El silencio de Dios en el film “Camille Claudel”

 

Binoche

El rostro de una gran actriz puede llenar él solo  toda una película. El de Juliette Binoche, orquestado por el entorno pictórico del escenario tan bello como inquietante de un asilo-manicomio de principios de siglo convierte al film Camille Claudel 1915 en una obra de arte. La dramática vida de la escultora francesa, hermana del poeta Paul Claudel ya había sido llevada al cine en 1988 con la exteriorizante película,  Camille Claudel de Bruno Nuytten con Isabelle Adjani y Gérard Depardieu en los papeles principales de Camille Claudel y Auguste Rodin.

El personaje no puede ser más atractivo. Atraída por el arte del modelado desde niña esta bella mujer llega a entrar como discípula en el taller de Rodin hasta convertirse no solo en  una inspirada escultora sino en su amante, relación que ha de compartir con otra mujer, su criada de siempre, con la que el gran artista acabará contrayendo matrimonio. Camille sufrirá crisis nerviosas, esculpirá trasuntos de su situación anímica y acabará destruyendo a martillazos algunas de sus obras. Esta vivencia será la inspiración de una de las esculturas más importantes de Camille: “La edad madura”. En ella vemos esculpida la escena de Camille arrodillada y suplicante, dirigiendo sus manos hacia Rodin, quien le da la espalda mientras una mujer medio ángel-medio bruja, que representa a Rose Beuret, se lo lleva. Finalmente su familia decide confinarla en el sanatorio de Ville-Evrard, luego manicomio de Montdevergues y pese a su gran lucidez, el veredicto favorable de los médicos y su adoración por su hermano Paul, convertido al catolicismo, muere rechazada por su familia en el asilo de enfermos mentales; y cuando los suyos, arrepentidos quieren recuperar sus restos, catalogados con una simple cifra,  éstos han desaparecido durante un traslado. Manuel Vicent escribió un brillante artículo sobre este mítico personaje

La verdadera Camille

La verdadera Camille

Nada de la vida anterior de Camille aparece en el film de Bruno Dumont, que se centra exclusivamente en la vida cotidiana durante tres días de la artista en el centro psiquiátrico. Dumont, un cineasta de vanguardia, provocador y profundo, apenas conocido en España, donde sus films anteriores no se han estrenado –y este lo hace en horario reducido-, es considerado un heredero de Robert Bresson, aunque  menos clásico y atrevido que él. Baste decir que sus realizadores preferidos son Stanley Kubrick, Ingmar Bergman, Pier Paolo Pasolini, Roberto Rossellini y Abbas Kiarostami.

Tercera parte de una trilogía sobre la fe —Hadewijch (2009),  Hors Satan (2011) Camille Claudel (2013)– renuncia aquí a la fuerza tremenda de sus secuencias sexuales y violentas, pero no a la corporeidad, coseidad y potencia de los primeros planos que le subyugan. Otra novedad es que en esta ocasión en vez de actores no profesionales elige a Juliette Binoche para centrar en ella el film, una actriz que cuenta exactamente  la misma edad de la Camille Claudel en 1915. El guion del propio Dumont se basa en  unos documentos que, aunque encontrados en el sótano de un asilo de París en 1995 por Philippe Versapuech, investigador en historia psiquiátrica, no se hicieron públicos hasta resolverse la batalla legal desencadenada por su propiedad. En ellos consta el diagnóstico realizado en su día por los doctores que observaron en la paciente delirios paranoicos. Pero entre esos papeles también se hallan cartas de la propia Claudel que denuncian con extraordinaria lucidez la dureza de su confinamiento, su soledad y el odio creciente hacia quien fue su maestro y amante. Dumont asegura que los diálogos son palabras textuales extraídas de estas fuentes.

  Binoche es el cuerpo y alma de este singular, desconcertante, abierto y arriesgado film. Su desnudo inicial cuando el personaje se deja bañar en el asilo, es el prólogo del desnudamiento interior de Camille, mimada por la cámara en todo momento, mientras  la madura actriz francesa lleva a cabo el papel de su vida. Orquestada por la coseidad del asilo rural, un entorno y paisaje de estremecedor silencio con sabor a interiores holandeses,  y los rostros desencajados de las demás enfermas psíquicas, que envuelven el film de misterio, como el silencio de Dios, Camille muestra, sólo muestra más que dice, el despojamiento total del amor,  de su estudio, su arte, su vida. Belleza desnuda del ambiente, largos planos evocadores, sostenidos, y una Binoche que ha de contar en su interpretación  sugerida su drama interior entre la lucidez y la locura, el arte y la impotencia. Ella sólo espera con ansia el momento en que venga a visitarla su hermano el poeta.

Precisamente en Paul Claudel se centra la segunda y bien definida parte del film, mucho más verbosa y explícita. Jean-Luc Vincent nos presenta un Claudel atildado, distante y frío, obsesionado con su famosa conversión al catolicismo. Como es sabido, a los 18 años, en las vísperas de la Navidad en la Catedral de Notre-Dame de París, precisamente cuando los niños cantores entonaban el Magnificat, tuvo una fuerte experiencia religiosa y una profunda conversión,  como relata él mismo. Pero en el film esa fe, que comenta con un sacerdote, quien le escucha su discurso intelectual sin decir palabra, no se traduce en misericordia con su hermana. Es más, Paul llega a sugerir que la demencia de Camille se debe a que se malograran los hijos de ella con Rodín.

La tercera parte del film es el encuentro de ambos hermanos, donde la alegría de Camille queda truncada por el rechazo de este a llevársela a una casa de campo cerca de París, como le aconseja incluso el director del manicomio. Poco importa en realidad el sucinto argumento, porque se trata de un film de silencios, una teoría de rostros, un canto a la soledad del ser humano frente al misterio de la existencia. ¿Dónde está el límite entre lo sagrado y lo profano, entre la realidad y el arte? ¿Por qué calla Dios? ¿Por qué la fe puede convertirse en un descubrimiento intelectual y no traducirse en amor y misericordia a los seres humanos? En Paul, también psíquicamente inmaduro, en contradicción con su recién estrenado cristianismo,  puede el académico, el intelectual, el prestigio de su familia, el rechazo formal al pecado frente a la capacidad de perdonar y querer a su propia hermana, artista como él.

La obra, cosechadora de premios, sobre todo Césares,  se inscribe en la mejor tradición de un cine francés minimalista, intelectual y estético. Un árbol desnudo, un puchero bullente, una risa desdentada, el rostro ausente de una religiosa, la frialdad de un patio, una cocina, unos riscos,  dicen más que todos los diálogos de Paul Claudel en la segunda parte. De este modo Bruno Dumont conjuga, gracias a una fotografía detallista de realismo pictórico, la frialdad de los colores con el ardor del drama interior como para decir, en una reflexión sobre la religión y el arte, que estos entrecruzan el dolor y la belleza, la materia y el espíritu. Un film difícil para un espectador de consumo, y un placer para los ojos de los buenos gustadores de la poesía fílmica.

 

One Response to “El silencio de Dios en el film “Camille Claudel””

  1. Sobre este tema sería muy interesante un artículo para Tendencias21 de las religiones… ¿Te animas, Pedro?

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