“Las inocentes”: el encuentro entre la fe y la vida

Un canto, entre la fe y la razón, a la mujer creadora de vida.

De pronto entre cientos de películas convencionales uno se encuentra con una perla escondida, de ese cine que ya casi no se hace y que, por otra parte, resulta incomprendido no solo para el espectador del montón, sino para no pocos críticos actuales insensibles al cine poético y contemplativo. Tal es el caso de Las inocentes, cuyo primer título era “Agnus Dei”, y que se basa en hechos reales, el brutal asesinato y violación masiva perpetrados por el Ejército Rojo contra unas monjas polacas en 1945, cuando los alemanes ya habían abandonado el país. La doctora Madelaine Pauliac, que conoció en primera persona la masacre da cuenta exacta de lo que ocurrió en aquel monasterio: “Había 25. 15 fueron violadas y asesinadas por los rusos. El resto fueron violadas desde 35 veces hasta 50”.

Esta es la historia que movió a la realizadora franco-luxemburguesa Anne Fotaine (Nouvelle chance, La Fille de Monaco, Coco avant Chanel, Adore) a realizar un filme que da a conocer al mundo el terrible episodio con un estilo intimista, sobrio y revestido de una extraordinaria delicadeza. Para ello no sólo se documentó en las memorias de la doctora, sino que ha contado con la colaboración de Philppe Maynial, el sobrino de Pauliac, ocultando por supuesto los nombres reales de las mujeres violadas. Es más, la directora ha querido experimentar por sí misma la vida monástica en dos abadías benedictinas.

En medio de la nieve, una joven religiosa polaca se escapa de su monasterio, situado en un helador descampado a las afueras de Varsovia, para dirigirse a un puesto francés de socorro de la Cruz Roja, con el fin de recabar ayuda. Consigue hablar con una doctora, la joven Mathilde, que en un primer momento se niega a acudir al convento por la sobrecarga de trabajo que tienen en el hospital y porque los médicos solo están autorizados a socorrer a los militares franceses. Sin embargo, al contemplar por la ventana a la benedictina orando de rodillas en medio de la nieve, se decide a acompañarla. Tiene que asistir al parto de una de las religiosas con dificultades, porque la comunidad está empeñada en ocultar el desastre, no solo para evitar la vergüenza y el escándalo – sobre todo desde la mentalidad de un catolicismo de los años cuarenta-, sino por miedo a que cierren el monasterio. Poco a poco Mathilde descubre que hay ocho embarazadas más y, en secreto, mediante escapadas nocturnas en un vehículo militar, se decide a asistir a todos los partos, jugándose su carrera y afrontando ella misma en una ocasión el riesgo de violación de una patrulla soviética.

Mathilde, perteneciente a una familia comunista, es una joven increyente, liberada y moderna, que establece una relación sexual descomprometida con Samuel, un médico bastante grotesco en el duro ambiente de después de la II Guerra Mundial. De esta manera se confrontan dos mundos, el de la fe y el del racionalismo práctico, la libertad sexual y el voto de castidad de mujeres consagradas y además violadas.

El logro de Anne Fontaine es la contención estética y emocional, orquestada por la frialdad climática de paisajes nevados y sobre todo por una sinfonía de primeros planos psicológicos, encuadres pictóricos, en medio de las tareas cotidianas del monasterio, que van del canto de las horas canónicas a las simples tareas domésticas de hacer la comida, cortar leña o acarrear agua. Una vez más, como tantas veces en el cine, por ejemplo en Diálogos de carmelitas, los claroscuros del claustro proporcionan un derroche de encuadres llenos de evocación y misterio. Extraordinario el trabajo de Caroline Champetier en una fotografía de tonos grises y fríos. Solo una sensibilidad femenina podía lograr este recorrido por los estados de ánimo de las monjas afectadas, que se debaten entre su fe, la observancia de las reglas y el despertar de sus cuerpos ante la inesperada irrupción de la vida. De las lágrimas a la alegría de arropar y amamantar a recién nacidos, de las horas de contemplación al dolor-amor de ver florecer su carne, de la tragedia al descubrimiento de la maternidad.

El film es un prodigio de respeto a la dimensión religiosa y al mismo tiempo de canto a la vida y sobre todo a la mujer maltratada y violada brutalmente. Aunque el protagonismo se lo lleva Lou de Laâge en una formidable interpretación, cargada de matices, en su versión de la doctora neutral y escéptica, aunque llena de ternura, el papel de las monjas viene a ser como el de un personaje colectivo, donde se muestran todas las reacciones humanas posibles: la superiora inflexible, la joven mística, la que sueña con reincorporarse a la vida laical. Lejos, por tanto, de un moralismo a ultranza como del anticlericalismo prestablecido, que aqueja a tantas películas, Las inocentes se distingue por una mezcla de serena mirada objetiva como de empatía con los misterios del alma humana en todos sus matices, que vienen subrayados por la situación trágica de la guerra y el ambiente cerrado y conventual, que se convierte en un matraz de contrastes y sentimientos, que emana de una elegante planificación y un ritmo contemplativo que nunca decae.

La película no se decanta ni por la fe ni la increencia. Una de las religiosas, la más experimentada María, con la que más congenia Mathilde, llega a decir: “La fe son 24 horas de duda y un minuto de esperanza”. Pero, sobre todo, se trata de una inmersión profunda en el alma femenina, un canto a la mujer y una ética por encima de creencias e ideologías, contra el machismo brutal y simplificador, contra la guerra que aniquila. Hay un valor que sobrenada todo, y es el amor a la vida que derrumba barreras, que une, perdona y se impone en el film como espiritualidad y servicio al ser humano frente a toda convención o norma. La letra mata, como aparece en la actitud ortodoxa a ultranza de la madre abadesa, y el espíritu da vida. Vida contemplativa y vida carnalmente nacida se unen en el eslabón que perpetúa y mantiene vivo el mundo, la mujer. En este sentido Las inocentes, proyectada en Sudance, candidata francesa al Oscar, premio de la Fipresci en Valladolid y mejor película del Festival de Jerusalén, resulta, en medio de una sociedad dominada por la violencia de género, enormemente actual. Es además una película contracorriente y para buenos degustadores, entre las mejores que ha dado el año.

  • Titulo Original: Les innocentes (Agnus Dei)
  • Producción: Mandarin Films, Mars Films (Francia), Aeroplan Films (Francia -Polonia, 2016)
  • Dirección: Anne Fontaine
  • Guión: Sabrina B. Karine, Pascal Bonitzer, Anne Fontaine, Alice Vial
  • Fotografía: Caroline Champetier
  • Música: Chris Hajian
  • Montaje: Grégoire Hetzel
  • Distribuidora: Caramel Films
  • Estreno: 23 Diciembre 2016
  • Duración: 115 min.
  • Intérpretes: Lou de Laâge (Mathilde Beaulieu) Agata Buzek (María), Agata Kulesza (Madre abadesa), Vincent Macaigne (Samuel), Joanna Kulig (Irena) , Eliza Rycembel (Teresa), Katarzyna Dabrowska (Anna), Helena Sujecka (Ludwika).

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