Los divorcios

Tengo unos hijos que ya llevan casados varios años y que me comentaban con susto que entre sus amigos se estaba dando la media del 50% de divorcios. La mayoría eran parejas que se habían casado enamoradas y cuyos primeros años de convivencia no presagiaban la ruptura. En un porcentaje elevado era el marido quién había tomado la decisión y no siempre por haber encontrado otra mujer sino porque la convivencia con la suya no colmaba sus expectativas. Las esposas, cuando había desaparecido el amor, intentaban salvar el matrimonio, muchas veces pensando en los niños, aunque al final también renunciaban. Ellos y ellas, habían puesto demasiado alto el listón de lo que era una relación conyugal y quizás no habían contemplado los problemas que siempre surgen a lo largo de la vida.

            El susto de mis hijos era porque veían mucho dolor en el cónyuge abandonado y porque les daban pena esos niños que se pasaban la vida con la maleta a cuestas y oyendo las barbaridades que uno de sus padres decía del otro. Es cierto que, en algún caso, un segundo matrimonio estaba funcionando y parecía que devolvía la felicidad a los que la habían perdido en el primero, pero no siempre sucedía así. De aquí, que me pidieran recetas para salvar los suyos aunque no estuvieran amenazados.

            ¡Qué difícil es aconsejar cuando cada vida es distinta! No es el caso de mi familia pero creo que hay uniones que hay que cortar por lo sano porque uno de los cónyuges, sea de la forma que fuera, hace luz de gas del otro. Pero dentro de un matrimonio normal hay que ser consciente de que en algún momento llegan las crisis que no hay que afrontar tirando la casa por la ventana sino tratando de hablar para arreglar los problemas y malentendidos. Es mejor sacar tarjeta amarilla varias veces, que es una advertencia de la necesidad de un cambio, que la roja directa que conlleva el fin de la relación.

            Aparte de la necesidad de la comunicación creo que la falta de egoísmo, como en cualquier relación humana, es una buena receta. Saber conjugar el “nosotros” en lugar del “yo” implica pensar también en lo que le gusta y quiere el otro. El peligro es que sea sólo uno de los dos el sacrificado pues se construye el matrimonio a base de anular a una de sus partes que, curiosamente, acaba siendo despreciada.

Si alguno de los lectores sabe de otras recetas que hayan funcionado sería bueno que las transmitiera para que las hiciéramos correr y evitar tanto dolor como todos contemplamos en nuestra sociedad.

                       

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