El mejor confesor de Isabel la Católica

Talvera en la serie "Isabel"

Talavera en la serie “Isabel”

El auténtico Hernando de Talavera

El auténtico Hernando de Talavera

 

He seguido con interés la seria Isabel, que aparte de las concesiones lógicas de estos relatos televisivos, es bastante rigurosa desde el punto de vista histórico. Entre los clérigos y confesores que han ido pasando por los diversos episodios como Carrillo, Mendoza o Torquemada, destaca la figura del jerónimo fray Hernando de Talavera, que tuve la ocasión de estudiar para mi libro Yo te absuelvo, Majestad: Confersores de reyes y reinas de España. Y llegué a la conclusión de que fue un adelantando a su tiempo, un hombre íntegro, un autor considerable y un prionero en el diálogo interreligioso, aparte de un promotor de la imprenta y del descubrimiento  de América. Es verdad que era muy austero y regañaba a Isabel por algunos bailes y vanidades de la Corte, sobre todo cuando fue a Perpiñán, como consta en una de sus cartas. Pero fue contrario a la Inquisición y a los métodos de Torquemada y Cisneros.

Lo más curioso es que fray Hernando no se corrompió lo más mínimo en contacto con la política. Un informe de Jorge de Torres cuenta, que, generós¡simo con los pobres, su presupuesto durante un año no pasaba de diez ducados. Como arzobispo de la recién conquistada Granada construyó un asilo para niños pobres, a los cuales, dice gráficamente su biografo, “adoctrinaba y criaba a sus tetas”. Abrió casas de refugio para las moras convertidas y meretrices, de las que se preocupó nada más llegar a Granada. Con las irreductibles se limitaba a cerrarles las casas desde el Domingo de Ramos hasta pasada la semana de Pascua, obligándolas a asistir esos d¡as a las funciones religiosas. Desarrolló de una forma curiosa el trabajo en la ciudad. A los innumerables ciegos ociosos les empleó en las herrerías y caldererías, dando martillazos; a los moriscos, que acud¡an a visitarlo, para que se ocuparan en los patios y corredores, mientras esperaban les repartía esparto, y a las mujeres mandó que entregasen con igual fin ruecas y lino. Cuentan los cronistas que Talavera iba siempre a pie por  las calles de Granada y acostumbraba a entrar sin previo anuncio en las casas de los pobres. “La puerta del médico -dec¡a fray Hernando de la suya- no debe estar nunca cerrada  i la del obispo deve estar siempre abierta”.

En una ocasion condenaron a muerte a un asesino. El fraile que habitualmente asist¡a a los reos estaba enfermo, por lo que el juez mandó llamar al párroco, que rehusó acudir alegando que no era esa obligación suya. Al saber Talavera la respuesta, dijo: “Tiene razón; esa no es su obligación, sino la mía”. Enseguida bajó a las mazmorras y confortó al condenado a muerte. Cuando regresó a su casa, dijo al provisor: “Acabo de oficiar de pontifical”.

En fin fray Hernando era un portento. Hasta se preocupó del urbanismo de Granada, atendiendo al trazado de las calles, a la construcción de viviendas y al engrandecimiento de la ciudad.  Pero, en medio de sus éxitos pastorales, la primera prueba se cierne sobre el arzobispo. Las conversiones de los musulmanes iban muy lentas. Era la consecuencia del espíritu de tolerancia y respeto de Talavera y del cumplimiento de los acuerdos de la rendición de Granada, que también hab¡a afirmado en noveno lugar el arzobispo.

La convivencia de dos razas y religiones creaba tensiones, que fray Hernando iba compaginando con tiento y prudencia. El grupo más denso de conversos radicaba en el Albaicín. Y al parecer no eran fingidos. Aparte de aprender el árabe a su edad, Talavera encarga a fray Pedro de Alcalá que era un morisco convertido, la publicación de un vocabulario y una gramática o Arte para ligeramente saber la lengua arábiga.  De sus correrías con los moros hay anécdotas interesantes, como el encuentro con un místico sufí que vivía en una cueva en las cercanías de la ciudad. Fue a visitarle en mula, departió con él todo un día y se abrazaron acabando como buenos amigos. En un memorial presentado a los reyes figura su decisión de llamar a sentarse en el consejo de la ciudad a un buen número de moros, incluyendo cadis, alfaquíes y predicadores. Declara que los caminos, montes y campos son para todos y que puedan los moros segar la hierba como antes

 Defendía los interese moriscos ante la corona, no forzaba las voluntades y los organizaba en cofrad¡as, señalando a los conversos una “suma de lo que querríamos que gurdásedes”. Este memorial talaverano fue impreso y repartido por las familias de conversos moriscos. A estos, no a los musulmanes, les exigía una serie de prácticas cristianas. Es indudable que para los moriscos no era fácil. Tenían además que convivir con los no convertidos. Y eran tiempos en los que la fe cristiana no se vivía desde la tolerancia. Talavera conoc¡a bien el tema por la expriencia de los conversos judíos. Sabía el reisgo de imponer una religión nueva a una minor¡a. Luchaba con un fuerte sedimento religioso. Los mismos moros llamaba al arzobispo “el Alfaquí cristiano”.

 Hasta que apareció el famoso fray Francisco Jiménez de Cisneros, que había ascendido a confesor de la reina y a primado de Toledo. Cisneros no soportó el método necesariamente  lento de Talavera y quiso actuar de la forma que hizo con los judíos. La diferencia es que con los hebreos los reyes católicos no habían firmado nigún pacto. Con los musulmanes, ateniéndose a las capitulaciones, a lo sumo le era  licito a Cisneros intensificar la predicación, hacer más atractivo el bautismo. El caso es que hasta un historiador de talante moderado como Luis Suarez, que siempre echa a buena parte la pol¡tica religiosa de los Reyes Católicos, califica de “brutales” los métodos de Cisneros, quien desde 1499 a 1500, se quedó  con el dificil campo pastoral, pasando, no sin dolor, Talvera a la sombra.

Fray Hernando murió pobre, con su familia encarcelada por la Inquisición y él mismo procesado, hasta que el papa Julio II quedó convencido de su inocencia. Mi amigo, el historiador jesuita ya fallecido Quintín Aldea, opinaba que la Iglesia tenía pendiente una canonización de fray  Hernando de Talavera.

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