Hasta que el “móvil” nos separe

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La misteriosa relación entre el amor y la muerte constituye una constante perenne en la historia de la literatura y de todas las artes. La tópica frase “te amaré siempre” mueve a los amantes a desear romper las lindes del espacio y el tiempo. Quizás porque la experiencia de infinito de la vivencia amorosa pide eternidad. Aunque el “hasta que la muerte nos separe”, y hoy día con demasiada frecuencia otros condicionamientos, se imponga a la postre con su realismo. De todas formas, ¿puede el amor superar a la muerte? Sin duda a través del recuerdo y una cierta forma espiritual de presencia puede pervivir en algunos casos por superación del superviviente. Pero, ¿podría prolongarse incluso a través de alguna presencia física?

Tal es el reto que se plantea el lírico italiano Giuseppe Tornatore en este nuevo film romántico que ofrece una audaz propuesta. El autor de Cinema paradisso nos presenta una historia de amor extramatrimonial de un científico astrofísico, Ed Phoerum, que dobla en edad a su amante, Amy Ryan, (más…)

TRES REVISTAS VIVAS DE MI VIDA

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Tres revistas a las que he estado muy vinculado en mi vida profesional están cumpliendo estos meses sus felices aniversarios. 21RS, VIDA NUEVA y MENSAJERO. De mi vinculación con 21RS y de esta efemérides doy cuenta en esta misma web con mi artículo LA INSÓLITA AVENTURA DE 21RS. Sobre el número 3000 de mi querida VIDA NUEVA, de la que fui redactor, redactor-jefe y director en tiempos cruciales para la vida de la Iglesia, he publicado, a petición de su actual director, un breve artículo en dicho número 3000, que reproduzco a continuación. Y sobre los 150 años de MENSAJERO, también añado aquí unos párrafos que ilustrarán mi “Foto con alma” del próximo número de esta también muy querida revista. ¡Felicidades a estas tres revistas que han mantenido, no sin dificultades,viva la Vida!

VIDA NUEVA: TRES MIL MILLAS DE UN VELERO FELIZ

Tendría no más de veinticinco años cuando publiqué mi primer artículo en VIDA NUEVA. Estudiaba entonces filosofía en Alcalá de Henares y la dirigía, en su primera etapa aún familiar, José María Pérez Lozano, un periodista de raza,  padre de familia y cinéfilo con gafas a lo Harold Lloid. Mi reportaje indagaba sobre qué sentían los soldados paracaidistas al saltar del avión. El segundo fue no menos significativo: una encuesta entre gente de la calle sobre qué esperaban del incipiente Concilio Vaticano II.

Ignoraba entonces que mi vida iba a estar ligada durante dos dácadas (más…)

El tú de la ausencia

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UN TÚ OCULTO EN LA AUSENCIA

La tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla.
Y el aliento de Dios se cernía sobre  la faz de las aguas.(Gn 1,2)

 

 

Era el mundo un bostezo desahuciado

y el  miedo permanente de la ausencia,

el envés asustado de la esencia,

que busca ser y anhela lo creado.

 

Era el hueco que nunca fuera amado

en la noche sin luna ni presencia,

el vacío del beso, y la querencia

de ese abrazo que nunca habíase dado.

 

Era mi ser perdido en la penumbra,

la tarde sin amor ni despedida,

la mesa sin brasero, la ternura

 

que pide el yo de pan y risa hambriento.

Era el Tú que  se oculta en la espesura

y  brotará si estalla el  sentimiento.

Pedro Miguel Lamet

 

 

 

 

Al mar en bicicleta

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De izda a decha, mi padre, yo con aparato ortopedico, mi hermano Miguel Ángel, mi madre y mi hermana Ana.

Algunos me han pedido que relate algo de mi vocación. Reproduzco aquí un artículo publicado recientemente en la revista Jesuitas:

Mi hermano Miguel Ángel fue corriendo lleno de ilusión a contárselo a mi madre: “¡Pedrito ya puede montar en bicicleta!”. Era una gran noticia, pues a los cinco años los médicos me habían diagnosticado “tuberculosis ósea”, una palabra tabú en los años cuarenta. Mis padres lo ocultaron bajo el eufemismo de “coxalgia”. Cada semana me extraían pus de la cadera, y estuve un año escayolado, horizontalmente inmóvil en un carrito, y más tarde con diversos aparatos ortopédicos con los que llegué a ir  incluso al colegio.

Cádiz, donde nací, es sinónimo de mar. Y el mar y la bicicleta han sido mis sacramentos del encuentro con Dios. La inmovilidad y el dolor hicieron el resto. De niño escapé de este mundo con la lectura: tebeos, libros y muchas biografías de santos, que fecundaron mi capacidad de ensueño.   Aquel niño cojo, pálido y solitario, que no podía jugar, empezó en su adolescencia a saborear la infinitud del mar sobre la bici, a piñón suelto, y al Dios eucarístico en las misas mañaneras de la Patrona. Sentía que el Mar me llamaba, que estaba hecho para un horizonte más allá de todo lo soñado. Percibía, mezclada con la melancolía de mi soledad, la presencia del infinito:

“A veces, cuando vuelves, /de nuevo soy aquel / que en bicicleta / renacía del mar / el aire y el silencio, mi Dios de cerca.”

(más…)

Una denuncia humilde y vigorosa

El actor peruano Salvador del Solar, con más de treinta películas en su haber, se sitúa por primera vez detrás de la cámara para filmar Magallanes, una opera prima muy digna, que en momentos incluso llega a ser profunda e inspirada. El film, adaptación del relato La pasajera, de Alonso Cueto (basada a su vez en el libroMuerte en el Pentagonito, de Ricardo Ucedo, un reflejo de innumerables casos reales), arranca con el seguimiento de su protagonista, Harvey Magallanes, un personaje reconcentrado y tímido que hace carreras de taxista para ganarse la vida en la ciudad de Lima y lleva de paseo de vez en cuando al coronel Rivero, retirado y enfermo del alzhéimer. Una tensión contenida y un tiempo denso parece mediar entre ambos, pues compartieron batallón en Ayacucho, en los tiempos de la lucha antiterrorista contra Sendero Luminoso. Pronto conoceremos  el verdadero peso de grave culpabilidad que se cierne sobre ellos, cuando la joven Celina sube al taxi de Magallanes.

Ella no lo reconoce. Sin embargo, cuando solo era una niña de catorce años, fue esclava sexual del coronel y objeto de abusos de otros soldados. Magallanes sigue a Celina y descubre que, después de veinte años, está intentando establecerse en un local como peluquera, en medio de graves problemas económicos y la explotación de una despiadada usurera. El exsoldado inicia una extorsión al adinerado hijo del coronel, mediante amenazas de publicar una escandalosa foto que conserva de su padre con la niña, para  poder ayudarla con el botín en un intento de propia expiación.

Con envoltorio de thriller de baja intensidad, Magallanes, viene a ser una viva denuncia social con trasfondo político: el desamparo de las clases marginadas en América Latina y concretamente en Perú, un país emergente, ante la corrupción y el antojo de los poderosos. Rodada casi íntegramente con cámara en mano, tiene reminiscencias neorrealistas y del cine social europeo de los años cincuenta. Con el trasfondo de una Lima amarilla y desigual aparece un mundo de verdugos y víctimas. Pese a que Magallanes, encarnado por un Damián Alcázar excelente, que llena la pantalla con su enigmático misterio moral, se siente culpable, aunque en su día ayudó a Celina a escapar del cuartel, se produce una empatía con el espectador en su difícil intento de socorrer ahora a la muchacha. Pero el dinero no cura las profundas heridas del alma. (más…)

La moto y el mar

Playa de Altea

Playa de Altea

La moto y el mar: dos imágenes contrastadas, dos modos de entender la vida. La moto evoca ruido, velocidad, competición, lucha con el espacio y el tiempo. El mar es símbolo de quietud, detenerse, contemplar, sabor del inabarcable  infinito. ¿A cual pertenecemos?

Si a la moto, somos gente que corre, que brama, que goza con el riesgo y quiere apurar la vida hasta el extremo. Si al mar, tenderemos a detenernos, a escuchar el yo profundo, a meditar sobre nuestra identidad más misteriosa, hecha de horizontes y plenitud. El mar siempre estuvo allí desde los comienzos de la creación como trasunto de lo íntimo más íntimo de nuestro ser. La moto ha llegado hace nada, cambia de modelo, envejece rápido, se convierte en chatarra, es distintivo de nuestra fugacidad.

Ambas realidades, tecnología y naturaleza, forman parte de la vida del hombre, que inventa para comunicarse, gracias a su cerebro, y que transforma la realidad. Todo es bueno en sí mismo. Pero en la medida en que sepamos usar de ello.

¿Nuestra generación con qué se queda? La impresión primera es que hoy preferimos correr para drogarnos de nuestra verdad más profunda. Nos cuesta parar el motor, el móvil, las pantallas, la avalancha de mensajes instantáneos. Solo deteniéndonos al menos a ratos en silencio a contemplar recuperaremos el Ser, abrazaremos la chispa de Dios que en realidad somos: hechos de Mar y destinados al Mar.

Y la luz exitió

Amanecer

Cada mañana, al levantarnos, ¿somos conscientes del regalo de un nuevo amanecer? ¿Valoramos el pulso en nuestras venas, el milagro de los colores en la ventana, la sorpresa de ser parte de esa luz en la que existimos, de ser algo más que nada, de poder prolongar el gesto de Dios creador? Y sobre todo, ¿somos conscientes de que en cada momento disfutamos del “yo” en función de un “tú”, de que cada instante somos aurora de Dios?

 

 

LA PRIMERA AURORA

Dijo Dios: -Que exista la luz. Y la luz existió, Vio Dios
que la luz era buena; y separó Dios la luz de la tiniebla:
llamó Dios a luz día, y a la tiniebla noche.
(Gn 1,3-5)

 

Sin figura ni manos no aparece

el sueño de mirarse en el espejo,

ni en el caos emerge ese reflejo

donde la sombra ríe  si amanece.

 

Fuimos tiniebla a solas que perece

por no hallar en lo oscuro aquel cotejo

con que apreciar que somos el festejo

de un festín de color que vive y crece.

 

Y de pronto, ¡oh emoción!, nació la aurora

para alumbrar la turbia masa oscura

y al instante  la luz se hizo presente

 

centelleó en un día, noche y hora

y estalló en el tiempo la ternura

de un futuro de amor resplandeciente.

 

Pedro Miguel Lamet

 

Ven, Señor Jesús

Estos días ante la gran pantomima de los políticos españoles, el “pacto de la vergüenza” de la Unión Europea, los papeles de Panamá y mil noticias más que nos ponen los pelos de punta, me salió del alma este soneto-oración:

MARANATHA

Ven, Señor, Jesús.
(Ap. 22, 20)

Porque atardece y llevo en el camino
este peso de barro, esta andadura
de tiempo y finitud con que nos dura
lo que intuyo y no sé, lo que adivino

en medio de la niebla o el cansino
sentirme solo en esta noche oscura
con nostalgia de estrellas y la pura
ausencia de tu Ser, amor divino,
te busco en la mirada de mi hermano
te digo ven, te llamo desde el río,
el viento, el mar, la lluvia y el abrazo

o en el dolor, el miedo, el desvarío,
donde sé que me llevas de la mano.
¡Ven ya, Jesús, y tenme en tu regazo!

Pedro Miguel Lamet

La catedral del alma

catedral Sevilla

 

El ser humano se debate entre sus pequeños deseos, sus ídolos de barro –comer, gozar, poseer, dominar, almacenar- y su anhelo de saltar más allá, de ir más arriba, de abrazar al infinito. Intuye que está hecho para otra inmensidad, que a veces vislumbra en el mar, los umbrosos valles, las cimas de las montañas, el cielo estrellado. O mejor aún, descubre en una mirada de amor, la palabra de un niño, el verso de un poeta o la armonía del universo: desde la belleza de un cuerpo hasta la música, desde la perfección de un insecto al canto de una catarata.
Para hacer visible esa dimensión del alma, el hombre, entre otras muchas creaciones, ha construido templos humildes y altivas catedrales. Las hay románicas, que bucean en el interior, el silencio contemplativo. Y las góticas, que, como esta de Sevilla, emulan la trascendencia, ascender más allá de lo cotidiano, subir en arrebato de piedra y arte hacia Dios. Sus naves, estilizadas columnas, y bóvedas de encaje juegan con la luz para cantar nuestro destino: ser más, vibración del Universo, cielo en la tierra.
No llores pues por lo que te pierdes y disfruta a pleno pulmón de lo que ya eres.

Una sola flor

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Aunque este año sigue luchando con el frío la primavera nos va llegando. Es hora de darle la bienvenida con un soneto. Nunca olvidemos que la primavera empieza dentro.

A UNA SOLA FLOR
Si del color la frágil primavera
sobre el azul pintara una sonrisa
para igualar el beso de la brisa
y al instante enseguida se muriera;

si hiciera de la luz su prisionera
y cantara su esencia tan deprisa
como el jilguero hiere la imprecisa
pureza de la tarde en la ribera;

si el mismo Dios bajara para verme
y dejarme una huella de sí mismo
tan fugaz y tan bella como un verso,

no vendría en el trueno o en el abismo
ni en la doliente luna que en mi duerme,
sino en la flor que abraza al universo.

Pedro Miguel Lamet