Una sugerencia atractiva

Querido Papa Francisco:

Permítame escribirle con una sugerencia que creo favorecería su preocupación por guiar a nuestra Iglesia en formas cada vez más evangélicas. Se trata de utilizar el monumental palacio, ocupado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, para acoger a los pobres, los migrantes y otras personas sin hogar.

Teniendo en cuenta la ubicación un poco descentralizada de este edificio en la Ciudad del Vaticano, podría ser fácilmente aislado ya que la entrada se puede hacer por la puerta sobre la plaza del Santo Oficio a la que se  llega fácilmente desde la ciudad. Además el edificio ya alberga una cantina popular en la esquina regentada creo por las monjas de la Madre Teresa. Si se tomara una decisión de este tipo la admiración que causaría llevaría a que alguna fundación filantrópica financiara los trabajos de acondicionamiento del palacio para convertirlo en un inmueble con habitaciones. Esta nueva obra sería un signo de la orientación evangélica de la Iglesia católica ya que una parte de su oficina central se convertiría, como usted dice, en un “hospital de campaña” y tal imagen provocaría la emulación en otras iglesias, al principio en la propia Iglesia y luego en las demás.

¿Por qué este palacio en lugar de otro? Porque creo que, como repetía a menudo un excelente conocedor de la arquitectura religiosa recientemente fallecido, el padre Frederic Debuyst, hay en cada espacio un genius loci: un espíritu del lugar. Incluso antes de entrar se respira una atmósfera, que los siglos han inscrito en las paredes, y que condiciona más o menos el estilo, el camino y la manera en la que el trabajo  se impregna sin darse cuenta.

Como usted sabe, querido Francisco, fue Pablo VI el que cambió el nombre de este  dicasterio ahora llamado Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Primero se llamó “Santo Oficio de la Inquisición Romana” y también se conoció como “Corte Suprema de la Inquisición“. Estaba allí para evitar errores antes de que se convirtieran en herejías y juzgar a sus defensores. A un aspecto doctrinal se añadió un problema legal con un tinte de jurisdicción penal. La congregación fue, por antonomasia, antiprotestante, anti-moderna, anti-judía, antirreligiosa, anti-innovación: en una palabra “anti” todo lo que pudiera desviar a la Iglesia de lo que se consideraba una “verdad” inamovible y los que se mostraban disconformes se decía que tenían mala fe y orgullo

Es cierto que el dicasterio ha cambiado un poco pero no tanto porque detrás tiene una larga tradición filosófica, de inspiración neoplatónica, sobre la naturaleza, el lugar de los poseedores de la Verdad, así como una tradición supuestamente cristiana  que considera a los seres humanos peores que mejores, manchados por el pecado original y necesitados de ser traídos de nuevo al buen camino, incluso con coacción, a la verdad de la fe (no me atrevo a decir del Evangelio), ya que el infierno está más poblado que el paraíso y las almas deben ser salvadas.

Un análisis imparcial de textos recientes o decisiones de la Congregación indudablemente muestran que el genius loci del palacio, desafortunadamente, todavía funciona aunque en formas diferentes a las del pasado.

Creo, querido Papa Francisco, que la supresión de esta Congregación también representaría una llamada a las  iglesias particulares y a las conferencias episcopales: en primer lugar, para escuchar realmente a sus fieles a fin de captar su sentido de la fe sobre los temas que se traten  y sentirnos todos mutuamente responsables de la caridad, la esperanza y la fe que viven en estas comunidades, sin descargar, más o menos conscientemente, en caso de dificultades en el nuncio apostólico o en una congregación romana.

La unanimidad sin fallos no forma parte de un programa humano de deliberaciones; se encuentra solo en regímenes totalitarios dominados por personalidades tiránicas. Por el contrario, lograr una mayoría cualificada es un éxito que tiene valor y aceptarla es un acto de sabiduría y humildad. Especialmente porque una verdad así alcanzada deja intacto el deber de interpretación y discernimiento. Si un acuerdo resulta imposible, un enviado papal (“legado papal”, se decía) podría intentar una mediación.

Por lo tanto, creo que hoy no es necesario un dicasterio especializado, especialmente porque la Santa Sede tiene actualmente instituciones con un espíritu abierto, que no pretenden definir nada sino buscar una verdad útil para todos: son el Consejo Pontificio para la Cultura, la Comisión Teológica Internacional, las Academias Pontificias … También sería una oportunidad para dar nuevo valor y fortaleza a las facultades teológicas que en el pasado se consultaban y ahora no se hace. Además el mundo y la Iglesia necesitan que, incluso dentro del estado simbólico del Vaticano, haya un lugar donde los pobres sean acogidos con respeto y eficacia y en el que sean escuchados y comprendidos.

Un día, hace mucho tiempo, el hermano Roger fundador de Taizé,  pidió al cardenal Ottaviani que publicara un texto profético sobre el ecumenismo, a lo que respondió humildemente: “El Papa es el Padre, el Santo Oficio es la policía. No se puede pedir un mensaje profético del Santo Oficio, sino del Papa”.

Querido Papa Francisco, ya que es posible pedirle al Papa un gesto profético, le pido filialmente que convierta la oficina de la policía en un espacio para recibir a los pobres.

Rezo por su persona, como suele pedir que se haga y me permito escribiros con la paz en el corazón. Perdonádme si esta intervención os parece inapropiada. Os aseguro que contáis con mi gratitud por todo lo que hacéis que nos ayuda a vivir.

Ghislain Lafont

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