La ladrona de libros

Ladrona de libros

 Un best seller de nazis, cursi y demasiado explícito, rodado con magnificencia visual.  A la multitudinaria filmografía de películas sobre el horror nazi y la represión judía se ha añadido recientemente la revisión de aquel trágico periodo desde la mirada inocente del niño. Baste señalar La vida es bella de Roberto Begnini o El niño con el pijama de rayas de Mark Herman. Como esta última, La ladrona de libros se basa en una novela, en este caso original del australiano Markus Zusak, especialista en literatura infantil, aparecida en 2005 y que consiguió figurar 107 semanas entre los best sellers de este género en el New York Times.

Lisesel es una niña encantadora de trece años, rubia y de ojos azules, que tras la muerte de su hermanito es dada en acogida por un matrimonio que vive en un pueblo alemán ambientado en la dictadura nacionalsocialista de Hitler en 1938. La nueva familia de Lisesel está compuesta por Hans, un amable y desocupado acordeonista contrario al nazismo, y su esposa Rosa, hosca en la apariencia pero de buen corazón. Ambos viven las consecuencias de miedo y hambre de la guerra, cuando se presenta Max, un joven judío a quien, por gratitud a su familia, el matrimonio se ve obligado a esconder en el sótano, donde contrae una grave enfermedad.

La intuitiva e inteligente niña, aunque es analfabeta, logra aprender a leer y escribir, gracias al interés de su padre adoptivo, que convierte las paredes del sótano en un didáctico diccionario. De esta experiencia Lisesel adquiere un extraordinario amor a los libros, tanto, que rescata alguno de una pira de ellos quemados una noche  por los nazis, y llega a robarlos sistemáticamente de la lujosa casa del alcalde nazi donde la pequeña, que consigue despertar el interés de la esposa del edil nazi,  lleva la ropa que plancha Rosa. La estancia de Max creará más de un sobresalto, mientras Lisesel entabla una entrañable amistad con Rudy, otro niño rubio del barrio, cuyo padre es movilizado al frente de guerra. Los libros, la fuerza liberadora de la palabra, se convertirán en la única tabla de liberación frente los horrores de la guerra. La voz en off que relata esta historia es la de la muerte, que desde el comienzo del film advierte a los espectadores que ella es siempre el desenlace de cualquier vida humana.

Desde el comienzo el realizador Brian Percival, uno de los directores más brillantes de la famosa serie televisiva Dowton Abbey, se encarga de dar impacto visual, con cierta estética propia de cuento infantil, a esta historia cotidiana de un pueblo alemán, invadido por las banderas del Tercer Reich, el adoctrinamiento en las escuelas y la creciente represión de los judíos. Y es aquí, en la espectacular fotografía de paisajes nevados, carreteras, bosques, estaciones y cuidados interiores, o en los primeros planos psicológicos y el impactante montaje, propios de la realización televisiva, donde Percival impresiona bellamente al espectador.

A ello contribuye una cuidada interpretación de la genial pareja de actores Geoffrey Rush y Emily Watson, que bordan al matrimonio, y sobre todo de la niña  Sophie Nélisse, que ya admiramos en su excelente interpretación de Profesor Lazhar. Su rostro llena la pantalla y es junto sus logros visuales de fotografía, encuadre y ambientación, lo mejor de la película.

Sin embargo esta espectacularidad y la  fascinación de su arranque se van diluyendo a medida que el metraje avanza y va denunciando su origen, un guion almibarado, reincidente y carente de rubor. La película, que no oculta sus pretensiones literarias y hasta filosóficas, está tan falta de contención lírica y resulta tan explícita que raya en la cursilería y la negación misma de la poesía que pretende. Pues no hay nada más antipoético que intentar decirlo todo,  puesto que poesía es precisamente lo que se evoca y no se dice, la pura sugerencia. De modo que el espectador es forzado a una emoción huera y a unas lágrimas que de tan provocadas no llegan a aflorar.

Escenas que caen en el ridículo, como pintar de blanco las páginas de un ejemplar de Mein Kampf para que la niña escriba, el rescate del libro cuando cae al río, o la absurda escena de Rosa cuando esta acude a la escuela por su hija, con la trampa para el espectador de estar persuadido de que va a darle una mala noticia. Y es que la aparición del judío enfermo, con su romántica descripción de la víctima –el demacrado tísico de siempre-, señala el deterioro decadente de la historia.

Si es legítimo un cine comercial que entretenga al espectador, como tantas veces ha producido Hollywood, en La ladrona de libros se ven tan clara las intenciones de agradar al  público y garantizar los ingredientes del best seller, amén de ganar algún Oscar de paso, que contiene todos los defectos y superficialidades tópicas de esta seudoliteratura, y además destilando pretensiones de filosofía trascendente. De forma que la voz en off de la muerte, por ejemplo, resulta un postizo; como el incluir media docena de palabras en alemán en la versión inglesa o española, para darle autenticidad no deja de ser un recurso bastante absurdo ya que  estamos en Alemania y todos los personajes se sobrentiende hablan  alemán.

Con todo lo dicho, ¿vale la pena ir a ver La ladrona de libros? Mi respuesta es sí, y en formato grande de pantalla. Porque la película es una borrachera de bellas imágenes; la realización, aunque algo pasada de metraje y falta de ritmo, es formalmente brillante, y la feminidad y matices de la expresiva adolescente Sophie Nelisse orquestada por Rush y Watson justifican dicho visionado. Cabe preguntarse en cualquier caso si este tipo de películas estereotipadas y reiterativas favorecen la causa judía o la deterioran  y consiguen rescatar el tema del creciente tópico cine de nazis. Y es que la auténtica creación artística pasa siempre por la virtud de la contención y el poder de  sugerencia.

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2 Responses to “La ladrona de libros”

  1. Querido Pedro,
    El común de los mortales que no alcanzamos la gracia que toca a los poetas, nos tenemos que contentar con la cursilería de los sentimientos humanos y la emoción de la música que los envuelve.
    Se te ha olvidado citar al maestro John Williams que con sus partituras pone la guinda perfecta en las emociones de la película.
    Cuando una película le gusta a muchas personas (tuvimos que hacer cola desde media hora antes para comprar entradas) la crítica de los expertos languidece en sus páginas, mientras el fervor del boca a boca le hace justicia en directo.

  2. Es costumbre humana saltar de un plano a otro de la realidad para conseguir una cantidad suficiente de argumento que sustente lo que nos dictan las tripas.

    La crítica de Pedro es la suya, no dice ¡ay! del que le guste, por el contrario afirma que vale la pena ir y dice el porqué.

    En el artículo se pone de relieve que podía haber sido más inteligente el diálogo con el espectador, que está forzada emocionalmente y que respecto a los graves asuntos, nazismo o causa judía, la película no propone.

    Todo esto no quita para disfrutar poco, mucho o muchísimo.

    Quien sabe más, enseña. Quien aprende es sabio.

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