Redondeo

Acabo de llegar de Holanda, todos los veranos visitamos a la familia por estas fechas. Para muchos se tratan de nuestras vacaciones, para mí es un cambio de escenario con la incorporación de nuevos personajes y la desaparición de otros. Sí, la acción es la misma tan solo transcurre con otros decorados, nuevos actores y en otra lengua, pero sigo conjugando los mismos verbos: escribir, leer, comprar, cocinar, limpiar… No es un lamento, solo una evidencia. En este post abordaré el tercero de los infinitivos apuntados: comprar.

Mis hábitos de compra son un tanto peculiares para el siglo XXI, o más bien tradicionales. Mi compra de súper y mercado es diaria, según necesidad o dicho con otras palabras, menú previsto. Dicho hábito tiene sus ventajas y sus inconvenientes y ha sido en los Países Bajos donde me he dado cuenta de una de las desventajas de la compra diaria. Amigo lector, como eres avispado sabrás que me refiero al redondeo. A la segunda compra en el súper del barrio me di cuenta de que el cambio no era el que esperaba: faltaban dos céntimos. No reclamé el dinero no por qué temiese que me tacharan de tacaña, ni porque mi nivel de holandés es rudimentario, sino que me acordé que hacía un par de viajes mi suegra le dio a mi hijo una bolsa llena de monedas de uno y dos céntimos de euro. Parecía que los querían eliminar de la circulación. Es evidente que aunque la retirada no es oficial a niveles de la calle, su uso ha desaparecido. Entonces rememoré los últimos años con nuestra estimada peseta y recordé una práctica que intenté imponer. Se trataba de pagar en tarjeta o en efectivo dependiendo del total de la cuenta. Me explicaré mejor: si acababa en 1, 2, 6 o 7, pagaba en efectivo, evidentemente nunca exacto. Por el contrario si acababa en 3, 4, 8,9 con tarjeta de crédito, débito o la de los grandes almacenes. Te pondré un par de ejemplos: si la cuenta del súper ascendía a 2.332 ptas. si entregaba 2.500 ptas.  el cambio era  170 pesetas. Mientras si la cuenta ascendía 2.333 ptas. para evitar que me devolviesen 165 ptas., pagaba con tarjeta. Estos días compartí mi idea a mi marido y él, siempre tan práctico, me dijo que las ganancias serían irrisorias. Con su habilidad para el cálculo me dijo que no superaría ni los 50 céntimos de euro al mes. Era consciente de que se trataba del chocolate del loro, pero si todos los holandeses practicaran mi sugerencia, los beneficios de los supermercados podrían reducirse en 25 millones de euros anuales. Ahora que lo pienso, conociendo la habilidad de los holandeses en el manejo del dinero, seguro que ya lo llevan a cabo… ¡Y yo que pensaba haber inventado la pólvora!

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