¡Qué viene el latín!

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Aseguran algunos vaticanistas, según leo en  RD, que el cardenal Cañizares ha sido elegido en Roma para hacer “la reforma de la reforma” litúrgica, que propició el Vaticano II. Vamos, que el Papa, gran esteta y amante del purismo litúrgico, le habría encomendado una vuelta al latín, en algunas circunstancias, y ciertas costumbres del pasado, como volverse al Este, en el momento de la consagración. En aparente respuesta a lo afirmado por Tornielli, el Vicedirector de la Sala de Prensa de la Santa Sede, el P. Ciro Benedettini, señaló el 24 de agosto que “no existen propuestas institucionales referidas a la modificación de los libros litúrgicos”; y el viernes pasado, en una entrevista concedida a L’Osservatore Romano, el Secretario de Estado, Cardenal Tarcisio Bertone, se refirió a las “reconstrucciones fantasiosas sobre documentos de ‘retroceso’ respecto del Concilio”.

Sea como fuere: dos hechos son evidentes: que a Benedicto XVI le gusta y siempre le han gustado los ritos tradicionales y que Cañizares usó toda la pompa de los ornamentos de la vieja Toledo, por no hablar de la famosa cola cardenalicia medieval.

Y no cabe duda que la historia, la belleza del gregoriano e incluso del latín, como lengua universal de la Iglesia, tiene su valor. Su valor, como las dalmáticas y facistoles que  conservan las vitrinas de los museos catedralicios. De hecho el reciente “motu proprio” Summorum Pontificum contempla que el Misal Romano promulgado por Pablo VI en 1970 es la “ley de oración” del rito latino y que el del beato Juan XXIII es una “expresión extraordinaria” de la misma ley y goza del respeto debido por su uso venerable y antiguo. El rito de San Pío V se puede utilizar por tanto cualquier día del año, menos durante el Triduo Pascual (Semana Santa). Según esta disposición, los párrocos deben aceptar la petición de un grupo de fieles de celebrar la misa en latín. También se podrán celebrar por ese rito matrimonios, exequias, bautismos, unción de enfermos, etc. Este documento papal, ya promulgado, entrará en vigor el 14 de septiembre próximo. Por lo tanto está a punto de estar vigente. Y era un guiño también al frustrado intento de reconciliar a los disidentes lefrebvrianos.

Pero el camino emprendido por el Concilio para acercar la misa a los fieles, hacerla entendible, y devolverle en lo posible su origen de cena pascual que reune en torno a la mesa frente al rito de espaldas al pueblo propio de las religiones mistéricas, donde Dios está lejos, en el sancta sanctorum, es irreversible.

Si se diera alguna medida en este sentido, con una vuelta más o menos obligatoria, al latín sucedería más o menos lo que le ocurrió al bueno de Juan XXIII. Cuentan que tuvo bastantes problemas siendo seminarista con el estudio del latín, y que más tarde en una ocasión en que exhortaba a aprenderlo y hablarlo, no pudo continuar en la lengua de Cicerón y acabó apeandose al italiano.

Pero lo más curioso fue el fracaso rotundo que tuvo uno de sus documentos: la publicación de la constitución apostólica Veterum Sapientia sobre la promoción del estudio del latín. Se hizo caso omiso en la Iglesia universal. La experiencia daba que la lengua vernácula era ya  el vehículo más cercano para la proximidad pastoral.

¿Por qué algunos defienden sin embargo el latín en la liturgia? Unos de puro rancios y ultraconsrvadores, como los lefebvristas y adyacentes que se empeñan en celebrar la misa de San Pío V de forma exclusiva. Otros por pura nostalgia de las misas a las que asistían de niños. Otros porque no entender nada fomenta, según ellos,  el aspecto mistérico, mágico de la misa. Y no faltan los clasicistas que aman el latin,  su belleza, una lengua que por otra parte, en mi opinión, sirve sobre todo para conocer mejor la literatura clásica y que por su arquitectura dicen  forma la cabeza.

Yo estudié tanto latín que no sólo recibíamos las clases y hacíamos los exámenes en latín (por cierto un latín eclesiástico bastante macarrónico) sino que nos obligaban hasta a jugar al baloncesto en latín. (”Da mihi pilam, Ludovicus!”) Pero para lo que me sirvió realmente el latín fue para leer a Virgilio, Horacio y Cicerón. En aquellas misas de niño recuerdo que la gente, para no aburrirse,  se las arreglaba como podía: leía el misal y algunos ¡rezaban el rosario!, algo de lo más antilitúrgico y antiparticipativo.

De modo que no creo que en un poblado africano o un aldea de Centroamérica vayan los curas alguna vez a celebrar la eucaristía en latín. Y tampoco en nuestras ciudades, sino por excepción. Podrán mandarlo, pero puede tener tanto éxito como el documento citado de Juan XXIII. Aunque pienso que no se atreverán a imponerlo de forma universal, sino a recomendarlo en ciertas celebraciones internacionales y fomentar la soleminidad y el gusto por el gregoriano, que cualquier espíritu exquisito sabe valorar. Recuerdo un padre conciliar, un obispo estadounidense al que le dijeron  que debía hablar en latín: Respondió con un irreconocible “Coneibor“, al intentar decir “conabor” (”lo intentaré)

Pero, pese a su valor de tradición, está claro que  esa liturgia se alejaba del Evangelio, donde el pan y el vino, su cuerpo y su sangre,  en manos de Jesús es el centro, el verdadero misterio del amor compartido. Jesús revolucionó la antigua teología el Antigo Testamento de un Dios entre nubes, por un Dios-hombre convertido en tú y una celebración de cena entre amigos, de un templo rectangular dirigido hacia el altar, a un templo circular, donde el altar, la mesa del banquete pascual, es el centro.

4 Responses to “¡Qué viene el latín!”

  1. ¿En serio lo del baloncesto? Jaja

    lo malo es que esto del latín, del “ad oriemtem” y de bla bla bla es que sea motivo de peleas y de ideologías subyacentes.

    Si no fuera por eso, me apuntaría a:

    “” los clasicistas que aman el latin, su belleza, una lengua que por otra parte, en mi opinión, sirve sobre todo para conocer mejor la literatura clásica y que por su arquitectura dicen forma la cabeza”"

    Pero no sólo, Lamet, no sólo.

    En Taizé cantamos en latín. En casa cantamos-rezamos en latín, con cantos de Taizé.:

    In manus tuas pater, commendo…

    Per Crucem et pasionem tuam…

    Laudate omnes gentes…

    Magnificat anima mea…>i/>

    Insuperable

  2. Me han amenazado con dejarme solo si se me ocurre “oficiar” en latín. Espero y deseo que sólo quede en un pequeño susto que alguien nos ha querido dar. No me veo refrescando el latín que no conseguí aprender, que yo al fin y al cabo era de ciencias. «Propter si muscae», no obstante, iré a desempolvar la pequeña y antigua gramática, el diccionario y los apuntes que pueda aún conservar.

    Y sí, por supuesto se puede orar usando el latín: “Pater noster qui est in coelis…”. “Ave María, gratia plena, Dominus tecum…” Y ya puesto, incluso en griego: “Jaire Maria que jaritomeni, O Kirios meta su…” Porque se sabe lo que se dice. ¿También las lecturas bíblicas en latín? Y ¿las homilías? La catequesis de niños, ¿por qué no? El cursillo pre-matrimonial en latín no ofrecerá ningún secreto para quien solicite la ceremonia de esponsales en la misma lengua de Roma.

    ¡Siempre será posible mear fuera del orinal, o regar el duro suelo en lugar de echar agua dentro del tiesto!

  3. Lo de menos, Don Pedro, es el latín. La lengua en que se dice una verdad no deja de ser un vehículo. Lo importante es la verdad que transporta el idioma -sea éste el que sea- y que los que escuchan se enteren ¿no le parece?

    ¿Usted veía a la gente rezar el rosario durante la misa preconciliar? Pues yo, señor, que nací después de que se promulgase el Novus Ordo y que sólo he asistido en mi vida a la Eucaristía en lengua vernácula, estoy cansado de ir a misas en las que el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo se dejan encima del altar para autoservicio de viandantes, a misas en las que el sacerdote improvisa (normalmente con penosa fortuna) más que lee -y no me refiero a la homilia, sino a la parte canónica de la Liturgia-, a misas en las que se omiten partes completas de lo canónicamente establecido y se sustituyen por versos cursis de poetas hindúes, canciones de los setentas o florecillas de San Antonio. Si se le ocurre a Usted decirle algo de esto a un párroco al uso (normalmente a uno que tenga más de sesenta tacos, claro) o al comité de Liturgia de su parroquia se va a topar Usted con un muro de sexagenarios que invocan el “espíritu” (no la letra, que esa no se la suelen haber leído) del Concilio y se quedan tan panchos.

    Los que ahora tenemos entre treinta y cuarenta estamos aburridos de la falta de amor a lo hermoso, de la música de hace cuarenta años reproducida en una musicasete y de una Liturgia que a todas luces necesita reforma. ¿Reforma de la reforma? Ojalá. A ver si consigo que mis hijos, que ahora tienen seis y nueve años, puedan asistir al Santo Sacrificio, al Banquete Eucarístico, en la forma aprobada por la Iglesia, sin tener que aguantar las imposiciones de cuatro carcamales majagranzas incapaces de discernir los signos de los tiempos que además… ni siquiera fueron hippies.

  4. El problema de la liturgia radica en que, siendo vehícuko de la fe comunitaria, no encuentra esa fe y se refugia en la arqueología o el esteticismo a lo que tampoco llega.

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