Los amores light

amor light

Hace un par de meses “casé”-bueno se casaron ellos- a dos amigos. A la vuelta del viaje de novios ya se han separado. Conozco a no pocos jóvenes que después de llegar a la ordenación sacerdotal lo dejan, a lo mejor un año o dos después. Antes todo duraba más: Desde el vestido de boda a la enciclopedia del abuelo, pasando por la vajilla, los libros de texto y el abanico de mamá. Se compraba para conservar, y teníamos en los labios la mágica expresión: “de toda  la vida”. También, por  regla general, en el amor. Es verdad que muchas situaciones difíciles se solapaban, y con frecuencia se mantenían las apariencias por el qué dirán,  mientras proliferaban los amantes a escondidas o las frustraciones soportadas principalmente por la mujer.

Hoy casi todo es de usar y tirar: platos y vasos de papel, best-sellers que apenas permanecen unos meses en las librerías, los electrodomésticos e incluso los vestidos. De aquí el éxito de los bazares chinos, donde puedes adquirir a poco precio cosas fungibles.

¿Y el amor? “Te amaré para siempre”, decían los personajes de novelas y películas románticas de antaño. Hoy se sustituye por el ligue de fin de semana, si no es por un apaño algo más duradero de “cada uno en su casa y Dios en la de todos”. Son los amores “light”, de escasa intensidad, poca pasión y ningún drama. ¿La razón? Se sufre menos. La provisionalidad, las experiencias vividas, los fracasos amontonados han engendrado una nueva especie de “solteros por vocación”, en su mayoría urbanitas, dispuestos a intentar disfrutar de su sueldo, las comodidades del consumo, y “no sufrir más por amor”.

Es posible que no padezcan (si vivir así a la larga no es padecer), pero tampoco sus goces vitales atraviesan el umbral de “pasar el rato”. Sin negro no hay blanco, sin lágrimas no hay verdadera alegría. Vivimos el imperio del “gris”, el reino de la tibieza, el “pasar de todo” para protegernos probablemente de un mundo demasiado agresivo, de una sociedad que nos explota, de una carrera por  ganar más, para tener más, de una falta de tiempo compulsiva que nos impide entablar relaciones hondas y duraderas.

Tema tan actual pide reflexión, analizar las causas, contrastarlas con nuestros semejantes, en una palabra, detenernos en el camino; ver el atasco desde arriba, donde se pueden dominar las encrucijadas de  carreteras y los destinos que anhelamos.

En temas como éste hay que evitar los dos extremos: desmelenarse contra la situación refunfuñado, echando pestes contra este mundo que hemos pergeñado, o canonizar tal situación, simplemente porque es actual y creada por las nuevas generaciones. Parece, por ejemplo, que una causa de la misma puede ser las prisas, el agobio de la gran ciudad, la intoxicación televisiva y publictaria, la búsqueda del placer efímero, y en su medida la emancipación de la mujer. Atacar este último  gran  progreso no es una forma adecuada de atajar la futilidad de los amores de hoy.

Quizás, como casi siempre,  la raíz esté  en la educación y la axiología en la que vivimos inmersos. Si mis valores son buscar sólo éxito, dinero, apariencia y placer instantáneo, además de evitar todo lo que suene a compromiso o sacrificio, es difícil que busque un amor permanente, que no puede vivirse sin momentos de dolor, desengaño, vejez y en definitiva pérdida.

Se olvida que para ganar algo que valga la pena, es necesario correr un riesgo, como ya anunciaba la sabia copia popular: “Corazones partidos yo no los quiero, que cuando doy el mío, lo doy entero”.

Quizás nos hemos hecho hoy tan propietarios que nos resulta casi imposible una felicidad profunda no egoísta, que está en la entrega total e incondicionada. Hay que hacer una revolución copernicana y convencernos que no somos el centro del universo y que mientras vamos de camino aquí el amor es resquicio del Todo, limitado por el tiempo y la llamada muerte.

7 Responses to “Los amores light”

  1. Hombre, me entusiasma el tema. Creo que algo sé de “amores eternos”. estoy absolutamente persuadida de que un amor no es duradero, para siempre, sin voluntad decidida de que lo sea. Lo que no significaq ue es requisito sea suficiente, sino sólo necesario.

    A ello hay que sumar el desasimiento, en la medida en que sea psible, de las circusntancias externas. No se puede decir que antes los matrimonios duraran más, si sólo duraban en apriencia: una esposa condenada a sufrir en silenciao, un marido casquivano, no son ya un matrimonio. Ni menos de puede decir que ahora los matrimonios duren menos: es que no hay apenas matrimonios. La cuestión es que la gente se compromete menos, hay un miedo espantoso a los compromisos fuertes.

    Sólo sabiendo que el amor romántico del principio SÍ puede durar eternamente a condición de que se le vayan sumando (sumar, no sustituir por) otros componentes (un compañerismo rabioso, una capacidad de perdonar descomunal, una humildad a prueba de todas las soberbias, un saber escuchar, saber esperar, saber hablar, saber callar…), la pareja tiene la posibilidad, muy firme por cierto, de durar para siempre.

  2. Yolanda, ¡qué bien has hablado del matrimonio desde dentro!
    Al matrimonio lo sostiene una grandísima madurez, por lo menos de uno, que es compañero, que perdona, es humilde, escucha, espera, habla y calla. Qué bien lo has vivido.
    Y rizando el rizo, es grande el amor, cuando se procura que el otro saque lo mejor de sí, lo más limpio o lo más fraterno.

  3. El amor no radica ni en los genitales ni en la víscera cardíaca. El amor es cuestión de libertad y voluntad.
    Por más que se quiera confundir la parte con el todo y el anticipo con el resultado, el amor es la obra más excelsa en que lo humano y lo divino se unen sin resquicios separativos.

  4. El amor a quien sea, hijo, amigo, pareja permite, por momentos, entrever nuestra realidad de unidos.
    Por eso Jesús respiraba amor (en todo momento), porque no tenía desconectada su naturaleza divina y veía meridianamente, lo que veremos: que el amor une inexorablemente, ya que, permanecer unidos y estar amándonos, forman las dos caras de la misma moneda; desde este lado, conocemos el amor, del otro, viviremos con Dios y no puede ser sino unidos entre nosotros y a Él.

  5. He aprendido con dolor que “siempre” y “nunca” tal vez sólo existen en las novelas y en el cine. Que el amor de Dios tal vez salve, pero el amor humano, por grande que sea, no cura. Que amor y sufrimiento son las dos caras de la misma moneda, que no ocurre el uno sin el otro. Y que sin amor no se puede vivir, en todo caso se vivirá una vida carente de sabor y si me apuran incluso del saber más profundo. He sufrido mucho y he amado mucho. Tal vez en Dios “comprenda” lo vivido, desde la convicción de que no ocurrió por casualidad.
    No saben lo que se pierden quienes no recorren ese camino de gozo y de dolor, aunque sea por un tiempo (ciertamente no sólo por un año y excluyendo a quienes eligen ser célibes por la razón que sea).

  6. A todas luces, quién eligió mantenerse célibe fue por amor; como el que decide ser fiel a su pareja y a su familia y se cierra a una “aventura”, eso es, desde luego, amor; y el que no secunda a quién quiere con locura, porque ama en un plano más alto, sabe bien de amor. En quién se retira, porque comprende que ese amor traerá más penas que alegrías (sin alcanzar las cotas de La Traviata) reconocemos el desprendido amor.

  7. ¿ Y qué hacemos las mujeres que no nos da miedo el compromiso, sino que desde nuestra madurez y plenitud de vida deseamos compartila con alguien, y solo encontramos hombres miedosos que viven la vida a trozos ?

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