Alfonsa Cabaña, una vida de amor

Día 18 de diciembre, día de la esperanza. Alfonsa, no podías irte de otra manera, tenía que ser llena de esperanza como has vivido toda tu existencia. Mujer de esperanza, pero ¿ qué era lo que alimentaba tu esperanza?

Alfonsa, hija querida de Dios.

Agradecida de la vida, llegaste siendo querida y te marchas llena de agradecimiento por todo lo que has vivido. De fondo el descubrimiento de un Dios Padre, de cuyos brazos nunca te ha podido bajar nada ni nadie, más bien has sido tú quien has proclamado a los cuatro vientos que este Padre no abandona nunca a nadie. Los sentimientos de Dios te han embargado en la libertad del amor y nunca has salido de esa esfera de sentirte querida y querer a tiempo completo. Tú has aprendido y sentido lo que es un amor sin límites, a cuerpo entero, recibiéndolo todo y no quedándote con nada en todas tus relaciones. Tu modo de contar tu vida y tu historia te delataba como hija querida de Dios, descubriste en lo más humano lo más divino, y en lo más pequeño lo más fuerte. Te has entregado en los brazos del padre en estos últimos días sin ningún miedo, porque tú no deseabas la muerte, pero no la temías porque amabas y creías en la resurrección en el encuentro de lo definitivo, en el amor que es más fuerte que la muerte y sabías de la otra orilla esperada, la de la comunión perfecta.

Alfonsa, mujer de Iglesia.

Como Cristo ama a su iglesia así se han querido Alfonsa y Alfonso. Tras la muerte de Alfonso tu mística de vida y resurrección ha sido tan profunda como evidente, el amor es más fuerte que la muerte. Como referente en vuestra vida matrimonial la unión de Cristo y la Iglesia. Ahí te has mantenido Alfonsa, como María ante Jesús, has amado tu familia de un modo único, ahí has puesto tu identidad y tu currículum de entrega con radicalidad: hija, hermana, esposa, madre, abuela, sobrina… ningún hilo quedó sin ser enhebrado en tu ternura y delicadeza. Fuerte y firme en convicciones y valores hasta límites insospechados. Desde el respeto más profundo y la sinceridad más cuidada. Y lo que fuiste para Alfonso y para tus hijas, tus seres queridos, exactamente igual lo has sido para tu familia la Iglesia. Mujer diez en tu sentido creyente y eclesial, por la gracia de Dios, como tú decías. Es cierto, hallaste gracia ante Dios y nos diste un fruto eclesial de primer grado. Fiel a las normas y orientaciones morales de tu iglesia, firme en tus convicciones y coherente con el evangelio de Jesús, con la crítica de unos sentimientos de celo por la casa de tu Padre Dios. Nunca te derrumbaste, los defectos de tu Iglesia fueron lugar para tu humidad y tu entrega sin medida, poniendo por delante de toda la misión del amor y del encuentro. Hoy somos una muchedumbre innumerable los que testimoniamos que tú has lavado tus mantos en la sangre del cordero y brillas entre los santos de los que nos canta el apocalipsis.

Alfonsa, madre de la humanidad.

Tu maternidad, ahí es donde te has hecho imagen de Dios más verdadera, junto a la paternidad de Alfonso. Tú eres madre, lo has sido de cuerpo entero. Has entendido al Dios Madre, como lo entendió María, a quien mirabas con predilección en tu devoción espiritual. Esa mujer de Dios que fue madre de la humanidad. Desde tu apertura generosa a la vida en tus hijas, un ejército de amor adiestrados en la entrega y en la coherencia, sumando ternura e interpelación, acompañamiento y libertad, amor y compromiso, alegría y compasión, saber recibir y generosidad. De esas experiencias que se han sentido en el corazón no como sucesos aislados, sino como un proceso, como una fuente inagotable, como un río en crecida, que ha satisfecho hasta la sed de los últimos. Sí, esa es tu corona, los pobres, los últimos han sido tus hijos, los has puesto en el mismo lugar que tus seres queridos, a partes iguales, eso solo lo sabéis Alfonso y tú, pero lo intuyen vuestros seres más queridos y allegados. Tratad a los demás como a vosotros mismos, ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo he sido amado por ti, querido, alegrado, compartido… Has entrado por la puerta de los benditos: Venid benditos de mi padre porque tuve hambre y me diste de comer… cada vez que lo hicisteis con uno de estos los humildes hermanos, lo hicisteis conmigo. Tú has partido el pan y lo has compartido, tu casa y tu haciendo ha sido Emaús y se han multiplicado los panes para los que lo necesitaban, porque en tu espiritualidad franciscana estaba claro que se podía vivir mucho con poco, y que lo primero no era el tener sino el ser, y eso lo daba Dios por gracia.

Alfonsa, mujer cristiana.

Cómo podías vivir tan enamorada de Cristo, nunca te pareció suficiente tu encuentro y tu conocimiento de El, de su vida, sus sentimientos, sus obras, su presencia viva y real. Devorabas su palabra, cantabas con él, orabas intensamente y tu vida nunca estuvo vacía. Jesús te enseñó a sentir que su misericordia y ternura son eternas y disfrutabas en su presencia. Has tenido la gracia de vivir la mística, la sabiduría de los sencillos, esa que nadie te podía quitar. Bendigo a Dios por esa experiencia última que pudimos compartir esa semana en Taizé, qué regalo más grande me hizo el Señor de poder tenerte y convivir en aquel lugar tan joven y dinámico. Nos sentimos tan a gusto, nos parecía tan normal aquello… cómo olvidar aquél aleluya glorioso del sábado con las velas de la vida tan encendidas, a miles, con aquellos cantos de victoria… sentíamos tocar el cielo y es que estaba tan cerca de ti y tú estabas tan cerca del cielo. Ahora me recojo y lo escucho sintiéndote al lado. Doy gracias, junto a tus hijas y tu familia, por tu vida y tu amor. No has muerto, te has ido con el Padre, tú lo sabías y así lo has confesado en tu despedida: mi vida está cumplida, estoy preparada para partir, siento dejar aquí a mis seres queridos, pero creo firmemente en la resurrección y me pongo en las manos del Padre. No has tenido miedo a la muerte, la has acogido franciscanamente como hermana, sabiendo que te abría las puertas de la vida eterna, donde todos volveremos a encontrarnos.

No dudamos de que nos seguirás amando y cuidando, porque como tú proclamabas en Cristo el “amor es más fuerte que la muerte”. Nos consuela este texto bíblico paulino de Fillipenses que tú has rezado muchas veces desde la escatología cristiana y que te consolaba esperando el reencuentro de lo amado:

“Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo,y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, .tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús.”

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