La edad del corazón
Hoy se ha puesto de moda usar la palabra “viejo” como un insulto y pensar que ser joven es un mérito, una cualidad. Como si el ser joven o viejo fuera evitable por la persona. En la antigüedad los viejos gobernaban la cosa pública. De ahí viene la palabra Senado, constituído por el consejo de viejos, que tenía la suficiente madurez y sabiduría para tomar las grandes decisiones de un país. La experiencia y el conocimiento adquiridos hacían de los viejos las personas más respetadas del lugar.
Hoy nadie quiere ser viejo. Es más hay algunos que rechazan la palabra “abuelo” o “abuela” aunque tengan nietos. La razón de esta actitud está a la vista. Vivimos una sociedad donde lo que se cotiza por encima de todo es la juventud, la forma física, la estética del cuerpo, el goce por encima de todo. No hay más que ver la tele, la publicidad, la escala de valores de la gente.
A los viejos se les arrincona, se les lleva al asilo, no se les tiene en cuenta (quitando al nuevo dire de TVE, afortundamente y pocos más). Sin embargo ¿quién no ha conocido viejos maravillosos, ancianos que transparentan una claridad interior que ya quisieran para sí muchos jóvenes? “Los cabellos blancos no hacen más viejo al hombre, cuyo corazón no tiene edad”, escribe Alfredo de Musset. (más…)
Dos maneras hay de mirar: la del que captura cuanto ve, convencido de que está viendo la realidad misma, y la del que contempla el mundo como una imagen, una película, algo que pasa y no tiene consistencia. Este espejo retrovisor de pueblo, fotografiado en el momento exacto en que transcurre ante él una procesión de la Virgen, ayuda a mirar el mundo desde fuera. Vemos, dice San Pablo, “como en un espejo”. Eso quiere decir que no estamos viendo sino un reflejo de la verdad, como Platón ya intuía en su mito de la caverna, el “maya” o apariencia de los orientales. ¿Por qué apegarnos pues a este fluir de este mundo? El paso de la procesión es sólo un instante en nuestra retina, como en el espejo. Nos queda la emoción de haber visto pasar a la Virgen por las calles del pueblo entre flores y devoción de la gente sencilla. Todo pasa. Nos queda el mirar, esa luz interior e indeleble que no se lleva el tiempo.
Hace un mes mi compañero y amigo Juan Masiá me pidió que presentara en Madrid su último libro, Vivir en la frontera (ed. Nueva Utopia), que, como su mismo nombre indica, recopila una serie de artículos de este autor sobre temas fronterizos. Le respondí que “de mil amores”, pero le sugerí que para evitar lo del “jesuita presentando a jesuita” buscara a alguien que lo pudiera hacer desde fuera, por ejemplo un laico conocido.
Pocos temas tan fascinantes en la historia del cine como el de la adolescencia, ese periodo de iniciación a la vida, que presenta la ambigüedad propia de la frontera entre el niño y el adulto y el despertar de la conciencia. Con la moda creciente de respetar el título original en su versión española, An education, arriba entre nosotros con base en una experiencia real: la historia que vivió la periodista Lynn Barbe cuando a los 16 años de edad mantuvo relaciones durante dos años con un adulto de 31 llamado Simón y que relató en un ensayo publicado en la revista Grata.

La mejor definición que conozco de educador es la que dice que el buen maestro es “el hombre que consigue hacer que las cosas difíciles parezcan fáciles”. Quizás porque educar es un arte complicado, sobre todo en los tiempos que corren donde está de moda la mala educación y el desinterés por la cultura. Educar es un modo de amor, posiblemente el más desinteresado, y el amor siempre supone algo heroico, salir de si mismo.
Los momentos de escasez pueden tener su lado bueno. Parece que la crisis ha puesto algo de freno a la locura de los gastos por la primera comunión. Se siguen celebrando las comuniones, pero los banquetes son más austeros, se ha reducido el número de invitados y son más habituales las comidas en casa con la familia. “La gente es consciente de que no estamos en el mejor momento económico para hacer ningún tipo de derroche”, explica Isabel Ávila, 