Cuento de la Luna

Tengo que reconocer que me gusta cuando llega el mes de diciembre pues me paso todo el año escuchando las historias del sol cuando vengo a su relevo al anochecer. Que si gracias a su calor una pareja se ha declarado su amor, que ha posibilitado con su luz que los niños aprendan en una escuela que no tiene electricidad, que la gente mayor se cura de su artrosis bajo sus rayos y, para colmo, últimamente presume de calentar el agua y generar energía.

Yo intento por la mañana contar mis historias de la noche pero la mayor parte de las personas están durmiendo y los que velan pueden estar metidos en malas acciones o tienen que salir deprisa a los hospitales por problemas de salud. Los temas que yo cuento son tristes y nadie los quiere escuchar.

En diciembre es mi revancha pues el sol se queja de que se cansa y se va a la cama muy temprano, incluso durante el día no luce en todo su esplendor por no sé que razones que tienen que ver con la distancia y que me cuenta para justificarse.

Son días en los que disfruto mucho cuando asisto con mi luz a las madres que leen cuentos a sus hijos antes de acostarse y acompaño a los enamorados para que vean mejor sus facciones y sepan decirse palabras de amor. Incluso me cuelo por la ventana de las personas mayores que encuentran dificultad para concebir el sueño. Al sol le molesta que yo le robe su protagonismo pero yo me siento feliz pues me veo útil.

Tengo que contaros lo que me sucedió una noche hace muchos años. Pasó a mi lado una estrella muy impertinente, que casi sin saludarme, siguió su camino. No me hubiera importado mucho si no fuera porque su luz era más brillante que la mía con lo que nadie me miraba.

 Intenté pararla –  ¿Adónde crees que vas tan deprisa y tan descortés? – le pregunté.

– Ya te lo explicaré más tarde, me dijo, pues tengo una cita muy importante a la que no puedo faltar.

Aunque molesta por la falta de consideración me olvidé de la estrella y traté de alumbrar a un grupo de pastores que comía gachas en torno a un fuego pues la noche se presentaba fría. Estaban tristes y decían que la culpa la tenían unos a los que llamaban romanos que les habían robado sus tierras. Ellos esperaban que alguien les sacara de su apuro pero no acababa de llegar ese personaje tan soñado. Yo me acercaba lo más posible para escuchar la conversación ya que confieso que soy curiosa pero, a la vez, intentaba con mi luz devolver ilusión a sus vidas.

Cuando estaba en estos menesteres volvió a aparecer una luz fulgurante. Pensé que era la estrella descarada que volvía a darme explicaciones pero aquello cobraba intensidad por minutos. ¡Cómo me hubiera gustado que el sol viera que su luz no era nada frente a la que yo tenía delante! Tendría que contárselo a la mañana siguiente pero como es muy orgulloso no me iba a creer.

Los pastores también vieron la luz y miraron al cielo para ver de donde venía. Entonces todos pudimos apreciar la presencia de un coro de ángeles que cantaba unas estrofas que hablaban de gloria que era el hábito de Dios. Uno de ellos pidió a los pastores que se dirigieran a un establo cercano pues de allí venía esa luz de la que ellos se habían vestido y donde encontrarían la esperanza que habían perdido.

Ni que decir tiene que les acompañé en el recorrido. El lugar no me pareció nada espectacular, una joven pareja y un bebé que acababa de nacer pero, en efecto, la luz era tan intensa que todo el mundo se olvidó de mí. Fue entonces cuando sentí una enorme tristeza ¡Ya ni en diciembre los hombres me necesitaban! Una lágrima cayó de mis ojos y, por esas cosas del destino, cayó en el pie del Niño.

-¡Luna!, escuché una voz que me llamaba pero por más que miré no sabía quién era mi interlocutor.

– ¡Luna, soy yo el niño!

– Perdona ¿te diriges a mí porque te he mojado?

– No, te hablo porque me parece que estás triste y no quiero que esta noche nadie sufra ¿Te puedo consolar?

         Entonces es cuando le conté lo del sol que me narraba todos los días sus historias y yo tengo siempre que callar, que no me iba a creer cuando le dijera que la luz que salía de ese portal era más intensa que la suya y, sobre todo, que ahora que estábamos en diciembre y que era mi momento para ser útil, nadie me miraba. Cuando iba a terminar mi cuento se me ocurrió contarle algo que tenía en lo más profundo del corazón pues sabía que era verdad: el sol me echaba en cara que mi luz era muy fría.

         El Niño me miró con un cariño que no había sentido nunca y me sonrió.

– Luna, me dijo, la calidad de tu luz depende de lo que pongas en ella de tu parte. Cuando ilumines a los seres humanos viste tu luz de amor y enseguida verás el efecto que consigues. ¡Ah! y no te preocupes de que tu papel sea menos importante porque sea de noche. La noche es mala consejera y los hombres se encuentran tristes y solos, tu labor puede ser más oscura y callada que la del sol pero puede que más provechosa. Es posible que tú misma no te des cuenta de lo que haces y que te sientas sola e inútil pero yo te haré siempre compañía.

         Cuando lo conté esta historia al sol a la mañana siguiente se rió de mí pues decía que no se creía ni una sola palabra. Yo la sigo contando a todo el que me quiere escuchar pues soy muy feliz cuando intento poner calor en mi luz y noto que aquel Niño está cerca.

         

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