La cárcel de Guantánamo

Reconozco que siento una gran admiración por la democracia estadounidense y por eso me chirrían los presos sin juzgar, encerrados en la cárcel de Guantánamo. El presidente Obama prometió que la cerraría y ahí sigue, porque se opuso el senado a votar los fondos necesarios para trasladarlos a Illinois, donde sería juzgados, pero tampoco parece que el mandatario pusiera excesivo interés, aunque confesara “que mancha la imagen del país y hace más terroristas que los que hay detenidos”. Es cierto que el número de presos ha descendido mucho pues han pasado de más de 600 hace 10 años a unos 166 en estos momentos, la mayoría yemeníes, pero la cifra sigue siendo altísima. Pero bastaría uno sólo para gritar por la injusticia de un encarcelamiento sin juicio.

            La atención de la prensa, que se había olvidado de sus casos, se ha reabierto porque la mayoría de los detenidos ha decretado una huelga de hambre. El pretexto ha sido el maltrato del Corán por algunos guardianes pero la realidad es que muchos prefieren morir, antes que continuar su vida en estas circunstancias. Por otro lado, son conscientes de que es la última oportunidad que tienen de forzar una solución a su caso.

            Margaret Thatcher tuvo que soportar una huelga de hambre de los presos del IRA, por la que 10 acabaron muriendo de hambre. La mujer expresó su pesar por “ese desperdicio de vidas humanas” pero no tomó ninguna decisión para frenar la decisión de estos jóvenes.

            El presidente Obama, que no quiere tener ninguna muerte sobre la mesa de su despacho, ha ordenado que les fuercen a comer con lo que varios médicos, convocados al efecto, introducen tubos engrasados por sus gargantas para hacerles llegar el alimento, “incumpliendo los valores éticos de la profesión médica”. A la vez que este tratamiento, ha dicho que vuelve a llevar el tema al congreso, donde la mayoría republicana, le vetará el dinero necesario para hacer juicios en los Estados Unidos.

            La solución es difícil y el artículo del Economist, donde he leído la noticia, aconseja que les deje en libertad pues aunque ahora, con razón, sentirán odio hacia los Estados Unidos es mejor que tener esta patata caliente en las manos para siempre.

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