Al mar en bicicleta

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De izda a decha, mi padre, yo con aparato ortopedico, mi hermano Miguel Ángel, mi madre y mi hermana Ana.

Algunos me han pedido que relate algo de mi vocación. Reproduzco aquí un artículo publicado recientemente en la revista Jesuitas:

Mi hermano Miguel Ángel fue corriendo lleno de ilusión a contárselo a mi madre: “¡Pedrito ya puede montar en bicicleta!”. Era una gran noticia, pues a los cinco años los médicos me habían diagnosticado “tuberculosis ósea”, una palabra tabú en los años cuarenta. Mis padres lo ocultaron bajo el eufemismo de “coxalgia”. Cada semana me extraían pus de la cadera, y estuve un año escayolado, horizontalmente inmóvil en un carrito, y más tarde con diversos aparatos ortopédicos con los que llegué a ir  incluso al colegio.

Cádiz, donde nací, es sinónimo de mar. Y el mar y la bicicleta han sido mis sacramentos del encuentro con Dios. La inmovilidad y el dolor hicieron el resto. De niño escapé de este mundo con la lectura: tebeos, libros y muchas biografías de santos, que fecundaron mi capacidad de ensueño.   Aquel niño cojo, pálido y solitario, que no podía jugar, empezó en su adolescencia a saborear la infinitud del mar sobre la bici, a piñón suelto, y al Dios eucarístico en las misas mañaneras de la Patrona. Sentía que el Mar me llamaba, que estaba hecho para un horizonte más allá de todo lo soñado. Percibía, mezclada con la melancolía de mi soledad, la presencia del infinito:

“A veces, cuando vuelves, /de nuevo soy aquel / que en bicicleta / renacía del mar / el aire y el silencio, mi Dios de cerca.”

La mística y la belleza natural y artística serán dos polos constantes, junto al desafío de conseguir percibirlos unidos, durante toda mi vida. Ya en Madrid, estudiando con los hermanos de la Salle, hice ejercicios con Joaquín Múzquiz, SJ, a quien confesé mi vocación sin opción concreta. Me dijo que mirara en el Espasa las características de las diversas órdenes. Yo me incliné por la que me pudiera potenciar al máximo como persona, la Compañía de Jesús. Y acerté.

Desde entonces  mi segunda vocación ha sido la búsqueda de unidad. Ello explica que no pueda concebir a Dios sólo como el  totalmente trascendente. Me siento parte de Dios; eso sí, ínfima, pálida, las más de las veces conscientemente desconectada. No entiendo ese Dios antropomórfico, “maestro de escuela”, que desde fuera reparte premios o castigos. El gran defensor de esta línea fue el jesuita Pierre Teilhard de Chardin, que buscó esta unidad sintiéndose al mismo tiempo “hijo del cielo” e “hijo de la tierra. Para mi todas las cosas son pequeños ídolos que amo, sí, pero que, después de admirarlos, he de relativizar cada día para no absolutizarlos e ir al Dios más grande que está en todo y que al mismo tiempo supera los límites de todo. Lo define admirablemente mi amigo el poeta Juan Bautista Bertrán, SJ :

“A veces por las venas de las cosas / sube una luz azul cual de presencia”.

Llegué a la madurez con la conciencia de que mi aportación a la pastoral de la Compañía y de la Iglesia nacía de no haber perdido una sensibilidad que me permitía al mismo tiempo conservar un pie en el mundo, la vida, la cultura, y otro en mi vocación, lo que hacía de mi un hombre puente, un mediador. De ahí surgiría también mi lucha por la libertad de expresión dentro de la Iglesia.

Aquel niño al margen de la vida me hizo ver el mundo como desde un balcón.

La muerte es desde mi infancia algo cotidiano, como lo es la vivencia heraclitiana del paso del tiempo:

“Estoy ya muerto a medias./ A medias vivo incierto, /y hasta las cosas leves / de mi cuarto en silencio / van copiando en la noche / en que despierte al ver un horizonte eterno”.

Mi fe en Dios es hija de mi intuición poética sublimada por la gracia. Mi fe en Jesucristo es fruto de la contemplación de los misterios del Evangelio y del encuentro con Jesús en la vida diaria, sobre todo en los más débiles, donde Él resplandece muy especialmente. No hay una imagen, una  foto del Padre igualable a la que Jesús nos presenta.

Quizás por eso pido cada día:

“Hazme a diario un pobre sorprendido / de cada hoja, de cada mano abierta, / tendida a la penumbra de mí mismo. / Viviré así este miedo más alegre, /con un verbo, no más, entre mis labios: / Saberte junto a mí, Jesús… saberte”.

 

 

One Response to “Al mar en bicicleta”

  1. Cuando la poseía nace del dolor y la mística duele. Cuando el dolor se supera con medios y cariño… Uno queda libremente obligado a ser como ese río que a fuerza de agua dar…. ENCUENTRA al Dios de la Llenumbre- Encuentra el MAR Mercedes

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