Apareció el ángel del autobús

Esta es una de esas historias cotidianas que me encantan. Una mujer barcelonesa de 55 años, Montserrat Ventura, ha encontrado finalmente a la mujer de mediana edad, 1,60 metros de altura, delgada y con el pelo rizado que tuvo su “ojo clínico” para verle síntomas “apenas perceptibles” y hacerle un diagnóstico en el autubúes
La historia sucedió el 22 de enero cuando Ventura, ex maestra, viuda y madre de dos hijas, se encontraba en el autobús –de una línea que no frecuenta– tras visitar el Museo de Pedralbes con su grupo de jubilados y vio cómo una mujer cercana a su asiento no le quitaba el ojo mientras ella hablaba.
Antes de que se dispusiera a bajar, la desconocida se le acercó y le pidió hablar aparte. “Me pidió perdón por lo que me iba a decir y me contó que me había estado observando y que tendría que hacerme una analítica”, explica Ventura, que la recuerda muy educada y sensata.
Entonces, sacó un papel y anotó ‘hormona de crecimiento’ y ’somatomedina-C’, instándola a someterse a unos análisis sobre esos parámetros en concreto. “Aún estás a tiempo”, le dijo. Ventura le preguntaba qué es lo que había visto en ella y la mujer respondió que había tenido dos casos en consulta con los mismos signos, pero que en ella estaban poco desarrollados.
Le señaló el labio inferior más grande, la nariz, las manos y le preguntó por sus dientes separados y si había cambiado de tamaño de calzado. “Ah, no, yo tuve los dientes siempre así”, respondió Ventura, que dice que no se inquietó.
Al cabo de un mes, tenía cita para la revisión ginecológica y pidió que le incluyeran los dos conceptos en la analítica de la revisión.
Todo estaba bien, salvo los dos extras que triplicaban la actividad normal. A partir de ahí, inició un peregrinaje para que le diagnosticaran su enfermedad, que resultó ser un pequeño tumor de hipófisis de siete milímetros en una glándula de apenas un centímetro de altura.
“El tumor era muy pequeño, pero estaba mal colocado, en la cavidad cavernosa por donde pasan mil nervios y junto a la carótida”, relata la mujer, que explica que cuando se puso en manos de un neurocirujano éste le dijo que la operaban sin demora porque había riesgos de que el tumor pudiera provocarle una hemorragia dentro del cerebro o ceguera.
Montse envió una carta a La Vanguardia para localizar a aquel “ángel” desconocido que le ha salvado la vida. Y Gloria P.B. una médico de base leyó la carta. “Soy una persona espontánea, quizá explosiva, y no me importa equivocarme, prefiero pasarme que quedarme con la preocupación dentro por no meter la pata”. Lo vio muy claro. “La estaba mirando y lo vi, sin duda. Claro que tengo dos pacientes en el hospital comarcal con todos los rasgos de acromegalia, un aspecto de libro, y que en cambio no la padecen, son así. Pero su mano era muy característica”, explica sin dudar. “La tenía apoyada en la barra del autobús, la recuerdo bien. Son manos más planas, dedos más cuadrados. Y me acerqué a preguntarle si se había hecho algún análisis”. “Porque claro, vas y se lo dices y lo mismo ya lo saben”, matiza.
“La mano me dio muchas pistas”, comenta Glòria. “¿Cómo se lo digo?, pensé. Igual me dice que soy una impertinente. Pero mira, al final no me pude aguantar y se lo dije”, concluye. Gracias a ese carácter, su paciente casual se ha curado de una acromegalia, una rara enfermedad que causa la presencia de un tumor en la hipófisis y que genera una fabricación disparatada de hormona del crecimiento, que a su vez provoca el agrandamiento exagerado de tejidos (lo más visible son nariz, labio inferior, cejas, manos, pies, pero también ocurre en el interior) y, como consecuencia, problemas cardiovasculares, diabetes, hemorragias… De todo ese riesgo se libró Montse Ventura gracias a su advertencia.
Montse Ventura se quedó helada. “Debió alucinar, imagino”, recuerda Glòria. Reconoce que no es habitual ir observando a la gente en el autobús y que no suele hacerlo. “Debe ser deformación profesional”, dice la endocrinóloga. “Esto es típico de médicos ya mayores, como yo, tengo 60 años. La medicina antigua, la de mi época, se basaba en la observación. Los jóvenes van más a la prueba, a la analítica, a la radiografía. Miran la pantalla”.
¿Superexperta? “No, no, ni hablar, soy endocrinóloga general, veo diabetes, problemas muy habituales. Hacía tiempo que no veía pacientes con acromegalia. Veo poquitos casos”.
La doctora Maria Glòria P.B., “como muchos médicos”, tiene que atender a lo largo de la semana en varios centros de medicina pública y privada “porque la profesión está muy mal”. En Barcelona, ciudad donde reside junto a su marido –también médico–, trabaja en un centro privado.
Que alguien espontáneamente se fije en tí y se preste a ayudarte cuando todo el mundo va de prisa y a los suyo en nuestras frenéticas ciudades es un soplo de aire fresco. Los ángeles existen y las más de las veces son de carne y sangre.
Me emocionan estas historias de gratuidad de gente que muestra un rostro de Dios cercano, incluso en el autubús.

Pedro, no sabes cómo anima en la mañana leer este tipo de cosas. Por el contrario, como la realidad es poliédrica, yo te recuerdo esto otro, por si tienes a bien considerarlo: http://www.20minutos.es/noticia/552721/0/agredidas/sexualmente/menores/
Incluso en un autobús puede descubrirse el rostro de Dios o el rostro del mal.
Yo me pregunto, si en lugar de dos personas de sexo femenino hubieran sido de sexos diferentes, ¿esa mirada habría sido tan inocente y en profundidad, o los respetos humanos lo hubiera impedido?
Mira por cuanto las cosas no son como son, sino como las circunstancias lo permiten. Un señor con barba y entrado en edad, como un servidor, no puede permitirse mirar a la cara a una chica desconocida en el autobús, con afán indagador, sin temor a ser acusado de viejo verde.
¡Ojalá las cosas fueran mucho más sencillas y llanas, y también limpias!