Ignacio y los sabores del alma

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Hoy, festividad de San Ignacio de Loyola, reproduzco unos párrafos de mi novela “El caballero de las dos banderas”. Catalina, reina de Portugal y “saeñora de los pesnamientos” del gentilhombre Ïñigo, evoca el momento en que este descubre la “dioscreción de espíritus”,

Cuando con los años me permitió leer Gonçalves de Cámara en Lisboa este precioso manuscrito, no pude dejar de derramar lágrimas. ¿Quién era aquella señora, más que duquesa o condesa, a donde volaban los pensamientos de Íñigo en su habitación de enfermo en Loyola? Ciertamente no la reina Germana, que tan ingrata fue con los de Arévalo. Ya tenía bastante con engatusar a mi hermano después de mi abuelo. Tampoco Loenor, mi hermana, que apenas vio. Sólo yo sabía su nombre y esa certeza me estremecía ¿Quién me iba a decir cuando yo lo añoraba desde mi cárcel de Tordesillas que él también se pasaba las horas soñando cómo piropearme, que deliquios de amor dedicarme y que hechos de armas realizar en mi servicio? Aún estaba vivo el sueño de los dos aquel verano de tensiones en el castillo en el que nuestros deseos e ilusiones volaban para enlazarse en el aire. Sólo con saber que Íñigo me dedicaba hasta cuatro y cinco horas a soñar despierto me gratificaba al cabo de los años al saber que, pese a sus lances amorosos, yo cifraba el ideal de su juventud y sus conquistas.
Ni Amadís, ni don Galoor, ni el rey Lisuarte o Gandalín iban hacer tanto como él por su princesa encantada de Tordesillas. Pero sus pensamientos no se quedaban allí. Como por encanto, se cruzaban en su imaginación, junto a los guerreros, dragones y castillos medievales, otros personajes, los caballeros de Cristo cuyas aventuras acababa de leer. Veía a San Onofre, desnudo y velloso en medio del desierto de la Tebaida, cubierto hasta la cintura por sus largos cabellos, y alimentándose sólo de pan y dátiles que mezclaba con hierbas salvajes. Este caballero tenia que luchar con el diablo, “enemigo de natura humana” hasta que después de vivir hasta la muerte una cueva, “las huestes del cielo llevaron arriba el ánima del noble caballero, caballero de Dios”

Luego reproducía en su mente a Santo Domingo, autoflagelándose cada noche tres veces, o embarcado en aquella frágil nave en la que un marinero le reclamaba el pago del pasaje. Y él respondía: “Soy discípulo de Jesucristo y no traigo oro ni plata ni dinero”. De pronto se le presentaba el Poverello de Asís, que había pasado toda su juventud en vanidades de este mundo y que, tras convertirse, “yendo a Roma en romería, dexó las sus vestiduras y tomó otras de un hombre pobre y estuvo ante la iglesia de San Pedro entre los otros pobres”.
Era aquella una lucha de sueños, todos heroicos, todos caballerescos. En el silencio de su cámara tan pronto se veía dedicándome un soneto y rindiéndome su espada en el patio de armas, como vestido de saco, dando en rostro con su pasado, como un anacoreta con larga barba, peregrino por el mundo e ignorado de todos. Lo primero ya lo había soñado muchas veces. Lo segundo, después de la experiencia que había tenido de palacio y la milicia, ¿no tenía también su atractivo?

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El gentilhombre, tan habituado a mirar hacia afuera, cuidar de los arneses, limpiar y ejercitar sus armas, organizar una estrategia, atildar su vestimenta y acudir a fiestas y concertar citas de amor, aprendió aquellos días a mirar hacia sí mismo en brazos del elocuente silencio. ¿Quién le iba a decir entonces que estaba haciendo sus primeras armas un maestro de la introspección, del autoexamen y de un “reflectir”, como él decía, que le iba a enseñar el gran arte del discernimiento?

Descubrió entonces que asomaba en él una enorme capacidad de análisis. Pero no solo de aquellos pensamientos e imágenes que cabalgaban por su imaginación. No, era algo más. Le gustaba estudiar sus sentimientos, sopesar el talante que le dejaban unos y otros, para compararlos, para valorar su alcance.
Unos, le dejaban inquieto. Los otros, le traían una gran paz.
Siempre recordaría aquella sensación:” Había todavía esta diferencia: que cuando pensaba en aquello del mundo, se deleitaba mucho; mas cuando después de cansado lo dejaba, hallábase seco y descontento; y cuando en ir a Jerusalem descalzo, y en no comer sino yerbas, y en hacer todos los demás rigores que veía haber hecho los santos; no solamente se consolaba cuando estaba en los tales pensamientos, mas aun después de dejando, quedaba contento y alegre. Mas no miraba en ello, ni se paraba a ponderar esta diferencia, hasta en tanto que una vez se le abrieron un poco los ojos, y empezó a maravillarse de esta diversidad y a hacer reflexión sobre ella. Cogiendo por experiencia que de unos pensamientos quedaba triste, y de otros alegre, y poco a poco viniendo a conocer la diversidad de los espíritus que se agitaban, el uno del demonio, y el otro de Dios. Este fue el primero discurso que hizo en las cosas de Dios; y después cuando hizo los ejercicios, de aquí comenzó a tomar lumbre para lo de la diversidad de espíritus.”

Empezaba a discurrir por las o “mociones” que actúan en el ánima y distinguir las diversos energías que militan en nuestro interior

One Response to “Ignacio y los sabores del alma”

  1. Fue muy grato visitar, casualmente tu blog, hoy día de Ignacio, nuestro maestro. Tambien destaqué este hecho en mi blog y lo subí en Face Book.

    Un abrazo de Cristiano para ti,.

    Theo Corona
    Feliz día

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