Borja: “Sólo quiero a Jesús”

Francisco de Borja - Muerte de Isabel de Portugal

La conversión del caballero Francisco de Borja (Moreno Carbonero. Museo del Prado. Madrid)

Celebramos este año el V Centenario del nacimiento de San Francisco de Borja.  Se ha hablado mucho de la presencia de la muerte en su vida desde que ante sus ojos fue descubierto el féretro de la bella emperatriz Isabel, que había acompañado desde Toledo a la catedral de Granada. Y de su famosa frase entonces: “Nunca volveré a servir a señor que se me pueda morir”. No obstante hay algo más importante que su obsesión por las verdades eternas o la idea de  que conventualizó un tanto a la Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio. Desde luego más importante de que fuera grande de España, amigo personal del emperador, duque de Gandía, virrey de Cataluña, músico y escritor notable, confidente de santos, como Teresa de Jesús o biznieto natural del papa Alejandro VI por parte de padre y de Fernando el Católico, a través de un arzobispo, por parte de madre. Y fue su amor a Jesucristo, que resumo en sus últimas palabras a la hora de su muerte: “Sólo busco a Jesús”

El hermano Melchor se acercó de nuevo al lecho del moribundo. Su rostro enflaquecido y lívido, la nariz afilada, los ojos llenos de párpado, poco recordaban ya de aquel caballero altivo y orondo, grande de España, caballerizo de la emperatriz, virrey de Cataluña y duque de Gandía.

El hermano cogió su esquelética mano amarilla.

–¿Deseáis algo, padre Francisco?

–Sólo quiero a Jesús.

Fueron sus últimas palabras. Así, cogido de la mano de Melchor, al amigo que en vida había visto predestinado a la gloria, expiró Francisco de Borja-

Era medianoche del 30 de septiembre de 1572.

El  tercer general de los jesuitas yacía inmóvil ante la mirada sobrecogida de sus hermanos.

Pocos hombres han sabido afrontar la muerte como él, porque pocos hombres han pensado tanto en la muerte durante su vida.

Hay quienes hoy sostienen  que  Borja desvió, conventualizándolo, el primer estilo de Ignacio, dadas sus primeras amistades e influjos franciscanos. Hay en esto algo de cierto, como prueban sus escritos puesto que él siempre se debatió entre la dicotomía de Marta y María, la acción y la contemplación, que le tocó reglamentar quizás más que Ignacio e impuso a los jesuitas un horario a la oración. Pero la intuición del de Loyola no se equivocó con él, pues al cabo su vida fue la de un contemplativo en la acción y su amor a la orden era tan profundo como indiscutible. En un pedazo de papel escribe esta significativa frase: “Morir en la Compañía, o me lleve antes de sacarme de ella, o sea para mayor gloria suya”. Y añadía que se ofrecía por entero con este fin “sangre y vida”.

El  último viaje  dipolomático que le encomendó Pío V para arreglar matrimonios a favor de la Liga Santa por Francia, España y Portugal fue como retornar al mundo, el “polvo de Egipto”, como él lo llamaba, pero desde el desprendimiento y la sabiduría que le había proporcionado su vida religiosa, su experiencia mística, los sufrimientos y las persecuciones. En una palabra, pese a su renuncia y su identidad de jesuita, Borja no dejó de ser Borja en ningún momento. No dejó de ser padre de ocho hijos, hermano de sus hermanos, abuelo de sus nietos, amigo de reyes, cardenales, obispos y también de sus últimos servidores, del hermano Melchor y del acemilero Antón, que estuvieron en su corazón incluso en el momento de su muerte. Tuvo fuerzas hasta para cerrar completamente ese círculo y, con apenas un hálito de vida, regresar a Roma y bendecir antes de morir a sus hermanos en religión

A los tres días de su llegada  la ciudad eterna falleció- Fue beatificado por Urbano VIII el 24 de noviembre del año 1624, y canonizado por Clemente X el 12 de abril de 1671. Sus restos, después de mil vicisitudes y traslados y la quema de conventos de la iglesia de los jesuitas de la calle La Flor se encuentran  actualmente en el templo de Sagrado Corazón y San Francisco de Borja en la esquina de las calles Serrano y Claudio Coello de Madrid.

Desde el primer momento en que decidió seguir el camino de la fe cristiana con mayor sinceridad, tuvo que esforzarse en enderezar el tronco de un árbol que él sentía torcerse hacia otro lado, quizás al buen comer y beber, o a la vida muelle que en un tiempo gozó a las orillas del Mediterráneo y a su pasión por los caballos y la caza. Las cosas del mundo le pesaban y pedía continuamente un amor que le permitiese “olvido de lo de acá” y “vivir en el Señor, como si no viese sino a él” o “vivir como quien está para morir”.

Se diría que luchaba para cerrar los ojos y ver el paisaje interior. Pero ¿cómo podía realizar esto un hombre que todavía, por su misión, también de jesuita, hollaba alfombras, comía con príncipes, era a diario obsequiado por los poderosos? Procuraba, como él decía, “concertar el reloj del alma”, controlar sus sentidos, “limpiar el espejo del ánima”. Quizás esta faceta, que yo creo estaba muy ligada a su natural sensualidad mediterránea, a su “carácter Borja” (estirpe de los famosos Borgia que han dado lugar hasta hoy a novelas y films, verdaderos thrillers medioevales), ha ofrecido un perfil de  Francisco demasiado ascético. Por eso debo añadir que detrás de ese esfuerzo se ocultaba una plenitud mística y mucho amor: “Al Espíritu Santo se pidió amor para quitar el amor a todas las cosas, por ponerle en él, y amar del amor que fuimos amados”.

Lo que le dijo a Melchor en el lecho de muerte lo había repetido muchas veces antes:“Tener el corazón sin apetecer sino a Dios” y a “todas las creaturas en él”, hasta llegar a “ver las cosas en el Señor, y por él olvidarlas todas”.

Un momento que veo así:

SOLO QUIERO A JESÚS


Sólo busco a Jesús, el tiempo es ido;

velas blancas me llaman en Gandía

y el aire está sereno como antaño

en el palacio aquel donde nacía

para ganar el reino de este mundo.


Un mundo que se escurre de mis manos

como la hermosa Isabel, desconocida

se pudre en el sepulcro de Granada

y se nos va en un soplo la alegría.


Sólo quiero a Jesús, hermanos míos.

Decid al duque mi hijo que a porfía

mi amor avive en todos muy presente

como presentes andan  en mi vida.

En Dios todas las cosas las olvido

y en Dios toda creatura se ilumina.


Sólo quiero a Jesús, mi dulce compañero

para servir aquí en su Compañía.

Perdonadme si erré, el tiempo es ido,

mi leño es fuego, la senda está encendida.

Con un amor de cielo soy  abrazo,

velas blancas me llaman en Gandía.

P.M.Lamet

One Response to “Borja: “Sólo quiero a Jesús””

  1. Es la oración sobre todas las oraciones:
    “Sólo quiero a Jesús”
    Pero también necesitamos pedir, el valor para decirla.

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