Meditación con el tiempo al revés

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¿Cómo viviría la vida un hombre cuyo reloj biológico funcionara al revés? ¿Es decir, que naciera anciano, aunque con tamaño de bebé, y fuera creciendo implacablemente hacia la juventud y la infancia, mientras sus contemporáneos envejecieran normalmente?

Este desafío cronológico, muy literario, se lo propuso en su día F. Scott Fitzgerald en un relato incluido en la antología Cuentos de la edad del Jazz (Tales of the Jazz Age, 1921), que se convertiría en mayor riesgo aún a la hora de querer llevarlo al cine al menos como idea inspiradora del guión. Fitzgerald se había inspirado a su vez en una  discutible cita de Mark Twain: “La vida sería infinitamente más alegre si pudiéramos nacer  con 80 años y nos acercáramos gradualmente a los 18.”

Tres intentos se habían escrito con anterioridad. En 1998, el guionista Robin Swicord lo adaptó por encargo de Ron Howard, que había pensado en John Travolta  para encarnar a Benjamin Button. En 2000  Paramount Pictures encomendó otra adaptación  al guionista Jim Taylor y al director Spike Jonze,  que se sumó a la escrita por Charlie Kaufman. Finalmente en 2003, el director Gary Ross aprobó un tercer guión, firmado por Eric Roth, el responsable de una fábula similar a ésta: Forrest Gump. En base a este texto de Roth la Paramount y la Warner alcanzaron un acuerdo para producir el film que nos ocupa.

El curioso caso de Benjamin Button viene avalado con la candidatura de trece Oscar y la polémica, no sólo por la división de la crítica, parte de la cual lo tacha de aburrido, premioso y demasiado largo, sino últimamente por la demanda de la escritora  italiana Adriana Pichini que ha llevado a los tribunales a los productores por asegurar que la película   es una burda copia de un cuento suyo: El regreso de Arthur a la inocencia.

En todo caso se trata de una obra que no puede dejar a nadie indiferente y que algunos consideran una de las cinco mejores películas del año. La historia, desempolvada en el lecho de muerte por  una confesión de Daisy (Cate Blanchet)  ante su hija, comienza con un símbolo: un relojero instala en la estación de ferrocarril de Nueva Orleans un peculiar reloj, que funciona con las manillas en sentido contrario,  con el loco deseo de que así podría  recuperar a su único hijo perdido en la gran guerra. Cuando Thomas Button (Jason Fleming) acude a ver a su mujer que acaba de dar a luz, descubre que está agonizando y que el niño que le ha nacido (Brad Pitt) tiene un aspecto monstruoso, por lo que lo abandona en la puerta de un asilo. Allí lo recoge con cariño una mujer negra: Queenie (Taraji P. Henson), que se convertirá en madre adoptiva de Benjamin, quien, de incapaz anciano achacoso se ve rejuvenecer a medida que avanza el tiempo. Sus relaciones, descubrimientos y aventuras, que van desde el trabajo en un barco remolcador a las relaciones con la mujer de un diplomático, tienen su punto cumbre en el amor de su vida,  la bailarina Daisy, que conoce de niña y llenará de plenitud el corto periodo de tiempo en que coinciden en la edad, lo que se convertirá en drama cuando Benjamin rejuvenece y Daisy se encamina irremisiblemente hacia la ancianidad.

David Fincher, realizador de  Seven, El club de la pelea y La habitación del pánico, afronta este reto icónico desde la única perspectiva que podía hacerlo: el halo mágico, soñador y romántico de una especie de cuento donde la poesía se entrelaza con la reflexión filosófica sobre el sentido de la vida, el dolor y la muerte. La ambientación, y sobre todo la excelente fotografía de Claudio Miranda, revisten el film de gran belleza, que nos desvela la subjetividad, el alma del protagonista.

La distorsión entre los tiempos de Benjamin y el resto de personajes es la clave de una ruptura, una visión desde fuera, que permite al film discurrir sobre el valor de los acontecimientos y las cosas. Para la madre negra el “niño-monstruo” sólo es un “hijo de Dios”,  mientras que al anciano-niño Benjamin, su  peculiar condición le permite sentirse cerca de los marginados: los ancianos, los negros, los marineros del puerto y los borrachos. Su vida va de menos a más y se convierte así en un descubrimiento donde todo es regalo y oportunidad: desde poder fregar la cubierta del barco a la primera experiencia sexual, aún anciano.  El patrón de la barcaza, capitán Mike  (Jared Harris), es como un padre para él; el primer beso a la inglesa Elisabeth (Tilda Swinton) es consecuencia de un intercambio espiritual, largas charlas nocturnas; e incluso la muerte una liberación para sus seres queridos.  Parece decirnos que lo importante no es tanto lo que vivimos sino cómo lo vivimos, así como  en el verdadero amor hay un porcentaje importante de gratuidad. Los seres humanos valen por sí mismos, no por el papel que representan en este teatro casi calderoniano de personajes entrañables.

Además de la escenografía, El curioso caso de Benjami Button muestra hasta qué punto la caracterización y el trucaje han avanzado en el cine de hoy. Porque Brad Pitt se negó a aceptar la solución de que el personaje fuera interpretado por varios actores en las diversas edades. El oscarizado  Greg Connom hace maravillas con sus prótesis y Brad Pitt despliega sus cualidades interpretativas para envolvernos en el viaje psicológico de Benjamin, que en mi opinión es un “suspense” interior que cautiva, mientras las mujeres encarnan bien mitos aureolados de las épocas y lugares del siglo XX que visita. No entiendo a los que le parece aburrida y demasiado larga esta película, sin duda debido a que son incapaces de  saborear otro cine que el trepidante y de acción al uso. Es verdad que a la película le falta algo, quizás la contención de films más clásicos en el tratamiento del espíritu humano frente a la anormalidad de El niño salvaje o El hombre elefante y pueda aparecer a veces algo empalagoso. Pero hay que reconocer que la apuesta de Fincher es arriesgada y su realización sobresaliente.

Por todo ello El curioso caso de Benjamin Button se convierte en una meditación sobre la futilidad del tiempo y la permanencia de valores que duran a través de un personaje testigo, quien, al vivir la vida al revés de las manecillas del reloj, sabe apreciar lo que tiene, disfrutar del momento, querer a seres marginales o disminuidos,  y no apegarse a nada sino es a un amor gratuito que supera las limitaciones de la edad y la muerte. ¿Un cuento que raya en la fabulación absurda? Sí, pero desde una interesante hipótesis que arroja luz en nuestra comprensión de la realidad.

2 Responses to “Meditación con el tiempo al revés”

  1. Admirado Lamet, quiero felicitarte por el blog, pero al tiempo llamarte la atención. ¿Cómo es posible que llenes la pantalla de ininteligibles signos? ¿Nadie te avisa del mal y de su posible y fácil solución? Realmente me parece increíble que un blog tan interesante quede desvirtuado por una falta de cuidado que se me antoja inconcebible, toda vez que viene de lejos. Quiero suponer que esos signos tan fastidiosos se producen debido a que no pones debidamente las fotos o los enlaces. Pero, en fin, supongo que los administradores de la web podrán darte una fácil indicación al respecto. Un abrazo.

  2. Estimado Luis,

    Dudo mucho que nuestro admirado Pedro Miguel Lamet sea el causante de esos ininteligibles signos. Ya que están en muchos artículos. Es más probable que sea una cuestión de la plantilla de wordpress. Seguro que lo solucionan en breve.

    Un saludo

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