La ternura de Dios en un pesebre y su luz

Navidad, para recuperar la ternura

Si recuperáramos la ternura habría merecido la pena. Nos ha salvado la ternura de Dios, la misma que nos creó, que hizo que se encarnara, muriera en la cruz y se dejara ver resucitado. La salvación no vendrá por esquemas humanos que nos estén centrados en la ternura que nace del amor. Ni el progreso, ni el éxito, tanto de orden físico, químico, biológico, incluso filosófico, podrán salvarnos sin la ternura del verdadero amor de lo humano que fundamental en el absoluto hecho criatura en un pesebre por pura compasión y ternura desbordante. La infinitud que calma el deseo de la humanidad está en la debilidad de la ternura que nos hace divinos siendo muy humanos. Ojalá esta navidad se la de la ternura

Belén infantil

La ternura no tiene precio, no se puede pagar ni comprar. Incluso en el quehacer de la prostitución si algo se da de ternura será porque gratuitamente lo done el corazón de esa persona usada. Nada de la ternura es de mercado y ni siquiera exigible, lo que sale del corazón ha de ser en verdadera libertad.

Nos preguntamos si esta navidad será navidad, y muchas voces dicen que podría ser una verdadera navidad, o lo que es lo mismo que podríamos entrar en la verdad auténtica del misterio de la Navidad que celebra el humanismo cristiano. Hoy mismo rezaba yo con el salmo que proclama, desde el corazón del pobre creyente, “Tu ternura y tu misericordia, Señor, son eternas“. Llevo varios días dando vueltas a la cuestión de la ternura, motivado por el adviento y por el misterio de la encarnación, por la humanidad desnuda de Jesús.

Recuerdo un día que acompañé a un joven estudiante que tenía que pasar consulta en urología, donde se encontraba mi amiga Marisol como secretaria. Allí nos recibió y nos trató con una ternura encomiable, como era su modo natural de atender. Al salir, el joven me dijo: “Pepe así tenían que ser todos los funcionarios”.  Yo compartí con él la reflexión de que a los funcionarios le podemos pedir que sean eficaces, hábiles, respeto mutuo, pero no le podemos exigir la ternura. La ternura sale del corazón agradecido y generoso, que hace de esa cualidad un modo de vivir entregado, está unida al amor.

La navidad es la escuela divina de la ternura, desde ella se nos abren los ojos para contemplar la creación y descubrirla, más allá de toda ciencia y toda filosofía, como obra de amor llena de belleza y de ternura como nos dice el libro bíblico de la Sabiduría: “Señor tú todo lo haces porque lo amas, sino lo amaras no lo crearías… y por eso también lo sostienes”.

La navidad nos presenta la ternura de un Dios todopoderoso que por amor se hace “uno de tantos”, desnudo como un pobre niño al nacer, despojado de su rango, para poder “decir al abatido una palabra de aliento”. No puede ser otra la señal de la ternura divina: “Un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Incluso aparece como un ser necesitado de la mayor ternura de María y José, y de todos los que le rodeaban.

Y no puedo menos de adentrarme en la ternura recibida y regalada con la que mi vida se ha ido haciendo, comenzando por esos seres entrañables, que en su sencillez e incluso rudeza, supieron hacerse migas para ser nuestro alimento, esa madre que se deformó dándonos forma con su generosidad radical, enseñándonos a valorar lo que era verdaderamente importante en la vida. Ese padre que siempre fue el último en recibir y el primero en dar y en darse, en matarse trabajando sin límites para que nosotros creciéramos en la mayor libertad posible sin necesidad. Hasta esos abuelos que nadie disfrutó como nosotros, porque la generosidad de nuestros padres, nos hicieron sentir que eran parte nuestra, carne de nuestra carne. Y desde esas realidades tan sencillas y humanas, la grandeza de la fe en un Dios que se nos daba en ellos mismos y en el que no enseñaron a confiar y a sentirnos queridos por El.

Ahora venimos de un mundo de prisas, de comercios, de consumos, de cálculos permanentes, de individualismos forzados, con consecuencias de deshumanización no decidida pero sufrida, de olvidos y dejaciones, de separaciones sin sentido de los más amados. Un virus ha entrado por la puerta de servicio, a media noche, cuando nadie lo esperaba. Viene en nombre de todos y nadie lo reconoce, lo estudiamos y queremos acabar con él. Preparamos las respuestas científicas, incluso alguna filosófica, buscamos la vacuna … pero nada de esto es integral. Hay una llamada trascendental y escondida, una estrella que iluminará la noche de la oscuridad y el desconcierto en el que estamos sumidos, y esa es la TERNURA.  Es el momento de volver a lo más humano y a los más divino, a la verdadera señal: “un niño -una humanidad- envuelta en pañales y acostada en un pesebre”, el signo de la verdadera ternura, la que no se puede exigir, ni comprar ni vender, pero es la que salva y dignifica, la que cura y acompaña, la que hace sentir el verdadero amor y conduce a la auténtica fraternidad. La que nos hace sentirnos hijos y hermanos de la misma bondad. No hay otra salvación que la ternura del corazón y esta es la que hace la Navidad verdadera ¡Feliz Navidad¡

Feliz ternura, desde la parroquia

José Moreno Losada.

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