendidos por la institución”. Esto significa, por un lado, que se utilizan algunas vidas para intentar hacernos más dóciles y, por otro, que hay personas cuya santidad nunca será reconocida, o que perderán su fuerza trasgresora en el proceso. A mí, tristemente, me suena a domesticación del Espíritu…

Es muy humano necesitar y buscar referentes cuyas vidas, palabras, acciones y actitudes, como dice Ivone Gebara, nos sirvan de inspiración, despierten lo mejor y más genuino de nosotras/os mismas/os, nos ayuden a descubrir quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser, y alienten nuestra esperanza en la humanidad y en su capacidad para el bien, a pesar de las contradicciones, los errores y las limitaciones. Pero también es muy humano, y necesario, reflexionar sobre lo que se nos propone como modelos de vida, hacerse preguntas, buscar respuestas, discernir, ejercer en definitiva la capacidad de pensar y responsabilizarnos del contexto en el que vivimos. En palabras de Ivone Gebara, “no podemos renunciar a la dignidad y la gran aventura de poder pensar y repensar la vida, de sentirla desde diferentes lugares y formas, de asumir la parte que nos corresponde en nuestro pedazo de suelo, en nuestro espacio”, pues estoy convencida de que, por acción u omisión, todo ser humano contribuye a la transformación de la realidad y, por tanto, a la construcción del presente y, por tanto, del futuro, para bien o para mal.

 

[1] “Canonizaciones, una invitación a pensar”: http://site.adital.com.br/site/noticia.php?lang=ES&cod=80440

 

[2] Expresión latina que significa: ¿quién se beneficia?

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Desordenadas

Ya no podemos considerarnos víctimas inocentes, y pecamos por colaborar en nuestra propia opresión.

Evi Krobath

Me contó la historia ayer, por teléfono, una amiga que lo vio por Internet. Me refiero al programa Sacro y profano, emitido el pasado 21 de abril en el Canal Once de la televisión mexicana[1], en el que las invitadas Andrea González Benassini, de la Universidad Iberoamericana de México, y Amparo Lerín Cruz, pastora de la Comunión Mexicana de Iglesias Reformadas y Presbiterianas, responden en poco más de veinte minutos a las preguntas del conductor del programa sobre el tema “La mujer en las iglesias”. Yo lo he visto esta mañana y creo que ambas aprovechan bastante bien su tiempo para destacar el acusado carácter patriarcal de la iglesia católica y de las iglesias reformadas, pero la intervención de la pastora presbiteriana me ha dado mucho que pensar.

Amparo Lerín cuenta entre otras cosas que, aunque en la Iglesia Presbiteriana de México se habían empezado a ordenar mujeres como líderes –denominadas “diaconisas”, “ancianas” y “pastoras”– desde 1985, hace casi cuatro años la cúpula eclesial, masculina por supuesto, decidió desordenarlas, aunque hacerlo no resultó tan sencillo, no solo por las protestas que generó la decisión, sino porque no había ningún documento en dicha iglesia que fundamentara la desordenación de quien se había ordenado en nombre de la Trinidad. Así pues, en agosto de 2011 se reunió la Asamblea de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México, mayoritariamente masculina, para celebrar un Concilio Teológico sobre la Ordenación de la Mujer, en el que se acordó que no se ordenarían más mujeres en el futuro, aunque algunas estaban en pleno proceso, como la propia Amparo Lerín, y que los presbiterios que habían ordenado ya “diaconisas”, “ancianas” y “pastoras” debían desconocer tal ordenación y someterse al acuerdo. También se decidió no abordar más la cuestión. En resumidas cuentas, un “no” rotundo sin posibilidad alguna de revisión. Consecuencia inmediata de estas decisiones fueron la excomunión de los pastores y congregaciones que no las aceptaron y lo que Lerín califica como la formación de una nueva comunidad de fe, es decir, una escisión.

Confieso que, cuando oí la historia por teléfono, lo primero que me vino a la cabeza y comenté con mi amiga fue el juego de significados al que se prestan las expresiones desordenar mujeres y mujeres desordenadas… y que nos reímos un poco, por no dejarnos llevar por el enfado y la indignación. Todavía en tono de broma, le dije que a quienes se sienten molestos con las feministas católicas a lo mejor les da desbautizarnos a todas para que no estorbemos, aunque llegamos a la conclusión de que, por mucho que les incomodara nuestra presencia, no les resultaría fácil des-sacramentarnos. Finalmente, ya serias, reconocimos el peligro que entraña la estrategia de desconocer, que tristemente no es monopolio de ninguna iglesia.

El prefijo des- procede del latín dis- y entra en la formación de palabras con diversos significados, los más habituales de los cuales son negación, inversión, privación o carencia del vocablo simple al que acompaña; también puede tener el sentido de “fuera de”. Así, desconocer puede significar: “no recordar la idea que se tuvo de algo, haberlo olvidado; no conocer; negar ser suyo algo (dicho de una persona); darse por desentendido de algo, o afectar que se ignora…”[2]. Por tanto, la decisión de la Iglesia Presbiteriana de México de desconocer a las mujeres en ella ordenadas equivale, en definitiva, a desordenarlas.

Pero, como he dicho, esta estrategia no es monopolio de ninguna iglesia. La jerarquía eclesiástica católica, en general, también desconoce a las mujeres y nuestro lugar en la asamblea de creyentes, y lo hace en todas las acepciones del verbo, incluida la de “reconocer la notable mudanza que se halla en alguien o en algo”, en este caso en nosotras, mudanza que parece considerar una desgracia, cuando no directamente un pecado… Pecado, sin embargo, es colaborar en nuestra propia opresión. Por eso, desordenadas y desconocidas, es decir, al margen de lo establecido e irreconocibles, las mujeres haremos lo que sea necesario para no pecar. Lo que sea necesario.

[1] Mientras escribo este texto, el programa, titulado “La mujer en las iglesias”, se puede ver en el siguiente enlace, aunque ignoro si es permanente o si, tarde o temprano, el vídeo de la entrevista de la que hablo será sustituido por otro: http://oncetv-ipn.net/sacroyprofano/programas.html

[2] http://lema.rae.es/drae/?val=desconocer

 

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Pascua cotidiana

Es un momento en el que algo extraordinario nos es revelado dentro de los límites de nuestra vida ordinaria, es el momento de la presencia de alguien en la intensidad de mi dolor capaz de ayudarme a dar el próximo paso, tal vez incluso el último.

Ivone Gebara

Cuenta Gregorio Magno en sus Diálogos que Benito de Nursia, en los comienzos de su vida monástica, se refugió en una angosta cueva de Subiaco, situada en un lugar muy abrupto, y que allí estuvo tres años apartado del mundo. De vez en cuando, un monje llamado Román, que vivía en un monasterio cercano, sustraía a hurtadillas un pan de su propia comida, lo ataba a una cuerda muy larga y lo bajaba desde el borde de una roca hasta la cueva donde Benito oraba y ayunaba. Pero un día el Señor se le apareció a un sacerdote que había preparado su comida para la fiesta de Pascua y le dijo: “Tú te preparas cosas deliciosas y mi siervo en tal lugar está pasando hambre”. Entonces, el hombre, que vivía lejos de Subiaco, buscó a Benito hasta que dio con su cueva. Oraron, hablaron de cosas espirituales y el sacerdote le dijo al ermitaño: “¡Vamos a comer, que hoy es Pascua!”. Y Benito, que después de tanto tiempo alejado de todo ignoraba en qué día vivía, respondió: “Sí, para mí hoy es Pascua, porque he merecido verte”. Hace años que conozco esta historia y siempre que lo hago me produce el mismo efecto liberador, pues me gusta mucho la idea de que una fiesta lo sea no porque lo dice el calendario, sino porque acontece algo que realiza y actualiza lo que la fiesta celebra y significa.

Creo que toda Pascua, para serlo, necesita la presencia de lo inesperado, incluso de lo ilógico, como inesperado e ilógico fue que las mujeres hallaran vacía la tumba de Jesús. Ahora bien, lo inesperado no tiene por qué ser inevitablemente prodigioso, aunque sea infrecuente. Lo que quiero decir es que cada día estoy más convencida de que el lugar de la Pascua es lo cotidiano y de que la Galilea de cada cual es el único escenario en el que puede experimentarse la resurrección, por pequeñas que sean las dosis, que lo son, aunque quizá no más que las de quienes nos precedieron en la fe. Porque tendemos a pensar que nuestras experiencias pascuales, las de la gente “normal”, son necesariamente mucho más light que las de las/os primeras/os testigos de la Resurrección, pero es posible que nos equivoquemos y que, para alimentar su fe, ellas/os no tuvieran más avituallamiento que nosotras/os: breves y tenues destellos de luz en el reino de la noche que testimonian que hay algo más que oscuridad y que, por tanto, no tiene por qué ser eterna, aunque lo parezca.

No sé en qué consisten esos destellos de luz para otras/os ni cómo ni dónde los ven. Yo los encuentro, siempre inesperadamente, cuando parece que todo –o quizá solo algo– está perdido y, tal vez sin dejar de estarlo, revive y/o da vida. Es más fácil experimentarlo que explicarlo. Tiene que ver con la generosidad de quienes apenas tienen nada y unas veces logran multiplicar sus panes y sus peces, y otras, tan solo saciar su hambre de afecto; tiene que ver con el placer por la vida de quienes han visto amenazada su existencia o saben que disponen ya de poco tiempo y saborean cada minuto con paz, como el regalo que es; tiene que ver con el sueño y la necesidad de hacer posible una realidad más justa, aunque los medios sean escasos y no haya garantías de éxito; tiene que ver con los milagros cotidianos, realizados por personas “anónimas”, que sostienen la vida en todo el mundo, allí donde está y seguirá estando amenazada de mil formas; tiene que ver con traspasar la desesperación, aunque se haya descendido a los infiernos –de la pobreza, de la enfermedad, de las drogas, de la soledad, de la violencia, de la guerra, de la locura…–, y vivir de nuevo; tiene que ver con el amor capaz de vencer el miedo, el miedo a la vida y el miedo a la muerte. Porque vivir sin miedo tiene que ser muy parecido a vivir resucitada/o.

Suelen calificarse estas experiencias como anticipos de la resurrección, como minúsculas degustaciones de aquello que ¿en el futuro? saborearemos en toda su plenitud. Quizás así sea. Yo no lo sé, pero hace un tiempo que intuyo –por decirlo de alguna manera– que, al igual que todo anticipo, nuestras experiencias pascuales son ya lo que avanzan y que no tener la mirada atenta a las resurrecciones cotidianas hace cada vez más real el “todavía no” de lo que esperamos.

Ojalá miremos de tal forma que veamos la Pascua de cada hoy de nuestras vidas.

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