Premios y valores

Donde hay esperanza hay futuro.

Birgitte Nyborg[1]

 

El viernes pasado asistí a la entrega de los Premios Princesa de Asturias 2016 en el Teatro Campoamor de Oviedo. Pude hacerlo gracias a la generosidad de una amiga, miembro de uno de los jurados que otorgan los galardones, a quien se le ocurrió la feliz idea de llevarme como acompañante. Disfrute mucho de vivir en directo el acto y, cuando al salir del teatro intenté describir la experiencia, el primer adjetivo que vino a mi boca fue “emocionante”.

La cuestión es que, si se me piden detalles sobre la tarde de los Premios –qué personalidades vi de cerca, cómo iba vestida la gente, qué decían unos y otros…–, descubro que no tengo mucho más que contar. Puse toda mi atención en las/os premiadas/os, en sus gestos, en lo que hacían y expresaban, cada una/o a su manera, y en los discursos que pronunciaron quienes tuvieron ocasión de hablar[2]. En cuanto al resto de las personas que tenía alrededor, confieso que no me fijé mucho en ellas, pero sentí sus risas como cosquillas cuando Richard Ford y Mary Beard bromeaban, respiré su silencio durante el impresionante monólogo de Doña Rosita, la soltera que la actriz Núria Espert recitó, pude palpar su respeto y desconcierto ante el pantalón corto de Hugh Herr y sus piernas biónicas, su reconocimiento a la sobrecogedora e insobornable mirada de James Nachtwey a la realidad, su cariño hacia Javier Gómez Noya y su admiración por la tarea de Aldeas Infantiles SOS y la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático y el Acuerdo de París. Y noté como una caricia su emoción cuando las gaitas hicieron sonar el himno de Asturias… Estar en el teatro, por tanto, no me permitió ver más o más de cerca –la retransmisión televisiva ofrece, sin duda, más información visual que la presencia–, sino sentir el ambiente y, por supuesto, contribuir a crearlo: un ambiente en el que por encima de todo, tal como lo viví, sobresale la presencia de los premiados, los méritos por los que se les distingue y los valores en los que se inspiran y que quieren, a su vez, inspirar.

En las calles, también había “fiesta”. Cada año, durante la semana de los premios, los galardonados participan en actos de entrada libre en los que la gente puede disfrutar de ellos y el día de la entrega se acerca al Campoamor mucha gente para ver a los invitados a la ceremonia y, sobre todo, a los reyes. También cada año hay concentraciones frente al teatro, en la plaza de la Escandalera, para protestar. Al principio solo se congregaban republicanas/os para manifestarse contra la monarquía, pero poco a poco se han ido uniendo grupos que reivindican otras causas y aprovechan la presencia de autoridades y de cámaras de televisión para hacerse ver y oír. Salvo escasísimas excepciones, no tienen nada contra quienes reciben los galardones. Al contrario. Lo que denuncian es la contradicción que se da entre los valores que suelen representar las/os premiadas/os y la falta de ética de algunas personas y empresas que patrocinan o protegen la Fundación que otorga los premios, y también la distancia entre dichos valores y las políticas que llevan a cabo algunas autoridades que acuden a la entrega. Las concentraciones en la plaza de la Escandalera, por tanto, son la otra cara de este evento y, al margen de que se esté de acuerdo o no con la pertinencia de las mismas, creo que muchas de las personas que participan en ellas salen a la calle para defender y reclamar, de otra manera, los valores que los premios reconocen y ensalzan.

Yo, mientras disfrutaba del ambiente del teatro y aplaudía a las/os premiadas/os y sus discursos, miré varias veces los atentos y aquiescentes rostros de algunas personalidades, especialmente del mundo de la política y por tanto con poder para cambiar las cosas, y me pregunté si estaban siendo conscientes de lo que las palabras pronunciadas en aquel acto significaban –palabras que hablaban de igualdad, de solidaridad, de compromiso, de justicia social, de feminismo, palabras que no solo invitaban, sino que exigían cuidar el medio ambiente, visibilizar a quienes son invisibles, acabar con las minusvalías y la marginación que generan, apoyar las Humanidades, fomentar el pensamiento crítico…–, si las compartían y si estaban dispuestas a poner en práctica las políticas necesarias para hacerlas realidad. Y tuve mis dudas… Pero también pensé que es posible que los valores que se exaltan y aplauden en cada ceremonia de entrega de los premios y en quienes los reciben vayan surtiendo efecto incluso donde no se espera que lo hagan. Dentro y fuera del Campoamor. Esa es mi esperanza y, tal vez, la de muchas/os.

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[1] Protagonista de la serie danesa Borgen.

[2] Había dos protagonistas, además, que me emocionó mucho tener cerca: la profesora Mary Beard, a quien admiro por su labor investigadora y divulgadora y por ser tan militantemente feminista, y el fotógrafo James Nachtwey, cuyo trabajo –al que es muy difícil añadir palabras– sigo desde hace años.

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Escribir es un modo de profundizar en las cosas.

Joan Chittister

 

A primeros de septiembre, el centro de atención psicosocial en salud mental A Teyavana[1], de Oviedo, convocó el Tercer Concurso de Relatos Cortos A Teyavana, sobre temática de salud mental.  Conozco a una de las responsables del centro y quería que el certamen tuviera éxito, así que mandé la convocatoria a mis amistades, para que se animaran a escribir algo y difundieran a su vez la noticia. La estrategia surtió efecto y el centro recibió más relatos que en otras convocatorias. Yo también mandé un texto, lo que supuso todo un reto, porque no sabía cómo abordar un tema complejo sobre el que, lo confieso, no he reflexionado mucho. No sabía ni por dónde empezar, pero poco a poco se fue abriendo camino una historia que logré plasmar en el espacio exigido (un folio) y que comparto aquí porque no sabría explicar de otra manera mis reflexiones y lo que quise transmitir al escribirla.

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UNTITLED

Cuando sonó el despertador se sentía como si la noche anterior le hubiera atropellado un camión, y sabía bien lo que era, porque cuando vivía en Madrid le pasó uno por encima. Pensó que no iba a ser capaz de levantarse de la cama, pues el cuerpo no le obedecía, pero tenía consulta y sabía que no podía faltar, porque se estaba jugando el pan, así que arrastró los pies, como si cargara con un fardo, hasta el cuarto de baño. Pasó ante el espejo desviando la vista, porque no soportaba su imagen y, una vez más, dejó la ducha para mañana: no tenía ganas de lavarse. La fruta mohosa de la nevera casi vacía le quitó las ganas de desayunar y salió a la calle con la misma ropa que los últimos diez días. En el semáforo, se acordó del dolor, aquel terrible dolor tras el accidente que le inmovilizó más de dos meses. Pero aquello no era nada comparado con lo que le pasaba ahora. Entonces, en aquella cama y a pesar de los hierros que le atravesaban las piernas, sabía que el sufrimiento era pasajero, que le esperaba una mala temporada, pero que recuperaría su vida y que, con el tiempo, de todo el infierno que estaba viviendo solo le quedarían algunas cicatrices, y las cicatrices no duelen. Entonces tenía esperanza. Esperanza y afecto. Si lo pensaba bien, nunca había recibido más cariño. Todo el mundo se volcó: la familia, los amigos, los colegas, los vecinos… Gente que nunca habría esperado ver se hizo presente para ofrecerle apoyo y expresarle su sincero deseo de una pronta recuperación. Ahora, la esperanza era una palabra vacía, y el afecto, algo tan deseado como inalcanzable, porque de un tiempo a esta parte todo el mundo le había dado de lado. De hecho, la gente rehuía su compañía y mantenía una distancia incluso física, como si le tuvieran miedo. Cuando, sin saber muy bien cómo, llegó a la consulta, tres palabras sonaron en su cabeza, nítidamente: “no quiero vivir”. No se asustó. En realidad, no es que no quisiera, es que no podía. A menudo, la angustia se apoderaba completamente de su ser y no le dejaba ni respirar. En algunas ocasiones, pocas, se empeñaba en encontrar sentido a las cosas, sin lograrlo, pero la mayor parte de las veces sabía que todo era absurdo y que, además, no se podía hacer nada para evitarlo. El presente le aplastaba como una losa y no era capaz de imaginar ningún futuro ajeno a esa angustia que devoraba sus entrañas. Cayó en la cuenta de que, al otro lado de la mesa, alguien le miraba y le hablaba, aunque no entendía lo que le decía. Levantó la vista a la pared, cubierta de títulos de psiquiatría, y pensó que la persona que los había ganado, después de haber invertido tanto tiempo y esfuerzo, tenía que saber mucho de enfermedades mentales. “No quiero vivir”, dijo en voz alta, y la boca que le hablaba se cerró y los ojos que le miraban se sorprendieron, primero, y asintieron, comprensivos, después. Se levantó de la silla y el cristal de la ventana le devolvió la imagen de un cuerpo cansado, el suyo, con una bata blanca. Y comprendió que apenas estaba empezando a saber.

 

Solo una cosa más. Supongo que casi todas/os han pensado que la historia habla de un psiquiatra. ¿Un? ¿Por qué no una? No hay ni una sola palabra en el relato que indique si la historia está protagonizada por un varón o por una mujer. Me cuidé bien de que el texto no diera pistas concretas sobre ello. Y esa es precisamente la cuestión: cuando no hay nada que especifique el género de una persona, lo habitual es creer que se trata de un varón. ¿Por qué? Porque hoy, desgraciadamente, lo masculino sigue siendo paradigma de lo humano. Pero, como se suele decir, esa es otra historia…

 

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[1] http://www.ateyavanacooperativa.es/

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¿Desmontando tópicos?

Formamos parte de una larga cadena de mujeres que han sido a la vez víctimas de la tradición y agentes históricos que luchaban dentro de ella y contra ella.

Judith Plaskow

 

El miércoles pasado (5-10-2016) la Universidad de Oviedo publicó en la portada de su página web una noticia titulada “Una investigación desmonta tópicos sobre el papel de las mujeres en los monasterios durante la Edad Media”[1]. Se trata de un proyecto financiado con dinero público en el que, entre otras entidades, participa la institución académica asturiana, a través de Raquel Alonso Álvarez, profesora de Historia del Arte, y Laura Cayrol Bernardo, becaria FICYT, que estudian, respectivamente, el papel de las mujeres en los monasterios de Santa María de las Huelgas (Burgos) y San Pelayo (Oviedo). Se trata de un proyecto cuya novedad, según Raquel Alonso, reside en adoptar en la investigación del tema “muy poco estudiado en España”, según ella, la perspectiva de género. El proyecto no concluirá al menos hasta finales del año que viene, pero en opinión de la profesora pueden extraerse ya algunas conclusiones importantes que “acaban con algunas falsas creencias sobre la religiosidad femenina en los monasterios” o, dicho de otra manera, desmontan “algunos de los tópicos más extendidos vinculados a la vida monástica de las religiosas en los reinos peninsulares durante la Edad Media”. Raquel Alonso resume dichas conclusiones afirmando “que era frecuente que las monjas no respetaran la clausura”, que “era bastante común que el mismo monasterio fuera compartido por comunidades femeninas y masculinas”, por la necesidad de asistencia sacramental que tenían las monjas, que “también entraban laicos a zonas de recogimiento” y que tampoco “era raro que en estos monasterios llegaran a residir mujeres no religiosas”.

La noticia, que ha corrido como la pólvora en medios de comunicación y redes sociales, me llamó la atención por varios motivos. En primer lugar, no es muy novedoso incluir la perspectiva de género en la investigación de la religiosidad femenina en la Edad Media en España. De hecho, es dicha perspectiva la que ha despertado el interés por los temas protagonizados por mujeres y, desde hace años, la adoptan muchas investigadoras en todo el mundo, también en nuestro país. Por otro lado, hace tiempo que la vida monástica femenina en la Península Ibérica durante la Edad Media es objeto de estudio de varias investigadoras, medievalistas sobre todo, pero no únicamente, que han publicado muchos trabajos sobre la cuestión. Además, el concepto de clausura, tal como se entiende desde el Concilio de Trento, no puede retrotraerse a la Edad Media, de manera que las monjas medievales difícilmente podían ser laxas con una norma que no tenían establecida. En cualquier caso, las monjas de todos los tiempos y lugares han salido de sus monasterios y conventos –no confundir, por favor, unos y otros– cuando les ha hecho falta, de la misma manera que laicos y laicas han entrado a las zonas de residencia de las monjas siempre que ha sido necesario. Y, en efecto, en muchos monasterios femeninos han convivido con las monjas, por muy distintos motivos, mujeres que no lo eran.

En cuanto a la asistencia sacramental, no solo la necesitaban los monasterios de monjas, sino también los de monjes, puesto que ser monje no exigía ni exige necesariamente ser sacerdote y, de hecho, en la Edad Media muy pocos monjes lo eran. Dicha asistencia, antes y ahora, solo podían y pueden proporcionarla clérigos, a los que se denomina capellanes, los cuales, también antes y ahora, podían residir en el monasterio que atendían o en sus casas. De todas maneras, por muchos capellanes que se juntaran en un monasterio femenino, nunca se confundirían con una comunidad monástica masculina. La existencia de monasterios dúplices, es decir, compartidos por una comunidad de monjes y otra de monjas, es otra cosa, muy estudiada por cierto, y en ningún caso significa que ambas comunidades estuvieran “entremezcladas”.

No entiendo por qué en este proyecto se califica como novedad algo más que conocido, y no solo por los especialistas, pues yo no lo soy, pero sospecho que tiene que ver con la ignorancia que caracteriza a este país en lo que se refiere a lo religioso. Y tampoco entiendo por qué se concluye que esta investigación desmonta tópicos, ya que para desmontar un tópico tiene que estar vigente, y creo que los tópicos románticos sobre las monjas a los que aluden hace tiempo que no rigen, salvo en ámbitos de la sociedad muy poco formados culturalmente o de religiosidad muy conservadora. Solo espero que, cuando finalice la investigación, se afinen bien sus conclusiones. Las mujeres cuyas vidas estudian lo merecen.

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[1] http://www.uniovi.es/-/una-investigacion-desmonta-topicos-sobre-el-papel-de-las-mujeres-en-los-monasterios-durante-la-edad-media#prettyPhoto

Se trata del proyecto “Paisajes espirituales. Modelo de aproximación espacial a las transformaciones de la religiosidad femenina medieval en los Reinos Peninsulares (siglos XII-XVI)”, liderado por el Institut de Recerca en Cultures Medievals de la Universitat de Barcelona y financiado por del Ministerio de Economía y Competitividad. Las investigadoras principales del proyecto son Blanca Garí y Nuria Jornet.

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Incoherencias

Antes de salir a la calle a pedir libertad para otras mujeres, conquisté la mía en mi casa.

Carmen Álvarez Vázquez

 

Tengo dos amigas recientes muy comprometidas con el feminismo. Las conocí hace poco menos de un año en una concentración en repulsa por un asesinato machista cometido el día anterior. Son algo mayores que yo y las dos están casadas. Un día que habíamos salido a la calle a reprobar un nuevo feminicidio nos quedamos charlando en un bar hasta bastante tarde y cuando ya se iban, por hacer la gracia, les dije que sus maridos iban a echarlas de casa por llegar a esas horas. Entonces, sorprendidas por mi comentario, tan poco feminista, se dieron la vuelta en mitad del paso de cebra… “Antes de salir a la calle a pedir la libertad para otras mujeres, conquisté la mía en mi casa, y ella también”, me contestó Carmen, muy seria. Yo, que esperaba una respuesta graciosa, pero insustancial, me quedé sin palabras y, poco antes de que retomaran muy airosas su camino, susurré un poco desconcertada: “Pues claro, por supuesto”…

Nunca les comenté lo mucho que me habían impresionado aquellas palabras, hasta hace poco. No se acordaban de la escena y tampoco entendían muy bien el porqué de mi desconcierto, pues consideran que el camino que han recorrido –liberarse primero y trabajar para liberar a otras después– es el lógico y normal, el único posible en realidad. Pero no. Hay muchas mujeres que empiezan a salir a la calle para reivindicar y defender derechos que todavía no han logrado conquistar personalmente, mujeres que no descubren sus propias cadenas hasta que se ven reflejadas en las de otras, mujeres que toman conciencia de su propia situación al luchar por las demás y que adquieren la fuerza necesaria para liberarse en el ámbito privado –tan difícil de transformar, o más, que el público– cuando experimentan el efecto de sus palabras y actos públicos en otras mujeres y construyen una identidad colectiva. No son hipócritas, ni mentirosas, tan solo incoherentes. Algunas no son conscientes de sus incoherencias, pero las van descubriendo poco a poco, porque todo feminismo lleva de serie la autocrítica; otras las ven, pero no esperan a ser perfectas para actuar, pues no pretenden erigirse en modelos para las demás, sino buscar y lograr, con sus limitaciones y carencias, algo mejor para todas.

Mientras hablaba con mis amigas, me acordé de Betty Friedan, la autora de La mística de la feminidad, un libro fundamental para el movimiento feminista y que cambió la vida de las miles de mujeres de todo el mundo que lo leyeron y de millones que no lo han hecho, pero se han beneficiado de los logros del feminismo que esta obra contribuyó a inspirar y fortalecer. Betty Friedan publicó La mística de la feminidad en 1963, tras cinco años de trabajo, y en 1966 fundó, junto a otras mujeres y hombres, la National Organization for Women, de la que fue presidenta. Mientras y hasta 1969, en que se divorció, sufrió malos tratos psicológicos y físicos por parte de su marido, de los que le quedaron cicatrices. El contraste y las incoherencias entre su vida pública y su vida privada le hacían sentirse dividida. “Al fin –contó en su autobiografía–, reuní el coraje para divorciarme de Carl… Ya no podía seguir siendo la mujer de dos cabezas”…

El camino que recorrió Betty Friedan es diferente al de mis amigas, pero le llevó al mismo sitio. Al final, se trata de liberar liberándose y/o de liberarse liberando, en un proceso que no acaba nunca, porque siempre hay margen para la mejora. Las incoherencias –públicas y privadas, personales y colectivas– no son ajenas a dicho proceso, entre otras cosas porque las mujeres tenemos muy interiorizado el patriarcado. Hace falta tiempo para aprender a descubrir todo aquello que parece natural y de sentido común, pero no lo es, para buscar un lenguaje que no sustente una visión dualista y jerarquizada del mundo, para descubrir quiénes somos y qué queremos, al margen de lo que se espera de nosotras, para encontrar herramientas que transformen la realidad… Hace falta tiempo… y valor, mucho valor, porque los beneficiarios del patriarcado no quieren perder sus privilegios y castigan de muy diversos modos a quienes intentamos minarlo.

A menudo pienso que me encantaría ser profundamente coherente, pero no lo soy. Descubrir mis propias incoherencias me avergüenza y me enfada. Por eso me quedé tan cortada en aquel paso de cebra ante la respuesta de mis amigas. Pero sé que el único modo de empezar a deshacer las contradicciones es conocerlas y asumirlas. Y afortunadamente, tengo alrededor mucha gente que me pone frente a ellas y me da que pensar.

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Involución

El autoengaño es la camisa de fuerza que traemos de serie.

Azahara Alonso

 

El número 778 de la revista Arbor: ciencia, pensamiento y cultura, titulado “¿Hay mujeres más allá del feminismo? De la lucha por la igualdad al transhumanismo/posthumanismo”[1], ha generado una gran polémica. Muchas personas se han sentido profundamente ofendidas por los artículos publicados y se ha creado una plataforma de recogida de firmas para solicitar la retirada de dicho número[2].

Las/os responsables de esta iniciativa consideran que los contenidos de la publicación –antifeministas, homófobos y transfóbicos– ponen en entredicho la trayectoria y la calidad científica de la revista y del CSIC, constituyen una provocación para las feministas y un insulto para quienes pagamos con nuestros impuestos las investigaciones y la divulgación de la ciencia pública[3]. Alegan que las autoras de los textos no están suficientemente acreditadas en el ámbito de los estudios feministas y de género y que utilizan conceptos, reflexiones y cuestionamientos propios de la teoría feminista para lanzar mensajes opuestos a su contenido, creando dudas sobre la validez del feminismo teórico y práctico desarrollado desde hace siglos, presentándolo como una guerra de sexos, ubicándolo en el marco de lo inútil –la igualdad de género sería algo ya superado– y calificándolo como un ataque a la familia y a las mujeres que se sitúan “más allá del feminismo”, a las cuales consideran “víctimas” de la utopía feminista. Señalan que los textos publicados atacan frontalmente reivindicaciones, movimientos y luchas sociales que han contribuido legítima y profundamente a la justicia social, como los movimientos LGTBQI y confunden personalidad, identidad, género, orientación sexual y sexo, entre otras cosas. Estiman que se trata de una publicación que va en contra de uno de los seis pilares del European Research Council (ERC) y del programa Horizonte 2020 relativos a la promoción de la igualdad de género en la investigación, y dudan de que los artículos hayan sido revisados por pares y niegan que sus conclusiones se basen en estudios científicos.

No he leído todos los artículos del monográfico de Arbor en cuestión, aunque sí lo suficiente para sospechar que los argumentos de quienes piden su retirada tienen fundamento. Con todo, no he firmado la petición. Estuve a punto de hacerlo, pero me lo impidió una especie de nudo en el estómago que no tardé mucho en desenredar. Me desasosiega profundamente ver que el patriarcado –a través de las mujeres, aunque no solo– es capaz de reconvertir las herramientas feministas para consolidar desigualdades, esencialismos y repartos de roles por géneros. Me duele que la autocrítica que caracteriza a todos los procesos feministas y permite su evolución se utilice para desprestigiarlos y que se consideren trampas del feminismo lo que son obstáculos del patriarcado. Me entristece que muchas mujeres se sitúen más allá del feminismo sin haber pasado por él ni de cerca y que vean a las feministas como enemigas, sin serlo. Pero precisamente porque soy feminista no puedo firmar para que una publicación se retire, porque creo que hacerlo es atentar contra la libertad de expresión y, como me decía ayer una amiga, impide la posibilidad de debate. Me parece mejor, por un lado, pedir responsabilidades a quienes corresponda en el CSIC por gastar dinero público en trabajos poco científicos y que no casan con los objetivos internacionales suscritos por nuestro país relativos a la promoción de la igualdad de género en la investigación y, por otro, que Arbor dedique un monográfico, o varios, a dar voz a quienes desean argumentar científicamente contra las ideas publicadas en el número 778 de la revista.

En cualquier caso, lo más preocupante de estos textos es que son un indicio –uno más– de la involución que se está instalando, en todos los ámbitos, dentro y fuera de nuestro país, respecto a los derechos de las mujeres. Nos alertan, por tanto, de que los logros obtenidos por el feminismo son reversibles. De hecho, en algunos aspectos, estamos retrocediendo… y mucho[4]. Es tentador creer que las cosas van siempre mejor, pero engañarnos al respecto nos paralizaría, y no podemos permitirnos las consecuencias para las mujeres de cada paso atrás.

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[1] http://arbor.revistas.csic.es/index.php/arbor/issue/current/showToc

[2] https://www.change.org/p/presidencia-del-csic-retirada-del-n%C3%BAmero-778-de-la-revista-del-csic-arbor

[3] Arbor es una publicación periódica del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), costeada por tanto con fondos públicos.

[4] En los últimos cinco años, por ejemplo, ha disminuido en casi un 25% la protección policial a las víctimas de la violencia machista. En la actualidad, son algo más de diecisiete mil las mujeres protegidas por la policía, pero en 2011 eran cinco mil más. Como consecuencia, ha aumentado el número de mujeres asesinadas que habían denunciado.

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El jardín de la abuela

Otras personas podrán contar su historia, pero no podrán contar la mía.

Gloria Viseras

 

Siempre me han gustado mucho las flores, sobre todo las que crecen en el suelo. Cuando tenía tres años, se me iban los ojos hacia las de los jardines del centro de Zaragoza, especialmente los que adornaban el actual paseo de la Constitución –entonces llamado de Marina Moreno–, justo en la confluencia con la plaza Paraíso. En realidad, se me iban los ojos… y las manos. Mis padres, lógicamente, me dijeron que las flores de los jardines no se podían coger, pero la tentación era tan fuerte que no me dejaba obedecer, así que acabaron alertándome de que, si cortaba alguna, vendría el guardia y me reñiría… Ignoro por qué me afectaba más la regañina de un desconocido uniformado que la de mis padres, pero el hecho es que empecé a mirar las flores, sin tocarlas, por preciosas que fueran.

Aquel verano, en el pueblo, salí un día al monte con mi abuela, que vio cómo miraba su nieta las flores y le extrañó que no cogiera ninguna, así que me preguntó qué pasaba. Yo, mirando un poco temerosa a un lado y a otro, le dije: “Es que, si viene el guardia”… “¿El guardia?”, sonrió, “¿Qué guardia? Aquí no hay guardia, cariño. Puedes coger las flores que quieras, porque todo este jardín es de la abuela”. Y yo le creí. Siempre que salgo al monte, en mi pueblo, vuelvo con alguna flor en la mano.

Estas vacaciones me llevé de paseo a mi sobrina Nahia, que tiene cuatro años. Anduvimos cerca de una hora y nos dio tiempo a buscar babosas, a intentar cazar saltamontes, a tirar piedras al río, a comprobar en cada arbusto que las moras aún estaban verdes, a jugar a veo-veo… Como era la primera “excursión” de Nahia sin sus padres, pensé que podía llevarles unas flores. “Pero, tía”, me dijo muy seria, “¿se pueden coger flores sin que pase nada?”… “¡Pues claro!”, le contesté, “porque todo este jardín es de la abuela”. Y ella me creyó. Entró en casa con media docena de flores desiguales y algo mustias que todos consideraron las más preciosas del mundo.

Llevo muchos días sin escribir nada en el blog. Es cierto que en los dos últimos meses, por diversos motivos, he andado muy justa de tiempo, pero no tanto como para no poder sentarme un rato al ordenador. No he dejado de escribir por pereza, ni por desinterés, ni tampoco por esa impotencia que siento a menudo cuando no encuentro el modo de contar lo que deseo. Creo que ha sido por cansancio, relacionado con mi forma de mirar la realidad, y por una especie de desaliento, causado por la multitud de palabras vacías y engañosas que encuentro alrededor y que hizo que me planteara el sentido y la utilidad de las mías. Incluso llegué a pensar que había llegado el momento de “cerrar el garito”.

Las vacaciones, este año, por razones que no vienen a cuento, no han sido un tiempo de descanso, pero han tenido la virtud de mantenerme centrada en lo más cotidiano y conscientemente aislada de los acontecimientos “importantes”. Intuía que necesitaba resetearme, reiniciarme, apagar y volver a encender, salir para poder entrar de nuevo… Y creo que, de alguna manera, lo he conseguido.

Por eso, al volver a casa, he decidido retomar el blog con una historia personal, que cuento simplemente porque quiero, porque estos días de vacaciones he pensado mucho en que el tiempo pasa y el jardín, el precioso jardín que son los campos y montes que rodean mi pueblo, tiene ahora guardas forestales que velan por la buena conservación del medio ambiente y está transitado por mucha más gente que hace cincuenta años, pero sigue siendo el jardín de la abuela, una abuela que ya no es la mía, sino mi madre, aunque no tenga ningún título de propiedad que lo acredite… Una historia que cuento porque mi sobrina está ingresada en el hospital, muy lejos de mi casa, y no puedo llevarle flores. Una historia pequeña que nadie contará si yo no lo hago. Como todo lo que escribo. Así que no voy a dejar de hacerlo.

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Sin título

¿dónde están las palabras

por qué no comparecen

por qué no me socorren?

Gloria Gervitz

Se llama Paula. Nació en Colombia y tiene treinta y ocho años. Hace poco más de diez que vino a España con sus dos hijas, entonces pequeñas, para reunirse con su marido, Mauricio, que había dejado su país natal para proporcionar un futuro mejor a su familia. Eran buenos tiempos para inmigrantes con oficio –él lo tenía– y no le costó encontrar trabajo. Pero la crisis económica le pilló con problemas graves de salud y se convirtió en un parado de larga duración, sin ninguna posibilidad de reincorporarse al mercado laboral. Ella empezó a trabajar enseguida aquí y allá, limpiando sobre todo y también cuidando a personas mayores y a niños, empleos todos precarios, escasamente remunerados y sin seguridad social, con los que ha logrado mantener a su familia.

Esta mañana, poco después de amanecer, Paula ha visto morir a Mauricio. No ha podido evitar el estupor, pues aunque sabía que estaba mal, muy mal, había normalizado la situación –como suele suceder cuando se brega con enfermedades largas– y tenía la sensación de que las cosas iban a seguir siendo así, si no siempre, al menos durante algún tiempo. De todas formas, al aturdimiento y al dolor que todo el mundo experimenta cuando pierde a un ser querido, Paula ha sumado la terrible preocupación de no tener dinero para enterrar a su marido. Suena fuerte, ¿verdad? Es que lo es.

Hace unos días, intuyendo inconscientemente lo que iba a suceder, preguntó en el ayuntamiento de su localidad cómo había que actuar en estos casos, y le respondieron que el municipio no tenía presupuesto para hacer frente a este tipo de situaciones… Afortunadamente, una trabajadora social ha conseguido solucionarle hoy el problema y mañana, al mediodía, Mauricio será enterrado gratuitamente en el cementerio de una localidad cercana, en un nicho sin placa.

Nunca había conocido a nadie que no tuviera dinero para enterrar a sus muertos. Me conforta saber que hay algunos ayuntamientos que no dejan abandonadas a las personas que se encuentran en circunstancias semejantes, pero me estremece y me indigna los que, sencillamente, miran para otro lado dejando a la gente a su suerte, como si se pudiera elegir no enterrar a alguien, por falta de medios, como se elige no comprar un coche o prescindir de un café… Puesta a imaginar, me pregunto qué tendría que haber hecho Paula si otro ayuntamiento no hubiera estado dispuesto a hacerse cargo del cuerpo de su marido. ¿Dejarlo en un descampado? Y me acuerdo de Antígona[1] y su empeño en dar sepultura a su hermano…

En estos momentos, Paula y sus hijas lloran en casa la muerte de Mauricio y echan de menos poder velarlo y acompañar de alguna manera su cuerpo, que ahora yace en la cámara de un tanatorio. Desde fuera resulta fácil decir que ya está, que lo que importa es lo que hicieron mientras él vivía, el amor que le profesaron, las atenciones que le dispensaron, pero los momentos liminales, esos que marcan la línea entre la vida y la muerte, entre la presencia y la ausencia, están dotados de una intensidad difícil de soslayar y que hace grande cualquier palabra, cualquier gesto, cualquier detalle. Y no disponer de una sala para acompañar el cuerpo de un ser querido no se trata precisamente de un pormenor. En esta sociedad, que ha hecho un negocio de la muerte, se trata más bien de un lujo al que las/os pobres no pueden acceder, como tampoco se pueden permitir una incineración, ni un funeral de cuerpo presente, ni unas flores, ni una placa en el nicho…, todo eso que parece tan normal, aunque no lo es.

Se dice que la muerte nos iguala a todos… Pero hay personas que no solo carecen de mucho para vivir, sino que además no tienen donde caerse muertas. Literalmente. Y yo me quedo sin palabras.

 

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[1] Según cuenta Sófocles, los hermanos de Antígona, después de la muerte de su padre Edipo, habían acordado ocupar alternativamente el trono de Tebas, en periodos de un año. Pero Eteocles no lo dejó al cumplirse el tiempo y Polinices reclamó su derecho marchando con un ejército contra la ciudad e iniciando por tanto una guerra civil que concluyó cuando ambos se mataron mutuamente a las puertas de la ciudad. Su tío Creonte, que asumió entonces el gobierno de Tebas, prohibió dar sepultura a Polinices, al que consideraba un traidor, pero Antígona enterró a su hermano desobedeciendo la orden, por lo que fue condenada a morir de inanición en una cueva.

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Fomas, fomantes y almas simples

Ya no hay barreras para el desconocimiento; hace mucho que la tierra dejó de ser el centro, hace mucho que estamos en la incertidumbre. Y no nos asusta. La aceptamos, y seguimos.

Clara Janés

 

Kurt Vonnegut, en su novela Cat’s cradle, inventó tres términos que dan nombre a otra obra suya en la que recoge algunos artículos, ensayos y conferencias de su autoría: Wampeters, foma & granfalloons. Lo sé porque esta mañana tuve que catalogar la versión española del libro, publicada en 1977, cuyo traductor tituló Guampeteros, fomas y granfalunes. En el prefacio encontré la definición que Vonnegut ofrece de los tres neologismos: “Un guampetero es un objeto alrededor del cual pueden resolverse las vidas de mucha gente que de otra manera no estarían relacionadas. El Santo Grial podría servir de ejemplo. Una foma es una mentira piadosa dicha con la intención de reconfortar a las almas simples. Un ejemplo: «La prosperidad está a la vuelta de la esquina». Un granfalún es una orgullosa asociación de seres humanos que carece de sentido”. No aporta nada que ilustre la última enunciación.

Los tres vocablos tienen su irónica carga crítica, pero la foma me llama especialmente la atención porque una mentira piadosa unida a almas simples con el fin de reconfortarlas parece algo sospechosamente peligroso o, más bien, peligrosamente sospechoso. En el mejor de los casos, suena a engañabobos –tratándose de almas, quizá sería mejor hablar de engañabobas–, que el DRAE define como “cosa que engaña o defrauda con su apariencia” y también como “persona que pretende embaucar o deslumbrar”, acepción que habría que aplicar más bien al fomante, es decir, a quien inventa y difunde fomas.

Pero volviendo a la definición del neologismo, una mentira piadosa es una afirmación falsa realizada con intención benevolente, es decir, la que se dice para evitar a otro un disgusto o una pena. Ser piadosa no la hace menos mentira, pero parece suavizar su inmoralidad. La foma se diferencia de ella en que sus destinatarios no son cualesquiera hombres y mujeres susceptibles de sentir pena o disgusto con la verdad, sino las almas simples, expresión utilizada para referirse a las personas sencillas, mansas, apacibles, incautas, faltas de listeza o de malicia y, por extensión, bobas, tontas, mentecatas y necias. El último elemento de la definición es la intención de reconfortar, o sea, de dar fuerza, animar, alentar y consolar a alguien afligido. La foma requiere, pues, la misma intención benevolente que la mentira piadosa, pero su objetivo no es evitar un disgusto, sino aliviar a quienes ya lo tienen.

Desde esta mañana, no dejo de pensar en las almas simples, porque la sencillez, la mansedumbre, la apacibilidad y la falta de malicia no son sinónimos de ignorancia y necedad. Además, hay gente ignorante[1] por falta de medios y/o de aptitudes, pero también hay necias y necios por confort, por comodidad, por pereza, por irresponsabilidad. De cualquier forma, las/os fomantes necesitan a las almas simples, pues sin ellas no hay foma que valga, por reconfortante que sea su efecto, lo que equivale a decir que su fuerza –la fuerza de la mentira– reside tanto en el ingenio de quien la profiere, cuanto en la necedad de quien la acoge como verdad. En cuanto a la benevolencia de quienes foman, me pregunto por qué les interesan solo las almas simples ya apenadas y si aliviar engañosamente su sufrimiento puede considerarse un acto filantrópico o simplemente revela la falta de respeto que sienten hacia quienes consideran incapaces de asumir la verdad y ser críticas/os con la realidad…

A todas/os nos gusta escuchar lo que queremos y nos sobresalta asumir como ciertas las verdades inquietantes y/o dolorosas. Quizá por eso hay tantas/os fomantes, máxime en tiempos de crisis, cuando la gente soporta tantos problemas. Decía Simone Weil que “amar la verdad significa soportar el vacío”, lo que a menudo no es nada fácil… Por lo que a mí respecta, no me importa ser un alma simple, pero me he propuesto no tragar ni las fomas, siempre que pueda identificarlas, ni a quienes las inventan. Y menos en campaña electoral.

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[1] El término necio viene del lat. nescius, emparentado con el verbo nescire, es decir ne-scire, literalmente “no saber”.

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¿Cien años no es nada?

La vejez no es una enfermedad, es la fuerza y la supervivencia, el triunfo sobre toda clase de vicisitudes y decepciones, pruebas y enfermedades.

Maggie Kuhn

 

Tengo sobre mi mesa el número 163 de la revista Nosotros: los mayores del siglo XXI, correspondiente al mes de abril, que publica un artículo titulado “Cien años no es nada”. La protagonista del texto es Eloísa Fernández Granda, una asturiana que en marzo cumplió 103 años y a quien se califica como “una mujer innovadora en tiempos difíciles”. Yo la conozco y quiero desde hace casi treinta años, porque es la tía –la segunda madre– de una amiga mía.

Eloísa nació en 1913 en una aldea del concejo de Parres, aunque siendo ella muy niña sus padres se fueron a trabajar a una casería situada al pie de la cordillera del Sueve, en la parroquia de Cereceda (Piloña), que no tenía ni luz eléctrica –de noche se alumbraban con lámparas de carburo– ni agua corriente, lo que les obligaba a ir todos los días a la fuente del pueblo más cercano, a un kilómetro de distancia. Y cuando la nieve les impedía salir de casa, la derretían para conseguir agua. Su madre se dedicaba al campo y al ganado, así que Eloísa, que era la mayor de siete hermanos, se hizo cargo de la casa muy pronto –solía contar que cuando empezó a cocinar, se subía a un taburete para llegar al puchero–, pero lo que ella quería por encima de todo era estudiar. Al acabar la escuela primaria, con 14 años, pidió el ingreso en la Normal de Magisterio y fue admitida, pero no pudo ser maestra porque su padre no le dejó ir a Oviedo sola. Sin embargo, ella no renunció ni a seguir aprendiendo –siempre fue una lectora insaciable– ni a enseñar…

La escuela de Cereceda no era un destino atractivo, porque estaba muy aislada y mal comunicada, así que algunas titulares de la plaza le ofrecieron a Eloísa pagarle medio sueldo por dar las clases, mientras ellas se quedaban con el otro medio y firmaban las actas a final de curso. Aceptó encantada y, según sus alumnas, resultó ser una buena maestra y, además, innovadora. Nada más pisar el aula, eliminó las clases de costura, porque, como solía decir, “esas cosas se hacen en casa; a la escuela se viene a aprender”. En otra ocasión, y ante la ausencia temporal del maestro, decidió meter en la escuela de niñas a los niños, para que no anduvieran por ahí sin hacer nada, de manera que, gracias a Eloísa, Cereceda contó con enseñanza mixta en plena dictadura franquista… Pero lo de ejercer de docente duró solo unos años y, como el campo no le gustaba nada, aprendió confección por correspondencia y se dedicó a coser. Eso sí, fue una autoridad moral en el pueblo y mucha gente iba a la casería a consultarle todo tipo de asuntos y algunas personas analfabetas recurrían a ella para escribir cartas a los parientes emigrados a América, o para que les leyera las que recibían.

A los 53 años, cuando murió su padre, Eloísa fue por fin a Oviedo, acompañada de su madre. Al principio, se ganó la vida precariamente dando clases particulares, pero enseguida cogió el traspaso de una huevería, que le proporcionó tranquilidad económica, pero ella tenía otras inquietudes, así que aceptó la propuesta que le hizo un jesuita de dirigir una residencia universitaria femenina. Con el tiempo, la residencia acabó siendo suya y llegó a albergar a cincuenta estudiantes. Allí trabajó y vivió hasta los 75 años. Cuando se jubiló, se trasladó a un apartamento con su madre, una mujer también longeva, que murió con 105 años. Los fallos de memoria y una cadera por la que ya han pasado tres prótesis fueron apartando a Eloísa de sus tareas cotidianas y convirtiéndola en una persona dependiente, aunque se hizo cargo de la casa hasta los 95 años. Desde entonces, su sobrina –mi amiga– lo es todo para ella.

Eloísa vio morir a cinco hermanos. Solo quedan ella y Carmen, la benjamina, dieciocho años menor, a quien ayudó a nacer, literalmente, porque estaba sola con su madre cuando esta se puso de parto. Ahora va en silla de ruedas y resulta extraño no verla leer horas y horas. Cuando ve un papel impreso, lo coge con interés, pero lo deja enseguida. Es difícil saber qué piensa, porque habla poco y, sobre todo, porque la profunda sordera que padece la mantiene muy aislada. Sin embargo, es capaz de expresar mucho afecto y, por supuesto, de recibirlo y agradecerlo. Y aún almacena inteligencia, ironía y buen humor. Cuando le preguntan cómo se las arregla para estar tan bien y cumplir tantos años,  responde “porque estoy soltera”. Lo dice medio en broma medio en serio, con sonrisa pícara y ojillos traviesos, consciente del desconcierto que sus palabras provocan…

Queda bonito decir, imitando el tango de Gardel, que cien años no es nada, pero no es cierto. Cien años de vida –cuánto más si se le añade alguno– son una gran victoria. Y quienes los alcanzan, bien merecen unas líneas, aunque no les hagan justicia.

 

 

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Mudanza

En tiempos de turbación no hacer mudanza.

Teresa de Jesús

Después de 21 años en el mismo apartamento, he cambiado de casa. No me he ido muy lejos. Sigo viviendo en el mismo edificio, pero en un piso exterior, más grande y más luminoso. Durante mes y medio, más o menos lo que ha durado la mudanza, he tenido dos casas. Una era cada vez menos mía, la otra, cada día un poco más, hasta completar el trasvase, que terminó el viernes. Por el camino –más bien, por el pasillo– se han ido quedando muchas cosas. Tuve una profesora de latín y griego en el bachillerato que solía decir que tres mudanzas equivalen, en pérdidas, a un incendio. A mí no me han hecho falta tantas: si llego a quemar todo aquello de lo que me desprendí en este traslado, la hoguera hubiera sido digna de una noche de san Juan.

Lo cierto es que, sin fuego mediante, el cambio de domicilio ha sido una tarea purificadora que me ha dejado una profunda sensación de ligereza. Aunque el apartamento de origen era muy pequeño, conseguí almacenar muchas cosas, sobre todo papeles, muchísimos papeles que examiné prácticamente uno por uno antes de decidir cuáles dispondrían de un sitio en el apartamento de destino y cuáles acabarían en las bolsas azules de reciclaje. Revisarlos me llevó mucho más tiempo del previsto y, aunque a ratos fue grande la tentación de llevarlos todos a la casa nueva y mirarlos luego con calma, me mantuve firme en el propósito de realizar una mudanza liberadora. Así que, desde Semana Santa, he pasado decenas de horas repasando las huellas documentales de mi vida, con lo que supone de memoria y rememoración, de hallazgos inesperados y sorprendentes, de sensación de nostalgia y pérdida, unas veces, y de superación y emancipación, otras.

No era consciente de cuánto guardaba: apuntes de la carrera, notas tomadas en conferencias y cursos diversos, cantidades ingentes de materiales de biblioteconomía utilizados para las oposiciones, montones de artículos de teología feminista recopilados durante casi veinte años, las nóminas de toda mi vida profesional, recibos de todo tipo clasificados por materias y ordenados cronológicamente, catálogos de exposiciones, recortes de periódico… El caso es que me he deshecho de casi todo. Otra cuestión han sido los papeles más personales –reflexiones, poemas, diarios, cartas…–, cuya revisión ha despertado recuerdos y vivencias que no me visitaban desde hacía mucho tiempo. Hojearlo todo ha sido como volver a ver la película de mi vida a través de las palabras, unas veces propias, y otras, las más, ajenas. He encontrado caligrafías muy queridas y también nombres de personas en las que llevaba años sin pensar. He revivido momentos muy duros de mi historia y también acontecimientos felices y plenos. A menudo, he tenido la ambivalente sensación de estar mirando a una María José que poco tiene que ver conmigo y que, al mismo tiempo, es muy parecida a la que soy hoy. Al final, veo que he pasado definitivamente algunas páginas de mi existencia, literal y metafóricamente, y que he soltado mucho lastre. Asumir el pasado también es superarlo y dejarlo marchar.

Por otra parte, comprar muebles sin montar y armarlos poco a poco ha sido agotador, pero gratificante, como si de alguna manera estuviera construyendo mi casa, aunque no haya puesto ni un ladrillo, y construyéndola además en compañía, porque la gente que me quiere no me ha dejado sola con los destornilladores y el taladro. Ha sido genial ir y venir a las mueblerías, dejarse los riñones transportando bultos, discutir lo justo y necesario interpretando las instrucciones de montaje de cada mueble, persuadirnos mutuamente para decidir el color de los estores o el mejor lugar para un cuadro y, sobre todo, sentarnos a contemplar cada día, con una cerveza fresca en la mano, el trabajo realizado. Un trabajo bien hecho, porque tengo una casa alegre y acogedora, en la que apetece vivir y de la que cuesta irse, una casa que antes de estar montada del todo ya parecía un hogar.

Ahora mismo estoy sentada en mi nueva mesa de estudio, delante de una ventana grande que da a la calle. El sol del atardecer ilumina suficientemente la sala. Es la primera vez, en mes y medio, que enciendo el ordenador para escribir algo. Me siento ligera de equipaje, liviana y con espacio, como si hubiera atravesado el umbral de una muralla y salido a campo abierto, como si mudar el cascarón me permitiera respirar mejor y más hondo, como si cambiar de casa fuera algo parecido a cambiar de vida.

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