Pablo: ¿se cayó del caballo o se volvió loco?

El cuadro de Murillo representa la caída del caballo de Pablo camino de Damasco. Lo que le haría pasar de perseguidor de los cristianos a su mayor apóstol entre los gentiles.

 

Pablo de Tarso, el personaje más polémico y documentado del Nuevo Testamento, fue tan conflictivo en vida como a través de la Historia, suscitando una intensa controversia hasta nuestros días: desde la herejía del dualista de Marción en el siglo II, a recientes estudios que pretenden demostrar que Pablo no dejó de ser judío y nunca fue cristiano, pasando por la teoría de la justificación por la fe de Lutero en el siglo XV, que dio origen a la Reforma, y la rocambolesca tesis de que fue el culpable remoto del exterminio nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Toda la cultura del hombre de la calle suele reducirse a que es “aquel que se cayó del caballo para convertirse de perseguidor de los cristianos en su mayor apóstol entre los gentiles”, junto a la enigmática impresión que dejan algunas de sus cartas. Se diría que Pablo resulta demasiado “subido” y teológico para un lector medio, o que produce la impresión de radical, orgulloso, antifeminista y hasta antipático y regañón para el que no profundiza en su personalidad. Dado el estado actual de las investigaciones, ¿qué hay de realidad y de mito en el perfil humano y religioso de este personaje considerado como el verdadero fundador en la práctica del cristianismo?

“Circuncidado a los ocho días de nacer, israelita de nación, de la tribu de Benjamín, hebreo de pura cepa y, por lo que toca a la ley, fariseo” (Flp 3, 5). “Yo soy judío, natural de Tarso, ciudad de Cilicia que tiene su fama” (Hech 21, 39), escribe. Nacer en Tarso, (sobre el año 5 dC.) de padre judío, posiblemente tejedor, del que aprendería el oficio, era ver la luz en medio de una encrucijada de caminos y crisol de culturas. Saulo, nombre judío que viene de Saúl, vive en casa la fidelidad a la ley mosaica, pues sus padres al parecer se establecen en Tarso como consecuencia de la diáspora judía. Pero en la calle y la escuela respira ambiente helénico y romano. Con sus compañeros asiste a los juegos del estadio, estudia a los filósofos y poetas griegos y contempla el paso de procesiones en honor de los dioses Baal o Sandán.

Más tarde va a usar su otro nombre latino -en Roma se utilizaban tres-, Paulus, como ciudadano romano, privilegio de Tarso. Cives romanus sum argüirá ante los tribunales y llegará a apelar al mismo César, en concreto Nerón, para salvarse de la persecución judía. Pablo es lo que hoy diríamos un “ciudadano global”, perteneciente a las tres culturas más importantes de su época, con una formación y cosmovisión que ampliará en sus viajes “hasta los confines de la tierra”, es decir, Hispania (año 66).

Muy joven se fue a estudiar a Jerusalén con Gamaliel, prestigiado maestro de la moderada escuela de Hillel. Llega a saberse la Biblia de memoria y llevarla siempre en el morral junto a sus herramientas de tejedor. Asiste pasivo al martirio de Esteban y recibe el encargo de perseguir a los seguidores de Jesús. La escena del resplandor que le derriba del caballo camino de Damasco, tan explotada por la pintura, es una interpretación simbólica, pues los Hechos solo hablan de un resplandor que le hace “caer por tierra”. La verdadera caída de Saulo es que da un cambio radical en su vida y de perseguidor se transforma en apasionado seguidor del crucificado hasta decir “Mi vida es Cristo y morir ganancia”.

¿Qué le sucedió? Renán dice que se volvió loco. Un loco demasiado lúcido para trazar el plan más inteligente de marketing espiritual de la Historia del cristianismo. Lo que por todas las trazas experimentó fue lo que los orientales llaman una iluminación y los occidentales “ilustración” que equivale a ver claro. Por ejemplo, que Jesús le empujaba a predicarle no solo a los judíos sino a todo el mundo conocido de entonces. Pablo va a transformarse así en un hombre libre, lo que hoy llamaríamos un outsider instruido directamente por el Mesías. Se va solo a Arabia a reflexionar y predicar sin mucho éxito entre los nabateos, y 13 años después regresa a Damasco y contacta en Jerusalén con tres discípulos testigos de Jesús de Nazaret, durante solo 15 días: Pedro, Juan y Santiago, el hermano de Jesús. Éste, convertido tras la muerte del Maestro, será el más apegado a la letra de la Ley Mosaica y el más frontal opositor de Pablo, hasta llega a mandarle espías. Por su parte, Cefas (Pedro) evolucionará de entusiasta del de Tarso a desconfiar de él en torno a algunas prescripciones de la Torá.

Los colosales viajes de Pablo que incluyen cárceles, persecuciones, apaleamientos, naufragios y mil penalidades le conducen primero a predicar en las sinagogas. Luego, a través de una red de casas particulares o iglesias domésticas, con ayuda sobre todo de mujeres, donde celebra el ágape y la eucaristía. En un contexto de corrupción del Imperio, lascivia, egoísmo y esclavitud y aquejado de un vacío existencial y religioso por la multiplicidad de dioses, Pablo vende una doctrina en el fondo simple y liberadora: La salvación viene de la fe en el Mesías resucitado, y se traduce en amor e igualdad entre los hombres con un solo rito tan simple como una comida. Esto le lleva tanto al éxito como al rechazo hasta morir decapitado en Roma (año 67).

Su palabra se difunde a través de correos que llevan copias de sus cartas. Los especialistas distinguen entre las siete auténticas, y las seudoepigráficas o deuteropaulinas, al parecer redactadas por una escuela posterior, eso sí fiel a Pablo, que habría reunido y sintetizado diversos textos suyos.

De un carácter entre complejo y fascinante, fuerte y débil al mismo tiempo, era un feo guapo, físicamente insignificante, pero provisto de potente magnetismo espiritual. Detrás del ilustrado y orgulloso fariseo que nunca dejaría de ser, alumbra un hombre tierno, amigo de sus amigos, consciente de sus debilidades -el famoso aguijón que aún hoy sigue siendo un enigma- y sobre todo un enamorado de Jesucristo, que le transportó en vida al “tercer cielo”. Tal pasión mística le empujaba hacia adelante con tanta libertad, fidelidad y oposición a las instituciones de su época, que lo hacen tan actual como perenne objeto de estudios y controversias. Libre y místico, rompedor y fiel, consigue que la Buena Noticia atraviese las lindes de Israel y cale en el ancho mundo secular. Su peripecia vital es ya en sí misma toda una novela. —

Escritor, periodista y jesuita, Lamet es autor de El esplendor de Damasco (La Esfera de los Libros)

Publicado en EL MUNDO (5-IV-2015)

One Response to “Pablo: ¿se cayó del caballo o se volvió loco?”

  1. La representación de la caída del caballo de Pablo es evidentemente una representación simbólica tardía, ya que en el Nuevo Testamento no la recoge. El caballo vendría a ser la cábala judía. Su caída es la ruptura de Pablo con el judaísmo, por otra parte, cábala parece venir del hebreo qabbalah que significa «recibir». Pablo recibe esa iluminación con la que enciende su intelecto. Pasa del esoterismo judaico al exoterismo crstiano.
    Lo que no cabe duda es que Pablo sentó las bases del cristianismo como lo conocemos hoy en día. Sin sus viajes sin su altercado con Pedro y sin su convencimiento como elegido el cristianismo no hubiera pasado de una mera secta más del judaísmo.

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