Juan Pablo II se flagelaba
Acabo de leer en la portada del Mundo virtual que Juan Pablo II se mortificaba con ayunos extremos, durmiendo desnudo en el suelo y flagelándose con una cinta que siempre le acompañaba en sus viajes. Es una noticia que aparece en un libro del postulador de su causa de beatificación, Sladowir Oder, y que saldrá muy pronto a la venta en Italia bajo el título de “Por qué es santo”.
Reconozco que si la santidad de un individuo es porque martiriza su cuerpo no me interesa, creo que responde a una espiritualidad antigua que consideraba el cuerpo como la cárcel del alma. Es una espiritualidad ajena a Jesucristo que gozó con la comida y la bebida y no hay ningún texto en los evangelios que hable de mortificaciones buscadas ¡Bastantes trae la vida sin tener que salir a su encuentro!
Hoy, que se habla tanto de ecología nos podemos dar cuenta de que la creación, que Dios vio era buena, está llena de semillas de su Creador. Nosotros mismos somos las olas que emergen de ese mar que es Dios mismo, unas olas que vienen envueltas en agua, sal y espuma que sería el cuerpo, mientras que la fuerza con la que rompen en la orilla, la ponen el espíritu y la voluntad.
Me temo que la prensa hará eco negativo de la noticia y lo entiendo. Pienso que estas prácticas, aunque los que las hacen consideran que acercan a Dios lo que por supuesto respeto, no nos deja en buen papel a los cristianos. Detrás de ellas se puede ver la imagen de un Dios sádico que se complace con el sufrimiento de su criatura y de un hombre desinteresado por los problemas de un mundo que sufre. El mayor sacrificio es trabajar sin descanso para mejorar los problemas de nuestro entorno, renunciar al ocio, ceder de nuestro tiempo, escuchar al que sufre, levantar la voz en defensa del que no la tiene, acariciar al enfermo y al anciano, enseñar al niño…
Mil veces he oído que estas prácticas ascéticas equivalen al esfuerzo de preparación de los atletas y que hay que aprender a dominar el cuerpo pero no me convence. El que se tiene que levantar de madrugada para ir al trabajo o para atender al hijo que llora también tiene bien controlado un cuerpo que agradecería más horas de sueño. Un ejemplo de los mil que podríamos poner.
¿Hay alguien que me ofrezca otros argumentos que me puedan convencer?

Isabel, muchas gracias por traer al blog un tema tan interesante, no tanto por el proceso de beatificación de Juan Pablo II, concretamente, cuanto por la errónea relación, que dura ya demasiados siglos, entre santidad y sufrimiento autoinfligido.
El otro día, alguien dijo delante de mí que el pueblo de Dios merecía pan tierno y no comida caducada. Al leer tu post, me he acordado. Y, sí, merecemos pan tierno. En este caso, otros modelos de santidad. Entre otras cosas, porque esa santidad ni lo es ni nos habla del Dios vivo. O, lo que es peor, lo convierte en un ídolo y, encima, cruel. La pregunta es: ¿a quén interesa “vender” este tipo de santidad y qué se busca con ello?
Yo me apunto a la santidad que propones, una santidad que respeta y cuida el cuerpo y la naturaleza, que se entrega a las relaciones humanas y trabaja por la justicia,que busca al Dios de la Vida y lo hace cada día, en su quehacer cotidiano… Otra cosa es que haya quienes se interesen en abrir causas de beatificación para nuevos santos y santas…