Gloria efímera y auténtica

Dos procesiones entraron en Jerusalén un día del inicio de la semana de Pascua. Una estaba compuesta por campesinos y la otra por miembros del ejército imperial que se dirigían a la ciudad para evitar disturbios, ya que la Pascua celebraba la liberación de Israel de otro imperio opresor. Del este, llegaba Jesús aclamado por sus seguidores y después de haber recorrido unos 200 km desde Galilea. Del otro lado de la ciudad, por el oeste, Poncio Pilato, gobernador de Idumea, Judea y Samaria que proveniente de Cesaréa Marítima entraba en Jerusalén al frente de una columna de soldados.

El cortejo de Jesús proclamaba el reinado de Dios mientras que el de Pilato, el poder del imperio romano que consideraba al emperador hijo de Dios, señor y salvador. César Augusto había traído paz a su mundo y a su muerte muchos vieron como su cuerpo ascendía al cielo para ocupar su sitio junto a los dioses. Tiberio también era referido con títulos divinos.

La procesión de Jesús suponía un contraste total con lo que pasaba del otro lado de la ciudad. Pilato y los suyos representaban el poder, la gloria y la violencia de un imperio que gobernaba el mundo, sus legionarios montaban potentes caballos y contaban con los uniformes y armas que daban apoyo visual de ese poderío romano.

Jesús ofrecía la visión alternativa del reinado de Dios. Su cabalgadura era un modesto pollino y los que le aclamaban a la entrada de la ciudad eran muy pocos aunque gritaban ¡Bendito el rey que llega en nombre del Señor! Un rey que traerá una paz distinta de la del emperador pues no estará fundada en el poder de las armas. Los fariseos temerosos le piden a Jesús que ordene silencio a sus discípulos ¿Qué es lo que temen? A lo que responde Jesús: Si estos callaran las piedras gritarían.

Pero esas voces entusiastas callaron con lo que la gloria del Galileo duró muy poco porque sus discípulos, ante el temor por sus vidas, le abandonaron y no se podía esperar nada de la masa que suele ser olvidadiza y se apunta al sol que más calienta. La cruz parecía el acto final de la entrada triunfal en Jerusalén del Mesías que traía un nuevo reino basado en la paz.

No fue así porque el Espíritu encontró a un grupo de mujeres que siguieron de cerca la pasión, vieron el lugar del enterramiento del Maestro y cuando acudieron a ungir su cuerpo, no lo encontraron. Había resucitado abriendo una nueva página de la historia. Las legiones romanas ya no se pasean por el mundo dominándolo pero millones de cristianos silenciosamente siguen al Resucitado. La gloria del hombre puede ser efímera pero la de Dios permanece por siempre.

 

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