Azkuna, Dios y Unamuno


Reproduzco aquí por su interés el siguiente artículo de Pedro Ontoso sobre la evolución espiritual del recientemnete fallecido Iñaki Azkuna, aparecido en el El Correo.com

arca de noé

Azkuna, Dios y Unamuno

La personalidad del alcalde se nutría de una religiosidad profunda, expresada de forma populista, una ética civil y un arraigado espíritu liberal
02.04.14 – 00:47


Azkuna, Dios y Unamuno

Azkuna, en su despacho junto a un busto de Unamuno, en 2009./ Fernando Gómez

La ciudadanía ha seguido la enfermedad y la agonía de Iñaki Azkuna casi en directo. Y es cierto que la ha afrontado con dignidad y con gran lucidez. Y eso también le ha humanizado. En la última etapa de su vida, entre los rasgos que se han destacado, algunos han incluido su religiosidad. ¿Se trata de un sentimiento que ha renacido ante la proximidad de la muerte? El obispo de Bilbao, Mario Iceta, ha recordado las palabras que le dijo el alcalde cuando se despidió de él en su domicilio. «Señalando una fotografía de un hermoso Cristo crucificado que tenía ante su cama, me dijo: ‘El salió a buscarme, me encontró y me llamó. Y desde entonces, ni El me ha dejado a mí, ni yo a El’». El Cristo era una foto tamaño postal de parte del torso y el rostro de una imagen (una escultura), que bien podría ser de una cofradía penitencial. También tenía cerca una imagen de la virgen de Begoña y otra de san Ignacio de Loyola.

El encuentro de Iceta con Azkuna recuerda otros episodios en los que grandes personajes, salvando las distancias y con distintos matices, se han abrazado a Dios en el atardecer de su vida. Es el caso de Manuel Azaña, presidente de la II República, que en su exilio francés se reconcilió con la Iglesia de la mano del obispo de Montauban, monseñor Pierre-Marie Théas. O de Dolores Ibarruri ‘Pasionaria’. El jesuita Pedro Miguel Lamet reveló que la presidenta del PCE recibió la comunión de manos del padre Llanos, uno de los fundadores de Comisiones Obreras, que ejerció su sacerdocio entre las chabolas del pozo del Tío Raimundo, en la periferia de Madrid. El escritor publicó el libro ‘Azul y rojo (biografia del jesuita que militó en las dos Españas y eligió el suburbio’). Siempre ha habido lecturas interesadas de supuestas conversiones, pero Lamet es una garantía de rigor histórico y periodístico.

Pero, sobre todo, a quien más me ha recordado ha sido a Tierno Galván, primer alcalde de la democracia al frente de Madrid. Ilustrado y agnóstico, llegó a la alcaldía y se encontró con un crucifijo sobre la mesa de su despacho. Alguien intentó retirarlo, pero el ‘viejo profesor’ lo impidió al verlo como un símbolo del amor: «La contemplación de un hombre justo que murió por los demás no molesta a nadie. Déjenlo donde está». Luego repetiría aquello de que ‘Dios no olvida nunca a un buen marxista’. Se dijo que murió abrazando la fe. Falleció en la clínica Ruber «ajustando sus cuentas con su propia conciencia», asegura Juan Barranco, entonces ‘número dos’ en el Ayuntamiento de Madrid. La periodista Pilar Urbano se presentó en la puerta de la habitación con un sacerdote, pero no les franqueó la entrada, recuerda en una conversación con EL CORREO.

El dirigente socialista, que cultivó una relación de amistad y afecto con Tierno Galván, destaca su capacidad para hacer compatible su vocación intelectual con la gestión política. «Son personas que pasan a la Historia como grandes alcaldes, pero que no solo quedan en la memoria de los ciudadanos, sino también en su corazón». En efecto, Tierno Galván fue un gran político, pero, sobre todo, fue un político honrado que no solo se ganó a sus rivales, sino también a una gran mayoría del pueblo de Madrid. Una multitud impresionante salió a las calles para despedirle en su funeral, religioso y laico, en san Francisco el Grande, y en las calles de la capital. Pilar Miró, otra agnóstica reconocida, lo programó al detalle. Fue un entierro de película, diseñado por la cineasta, directora de ‘Gary Cooper que estás en los cielos’. De la carroza fúnebre tiraban los caballos de aquella película. «Solo él era lo suficientemente íntegro para salvarme cuando me sentía en peligro», confesó la realizadora. El héroe de Hollywood. Cuando murió, en 1961, muchos sintieron que se cerraba el símbolo de una época. Como con la muerte de Tierno Galván o, ahora, con la de Iñaki Azkuna.

Azkuna, Dios y Unamuno

Foto: Azkuna baila un aurresku en honor de la Virgen de Begoña. /Bernardo Corral

Pero Azkuna, que lo dejó todo preparado para evitar un funeral de masas, no ha podido esquivar el cariño póstumo de sus ciudadanos. Con ocasión de la muerte de Adolfo Suárez, el filósofo José Antonio Marina escribía que el expresidente de la Transición ha aparecido «como una figura clara en un momento de tibiezas políticas». Y lo explicaba como «la creación de un imaginario social desengañado que necesita admirar a un político». Porque hay acontecimientos políticos que tienen una infraestructura emocional. Azkuna, moderno e ilustrado como un ‘Caballerito de Azcoitia’, no fue un político ‘de aparato’ y sí fue un ejemplo de ética civil. Era su lugar, su puesto. Se mantenía en la ética civil como corresponde, con mensajes y valores muy transversales. Una ética de convivencia tolerante e integradora de todos los bilbaínos. Una política laica. Aunque en su fuero interno latía lo religioso. La religiosidad civil también sale a flote en momentos de la muerte de personajes especiales y con enorme peso carismático.

Azkuna no ha sido plano desde el punto de vista religioso. Bebía en un tipo de tradición católica costumbrista. Lo visualizaba en sus visitas e invocaciones a la Amatxu en la basílica de Begoña. Hasta en eso era populista. Carles Salazar, antropólogo cultural y de las religiones, recupera en su último libro el significado de la religión: «crear comunidad para ayudar al individuo a superar los desafíos de la vida y el entorno». El investigador sostiene que hay ritos religiosos que son más sociales, que tienen mucha carga social. Eso lo sabía Azkuna, capaz de establecer códigos comunes que conectan con la gente. Pero venía de un catolicismo democristiano, como el del lehendakari Aguirre, que fue un cristiano confeso y militante. Fue una marca del PNV viejo. Urkullu ha heredado esa doctrina y la ha actualizado a la luz de los nuevos tiempos.

Pero, además, Azkuna se quedaba con lo esencial. Su reflexión sobre el Cristo da fe de ello. Lo había repetido en muchos foros. Le dio importancia al Cristo crucificado. «Me parece impresionante. Lo del Vaticano y la jerarquía son mandangas», declaró en un momento. ‘Impresionante’. A Azkuna le gustaba mucho poner adjetivos. ‘Mandangas’, otra expresión muy suya. Centrarse en lo esencial, profundizar en lo más bello, en lo más auténtico. En esto también me recuerda a Fernando de los Ríos, ministro de Justicia en el Gobierno provisional de la II República. El intelectual de Ronda se consideraba cristiano «erasmista» y era contrario a las estructuras eclesiales, pero fue un gran humanista que predicó la tolerancia y que se emocionó con la mística de Miguel de Unamuno, otro gran referente de Iñaki Azkuna.

En efecto, el renacer religioso de Azkuna se fue afianzando a lo largo de muchos años a través de un proceso espiritual e intelectual, que tenía que ver con el sentido de la vida, algo muy unamuniano. En su juventud no exteriorizó una preocupación importante por la religión, cuando no necesitaba ocultarla pues había una oposición católica al régimen franquista. Lo corrobora a EL_CORREO Iñaki Fortea, catedrático de Historia Moderna, que conoció a Azkuna en Salamanca y en París. Al historiador, que frecuentó el ‘piso de los vascos’ y la Casa de Cuba y cruzó el telón de acero en un viaje inolvidable con Azkuna entre París, Praga y Berlín, le quedó grabada «su cercanía y campechanía, era un hombre de bien».

¿Su sentimiento religioso se agudizó ante la cercanía de la muerte? Seguramente su larga enfermedad acentuó su religiosidad. En esos momentos se es consciente de los límites de la vida y toca hacerse otro tipo de preguntas. Quienes han hablado de ello con Azkuna creen que no era una religiosidad meramente intelectual ni mucho menos deísta, sino afincada en una experiencia ligada al Dios cristiano, al Cristo de los evangelios, a la Virgen –su devoción concreta era la de Begoña– y a la Iglesia católica, de la que se sentía hijo y miembro, a pesar de sus diferencias con algunos modos de entenderla. En cualquier caso, no era una religiosidad beatorra, sino centrada en lo esencial.

Azkuna, Dios y Unamuno

FOTO: Flores en la escalinata del Ayuntamiento. Al fondo, la escultura de Oteiza./ Maite Bartolomé

Azkuna estudió en Salamanca –Tierno Galván creó allí el embrión de su partido¬– y allí captó la relevancia del escritor bilbaíno, del que ha aprendido mucho, según ha reconocido en distintas ocasiones, la última con motivo del 75 aniversario de su fallecimiento. «Yo pertenezco a una generación en que ni se podía leer a Unamuno ni a Camus. Tampoco a don Pío Baroja. Razón suficiente para leerlos profusamente», declaró en 2011 el alcalde, que se sentía muy a gusto rodeado de escritores. Unamuno se fue alejando de la práctica religiosa, si bien siempre estuvo latente esa inquietud en su persona. Luego tuvo un reencuentro, una conversión propia, por lo que funcionó de una forma muy heterodoxa. Pero, sobre todo, Unamuno fue el mayor exponente del liberalismo bilbaíno, un intelectual que ejerció la crítica según su conciencia y que no se calló «ante nada ni ante nadie», como valoró el regidor jeltzale. Raúl Morodo decía que Tierno Galván daba «regañinas de abad liberal».

El alcalde fue Azkuna en estado puro hasta el final. Y su despedida también concitó mayoría absoluta. Todas estas reflexiones le vienen a uno de manera atropellada contemplando las escalinatas del Ayuntamiento tapizadas de flores, un altar laico en memoria de alguien que ha dejado un gran hueco. Ninguna otra metáfora mejor, a pocos metros de la escultura ‘Variante ovoide’, un análisis del vacío, de Jorge Oteiza. Un artista que, como bien ha interpretado Javier Viar, creó espacios singulares «como demarcaciones religiosas, lugares conclusivos para la experiencia estético religiosa del hombre».

One Response to “Azkuna, Dios y Unamuno”

  1. Buenas noches : Con todo el mayor respeto del mundo. Hay algo que no me cuadra, no me cuadra una reconciliación con la Iglesia (me imagino que católica) con una “reconciliación con D-s”. Atentamente.

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