De madrina e ahijado

Querido ahijado Marido:

El 18 de diciembre de hace tan solo un año, me llamaron tus padres para darme una buena noticia, ese día me enteré que vendrías a este mundo y desde ese mismo momento yo ya estaba ilusionada y quería a ese bebé, que en, tan solo, unos meses tendríamos en nuestros brazos. Llegó el ansiado día de tu nacimiento, ese largo 20 de julio, hasta que en la mañana del 21 decidiste venir a conocernos. Yo me sentía tan insignificante cuando te tenía en mis brazos, y tan feliz, a la vez, por tu llegada…
Después el 7 de octubre, noche en la que tus padres me comunicaron la feliz noticia que me hacia la persona más afortunada del mundo. Habían pensado en mí como una segunda madre para ti, porque era alguien especial para ellos. Hoy también me convierto en alguien especial para ti, por lo que llevo meses pensando qué podría regalarte el día de tu bautizo. Voy a ser tu madrina y quería que mi regalo lo recordaras siempre…

Deseo regalarte en este día tres cosas: amor, libertad y paciencia. El amor como pilar principal; la libertad entendida como entrega, no como libertinaje; y la paciencia como sinónimo de ternura. Así siempre estarías protegido ante la adversidad de la vida, de golpe y porrazo te habría enseñado a vivir. Pero estos valores no se regalan, se adquieren y se aprenden. La vida es como un juego y por supuesto todos los que te queremos y conocemos deseamos que tú, con la ayuda de Dios, ganes tu partida de la vida.

Lo primero que debes saber es que aquí no juegas solo, en esta partida te van a acompañar pilares fundamentales como lo son papá y mamá, ellos son las personas que más te quieren, incluso antes de verte nacer, ¡valóralos!; tienes la suerte de conocer a tus abuelos, serán las fichas más tiernas de la partida, te van a mimar, ¡mímalos!; también estamos tus tíos, seremos los segundos padres pero más comprensivos, los segundos abuelos pero más modernos y los segundos hermanos pero más sabios. Y en este caso, yo, como madrina, te ofreceré cariño, ayuda, consejo y siempre tendrás un regalo especial, todo esto te lo ofreceré con el amor de Dios.

Supongo que la primera vez que tú puedas leer esta carta tendrás unos seis años, yo te recordaré releerla a los diez, porque es importante que el día de tu comunión aprecies que las personas que te queremos seguimos caminando a tu lado, el amor hace la unión familiar. Empiezas a hacerte mayor y tus padres no lo querrán ver, ten mucha paciencia con ellos y no tengas prisa contigo mismo. La libertad debes cogerla de la mano del respeto, y esto no es nada fácil, por eso te pido que nos entiendas cada vez que te pongamos límites, porque los necesitarás. Espero que en tu mayoría de edad me tengas presente y vuelvas a leerme, porque empezarás tu vida adulta y la confirmación estará cerca. Papá y mamá verán día a día como creces, para ellos te pido que mezcles la paciencia y el amor, escucha sus consejos que nadie va a querer nada mejor para ti. Sé que en la adolescencia ya verás la libertad desde otra perspectiva y que podrás ser totalmente dueño de la tuya. Los años van a seguir pasando y siempre vas a seguir necesitando una mano amiga, la mía siempre la vas a tener, pero has de saber que una vida rica y llena de amor sólo se consigue caminando por el camino de Dios.

Amor, libertad y paciencia. Vivir como un buen cristiano y crecer en una familia católica, ese es el regalo que más te enriquecerá desde hoy y hasta siempre. Yo, siendo tu tía, ahora que voy a ser también tu madrina me siento mucho más, y por ello, en un día tan importante como tu bautizo te lo quiero comunicar; a partir de hoy, soy tus pies para enseñarte a caminar, tus manos para enseñarte a cuidar lo que cojas con ellas, tus ojos para que veas la vida con felicidad, tu corazón para que hagas todo con amor, tu hombro para que llores en tus días no tan buenos y tus sonrisas, para que nunca te falte ni una. Sé que, junto a tus padres, recibo el encargo de enseñarte a vivir como un cristiano, y si me ha quedado claro algo, al escribirte esta carta, es que el regalo no sólo te lo doy, sino que también lo recibo.

Hoy han puesto en mis manos el placer de poder iniciarte en la Iglesia y nada me podía hacer más feliz que presentarte como un nuevo cristiano ante los ojos de Dios. Mario, es mi obligación, a la par que mi ilusión, iniciarte en el seno de una familia católica y ayudarte en el camino, pero ten muy claro que no puedo decirte como vivir; yo no puedo vivir por ti. Tu vida es tuya y harás con ella aquello que tú quieras hacer. Simplemente tienes que hacerlo con amor. Desde el momento en que naciste, te estoy viendo y te veré crecer, tropezar y caer, confundirte, llorar y reír y en mis ojos siempre veras una mirada tierna, la mirada de una segunda madre, llena de comprensión y amor ante tus defectos.

Te quiero Mario, gracias por venir a alegrarnos los días.
Adela Méndez Durán.

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