Gritos en lugar de Luz

gritosVivimos una época de apasionamientos y posiciones encontradas. Todo es blanco o negro y o entras en uno de los compartimentos estancos de izquierda, derecha, conservador y progresita, del Barsa o del Madrid o no hay tu tía.

Recuerdo un cuentecillo ilustrador:

Después de pronunciar un encendido discurso en un mitin político, un dsicípulo le preguntó al Maestro:

-Díganos qué le ha parecido.

El Maestro sonrió:

-Si lo que ha dicho es verdad, ¿qué necesidad tenía de gritar tanto?

Luego comentó a sus discípulos:

-Le hace más daño a la Verdad el ardor de sus defensores que los ataques de sus enemigos.

La historia es aplicable no solo a los políticos, que nos tienen hartos de sus desmelanimientos, sino a muchos jerarcas de Iglesia y, más aún a católicos de ambas trincheras. Lo explicaría otro maestro con estas palabras:

-Combatir el mal con gritos y violencia, aunque sea verbal, es como combatir la oscuridad con las manos. Lo que necesitáis es luz, no lucha.

Y ¿qué decir de los que “se pegan” en nombre de Dios, con absoluta seguridad de ser sus indiscutibles e infalibles representantes?

8 Responses to “Gritos en lugar de Luz”

  1. Cierto la verdad no necesita defensores. Ni detractores. Ni enredones que la enturbien y le busquen tres pies constantemente sólo para rellenar el vacío de aquello que creen poseer y en realidad no es nada más que su mente enferma y sus deseos heridos e hirientes. Ni emperjiladores que la quieran predicar y hacer publicidad de ella. Todo es unútil frente a su evidencia. Brilla como un sol y todo lo pone en claro sin necesidad de armas dialécticas ni embrollos palabreros. Simplemente, de la abundancia de su esencia o de su escasez hablan las acciones del hombre por sí mismas.
    Sólo es necesario observar el proceso y amparar a los más débiles para que no sean arrastrados por el torrente fatal de la mentira y la destrucción psíquica. Eso vino a transmitirnos Jesucristo con las Bienaventuranzas. Y su modo de vivir más allá del barniz cuarteado de la apariencia y sus brillos superficiales de feria pasajera.
    La verdad es como respirar. Natural y evidente. Y sostiene la vida. ¿Acaso la respiración necesita abogados defensores?

  2. A veces sucede que la subjetividad nos juega malas pasadas. Nos adherimos a la profesión, a la ideología, a la familia, a la pertenencia a algo o a la religión como un sello a un sobre. Es decir, por inercia mecánica. Por miedo. Por identificarnos con algo que nos conceda identidad y nos dé la sustancia que no creemos tener dentro. Y ahí la fastidiamos. Convertimos en un absoluto el objeto de nuestra dedicación sin ver su relatividad temporal, aunque dure una vida. Todo ese equipaje banal de los apegos se quedará aquí, en el mundo fugaz de las emociones y las ideas.
    Es muy fácil y muy tentador especular y jugar con los grandes ideales, adherirnos mentalmente y acomodarnos a ellos. Por costumbre. O por miedo.

    Me gusta de vez en cuando hacerme una pregunta para darme un repaso por dentro. ¿Y si mañana la historia demostrase que “mi” religión fue un fraude desde el principio, que Jesús nunca existió, que su evangelio nunca se predicó, sino que se lo inventò una secta mistérica hace dosmil años , qué pasaría entonces en mi vida? Creo que no pasaría nada trágico. Lo que he vivido hasta ahora está tan lleno de fuerza transmutadora y creadora, está tan por otro lado de lo que se pueda o no escribir, leer o predicar, me ha cambiado de tal modo la vida, que dejaría tranquilamente que dijesen lo que quisieran. No pelearía por algo que si no se vive no se entiende. Y si se vive y se entiende no hay nada que pelear.
    Como el ciego de nacimiento del evangelio de Juan, yo no le pedí el cartnet de autenticidad a Quien me sanó. Sólo sé que era ciega de nacimiento y ahora veo. Y para comprobar esa realidad diaria no necesito predicadores ni intermediarios. Desde que ese Alguien me sanó, no me paro a distinguir malos de buenos, sólo veo ciegos que ya se han curado y ciegos que se curararán si eso es lo que buscan. Nada más. La gracia mana como una fuente inagotable y cada uno toma de ella la cantidad que cabe en el espacio libre que deja el ego. Unos se llevan un tanque de gracia fresca, otros un dedal y otros no la ven. Pasan junto a ella sin notarla, acampan en sus alrededores, incluso la predican de oídas, pero se mueren de sed. No es el capricho ni la “voluntad de Dios” sino que cuando el ego lo ocupa todo, a Dios no se le nota, ni se le siente ni se le ve. Y al prójimo, como hermano, tampoco. Sólo como espejo de la propia insustancialidad.
    Eso es todo.

  3. Marga, “eso es todo”, dices; ¡pues chica! me parece bastante.
    No tienes miedo a tu pregunta porque de antemano has obtenido respuestas. Como si un hechicero tuviera el don de proporcionarnos la confianza de que podemos flotar en el agua. Sería ocioso convencernos unos a otros de nuestra flotabilidad o de la verdad de las palabras del mago. Si un día, haciéndole caso, hemos entrado en el agua y hemos experimentado que burdamente nadamos ¿qué otra cosa sería necesaria para pasar a la otra orilla?
    .
    “Susténtame conforme a tu palabra, y viviré;
    Y no quede yo avergonzado de mi esperanza.” (Salmo 119, 116)

  4. Creo que no estamos hablando de lo mismo, Susana. Yo no me fié de ningún mago. Ni hubo mago alguno por ningún sitio. Hubo y hay un contacto interior de años y años con la bondad compasiva del Maestor interior que yo llamo Jesucristo, pero que podría quizás llamarse de cualquier modo si yo hubiese nacido en otra cultura. Un camino hecho de pruebas adecuadas a la dureza de mi testarudez, en soledad sonora y en compañía sutil; trabajos muy variados, que no tienen ahora a menor relevancia. Y fue ahí donde se forjó la curación. Si hubiese sido un mago y yo su marioneta experimental, estoy segura de que la sola sospecha de que no existiera nada de nada, me habría quitado la fe o me habría trastornado el sentido común. Pero no es un mago. Sino mi médico interno, mi maestro, mi guía, mi compañero de Emaús, mi aspiración más alta y cotidiana al mismo tiempo. Más yo misma, que yo misma. Revelado en las cosas habituales, sin alharacas ni comidas de tarro ni dramaturgias de atrezzo.
    Ah, y cuidado con los paseos por el agua, porque no es agua todo lo que hace olas. Una cosa que su contagio enseña es el discrenimiento y la simplicidad para acoger tanto lo gigantescop como lo mínimo con la misma naturalidad con que se acoge la respiración o la luz del día. Nunca se me ha ocurrido lanzarme a caminar por el agua para probar mi fe o los juegos malabares de un Uri Geler cristoforme . No aspiro a tanto. Con la travesía de cada instante en Él, ya tengo suficiente.

  5. DE LA AUOBIOGRAFÍA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA:
    “Una vez iba por su devoción a una iglesia, que estaba poco más de una milla de Manresa, que creo yo que se llama sant Pablo, y el camino va junto al río; y yendo así en sus devociones, se sentó un poco con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empezaron abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola. Y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parescía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto, que tenía antes.” (30.5)

  6. Eso es. Lo de Ignacio. No hay nada más que añadir. Toda experiencia íntima con EL/ELLA/ELLO, presenta los mismos trazos, sea en la época que sea y en las circunstancias que sean. Los resultados son los mismos. En eso se nota el “sello de la casa” y su verdad apabullante.

  7. Gracias, José Roberto, por traer ese bellísimo fragmento. Entre tanta palabrería hueca, siempre nos quedará la visión del Cardoner.

  8. Marga, no nos hemos entendido:
    He escrito: Como si un hechicero tuviera el don de proporcionarnos la confianza de que podemos flotar en el agua. No he escrito: ¡Cómo si un hechicero tuviera…!
    En el primer caso quiere decir: ‘Como de un hechicero que tuviera…’
    En el segundo con exclamación y acento: niega que ‘un hechicero tuviera el don…’
    Tu comentario primero me ha gustado mucho y participo de que el viaje, por sí solo, convence.

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