Los que no desearían ser santos

Última foto de Manuel  y Félix Llanos. antes ser asesinados por los rojos.

Última foto de Manuel y Félix Llanos. antes ser asesinados por los rojos.

Me gustaría aclarar que el tema de las beatificaciones masivas de la guerra civil española  es una cuestión heredada de Juan Pablo II, que el papa Francisco se ha encontrado entre otras muchas cuestiones de su largo pontificado y que provocó polémica desde que fueron incoadas. En su prudencia pastoral el papa actual no podía eliminarlas de un plumazo, como otras tantas decisiones puestas en marcha hace años, si pretende convivir con todas las sensibilidades de la Iglesia y unirla. Prueba de ello es el mensaje de bajo perfil, centrado en la vivencia del martirio, que envió.

A este respecto creo  es interesante el artículo que publicó el padre José María de Llanos, SJ en 1983  en torno a sus dos  queridos hermanos, Felix y  Manolo (al primero le metieron el crucifijo por la boca y del segundo nunca se encontró el cuerpo) que fueron asesinados en la guerra civil, cuando él estudiaba teología desterrado en Portugal. Sus argumentos me parece que siguen teniendo validez

Este tema de la reapertura de los procesos de canonización de los mártires de la Guerra Civil española revolvió el pasado del padre Llanos. La decisión coincidía, además, con una coyuntura que había originado una fuerte discusión: la publicación en Estados Unidos del best-seller Making Saints[1], un libro que ponía en tela de juicio la forma de «fabricar santos» que preconizaba la Santa Sede, agilizando los procesos y haciéndolos coincidir con los viajes del papa.

Monseñor Díaz Merchán, arzobispo de Oviedo, le había comentado a Juan Pablo II: «A mí me mataron a mi padre y a mi madre, y haría usted mal en beatificarlos, porque entonces yo no podría volver a mi pueblo de Toledo, donde soy amigo de todos». También el cardenal Enrique y Tarancón estaba personalmente en contra de la opción de reabrir los procesos. Juan Pablo II dio a entender en un almuerzo, al que asistían también otros obispos españoles, que él desconocía la iniciativa. Llegó a decir: «Creo que tendrá que pasar un siglo antes de que los mártires de la guerra española sean elevados a los altares». Sin embargo, a finales de octubre de 1983 el fiscal del Arzobispado de Madrid consultó oficialmente a la Nunciatura. La respuesta fue: «Los procesos se reabrieron hace año y medio».

La decisión levantó un considerable revuelo en los medios de comunicación, donde algunos argüían que estas beatificaciones no iban a redundar en la reconciliación de los españoles y que también hubo víctimas de la otra trinchera que murieron por un ideal de justicia, que no dejaba de ser implícitamente evangélico: entre ellos algunos sacerdotes vascos. Otros opinaban que ya había pasado más de medio siglo y que la situación del país estaba madura para proceder a estos actos. Nadie ignoraba en todo caso que la historia personal de Juan Pablo II y su resistencia anticomunista pesaban en este asunto. El hecho es que desde 1987 a 1995 Juan Pablo II, dentro de su pastoral multiplicadora de modelos de santidad, beatificó a 218 mártires, entre obispos, sacerdotes, religiosas, religiosos y seglares asesinados durante la Guerra Civil.

A este propósito el padre Llanos, que como hemos narrado tenía dos hermanos asesinados durante la guerra, escribe una colaboración titulada «Los que no desearían ser santos», publicada en El Periódico de Cataluña[2] e ilustrada con las fotos de Manolo y Félix María.

Parte el artículo del sentido de los santos en la Iglesia. Respecto a los mártires trata de la necesidad de una confesión explícita de la fe y se pregunta: «¿Qué decir entonces de quien no pudo optar por su fe, pues fue cazado y fusilado sin más, aunque al morir gritase su “¡Viva Cristo!”, de modo semejante a como otros fusilados del otro lado, también sin confesión previa, morían con otro viva de otro tipo? ¿Se puede extender el hecho martirial a quien murió únicamente por haber vivido con su apellido cristiano, lo cual, es verdad en determinadas ocasiones, encierra cierto riesgo?» Y añade: «Matar a un enemigo de la cuarta o quinta columna no se identifica con dar lugar a un martirio. Es la consecuencia trágica de toda guerra, en la cual basta ser de un bando, o mejor dicho, no ser del otro, para estar jugándose la vida. Pensemos ahora en lo que pudo ser para muchos del bando rojo o republicano topar con un cristiano tratándose de una cruzada. Si los legionarios de Yagüe mataban en Badajoz tan solo por llevar en el hombro la huella de un fusil, ¿qué harían los brigadistas del pueblo cuando se encontraban con un creyente en el Dios de esos legionarios?»

Llanos distingue entre «anticlericalismo» y «anticristianismo» y defiende que muchos mataban por lo primero más que por lo segundo. «Creo sospechar y más, que muchos de aquellos que mataron a tantos clérigos y frailes —algunos extraordinarios cristianos— lo hicieron llevados por su anticlericalismo y no precisamente por su odio a Cristo. ¿Supone entonces un claro caso martirial el asesinato de un obispo —el de Jaén, aquí en el Pozo—, el de García Villada, el del mismo padre Poveda, que fueron fusilados confesando su fe? Lo cual explica por qué se nos dice que la mayoría de las causas a beatificar son de miembros de la clerecía o de la monjería. ¿Casualidad no más?»

Para concluir directamente en el caso de sus queridos hermanos: «Y remato pidiendo excusas por lo que pudiera parecer demasiado personal. Mi hermano mayor, Félix María, fue sacado de Porlier y fusilado probablemente en Paracuellos. Era un cristiano extraordinario. Mi hermano menor Manuel también cayó en los Altos del Hipódromo por los fusiles de los guardias de asalto. Manolo era algo excepcional hasta el punto de que escribimos su biografía en 1940 titulándola Manuel, mártir. El motivo de su muerte, según uno de sus asesinos encontrado después, fue la creencia falsa de que se trataba de un nieto de Queipo de Llano.

Eran cristianos, murieron y no dudo que ofrecieron su vida. Pero ¿fueron verdaderos mártires? ¿Les mataron por causa de su fe? Manuel murió con el crucifijo clavado en los labios a culatazos, pero a pesar de ello hoy me sigo preguntando: ¿mártires? Ciertamente no eran clérigos, ciertamente tampoco falangistas. Lo poco que soy me lo legaron ellos, pues de siempre me he sentido ungido por su sangre. Pero ¿mártires o simplemente cristianos con su fe bien rematada? No respondo, ni me interesa demasiado la respuesta. Algún día lo sabré, quizá cuando vuelva a verles de cara, a ellos y a quienes les ejecutaron. Lo único que hoy, más que sospechar, sugiero ante su recuerdo es que a ambos no les gustaría en absoluto ser martirialmente beatificados, ni ellos ni sus miles de compañeros en sangre de aquel espantoso lance que queremos hoy todos olvidar con un abrazo de comprensión, perdón y esperanza. Con ellos pues, me atrevo a pedir que se lo piensen bien antes de proceder tan canónicamente».

Lo más curioso es que al revisar los papeles de Llanos encontramos un recorte de este articulo pegado en un papel y sobre él una flor recortada y otro pedazo de papel escrito a máquina por el propio Llanos con este texto: «Félix y Manuel, acribillados mártires ambos cara al cielo. / Quiero irme con vosotros, porque creísteis y creo». Típicas contradicciones de la inteligencia y el corazón de Llanos, que en su fuero interior seguía sin la menor duda considerándolos «mártires», pero que al mismo tiempo estaba en contra de todo cuanto sonara a mitificación y posible revanchismo.[3]

( De mi libro Azul y rojo: biografía de José María de Llanos, ed. La Esfera de los Libros, Madrid, 2012)


[1] Wodward K. L, Making Saints: How the Catholic Church Determines Who Becomes a Saint, Who Doesn’t, and Why, Simon & Schuster, Nueva York, 1990. (Hay traducción castellana).

[2] El Periódico de Catalunya, 1 de noviembre de 1983.

[3] Archivo Histórico SJ Prov, Castilla. Alcalá de Henares- Llanos, caja 1.

2 Responses to “Los que no desearían ser santos”

  1. Muchas gracias. Perfectamente calrificado

  2. Hola! con respecto al articulo publicado por el P. Pedro Miguel Lamet y a su vez incluyendo otro del P. Llanos, me gustaria transcribir del P. Pedro Aliaga Asensio en su libro “Absolutamente libres”, de seis trinitarios de Alcázar de San Juan que fueron beatificados el día 13 de octubre en Tarragona, así como hace también una ligera mención a laicos que fueron martirizados sólo por el hecho de ser miembros y cofundadores de Adoración nocturna y algumas mujeres pertenecientes a Hijas de María, que entrarían en un próximo proceso de beatificación si Dios lo tiene a bien. (páginas 13 y 14 ).

    “Su beatificación se debe exclusivamente al martirio. Los seis tuvieron sus virtudes y los seis tendrían sus defectosl Los seis fueron religiosos convencidos de su vocación, y cada uno de ellos la vivió bajo el cumplimiento de sus obligaciones, según la Regla y Constituciones de la Orden, en mayor o menor grado. ¿Habrían llegado a los altares si no hubieran sidos martirizados?.Si los posibles pasados no reales son fantasía prohibida a los historiadores, ciertas preguntas en lo hondo del alma, salpicadas de sentido común, nos hacen sospechar que no. Nuestros mártires trinitarios de Alcázar fueron personas cercanas a nosotros no sólo temporalmente, sino próximas a la experiencia de cualquiera, porque cada cual vivió su vida con diferentes intensidades….Fueron personas normales, entendiendo por “normales” no lo que pudiera entender el pesimista ni el amigo de las rebajas en la calidad de vida: su “normalidad” fue la de no haber pasado por la vida en traje de héroes, sino de habitantes de la cotidianidad en la calle donde vivimos, nosotros y nuestros vecinos de existencia.

    Con todos los respetos, devociones y veneración hacía los grandes héroes del cristianismo, quizás hoy nuestro santoral necesite de figuras como las de estos y tantos otros mártires como la Iglesia nos está presentando en nuestro tiempo. Necesitamos redescubrir la santidad, más como regalo de Dios que como conquista de la voluntad humana, por más que la voluntad tenga su rol innegable de respuesta a la propuesta de Dios. Pero en esta vida todo es gracia. Y el martirio viene a recordárnoslo.
    Un desiginio de muerte, de persecución contra personas que fueron declarados ” objetos a eliminar fisicamente” por ser cristianos, religiosos, sacerdotes, se convirtió en motivo de gloria: para ellos y para Dios. “Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos”. dijo Jesús de Nazareth, nuestro Señor. Y estos seis mártires trinitarios están unidos por su amistad con Jesús, que fue lo más característico e importante de sus vidas; cuándo llegó el momento, dijerón, como san Pablo, que nada ni nadie podía separarlos de ese amor, ni la espada ni la muerte, y juntos dieron su vida por Cristo.

    Dieron su vida “juntos”. Al menos tres de ellos (el P. Plácido, el P. Antonio y fray Esteban ) pudieron esquivar la muerte: el primero, acogiendo la oferta de jefes políticos que le debían mucho por haberlos preparado intelectualmente en sus carreras; el segundo, yéndose lejos de Alcázar, con sus familiares, el tercero, trabajando como cocinero para sus perseguidores, que lo consideraban prácticamente como un criado. En todos ellos la respuesta fue unánime: “lo que sea de mis hermanos, será también de mí”. Juntos en la indefensión más absolluta, de humildes frailes que, en definitiva, “no eran nadie”, que no tenían más apoyos que los del afecto y la veneración de quien quisiera dárselos “por amor de Dios”. No son mártires de ninguna guerra. No murieron en ningún frente. No empuñaron ningún arma. No fueron líderes de ningún partido político. La imagen de Jesús Nazareno que presidía y preside el convento de la Trinidad fue la imagen de su propio martirio: atados de manos, con la cabeza agachada, fueron llevados a la muerte, mudos y pacíficos, como la oveja ante el esquilador”.

    Termino diciendo que me ha gustado mucho, pues me ha ayudado a esclarecer dudas. Una que se reconoce cristina necesita de estas vidas sin trajes de héroes que la invitan a que llegado el momento uno puede dar la cara por Cristo .
    Un abrazo!

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