La teología evitada ante la pandemia

Si se calla el cantor muere la vida…

(Lo teológico silenciado ante esta pandemia)

En estos días recibo manifiestos calientes, defensores de los sacerdotes, de la iglesia, de los cultos y ritos… como perseguidos y la verdad que siento cierta molestia. No comparto ni el contenido, ni el modo de hacerlo, ni la forma sentiente con la que se expresan frente a algo o alguien. No me siento perseguido, ni obstaculizado, entiendo que puede haber singularidades que sí lo estén sintiendo y lo expresen, pero no creo que sea generalizado. La Iglesia se está moviendo en libertad como siempre para actuar con los más pobres, para rezar y comunicarse, etc. Incluso para andar con las custodias por donde a cada uno le parece, ya lo vemos hasta en las portadas.

Nunca me habían llegado más reflexiones, vídeos, etc… que en estos días con claves religiosas, orantes, reflexivas de orden interior, personal y comunitario. Vamos que aquí no hay ya quien le ponga puertas al campo, gracias a Dios. Y bastante está costando ponerle puertas al virus, en este mundo globalizado, donde todos nos hemos especializado poco a poco, incluso los virus. Ya leía esta mañana incluso que alguno decía que debíamos bajar el tono endiosado que le damos a la naturaleza que es capaz de crear este mal del que tenemos que defendernos a toda prisa y a todo coste. Y al hilo de esta anécdota que no es pura curiosidad, sí me gustaría plantear una cuestión que si me parece de idiosincrasia española y que no ha comenzado ahora, sino que viene de atrás, quizá porque nuestros padres comieron agraces y nosotros sufrimos la dentera, como decía la tesis tradicional de retribución bíblica.  Me refiero al tema de la reflexión teológica en los medios de comunicación social, públicos y privados, será por nuestro pasado y aquellos que comieron agraces en el otro siglo.

Mientras que Alemania e Inglaterra en la prensa y en los medios de comunicación aparecen en las tribunas las mejores reflexiones filosóficas y teológicas en torno a la cuestión del sentido, de Dios, de la esperanza, de la muerte, de la naturaleza, lo humano y lo divino en torno a esta pandemia, aquí se silencia y se retira. Se admiten reflexiones psicológicas, sociológicas, se abren espacios sin fin para políticos que nos hacen proclamas cuasi proféticas, y alabanzas casi culticas y repetidas como mantras de nuestra bondad y educación cuidada a la hora de los telediarios, como si estuviera estudiado el tratamiento que necesitamos como masas para autoestimarnos en el encierro.

Entiendo que bien informados y asesorados por los gurús de la  postmodernidad y los expertos de lo cibersocial. En esto he notado que hasta casi encauzan y animan los aplausos, es en lo que más fuerza están gastando de cara a la ciudadanía, se trata como de un rito religioso diario y lo alzan al grado de casi obligatorio, poniendo como razón las víctimas que se consagran ante la comunidad y se juegan el tipo ante la sacralidad del gobierno y del estado. Los sacerdotes oficiales también están institucionalizados, basta oír las sirenas oficiales y la distribución de todas ellas en todas las ciudades, algo menos en los barrios empobrecidos quizá porque allí no hay balcones, ni terrazas. Y no piensen que soy detractor, que cumplo y muy bien con el ritual, hasta me atrevo a ser quien pongo música en mi balcón para los vecinos, con canciones que considero que tienen algo de mensaje, sin desechar el himno nacional del resistiré en muchas de sus versiones, que ya me suena a padrenuestro.

Reconozco que esto lo puedo decir por lo que sigo en los medios y escucho como reflexiones, así como por experiencia personal. Suelo participar en los medios y escribir en ellos, con buena acogida y buena atención de los periodistas, de los profesionales, pero siempre considero que estamos vigilados –así me siento-  en lo que se refiere a la reflexión explicita sobre lo teológico y lo evangélico, como sospecha y cuidado de que eso puede dañar la libertad del medio de comunicación, su pluralidad, su apertura, su neutralidad, etc… cuando lo que escribo lo firmo yo y lo entrego para consideración pública que puede recibir la respuesta que cualquiera considera razonable. Me suelen mandar a la sacristía como lugar propio.

Es una pobreza que en este país donde resulta que ocho millones de personas semanalmente suelen ir a la eucaristía, escuchan el evangelio, la reflexión oportuna, amén del sentido de comunidad y de deseo de construir un nuevo mundo, un nuevo modo de vivir. Donde un tanto por ciento muy elevado se considera religioso, sin embargo, no esté en lo público la reflexión cristiana de orden filosófico y teológico, que seguro que le interesa a muchísima gente. Sé que hay espacios propios en periódicos y revistas especializadas en ello –que yo utilizo a nivel más profesional y cualificado-, pero eso no justifica que haya sospecha y tanto cuidado en publicar lo que tiene tinte cristiano y teológico pero que plantea cuestiones vitales de lo que está sucediendo hoy. En este sentido envidio países como los que aludía antes, que tienen esa madurez del saber ecuménico y de entender que valen todas las reflexiones que aborden el verdadero sentir humano y que se planteen las cuestiones trascendentales de la vida, de la humanidad, de la naturaleza, del sentido y de la esperanza, porque en ello va el valor de lo humano. Y no creo que haya persecución o rechazo, sino un raro respeto que silencia y acalla el valor de lo teológico, porque puede molestar a algunos, aunque podría ayudar a muchos. Me atrevo a escribirlo porque en estos días muchos me preguntan el por qué no escribo en torno a este tema de la pandemia.

José Moreno Losada.

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