Pecunia non olet

Decía Quevedo que “poderoso señor es Don Dinero” y aunque en la Iglesia siempre se ha mostrado un desdén e incluso aversión por su existencia, la realidad en la que vivimos obliga a manejar billetes y perder la virginidad. Uno de los primeros cambios que ha llevado a cabo el papa Francisco es poner orden en el IOR, mal llamado banco Vaticano, donde aparte de la transferencia y el buen hacer ha buscado a directivos que saben lo que se traen entre manos. Estas personas no sólo deben evitar que su institución favorezca la evasión fiscal y el lavado de dinero sino que tienen que escoger bien los lugares en los que pueden invertir con confianza. Por lo pronto este año han ganado 66 millones de euros que han ayudado en un porcentaje muy alto a cubrir los gastos vaticanos. Nada que ver con una diócesis española que, hace unos años, perdió muchos millones de pesetas por recurrir a una inversión especulativa.

            La necesidad de estos conocimientos se ha extendido por todo el mundo civilizado eclesiástico, especialmente por los EEUU, donde la fusión de parroquias (en Nueva York el cardenal Dolan se ha visto obligado a hacerlo con más de 100 por falta de clero, además de otras razones) obliga a sus párrocos a manejar muchos fondos. Para facilitarles la tarea se ha creado el Centro para la Gerencia Eclesiástica y Ética de los Negocios (CCMBE) cuyos estudios se llevan a cabo en la Universidad de Vilanova que está en colaboración con la Universidad Laterana de Roma (PUL). El programa tiene una duración de dos años y ya han entrado en su segundo año los americanos, mientras que la rama italiana ha ido más despacio pues sus primeros alumnos han comenzado en febrero del 2015 en un programa que dura un cuatrimestre y consta de siete días intensivos en Vilanova para el próximo curso. La oferta también incluye cursos por internet y programas cortos en verano para poder dar servicio al mayor número de gente posible. Aunque en muchos casos son laicos los que en las parroquias llevan a cabo estas misiones sin cobrar nada, no es malo que los sacerdotes sepan de lo que va el tema y puedan opinar.

            Uno de los profesores de la rama americana hizo un estudio que demostraba que el 85% por ciento de las parroquias de los EEUU tenía problemas en el manejo de sus fondos. Algunos llamaron a empresas para que las auditara pero otras no hicieron nada dando una imagen de poca credibilidad y de falta de transparencia a la Iglesia.

            Esta necesidad de estudios de economía se ha dado también en la Iglesia de Inglaterra que ha promovido una Escuela de Negocios para su alto clero en conexión con Cambridge Judge. Ni que decir tiene que muchas voces internas han criticado la medida con el pretexto de que ¿cómo se puede gastar un dinero (dos millones de libras en tres años) y un tiempo necesarios para dedicarlos a la pastoral? Y eso que de momento se limita a una semana para que los canónigos y personal catedralicio que tengan que lidiar con estos temas sean capaces de leer un balance, establecer una campaña o fijar estrategias.

            Una de las participantes Catherine Ogle que es canónigo (no sé como se dice en femenino ¿canonesa o canóniga?) de la catedral de Birmingham, confiesa que tuvo dudas iniciales pero se le quitaron cuando vio que los profesores eran conscientes de que Jesús no fue un salvador muy afortunado y que no pretendían que tomaran resoluciones con la vista exclusiva en el beneficio.

            Un canónigo de la catedral de Liverpool comentó que lo aprendido le había resultado de gran utilidad ya que su templo tiene un excedente de cuatro millones de libras anuales pero debe hacer frente a 80 personas en nómina, un banco de alimentos, un programa para los desempleados, los pobres y los gastos que conlleva la liturgia. Una buena planificación ahorraba muchos costos y permitía ampliar el marco de las obras sociales.

            En el senado de Roma hubo una gran discusión cuando el emperador Vespasiano quiso poner un impuesto a las empresas que recogían la orina pues la empleaban para distintos procesos químicos. Cuando su hijo Tito demostró su disgusto, su padre alzó una moneda de oro frente a sus ojos y le preguntó: ¿huele? Negativa la respuesta el emperador le aclaró que ese dinero se había conseguido gracias a un proceso que incluía orina.

            Desde entonces se ha utilizado la frase, pecunia non olet (el dinero no huele) que ha pasado a la literatura internacional. Aunque en su origen lo que recomienda es no buscar la génesis del dinero (hoy la orina podría ser la prostitución, la droga, el blanqueo, los sobornos…) yo pretendo cambiarle el sentido. Creo que a muchos clérigos, que les parece negativo emplear un tiempo a conocer los entresijos de la contabilidad, no les vendría mal mojarse porque lo peor, según el evangelio, es enterrar la moneda y que no fructifique. El dinero no huele, pecunia non olet, es necesario para vivir y sirve, bien utilizado, para que lo disfruten el máximo número de personas.

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