“Más fuertes que la muerte”

“Saber vivir, saber morir”
Apuntes homiléticos en torno a la enfermedad y la muerte. Hoy cuando el tema salta a la palestra desde un hecho concreto transformado en noticia central de la sociedad, cuestionando la relación enfermedad, sufrimiento, vida y muerte. Jesús ante el dolor y la muerte, cuando nos abrimos a la celebración de la pasión, muerte y resurrección en la Pascua.

La tensión de la vida y de la muerte

La vida es tensión, venimos a la existencia en una apertura inusitada, no sabemos lo que nos tocará vivir, pero con la certeza de que hemos de morir. En los últimos días vivimos todos la noticia de alguien que ha sido cómplice en el suicidio de una mujer ya agotada de vivir, hace poco viví la celebración exequial de un joven que no aguantaba más la vida y acabó con ella, pero también la de Javier, que le diagnostican una muerte cercana y se decide a vivir su enfermedad y llegar vivo a su muerte. Pienso en mi acompañamiento a la asociación de padres que han visto morir a sus hijos: “por ellos”.

Decidir es nuestro ser

Nuestra vida, cada día, es un problema a resolver, nos llega para vivirla y entregarla, de ningún modo la podemos guardar. Nos vamos haciendo en las decisiones de cada día, ahí lo importante no es elegir mucho, sino elegir bien, saber en qué dirección elegimos. Somos nosotros los que determinamos el sentido de nuestro vivir, esa es la asignatura troncal de nuestra existencia: por qué y para qué vivimos. Ya nos decía el filósofo que quién tiene un por qué para vivir resiste cualquier cómo. Por eso sabemos que la grandeza y la libertad de lo humano no está en lo que nos toca vivir sino en cómo lo vivimos, el sentido y la actitud con la que nos situamos ante la realidad y lo que nos llega.

Principios de vida y muerte

En todo lo que hacemos se nos plantea una máxima determinante: encerrarnos en nosotros mismos o abrirnos y arriesgar. El evangelio lo expresa claramente cuando nos dice Cristo que el que quiera asegurar su vida la perderá, pero el que esté dispuesto a arriesgarla y entregarla la vivirá a fondo y la hará definitiva. Un misterio difícil de descifrar en nuestra cultura actual, la entrega viva y profunda a los demás, poner a los otros en el centro de nuestra existencia, facilitar la vida y amarla en los otros, será nuestro tesoro inmortal.

Etapas y procesos vitales

Todos hemos de pasar por la salud y la enfermedad, el éxito y el fracaso, la vida y la muerte. Es lo propio de lo humano y de la criatura, del ser mortal. Saber vivir todos estos momentos es el reto de cada persona. Cristo se enfrentó a esta dialéctica con claves muy sencillas: cada día tiene su afán, hemos de saber vivir el presente, porque nade posee el futuro; la riqueza de lo diario se gana en una vid profunda e interior, sólo en la profundidad ganaremos la confianza aun sintiendo el fracaso; cuando arriesgamos a favor del otro sanamos y nos sanamos, entonces merece la pena hasta perder la vida; no hay mayor sabiduría que poner a la persona en el centro de todo lo que somos y hacemos, en el otro hay un tesoro para mí, está la imagen del absoluto. Cuando vivimos así, nos asegura Jesús de Nazaret, nadie nos podrá quitar la vida, aunque nos mate por ser como somos, seremos nosotros los que la entreguemos libremente. Nada hay mayor que vivir y morir rompiendo el sufrimiento inocente y aliviando fecundamente todo el dolor humano.

Cristianos ante la enfermedad y la muerte

Nos sentimos llamados e invitados a vivir sanamente nuestra enfermedad y no caer en la tentación de vivir enfermizamente nuestra salud. Hay un modo de sacar salud, salvación a la enfermedad. Muchos seres queridos día a día nos dan testimonio de ello. Ante ellos no toca reconocer su protagonismo en la enfermedad, buscar el mejor modo de acompañar y agraciar su dolor, cuidar la acogida y darle comunidad con nuestra cercanía, mostrarnos servidores de los que sufren. Admiro a dos asociaciones que rodean nuestra parroquia, una de ellas la de padres con hijos que sufren parálisis cerebral, y otra de padres cuyos hijos viven con autismo, son un ejemplo de vivencia del dolor, los límites desde la compasión auténtica y desde la mayor dignidad de lo humano, un verdadero ejemplo para todos nosotros, tanto los padres como los hijos. También conocemos referentes de personas que saben acoger la muerte de los seres queridos y aceptar la propia. Recuerdo que la asociación de “por ellos”, padres que han visto morir a sus hijos, la inició Maribeli, cuando al morir su hijo adolescente, se dijo que esa muerte, este sufrimiento suyo, no iba a ser inútil y buscando a otros, en la misma situación, decidieron crear este espacio de consuelo y elaboración del duelo para todos los padres que quedaban heridos ante la muerte de sus hijos queridos. Hacer de la muerte vida, sacar de la enfermedad salud, es un reto de salvación y de resurrección. Cristo, nuestro señor y nuestro maestro, lo hizo: curó a los enfermos, les acompaño y supo vivir su muerte, venciéndola.

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