Piscinas y religiones

Cuando yo era niña en un club de Madrid se reglamentaban los días que se podían bañar los varones y las mujeres en su piscina, algo que me parecía muy raro. Más extraño aún fue que, en un viaje familiar a Roma, uno de nuestros hijos, simpatizante del Opus Dei, nos pidió que fuéramos a venerar la tumba del fundador. Llegamos sin previo aviso y la persona que nos abrió la puerta nos indicó que los lunes, miércoles y viernes eran los días en los que se autorizaba el paso a los varones y los otros a las mujeres. Como la medida nos pareció absurda por la composición mixta de nuestra familia pedimos ver al responsable que estuvo muy amable y autorizó nuestra entrada.

            Aquellos eran otros tiempos pensaba yo pero no podía estar más equivocada. En los Estados Unidos, en unas de las democracias más avanzadas del mundo, tienen un problema con las piscinas públicas. Todo empezó en Williamsburg, un barrio del Brooklyn neoyorquino, con mayoría de habitantes judíos. Los responsables del municipio decidieron, para complacer a los judíos ortodoxos cuyas mujeres no se pueden bañar en compañía de varones, dejar cuatro días a la semana de la piscina pública para el uso exclusivo de las féminas. Una medida que alguien denunció iba contra los derechos humanos por discriminatoria.

            Se ha abierto una gran discusión y hasta el New York Times dedicó una editorial al tema que se llamaba “Everybody into the Pool”, todo el mundo a la piscina, en la que defendía que si los judíos no estaban por la labor de dejar que sus mujeres fueran a las piscinas públicas a la vez que los varones, que “hicieran piscinas privadas donde pudieran regular las horas de los sexos”.

            También en otras comunidades como Seattle y Saint Louis Park en Minnesota se han introducido horas de exclusiva femenina en sus piscinas públicas para contentar a la comunidad judía y musulmana, mientras que en Toronto se ha realizado un programa el sábado por la noche de “piscina para las mujeres”, dentro del ethos de la inclusión.

            Pero no se acaban aquí los problemas porque los transexuales preguntan si ellos se pueden bañar a las horas de las mujeres y de momento el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, ha contestado que lo pensará pues es consciente de que cualquier respuesta que formule le quitará votos. Nadie pensaría, en la comunidad de los judíos de Brooklyn, que tanta sangre iba a llegar al río, pero tampoco creo que David Cameron era consciente de la temeridad de sus referendums.

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