Violencia simbólica

Aparte de todas las muertes que aparecen en la prensa todos los días,  hay una violencia simbólica contra las mujeres que no se aprecia pero que fomenta ese maltrato que puede llegar a ser letal. Me ha parecido interesante este articulo que me ha llegado por internet.

Es cierto y bien sabido que las relaciones entre los sexos
-los dos- han cambiado a lo largo de extensos y duros tiempos de lucha
feminista, pero sólo de manera superficial. Esto quiere decir que la imagen que
tenemos de nuestras relaciones interpersonales, de aquellas que experimentamos
diariamente, no son más que eso, una imagen. Una preciosa y embellecida imagen
es la que tomamos por verdadera cuando en realidad, en el mejor de los casos,
es parcialmente falsa. Afortunadamente ésta ha de ser acicalada cada vez más,
lo cual es un gran punto a nuestro favor. No se me entienda mal: no quiero
decir que las relaciones interpersonales no sean reales sino que, a nuestros
ojos, se muestran de manera alterada. Me explico: a modo de ejemplo y no me
aventuraré demasiado, afirmaré que un alto porcentaje de personas habrá oído
alguna vez que “las mujeres hemos/han conquistado la esfera pública”. El valor
de verdad de esta afirmación es innegable: hay mujeres que tienen un trabajo
remunerado, esto es, llevan a cabo tareas y reciben una cantidad económica a
cambio. La cuestión a la que me quiero referir aquí no es estrictamente a la
entrada de las mujeres en la esfera pública sino al modo en el cual entran -las
que lo hacen-.

Resulta curioso que, por lo general, los puestos de trabajo
desempeñados por mujeres sean relativos al campo de los cuidados. De este modo,
labores tales como el mantenimiento del hogar, la asistencia de ancianos, la
educación o cuidado de niños y niñas o la sanidad se encuentren altamente
feminizados. ¿Por qué ocurre esto? ¿qué lleva a las mujeres a elegir dichas
profesiones?

Para, modestamente, intentar dar respuesta a estas
importantes cuestiones recurriré a un libro, que de antemano recomiendo,
llamado La dominación masculina, de Pierre Bourdieu y a un concepto clave que
en él se encuentra: violencia simbólica.

En el mundo, nos dice Bourdieu, hay un orden de las cosas
establecido y en él existen unas relaciones de dominación que imponen de manera
normativa maneras de actuar, de ser, de comunicarse, de sentir etc.
Evidentemente y como consecuencia de esto hay también formas no-normativas de
lo mismo o, dicho con otras palabras, formas que florecen en los márgenes de lo
normativo. En el caso de la dominación masculina esta normatividad aparece ante
nuestros ojos como admisible y, lo que es peor, como natural. Paradójicamente
aquello que tiene un nacimiento en la historia se nos muestra como eterno,
natural y, por tanto, necesario e inamovible. Así, mediante el arduo trabajo de
las instituciones (familia, estado, iglesias, escuela etc.) por neutralizar la
historia y hacer que los productos de ésta aparezcan como naturales es el modo
en el que las relaciones de dominación masculina se naturalizan y pierden su historicidad.
Esto es consecuencia de la violencia simbólica. La violencia simbólica sería
aquella fuerza imperceptible para quienes la padecen -que somos todos y todas,
dominadas y dominadores- y que nos hace sentir, comunicarnos, conocer,
reconocer, actuar y ser de una forma determinada y no de otra.

Tanto de la Mujer como del Hombre -ambos con mayúsculas
puesto que me estoy refiriendo a los arquetipos de cada uno de ellos- se
esperan ciertas cosas y, por consiguiente, otras no. He aquí el camino simbólico
que, teniendo por guía dichos prototipos inalcanzables, conducirá a tropezones
la vida de las personas dependiendo de los órganos genitales con los que vengan
al mundo. Esta violencia invisible grabará a fuego una serie de disposiciones
en los individuos que, aunque muchas personas crean, no son en absoluto
naturales. Disposiciones típicamente femeninas tales como coger bien a un bebé,
puesto que hemos sido militarmente entrenadas durante nuestra infancia,
preguntar a nuestra pareja si se ha tomado su pastilla, porque a él siempre se
le olvida, o si ha comido bien durante su estancia fuera de casa, porque eres
tú la que siempre cocina. Y las típicamente masculinas como por ejemplo llevar
todas las bolsas de la compra cuando tú tienes las dos manos libres, porque
cree que tú no puedes o te vas a lastimar, que diga que “te ayuda” mucho en
casa porque da por hecho que las tareas domésticas son tuyas o las sistemáticas
muestra de cortesía y deferencia que tantas veces nos bloquean a la entrada de
una puerta cediéndonos mutua y reiteradamente el paso. Estas disposiciones
irreflexivas son el producto de esa violencia etérea.

¿Qué hacer, entonces, con la violencia simbólica?

Como podemos ver, a pesar de que esta violencia es
invisible, las manifestaciones de la acción de la misma parecen omnipresentes.
¿Cuáles son nuestras opciones? ¿hay opciones? ¿podemos zafarnos de ella o, por
el contrario, es algo ineludible ante lo cual sólo queda la resignación? No
puede ser tarea sencilla librarse de algo que se halla tan fuertemente
incrustado en nosotros y, de hecho, no lo es. Siendo sincera yo tampoco tengo
la receta contra la violencia simbólica pero creo que empezar a hablar de ello
ya es un pequeño primer golpe. Lo que sí sé es lo que dice Bourdieu al respecto
y que resumiré muy brevemente a continuación a modo de respuesta.

Como hemos dicho, algunos productos históricos tales como la
dominación masculina o la división sexual del trabajo han sufrido un proceso de
“naturalización” mediante el cual han pasado de ser un producto contingente a
ser algo natural, esto ha sido aceptado y ha pasado a formar parte de nuestras
vidas. Dicho proceso viene dado por el ejercicio constante de una serie de
instituciones interrelacionadas (familia, estado, iglesias, escuela etc.) por
perpetuar dichas relaciones de dominación. La propuesta de Bourdieu consiste en
invertir este proceso, des-naturalizando lo histórico, esto es, haciendo ver
que aquello que había sido considerado como natural siendo histórico no es
natural sino que debe su existencia unas condiciones históricas específicas.
Paralelamente, se trataría de acabar con las instituciones que han dado lugar a
este proceso de eternización de lo histórico. Para ello el autor apuesta, por
una movilización política y de resistencia masiva por parte de las mujeres.
Esta revuelta feminista deberá estar orientada a hacer presión para que tengan
lugar reformas y cambios políticos y jurídicos. Quedarán al margen los pequeños
grupos de solidaridad y apoyo mutuo para dejar espacio a esa rebelión contra la
dominación simbólica que, con ese fin común, parirá otros grupos de resistencia
y lucha. Estos últimos, unidos a grupos de homosexuales en acciones conjuntas,
conseguirán acabar con aquellas instituciones que han contribuido, contribuyen
actualmente y, si nada se hace, contribuirán a eternizar las relaciones de
subordinación de las que somos víctimas.

Para nuestra suerte, ese orden que rige el mundo ha perdido
su falso carácter natural y con él su incuestionable permanencia. Sabemos que
no es fácil acabar con las relaciones de dominación pero nadie nos dijo – ni a
nosotras ni a quienes nos precedieron en la lucha- que fuera a ser fácil.
Debemos pues, día a día, dudar de lo obvio, sospechar de lo evidente y
cuestionar tanto nuestras acciones como el modo en el cual nos relacionamos con
nuestros congéneres y, sobre todo, tener esperanza, pero esperanza combativa.

Atenea
Guerrero

 

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