Espera y esperanza

La llegada del Adviento me ha hecho pensar en la mirada hacia el futuro con la que vivimos todos los seres humanos. Recuerdo que mi madre, conocedora de su próxima muerte, hablaba de los planes que había concebido para el verano y todos le seguíamos la conversación, a sabiendas de que nunca se realizarían.
Los planes que impulsa la esperanza cambian con la edad. De niños las metas están en aprobar o sacar buenas notas, en que los Reyes Magos nos traigan ese regalo caro que los padres no quieren comprar y en ganar, en cualquier competición, a los amigos. Más tarde entran en juego las personas especiales cuyo amor deseamos en exclusiva, obtener un puesto de trabajo interesante y bien remunerado, contraer matrimonio, que lleguen los hijos y así… año tras año, un cambio de metas y de deseos que nos impulsan siempre hacia delante.
¿Qué relación pueden tener nuestras esperanzas con el Adviento? En primer lugar, la idea de que el Dios cristiano está involucrado en la historia de la salvación, Dios se integró hasta la médula en la vida de los hombres desde el momento en que decidió encarnarse. Nada le es ajeno con lo que participa y comparte nuestros anhelos y deseos.
Pero podemos dar un paso más. Nuestras ilusiones tienen que ver con nuestro yo y se conseguirán, en la medida que estemos satisfechos con nuestros logros y la vida que nos permitan desempeñar. Ama al prójimo “como a ti mismo”, esta parte final de la frase ¡tantas veces olvidada! que supone una base de bienestar y aceptación propia, necesarias para salir en pos de los que conviven con nosotros.
No nos engañemos, muchas de nuestras actuaciones y esperanzas buscan la apreciación de nuestros familiares y amigos, ya que vamos mendigando por la vida migajas de estima y amor, un condimento que, como la sal, es imprescindible para una existencia sana. Y aquí entra de lleno el Dios – Amor porque la imagen y semejanza que tenemos los hombres con su persona, se materializa en ese amor que podemos dar y recibir. El primer acto de la relación humano – divina del Dios que se hizo hombre, está en la Navidad, pero su plenitud no llega hasta la Pascua, la resurrección del hombre – Dios, que supo dar la vida por los que quería.
Pongamos nuestras ilusiones en la cuna del niño que va a nacer, para que se hagan realidad y para que, con su calor, haga crecer en nosotros el amor a nuestros hermanos y que, haciéndolo realidad, seamos muy felices.

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