Ellas son nuestra profecía y nuestra esperanza

En el momento actual asistimos a una nueva oleada de reivindicaciones de igualdad en derechos entre hombres y mujeres, unas reivindicaciones que si bien han nacido en el ámbito social se han introducido también en el ámbito de la fe y de la comunidad eclesial. Las mujeres creyentes, marcadas por la búsqueda de una nueva y más liberadora identidad social y cristiana, sentimos la necesidad de acercamos a los textos de Nuevo Testamento para entender qué encontraron en Jesús nuestras antepasadas.

El acceso a Jesús no es directo, está mediado por los relatos que se escribieron entre los siglos I y II, en contextos sociales y culturales muy alejados del nuestro. Una tarea muy importante de la teología feminista ha sido aportar una hermenéutica de la revelación que nos permite sacar a la luz otros aspectos que aportan novedad frente a la exégesis tradicional, y poco sensible a las búsquedas de las mujeres.

Desde las nuevas claves de interpretación aportadas por las teólogas podemos enfocar otros elementos del paisaje y otros personajes de las narraciones, y encontrar el mensaje de esperanza que contienen. No podemos olvidar que es imprescindible comprender y conocer el contexto para extraer de los relatos su verdadero significado (Dei Verbum, 12).

Por eso es importante recordar que la fe cristiana se arraiga en el testimonio de un grupo de hombres y mujeres palestinos que creyeron en Jesús como el Mesías y el Hijo de Dios. Y descubrieron en su testimonio (vida y obras) la acción de Dios en la historia, una “Buena noticia” que daba cumplimiento a la promesa de los profetas y al anhelo más profundo del Pueblo de Israel.

La actividad de Jesús estuvo marcada por el anuncio del Reino de Dios, una expresión que nos habla de denuncia y esperanza, que significa la irrupción de Dios en la historia para sostener al pobre y anunciar la fidelidad misericordiosa de Dios. Para Jesús la realidad, la cotidianidad, es el lugar de la intervención de Dios que irrumpe en lo profano haciéndolo lugar de encuentro y transformación, frente a la sacralidad excluyente y opresora con los más pobres que evidenciaba la práctica religiosa de la fe de Israel en ese momento.

Para entender la radicalidad del mensaje del Reino, sobre todo en lo que tiene que ver con las mujeres, debemos recordar cómo era la situación de las mujeres en el mundo judío del siglo I. En primer lugar su pertenencia al pueblo judío era secundaria, el rito de iniciación a la fe, la circuncisión (Gn 18), era un rito masculino que colocaba a la mujer en situación de dependencia del padre, el marido o el hijo. En segundo lugar, el espacio sagrado estaba regido por las “leyes del pureza” (Lev), que establecían la impureza de una mujer a causa de su menstruación, el parto, y que las separaba de lo sagrado por su condición de mujer. En tercer lugar, la situación social de la mujer que, señalada como impura y en un segundo lugar, queda situada en la privacidad de la casa, subordinada a la tutela del padre o el esposo, y desamparada si enviuda.

En ese contexto el Reino de Dios anunciado por Jesús irrumpe entre los pobres y entre las mujeres como un soplo de esperanza. Porque predicó un seguimiento inclusivo donde ellos (Jn 1, 48) y ellas se sintieron llamados (Jn 20, 15) y, dejando lo que estaban haciendo (Mt 4, 20; Jn 4, 28) le siguieron. Porque fueron sanadas y sanados por él, recuperando su dignidad de hijas (Lc 13, 16) e hijos de Dios (Lc 14, 5). Porque escucharon atentas su mensaje, como un discípulo a su rabino (Lc 10, 39). Porque fueron llamadas por su nombre, como el pastor a las ovejas de su rebaño (Jn 20, 16). Porque dieron testimonio de su fe (Jn 11, 27) como sus compañeros (Mt 16, 16), incluso anunciándoles la resurrección (Jn 20, 18). Porque fueron tratadas como sujetos, personas capaces de expresarse y dialogar (Jn 4; Mt 7, 24-30); porque se les dio un lugar en la comunidad, la diakonía, después de ser sanadas de sus dolencias personales (Mc 1, 29-33).

Por estos motivos y por la misericordia con la Jesús se acercó a las situaciones humanas de exclusión que se encontró, entre las que las mujeres eran una mayoría silenciosa, podemos afirmar que la persona de Jesús y su anuncio del Reino fueron motivo de esperanza para muchos pero especialmente para las mujeres. Ellas le siguieron desde el inicio de su vida pública (Lc 8, 1-3), le ofrecieron su casa (Lc 10, 38-42), anunciaron su mensaje (Jn 4 , 28-29), fueron testigos de los últimos momentos de su vida (Jn 19, 25; Mt 27, 55-56; Mc 15, 33-41; Lc 23, 49), encontraron su tumba vacía (Jn 20,1-2.11-18; Mt 28, 1-10; Mc 16, 1-8; Lc 24, 1-12; Lc 24, 22) y anunciaron su resurrección (Mc 16, 7; Mt 28, 7; Lc 24,22; Jn 20, 18). También las encontraremos participando de las tareas de evangelización como a Lidia (Hch 16, 15-40), o participando en tareas comunitarias como Tabita (Hch 9, 36-42).

Las mujeres desempeñaron un papel fundamental en los inicios cristianos que nacía del encuentro personal con Jesús y su fe en él como el Cristo anunciado que las dotó de la libertad de las “hijas de Dios”. Por eso, recuperar y reconocer su memoria nos puede ayudar a confrontar la fe con nuestros valores culturales, y hacer resurgir los valores del Reino, que andan muy lejos de privilegios, exclusiones y “purezas”. Así, las mujeres del Nuevo Testamento y sus comunidades nos ofrecen la posibilidad de repensar las relaciones comunitarias actuales, para recuperar una comunidad inclusiva, que escuche la experiencia de Dios de las mujeres y de los hombres y las valore en igual medida, que la diferencia sexual no sea la base para generar desigualdad, ni  para justificar la exclusión.

Las seguidoras de Jesús encontraron en él una mirada que les cambió la vida y se sintieron acogidas y llamadas a la misma misión de los varones, transformar el mundo para construir un futuro según el sueño de Dios. Ellas son nuestra profecía y nuestra esperanza y con ellas resuena el mensaje de Jesús:

“… dondequiera que se predique el Evangelio por todo el mundo se recordará también lo que hizo esta mujer”. (Mc 14, 9)

“Mujer quedas libre de tu enfermedad”. (Lc 13, 12)

“Mujer ¡grande es tu fe! Que te suceda como quieres”. (Mt 15, 28)

Carmen Picó Guzmán

Articulo publicado en la revista JO 42 Marzo 2018